Mistagogía

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LA MISTAGOGÍA

(Para vivir con Fe)

Sólo me basta Señor, venir ante tu presencia para sentir el calor, el cariño y el amor, que a veces mi alma no encuentra. Me basta sólo Señor, la gracia que tú me alcanzas, para tener la ilusión, la alegría y el valor, que a mi vida trae la esperanza.

Introducción

En la actualidad se está valorando la espiritualidad como aspecto central de la vida. Más precisamente lo que está cobrando importancia es lo referente a la experiencia de fe. Y es que asistimos a la expansión de un mundo plurirreligioso y pluricultural. Están surgiendo diversas visiones religiosas sobre el mundo, la vida, la sociedad y la persona.

Que los hombres y mujeres de nuestro tiempo necesiten sustentar sus vidas en una experiencia personal de fe, se debe, en parte, a que la espiritualidad hoy día, ya no se apoya en una manera única de expresión de la fe; ni se cuenta con un ambiente religioso generalizado, como sucedía en otros tiempos. Incluso, la educación religiosa de nuestro tiempo (catequesis, clases de religión, etc.), parece que solamente llega a ser un adiestramiento importante para la fe, pero no es suficiente para que se dé una vivencia de la fe.

Para que las personas tengan una experiencia de fe, “ya no podemos asumir la Evangelización [o la pastoral] con el supuesto de que las nuevas generaciones son culturalmente cristianas, sino que necesitamos replantear nuestra acción apostólica bajo nuevos criterios de personalización de la fe y de conformación de comunidades vivas”[1]. Porque, identificarse con Cristo y su misión, es un camino que requiere rumbos diversificados, respetuosos de los procesos personales y de los ritmos comunitarios, continuos y graduales[2]. Se requiere una espiritualidad centrada en Jesús y su Evangelio.

El término “espiritualidad” deriva de la palabra “espíritu”. La vida espiritual (espiritualidad) es una dimensión de la persona. Es lo que permite adentrarnos a nuestro interior y asumir conscientemente nuestros sentimientos y comportamientos. El fundamento de la espiritualidad es la necesidad de dar sentido a la propia vida. Es precisamente esta exigencia la que nos lleva a buscar, a trascender lo inmediato, e ir a la profundidad de cada uno. Espiritualidad es la actitud básica, práctica o existencial de la persona a partir de la propia visión religiosa y ética de la vida. Es la fuerza interior que mueve la vida personal y pone de manifiesto la calidad de relación que se establece consigo mismo, con los demás, con el mundo y con Dios.

La Espiritualidad supone una experiencia personal y comunitaria de Dios. Incluso, hay quienes afirman que “el cristiano de nuestro tiempo ha de ser un místico, un mistagogo”, es decir, “una persona que ha experimentado la amistad personal con Dios, que persevera en esta amistad y la concreta en su compromiso en el mundo”. Esta afirmación se basa en la célebre frase del teólogo Karl Rahner, quien afirma que “el cristiano del futuro será un místico o no será cristiano”[3].

Las palabras mística, mistagogía, mistagogo, están relacionadas con la espiritualidad. Son, si se quiere, dinamismos de la vivencia espiritual.

En los párrafos siguientes se presentan algunos aspectos relacionados con la Mistagogía: 1) el significado de la palabra Mistagogía; 2) la relación entre Pedagogía y Mistagogía; y 3) una breve exposición sobre la Vida Espiritual.

1.- Significado de la palabra Mistagogía

La palabra «mistagogía» o «mistagogia», y sus derivados, «mistagogo, mistagógico», vienen del griego y está compuesta por dos raíces: «myst», que indica el misterio, lo oculto, y «agein», «agagein», que significa guiar, conducir.

Mistagogía se refiere a todo lo que ayuda a desarrollar la trascendencia de la persona. En el caso de la fe católica, se refiere a todo lo que conduce al conocimiento y amistad con Cristo, que se concreta en el compromiso y en la celebración de la fe[4].

Es muy común la utilización del término Mistagogía para referirse a la iniciación cristiana, con la intención de realzar la importancia de la vivencia de los sacramentos en el camino progresivo de la fe. Sin embargo, la Mistagogía no se refiere solamente a la iniciación de la fe, sino, y principalmente a la dinámica interior que se desarrolla en la persona a partir del encuentro con Cristo.

