COLABORACIÓN EN EL CORAZÓN DE LA MISIÓN - ILO

Taller en Ilo: Afectividad y Espiritualidad

Del mismo modo que buscamos la comunión con otros, estamos separados por carencias afectivas, por frustraciones, por los golpes de la vida. 

Qué importante es no sólo saber sino reconocer  que muchas de nuestras reacciones en el presente reflejan las raíces afectivas escondidas en los primeros años de la vida.    

Somos creados para crecer, relacionarnos y vivir en paz; pero chocamos con la realidad que con demasiada frecuencia vivimos con un corazón dividido, limitados y a veces frustrados en nuestras relaciones con los más cercanos y participantes de un mundo de injusticia y desigualdades.

Somos  seres en relación, somos seres separados. Al mismo tiempo que buscamos la posibilidad de estar en vinculación, encontramos, desde muy pequeños, momentos en los que estamos separados. Desde los primeros meses hay experiencias de malestar, de llorar solo, y no conseguir lo deseado. Por eso, surge el enfado o se llega hasta la furia o la rabieta del niño. Como adultos logramos un mayor manejo de nuestras emociones y sentimientos, pero todos podemos reconocer momentos que nuestras reacciones reflejan las raíces afectivas escondidas en los primeros años de la vida.

En la experiencia humana lo más importante de nuestra vida es el amor; pero reconocemos que estamos limitados, separados y, a veces, somos incapaces de superar nuestros propios bloqueos y los de las personas con quienes compartimos la vida.

En este proceso de crecer, reconocemos y recordamos que el desarrollo es progresivo, como etapas que llevamos dentro. El pasado, lo que hemos vivido, siempre está reconfigurándose en el presente para crear la posibilidad de un futuro nuevo y diferente.

La madurez es la capacidad de darse a otros en una forma mutua, consiente y responsable. Es el proyecto cristiano de poder decir quiero amar como Él nos ama. Nunca podremos alcanzarlo plenamente, pero será posible caminar juntos, crear familias y comunidades, y no dejar de participar en el proyecto de construir un mundo mejor

Esta paradoja de estar separado y a la vez anhelando la comunión, es decir el amor, es lo que marca nuestra vida y la experiencia vital de cada persona.  Del mismo modo que buscamos la comunión con otros, estamos separados por carencias afectivas, por frustraciones, por los golpes de la vida.  Esto es muy similar al amor más profundo de cada persona. Hasta en las mejores relaciones de amistad y matrimonios hay momentos de tensión, distancia y ruptura. Deseamos tener amor, dar amor y recibir amor, pero hay la triste aceptación que somos seres frágiles y nuestras relaciones exigen una atención constante. En la experiencia humana lo más importante de nuestra vida es el amor; pero reconocemos que estamos limitados, separados y, a veces, somos incapaces de superar nuestros propios bloqueos y los de las personas con quienes compartimos la vida.

Nuestro propio crecimiento está marcado, limitado o incluso, a veces abierto por el medio o la cultura en la cual hemos crecido.  

La madurez es la capacidad de darse a otros en una forma mutua, consiente y responsable. Es el proyecto cristiano de poder decir quiero amar como Él nos ama. Nunca podremos alcanzarlo plenamente, pero será posible caminar juntos, crear familias y comunidades, y no dejar de participar en el proyecto de construir un mundo mejor

Ya hemos visto la complejidad del desarrollo humano. Es como un tapiz tejido poco a poco por elementos fisiológicos, biológicos, de tensiones psicológicas y sociales. Cada uno lleva no solamente el código genético recibido antes de nacer, sino también el cómo se relaciona este código de la naturaleza con lo que la crianza y el entorno social nos han brindado. Nuestro propio crecimiento está marcado, limitado o incluso, a veces abierto por el medio o la cultura en la cual hemos crecido.  En este proceso de crecer, reconocemos y recordamos que el desarrollo es progresivo, como etapas que llevamos dentro. El pasado, lo que hemos vivido, siempre está reconfigurándose en el presente para crear la posibilidad de un futuro nuevo y diferente.

No olvidemos que cada persona, incluyendo el caso de los gemelos, tiene una trayectoria distinta. Cada ser humano es único. Es como si empezáramos a comparar las huellas dactilares de todos los seres humanos, descubrimos que cada persona es única. Del mismo modo, si damos una mirada más detenida a todo el mundo, veremos que cada individuo es distinto psicológicamente. Se puede compartir la misma familia incluso y, sin embargo, tener una experiencia subjetiva personal muy diferente.

Hay una madurez apropiada durante la niñez, la adolescencia y a los 25 años. En cada etapa se presenta las crisis: un joven escoge cómo y con quién va a vivir, como también puede haber una crisis a mitad de nuestra vida y en los últimos años cuando los mayores hacen una síntesis del sentido de su vida. Cada etapa del ciclo vital presenta sus propios desafíos e invita una respuesta de la persona que sea coherente con lo que ha vivido.

Una familia de cuatro hermanos puede vivir la misma experiencia de crisis familiar de cuatro diferentes formas. Fue una revelación para mi y mis tres hermanos cuando como adultos hemos compartido cómo habíamos estado afectados por un tiempo de crisis económica de la familia. Las mismas circunstancias fueron vistas por uno como el peor momento de su niñez, por otro como uno de los factores claves de la familia, por otra como un tiempo de alejarse de la familia, y por el más pequeño como un tiempo ni recordado.

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