P. Fernando Jimenez Figueruela

Comentario a las lecturas del domingo 9 de septiembre, 2 3 del tiempo ordinario 

P. Fernando Jiménez Figueruela S.J.

Lecturas: Isaías 35, 4-7. Santiago 2,1-5. y  Marcos 7,31-37.

En la primera lectura el profeta Isaías anima al pueblo de Israel que vivía sometido y humillado: la salvación prometida por Dios va a llegar y se manifestará  en que se abrirán los ojos y oídos de ciegos y sordos y los cojos saltarán de alegría. Además el desierto se convertirá en un jardín. Con estas comparaciones Isaías se refiere a la liberación total de las personas. Cristo nos libera de todo aquello que nos oprime, interno o externo. Abundaban los ciegos, sordos y paralíticos. Verse libres de esos impedimentos era una señal de que la salvación de Dios había llegado. El agua en Israel – hasta ahora- es un tesoro porque el clima es muy seco, por eso la salvación  de Dios también se expresa en la fertilidad de la tierra. Estas promesas se cumplen en Jesús. En el evangelio le vemos curando a un sordomudo. La palabra de Jesús es poderosa, el texto conserva la palabra aramea “effeta”, ábrete. Ante ella retroceden el mal, la enfermedad y el pecado

Los profetas de Israel utilizaban con frecuencia la comparación de la sordera para expresar el alejamiento de Dios, la falta de disponibilidad para escucharle. Por eso muchas veces dicen: tienen oídos pero no oyen. El sordomudo vivía aislado en su mundo. No podía conversar con nadie. No se acerca a Jesús, lo llevan ante él unos amigos y son ellos los que piden a Jesús que le cure. Se aparta con el sordomudo para tener con el una relación más personal que le haga pasar del aislamiento a la comunicación con todos. Jesús levanta los ojos la cielo, con ese gesto quiere señalar que está realizando la obra que su Padre le ha encomendado, que no hace estos signos por sí solo. Con su saliva humedece aquella lengua paralizada para darle fluidez. El sordomudo salió de su aislamiento y por primera vez descubre lo que es poder escuchar y hablar con los demás. Todo el mundo quedó admirado y decían: “Todo lo hace bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

Una de las peores plagas de nuestra sociedad es la soledad. Cada día tenemos  más posibilidades de comunicación pero a pesar de ello mucha gente se siente muy sola. ¡Qué enorme contradicción!. Tantas facilidades para comunicarnos y tan poca capacidad de hacerlo con profundidad. Estamos todo el día con el celular en la mano pero casi nunca hablamos de lo que nos preocupa. De cómo estamos en realidad. Existen muchas clases de soledad. Unos la viven forzosamente, otros la buscan pues no se quieren atar a nada ni a nadie. Algunos no confían en nadie y nadie confía en ellos. Cuando no podemos comunicarnos o nuestra comunicación es muy superficial, la persona se aísla y lo que es peor rechaza todo encuentro con la verdad. Al cerrarse a los demás se cierra también a Dios, y por supuesto no puede decir nada de El.  Somos sordos y mudos. Dejemos que Jesús toque nuestra lengua y oídos y abra nuestro corazón a él y a los demás. Solo Dios puede llenar con su presencia nuestra soledad y transformarla en una vida luminosa. Hagamos un esfuerzo para comunicarnos con sinceridad y profundidad y no nos vamos a arrepentir.

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