Así pues, la Mistagogía tiene una doble dimensión: es camino de INICIACIÓN a la experiencia religiosa y es camino de PERMANENCIA en dicha experiencia[5]. El centro de esta experiencia de fe, es Jesús de Nazaret, el Crucificado y Resucitado.

La Mistagogía nos ayuda a encontrar el modo de mantenemos cerca de Dios, en hablarle como a un «tú», en aventuramos en su amor[6]. La Mistagogía es la que hace posible la experiencia de Dios vivida desde dentro de la persona[7].

2.- Pedagogía de la Fe y Mistagogía

Para comprender cómo se da la experiencia de la fe y ayudar a que las personas vivan esta experiencia, es necesario conocer la relación que existe entre Pedagogía y Mistagogía. La experiencia religiosa implica conocimiento, prácticas, vivencias, ritos, tradiciones, etc. Todo ello forma parte de la formación religiosa.

Entendemos la formación como un hecho real y efectivo de la vida individual y social de la persona, que se realiza de múltiples formas según las épocas y las culturas. Es un proceso gradual de enriquecimiento de la persona. La formación es un despliegue libre de la propia espiritualidad que se va forjando desde el interior en el cultivo de la inteligencia y de la sensibilidad en permanente relación con la cultura propia y la universal, con las ciencias y el arte, con los lenguajes y el mundo[8].

Para los cristianos católicos, la finalidad genuina de la formación[9] es humanizar, personalizar y socializar al ser humano, orientándole eficazmente hacia su fin último. La formación resultará más humanizadora en la medida en que la persona se abra a la trascendencia, es decir, a la verdad y al bien de las sociedades.

Para que haya formación, se tiene que tomar en cuenta el «quiénes» (los sujetos – formadores y formandos), el «desde dónde» (contexto – realidad), el «qué» (lo ontológico – qué es en sí la formación), el «para qué» (lo teleológico – los fines), la «orientación» (lo axiológico – los valores que promueve) y el «cómo» (su arte y ciencia – métodos).

Cuando se habla de formación de la fe, comúnmente se asocian los términos Pedagogía y Mistagogía. También se suele afirmar que ambos términos son lo mismo, pero que pedagogía se refiere al ámbito de la formación estrictamente humana y mistagogía para el ámbito de lo religioso. Sin embargo no es así.

La pedagogía es el «cómo» de la formación, el arte-ciencia para lograr la formación, que se desarrolla a través de un dinamismo que va desde fuera hacia dentro de la persona. La Mistagogía, es también el «cómo» de la formación, el arte-ciencia para lograrla, pero se desarrolla a través de un dinamismo que va desde dentro hacia fuera de la persona.

Tanto la Pedagogía como la Mistagogía tienen en la experiencia el componente central y dinamizador de la formación. Desde la perspectiva religiosa, la Pedagogía favorece una experiencia que habilita a la persona para «vivir la fe», a partir de conocimientos, valores, prácticas y vivencias de la religión. Mientras que la Mistagogía favorece una experiencia que habilita a la persona para «vivir con fe», a partir de su inmersión en el dinamismo interno de la vida y de la misma fe. Pedagogía y Mistagogía son muy necesarias, tanto en la iniciación y crecimiento cristiano como en la perseverancia de esta fe.

En el caso de la experiencia de fe, la Pedagogía MODELA (da forma a) la sensibilidad y la inteligencia de la persona a partir del conocimiento interno, la identificación afectiva y el seguimiento de Jesús según el paradigma del Evangelio; y la Mistagogía MODULA (da fondo a) esta sensibilidad e inteligencia de la persona.

San Ignacio lo plantea de forma directa, precisa y clara en los Ejercicios Espirituales, cuando afirma que el modo propio y diferenciado de la experiencia espiritual de los Ejercicios consiste en que la persona “no sólo sepa mucho” sino que “sienta y guste internamente”[10].

