Cristologia Pagola I

José Antonio Pagola. Jesús, Aproximación histórica. 

PRIMERA PARTE

Presentación.

Quién fue Jesús? Qué secreto se encierra en este galileo fascinante, nacido hace dos mil años en una aldea insignificante del Imperio romano y ejecutado como un malhechor cerca de una vieja cantera, en las afueras de Jerusalén, cuando rondaba los treinta años? Quién fue este hombre que ha marcado decisivamente la religión, la cultura y el arte de Occidente hasta imponer incluso su calendario? Probablemente nadie ha tenido un poder tan grande sobre los corazones; nadie ha expresado como él las inquietudes e interrogantes del ser humano; na- die ha despertado tantas esperanzas. Por qué su nombre no ha caído en el olvido? Por qué todavía hoy, cuando las ideologías y religiones experimentan una crisis profunda, su persona y su mensaje siguen alimentando la fe de tantos millones de hombres y mujeres?

Para mí no es una pregunta más. Tampoco un simple deseo de satisfacer mi curiosidad histó- rica o intelectual. Quiero saber quién está en el origen de mi fe cristiana. No me interesa vivir de un Jesús inventado por mí ni por nadie. Deseo aproximarme con el mayor rigor posi- ble a su persona: quién fue? Cómo entendió su vida? Qué defendió? Dónde está la fuerza de su persona y la originalidad de su mensaje? Por qué lo mataron? En qué terminó la aventura de su vida?

Sé muy bien que no es posible escribir una biografía de Jesús, en el sentido moderno de esta palabra, como tampoco lo podemos hacer de Buda, Confucio o Lao-Tse; no poseemos las fuentes ni los archivos adecuados. No podemos reconstruir tampoco su perfil psicológico; el mundo interior de las personas, incluso de aquellas cuya vida está bastante bien documenta- da, escapa en buena parte a los análisis de los historiadores: qué podemos decir del mundo íntimo de Augusto o de Tiberio? Sin embargo conocemos el impacto que produjo Jesús en quienes le conocieron. Sabemos cómo fue recordado: el perfil de su persona, los rasgos bási- cos de su actuación, las líneas de fuerza y el contenido esencial de su mensaje, la atracción que despertó en algunos y la hostilidad que generó en otros.

El trabajo que llevan a cabo tantos investigadores modernos puede ser discutido en un as- pecto u otro, pero, cuando es realizado de manera rigurosa y honesta, resulta casi siempre purificador y ayuda a evitar graves deformaciones. Es irritante oír hablar de Jesús de manera vaga e idealista, o diciendo toda clase de tópicos que no resistirían el mínimo contraste con las fuentes que poseemos de él. Es triste comprobar con qué seguridad se hacen afirmacio- nes que deforman gravemente el verdadero proyecto de Jesús, y con qué facilidad se recorta su mensaje desfigurando su buena noticia. Mucho más lamentable y penoso resulta asomar- se a tantas obras de ciencia-ficción, escritas con delirante fantasía, que prometen revelarnos por fin al Jesús real y sus enseñanzas secretas, y no son sino un fraude de impostores que solo buscan asegurarse sustanciosos negocios.

En este trabajo he buscado aproximarme a la figura histórica de Jesús estudiando, evaluando y recogiendo las importantes aportaciones de quienes están hoy dedicados de manera más intensa a la investigación de su persona. He tenido en cuenta sus análisis de las fuentes, el estudio del contexto histórico, la contribución de las ciencias socioculturales y antropológicas o los hallazgos más recientes de la arqueología. No es un trabajo fácil. He procurado evitar el riesgo de quedarme enredado en las inevitables discusiones de los especialistas, para captar a través de sus aportaciones más sólidas el impacto singular e inconfundible que produjo Jesús.

No me he dejado atrapar por la reconstrucción diseñada críticamente por este o aquel inves- tigador. Me he esforzado por estudiar a fondo sus trabajos teniendo en cuenta un dato histó- rico incuestionable, que es reconocido por todos: Jesús fue recordado por quienes le conocie- ron más de cerca como una buena noticia. Por qué? Qué es lo que percibieron de nuevo y de bueno en su actuación y su mensaje? Esto es lo que he querido estudiar y contar con pala- bras sencillas a los hombres y mujeres de hoy.