Ahora bien, conviene advertir que este “no sólo sepa mucho” que afirma San Ignacio, no equivale a rebajar o desvalorar el conocimiento o los saberes. Está demás decir la importancia que San Ignacio da a tales conocimientos y saberes. Pero no bastan, porque el saber y el conocimiento han de ser “sentidos” y de forma “interna”, es decir, que toquen las fibras del corazón de la persona, convirtiéndose en un dinamismo interior que la empodere. Sólo así se logrará que la persona, desde fuera y desde dentro, se convierta en auténtico sujeto de «diálogo», «búsqueda» y «encuentro», que son las claves espirituales para que se dé realmente la experiencia de amistad de la persona consigo misma, con los demás, con el mundo y con Dios.

En esta doble dinámica espiritual, como pedagogía y mistagogía, es dónde radica la gran novedad de la aventura espiritual que ofrece San Ignacio en los Ejercicios Espirituales (EE). Él propone a la persona aquellos elementos que diseñan desde fuera la experiencia espiritual (pedagogía), e insiste en que cada quien halle aquellos elementos que diseñan tal experiencia desde dentro (mistagogía)[11].

3.- Algunos aspectos de la Vida Espiritual

Para los cristianos católicos, la experiencia espiritual se funda en la amistad personal con Dios, en la vivencia y celebración comunitaria de esta amistad y en el compromiso con el mundo a través del servicio y la solidaridad. Estos aspectos están íntimamente relacionados, y no se pueden separar uno de otro. Aunque la persona, en momentos determinados, puede vivir con mayor énfasis alguno de estos aspectos, sin que ello genere problema alguno.

A continuación se desarrollarán solamente 2 aspectos de la vida espiritual cristiana católica: crecer en la amistad con Dios y apertura a mayores planos de generosidad. No se desarrollará lo relacionado con la vivencia comunitaria, la celebración litúrgica y el compromiso cristiano, porque harían muy extenso este texto.

3.1. Crecer en la Amistad Personal con Dios[12]

La amistad con Dios nace de la relación de hijo que cada persona viva con Dios, y en la que se descubre hijo amado. Esta relación de hijo no es otra cosa que la unión personal con Jesús, que ayuda a ponernos en las manos de Dios Padre. De esta relación brota la libertad para amar y servir a los hermanos y al mundo. Esta amistad es la base fundamental de experiencia de la fe.

Nos dirá Jesús: “Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. El que permanece en mí y yo en él, da mucho fruto. Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán. Como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes, permanezcan en mi amor. Les he dicho esto, para que mi alegría esté en ustedes, y esta alegría sea completa. Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. (Juan 15, 4a, 5b, 7. 9. 11-12)

Conocer, amar y seguir a Jesús, y en Él experimentarnos hijos amados de Dios, viviendo como hermanos de las personas y del mundo, a través del compromiso que se tiene a favor de la vida, es lo que se llama tener «experiencia de fe»[13]. Porque, conocer a Dios como Padre y hallar en las personas y el mundo el lugar habitual de encuentro con Dios, mediante el vínculo del amor y la solidaridad, es el horizonte al que Jesús nos invita.

Más concretamente, la «experiencia de fe» es el «reflejo» tanto de la presencia de Dios en nuestras vidas como del amor y respeto que tengamos a las personas, al mundo y al mismo Dios.

Crecer en la vida espiritual (en la experiencia de fe), equivale a un camino progresivo de asimilación de la vida de Jesús, es decir, conocerlo hasta llegar a ser su amigo personal. En esta amistad experimentaremos el alcance del amor, la grandeza del perdón y la fuerza de la misericordia. Porque el único ámbito en el que el hombre y la mujer pueden progresar en la fe es el «amor desinteresado» que surge como resultado del «diálogo», «búsqueda» y «encuentro» con Dios.

El amor auténtico “es paciente, servicial, no es envidioso, no es jactancioso, no es engreído. El amor es decoroso, no busca su propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia ni del dolor ajeno, se alegra con la verdad. El amor todo lo perdona, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no tiene fin”. (1ª de Corintios, 13, 4-8)

El crecimiento espiritual se da por la madurez que brota de la libertad de quien se ha experimentado sanado, perdonado, en definitiva amado. Libertad y amor son inseparables. Quien ha experimentado el amor y el consuelo de Dios, es capaz de dar o gastar su vida en beneficio de causas nobles, sin acumular tesoros.

La confianza y la esperanza que Dios da con su amor al hombre, le hace libre frente a las seguridades humanas en las que desea «instalarse», y que son en definitiva el único obstáculo al verdadero amor. Por esta razón, siempre que se da un verdadero crecimiento espiritual, asistimos a la maduración de la libertad frente a los poderes de este mundo. Para la fe cristiana, el único crecimiento significativo de la mujer y el hombre, es «la libre disposición de sí mismo» para amar más allá de toda compensación o seguridad.

A la luz de la vida de Jesús, el crecimiento no sigue una línea de ascenso «hacia arriba», sino descendente «hacia abajo», que es lo propio y distintivo del amor. Para el cristiano, crecer y madurar es ir hacia abajo, es humildad y sencillez. Jesús de Nazaret, que vivió a plenitud su existencia, aún hasta en la muerte y muerte de cruz donde experimentó el quiebre de todas las seguridades humanas, supo ponerse en manos de lo único que no cambia: la profunda experiencia de sentirse amado de Dios.

A partir de este amor desinteresado, es que se vive la vida a gusto, con misericordia, sana y sanadora, incluso en medio de las tinieblas y desconciertos de la propia existencia.

Para que aprendamos esta lección, Dios nos ha entregado, en primer lugar, la vida de su Hijo Jesús, que es Evangelio de Dios (Buena Nueva); pero al mismo tiempo, entabla un diálogo «concreto» con cada persona a través de dos lenguajes complementarios que se suceden alternativamente: su consuelo y su silencio.

Su Silencio. Porque, cuando Dios se calla, la persona tiene que enraizar su libertad en lo más profundo de su ser, más allá de toda seguridad y consuelo. Apoyado en lo que se es. Y aunque se cuente con las demás personas y con las cosas, no queda más alternativa que hacer el camino por sí mismo o no hacer camino alguno. El silencio de Dios, hace que aprendamos a ser más conscientes de nuestras posibilidades y limitaciones, y que si algo podemos, es porque Dios y la Vida nos lo regala inmerecidamente (EE. 322, 2-4). Pero además, aprendemos a ser nosotros mismos y a dejar que Dios sea Dios, y no un Dios a nuestra medida. Aprendemos la libertad.

Su Consuelo, en cambio, por ser palabra de amor, le otorga a la persona la conciencia de sentirse amada, y esto es la vida y la seguridad. El consuelo de Dios hace que aprendamos a vivir la auténtica alegría que brota de lo más hondo de nuestro ser[14]. Y aunque busquemos la auténtica alegría, no podemos dárnosla a nosotros mismos. Pero además, aprendemos que el consuelo de Dios, su alegría, es tránsito para el consuelo de los demás. El consuelo del amor de Dios libera y desata, y confiere la conciencia de que aquello es un regalo que a uno no le pertenece. Aprendemos la gratuidad.

En este lenguaje de Dios, la mujer y el hombre adquieren una nueva sensibilidad e inteligencia para vivir como Jesús, que vivió como hermano, que es la verdadera ruta hacia la plenitud. Ir «hacia abajo» es ser puesto con Jesús en el lugar correcto en que la libertad y el amor convergen, y donde Dios y el hombre se comunican sin mediación ni interferencia alguna.

El hombre y la mujer crecen en la fe porque este encuentro con Dios hace brotar el deseo y el gusto de identificarse con Jesús. Se aprende la alegría y el consuelo que da el encuentro cara a cara con Jesús, con las personas y la vida, y se aprende a vivir la libertad. Porque crecer es vivir como Jesús: vivir liberado para planos superiores de generosidad.

El lenguaje de Dios sólo puede ser acogido en la sencillez de la fe, pero sólo se realiza en la radicalidad del desinterés de la actuación que se traduce en compromiso a favor de la vida. El amor o la actuación que se compromete, es el lenguaje exclusivo de Dios. Donde se unifican de modo inseparable la Palabra que Él dirige al hombre y la respuesta de éste a Dios.

Precisamente en esta unidad entre la palabra que Dios dirige al hombre y la respuesta que el hombre da (su actuación), aunque no sea conciente de su amistad con Dios, incluso la niegue, es donde tienen lugar el crecimiento espiritual, por la práctica del amor y la solidaridad. Porque, aunque el amor y la solidaridad, normalmente llevan inherente el sello de la trascendencia, que es lo propio de la experiencia de la fe, no obstante, están más allá de la tematización de la fe.