He querido captar de alguna manera la experiencia que vivieron quienes se encontraron con Jesús. Sintonizar con la fe que despertó en ellos. Recuperar la buena noticia que él encendió en sus vidas. La reflexión teológica es necesaria e indispensable para ahondar en la fe cris- tiana, pero no podemos permitir que quede encerrada en conceptos y esquemas que van perdiendo su fuerza en la medida en que la experiencia humana va evolucionando. La vida concreta de Jesús es la que sacude el alma; sus palabras sencillas y penetrantes seducen. El Jesús narrado por los evangelistas es más vivo que el catecismo; su lenguaje, más claro y atractivo que el de los teólogos. Recuperar de la manera más viva posible a Jesús puede ser también hoy una buena noticia para creyentes y no creyentes.

Es difícil acercarse a él y no quedar atraído por su persona. Jesús aporta un horizonte dife- rente a la vida, una dimensión más profunda, una verdad más esencial. Su vida es una lla- mada a vivir la existencia desde su raíz última, que es un Dios que solo quiere para sus hijos e hijas una vida más digna y dichosa. El contacto con él invita a desprenderse de posturas rutinarias y postizas; libera de engaños, miedos y egoísmos que paralizan nuestras vidas; introduce en nosotros algo tan decisivo como es la alegría de vivir, la compasión por los úl- timos o el trabajo incansable por un mundo más justo. Jesús enseña a vivir con sencillez y dignidad, con sentido y esperanza.

Todavía más. Jesús lleva a creer en Dios como ha creído él, sin hacer de su misterio un ídolo ni una amenaza, sino una presencia amistosa y cercana, fuente inagotable de vida y compa- sión por todos. Jesús nos conduce a ser de Dios como lo es él. Lamentablemente vivimos a veces con imágenes enfermas de Dios que vamos transmitiendo de generación en genera- ción sin medir sus efectos desastrosos. Jesús invita a vivir su experiencia de un Dios Padre, más humano y más grande que todas nuestras teorías: un Dios salvador y amigo, amor in- creíble e inmerecido a todos.

Escribo este libro desde la Iglesia católica. La conozco desde dentro y sé por experiencia lo fácil que es confundir la adhesión a la fe cristiana con la defensa de una herencia religiosa multisecular. Conozco bien la tentación de vivir correctamente en su interior, sin preocupar- nos de lo único que buscó Jesús: el reino de Dios y su justicia. Hay que volver a las raíces, a la experiencia primera que desencadenó todo. No basta confesar que Jesús es la encarnación de Dios si luego no nos preocupa saber cómo era, qué vivía o cómo actuaba ese hombre en el que Dios se ha encarnado. De poco sirve defender doctrinas sublimes sobre él si no cami- namos tras sus pasos. Nada es más importante en la Iglesia que conocer, amar y seguir más fielmente a Jesucristo. Nada es más decisivo que volver a nacer de su Espíritu.

Sé que Jesús es de todos, no solo de los cristianos. Su vida y su mensaje son patrimonio de la Humanidad. Tiene razón el escritor francés Jean Onimus cuando manifiesta su protesta: Por qué ibas a ser tú propiedad privada de predicadores, de doctores y de algunos eruditos, tú que has dicho cosas tan simples y directas, palabras que todavía hoy son para todos pala- bras de vida?. Mientras escribía estas páginas he pensado en quienes, decepcionados por el cristianismo real que tienen ante sus ojos, se han alejado de la Iglesia y andan hoy buscan- do, por caminos diversos, luz y calor para sus vidas. A algunos los conozco de cerca. No sienten a la Iglesia como fuente de vida y liberación. Por desgracia han conocido a veces el cristianismo a través de formas decadentes y poco fieles al evangelio. Con Iglesia o sin Igle- sia, son muchos los que viven perdidos, sin saber a qué puerta llamar. Sé que Jesús podría ser para ellos la gran noticia.