Si el encuentro o amistad con Dios no cambia a la persona, significa que el amor de Dios sólo ha penetrado en las capas superficiales del psiquismo humano, pero no ha llegado al fondo de su ser personal. El hombre entonces no ha asumido el lenguaje de Dios de modo responsable como verdadero amor, sino como «gusto» subjetivo narcisista que manipula su palabra, con lo cual da muestras de que en realidad no ama.

Todos sabemos que el amor es comúnmente afecto, conmoción, empatía y adherencia con todo nuestro ser. Pero desconoceríamos el verdadero amor, y por tanto el verdadero lenguaje de Dios, si este amor fuera simplemente una vivencia emocional que no logra transformar nuestro ser, o si este amor no se tradujera en obras concretas de fraternidad y solidaridad, que son el test de la veracidad del amor (EE. 230,2).

3.2) Apertura a mayores Planos de Generosidad[15]

Para dar pasos hacia la sensibilidad e inteligencia propias de quien quiere ser amigo de Dios, de las personas y del mundo, se requiere un modo personal de actuar y conducirse en la vida.

Antes se contaba con un orden que regulaba la actuación humana. Este orden venía dado por una normativa que ayudaba a que cada persona tuviera control sobre su comportamiento.

En la actualidad, parece haber desaparecido ese control impuesto, desde fuera, a la actuación humana, a no ser aquellas normas o directrices que se han acordado para fines prácticos de convivencia, funcionamiento y desenvolvimiento colectivo. Pero en lo que respecta a la actuación individual privada, la persona ha quedado a merced de su propia responsabilidad. Por ello, la persona es la que debe encontrar aquellos modos de actuación que le permitan su autodominio y que le ayuden a abrirse a mayores planos de generosidad.

El autodominio no puede reducirse a normas institucionales, porque correría el riesgo de convertirse en una especie de carta de ciudadanía para poder permanecer en dichas instituciones. Tampoco pueden ser una especie de mandamientos teóricos o abstractos, porque no tocarían la fibra interior de las personas. El autodominio tiene que ser configurador de nuestra vida, de un modo de proceder eficaz y concreto. Ha de ser considerado, reflexionado y ensayado personalmente para que sea útil y reporte confianza y alegría a uno mismo.

Muchas personas creen conocerse y se sorprenden de sí mismas cuando actúan de una manera imprevista. Conocerse a sí mismo es una actividad que se desarrolla a lo largo de toda la vida. Conocerse es la condición para ejercer la libertad y tomar decisiones conducentes a hacer realidad la vida que cada uno desea en el fondo de su corazón.

Más aún, no podemos conformarnos con el conocimiento de nosotros mismos ni con elegir el camino de vida deseado. Hace falta estar alertas sobre uno mismo, es decir, adquirir el autodominio a través del hábito de reflexionar o examinarse continuamente para evitar las desviaciones, frenazos o prolongadas paradas (parálisis) en nuestra vida. Y sobre todo, para detectar sus causas y poder corregirlas.

La clave es, por tanto, estar alerta sobre uno mismo.

El examen es la brújula que permite mantener claro el rumbo desde la ubicación precisa en la que se está. Es la herramienta para mantener el ritmo de avance que se pretende y para que sigan vivos los deseos y las motivaciones.

Para la espiritualidad cristiana, examinar o reflexionar la propia vida, no es un ejercicio narcisista (repliegue) ni escrupuloso (culpabilizadora), sino un ejercicio de descubrimiento sano y sanador, que limpia, revela y lanza a mayores planos de generosidad.

San Ignacio de Loyola recomendó que cada uno haga ese examen vital dos veces al día y más si se encuentra en situaciones importantes. El examen es lo que nos permite mantener la conciencia de quién soy, qué quiero, cuáles son mis puntos débiles, qué recursos personales poseo y cuáles estoy en condiciones de adquirir.

La experiencia espiritual se expresa en la frescura, sanidad y autenticidad de vida, lo cual exige firmeza ante sí mismo y a la vez humildad y tolerancia. El autodominio que surge del examen de la propia actuación, ayudará a vivir una vida limpia, transformando en el fondo del corazón la angustia mortal y desesperada que enciende nuestras apetencias y nos incapacita para vivir con gusto, alegría y libertad en la vida.

Quien configura un autodominio que le ayuda a vivir con naturalidad, alegría, valentía y autenticidad, y lo mantiene, en el fondo, dice con ello un sí a Dios. Este modo propio de conducirse entra de lleno en la espiritualidad cristiana. Puede ser practicado en todos los campos de la vida humana. Es una nueva forma de practicar la responsabilidad consigo mismo, con los demás, con el mundo y con el mismo Dios.

Ahora bien, para que el examen (o reflexión) sea sanador y revelador, que limpia y lanza a mayores planos de generosidad, hace falta discernimiento, es decir, el olfato fino que permite distinguir lo que es conveniente cambiar de lo que es necesario mantener. El discernimiento espiritual es la capacidad de conocer las sutilezas de los componentes de la vida, desechar lo que no me sirve y quedarme con lo que más conviene.

A partir de este discernimiento, que profundiza el conocimiento y dominio de sí mismo y lanza a una mayor generosidad, es que se podrá experimentar que, aunque se siga siendo el mismo, yo no seguirá siendo lo mismo, porque se actuará en sintonía y coherencia con los deseos más profundos y más nobles que se llevan en el corazón. Se está abierto a la novedad de la vida y a la novedad de Dios.

Finalmente, la sensibilidad e inteligencia que surgen de la amistad con Dios, fruto del querer actuar como Jesús, hacen que el hombre y la mujer vivan de cara a las realidades concretas de este mundo, de cara a la vida, haciéndose cargo de las tareas de hoy, cooperando con todos en la formación de un mundo más humano, más justo, más fraterno, más libre, donde se actúa de modo corresponsable y audaz para hacer que la vida sea más digna de ser vivida. Quien vive así, vive una auténtica espiritualidad cristiana.

 

 

 

[1] Puesta al día del Plan Apostólico de la Compañía de Jesús en Venezuela 2009-2014. Pág. 9

[2] Cf. Aparecida Nº 281.

[3] RAHNER Karl (1967). Espiritualidad Antigua y Actual. En Escritos de Teología. Vol. VII. Ed. Taurus. Madrid. Pág. 25.

[4] Cf. ALDAZÁBAL José (2002). Vocabulario Básico de Liturgia. Barcelona. Biblioteca Litúrgica 3. pp. 241-242.

[5] Cf. RAHNER, Ibid, p. 25. Para Rahner, Mistagogía es a la vez iniciación a la experiencia religiosa y permanencia en dicha experiencia.

[6] RAHNER, Ibid, p. 26.

[7] ALDAZÁBAL José (2002). Vocabulario Básico de Liturgia. Barcelona. Biblioteca Litúrgica 3. pp. 241-242.

[8] Cf. FLÓREZ OCHOA, Ibid, p. 108.

[9] Conferencia Episcopal Venezolana. (2006). Documentos Conciliares. Concilio Plenario de Venezuela. Caracas: Ediciones San Pablo. pp. 364-365

[10] Ejercicios Espirituales, Anotación 2ª.

[11] Por eso San Ignacio aconseja que el que orienta los Ejercicios Espirituales (EE) no interfiera en la experiencia espiritual que vive la persona que realiza los EE, sino que entregue a cada persona el ejercicio espiritual, sin charla, que entregue las pautas, la materia prima, el modo y orden del ejercicio espiritual. Y la persona se lo apropia, lo recrea, lo rehace, con lo cual resulta una experiencia propia, no ajena, ni renovada, ni siquiera replicada de la experiencia de Ignacio que es su creador, sino una genuina experiencia espiritual de quien la vive.

[12] Todo este apartado es una síntesis de texto: “Lenguaje de Dios y crecimiento espiritual” de ARZUBIALDE Santiago, 2002 (Inédito)

[13] Esta experiencia de la fe es fruto de la acción del Espíritu que nos conduce en Jesús hacia la vida de hijos amados de Dios (Rom. 8,14-16).

[14] Porque es propio de Dios alegrar (Gal 5, 22).

[15] Todo este apartado es una síntesis de texto: “Liderazgo social y ciudadano”, de ARTURO SOSA sj. 28 de Septiembre 2006. Inédito.

 

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