Pienso también en quienes ignoran casi todo sobre él. Personas que se dicen cristianas y que no sabrían balbucir una síntesis medianamente fiel de su mensaje. Hombres y mujeres para quienes el nombre de Jesús no ha representado nunca nada serio, o cuya memoria se ha borrado hace mucho de su conciencia. Jóvenes que no saben gran cosa de la fe, pero que se sienten quizá secretamente atraídos por Jesús. Sufro cuando les oigo decir que han dejado la religión para vivir mejor. Mejor que con Jesús? Cómo me alegraría si alguno de ellos vislum- brara en estas páginas un camino para encontrarse con él.

Pero nada me alegraría más que saber que su Buena Noticia llega, por caminos que ni yo mismo puedo sospechar, hasta los últimos. Ellos eran y son también hoy sus preferidos: los enfermos que sufren sin esperanza, las gentes que desfallecen de hambre, los que caminan por la vida sin amor, hogar ni amistad; las mujeres maltratadas por sus esposos o compañe- ros, los que están condenados a pasar toda su vida en la cárcel, los que viven hundidos en su culpabilidad, las prostitutas esclavizadas por tantos intereses turbios, los niños que no conocen el cariño de sus padres, los olvidados o postergados por la Iglesia, los que mueren solos y son enterrados sin cruz ni oración alguna, los que son amados solo por Dios.

Sé que Jesús no necesita ni de mí ni de nadie para abrirse camino en el corazón y la historia de las personas. Sé también que otros pueden escribir sobre él desde un conocimiento histó- rico más exhaustivo, desde una experiencia más viva y, sobre todo, desde un seguimiento más radical a su persona. Me siento lejos de haber captado todo el misterio de Jesús. Solo espero no haberlo traicionado demasiado. En cualquier caso, el encuentro con Jesús no es fruto de la investigación histórica ni de la reflexión doctrinal. Solo acontece en la adhesión interior y en el seguimiento fiel. Con Jesús nos empezamos a encontrar cuando comenzamos a confiar en Dios como confiaba él, cuando creemos en el amor como creía él, cuando nos acercamos a los que sufren como él se acercaba, cuando defendemos la vida como él, cuan- do miramos a las personas como él las miraba, cuando nos enfrentamos a la vida y a la muerte con la esperanza con que él se enfrentó, cuando contagiamos la Buena Noticia que él contagiaba.

  1. – Judío de Galilea.

Se llamaba Yeshúa, y a él probablemente le agradaba. Según la etimología más popular, el nombre quiere decir Yahvé salva. Se lo había puesto su padre el día de su circuncisión. Era un nombre tan corriente en aquel tiempo que había que añadirle algo más para identificar bien a la persona. En su pueblo, la gente lo llamaba Yeshúa bar Yosef, Jesús, el hijo de José. En otras partes le decían Yeshúa ha-notsrí, Jesús el de Nazaret. En la Galilea de los años treinta era lo primero que interesaba conocer de una persona: de dónde es?, a qué familia pertenece? Si se sabe de qué pueblo viene y de qué grupo familiar es, se puede conocer ya mucho de su persona.

Para la gente que se encontraba con él, Jesús era galileo. No venía de Judea; tampoco había nacido en la diáspora, en alguna de las colonias judías establecidas por el Imperio. Provenía de Nazaret, no de Tiberíades; era de una aldea desconocida, no de la ciudad santa de Jeru- salén. Todos sabían que era hijo de un artesano, no de un recaudador de impuestos ni de un escriba. Podemos saber qué significaba en los años treinta ser un judío de Galilea?

Bajo el Imperio de Roma.

Jesús no tuvo ocasión de conocerlos de cerca. Ni César Augusto ni Tiberio pisaron su peque- ño país, sometido al Imperio de Roma desde que el general Pompeyo entró en Jerusalén la primavera del año 63 a. C. Sin embargo oyó hablar de ellos y pudo ver su imagen grabada en algunas monedas. Jesús sabía muy bien que dominaban el mundo y eran los dueños de Galilea. Lo pudo comprobar mejor cuando tenía alrededor de veinticuatro años. Antipas, te- trarca de Galilea, vasallo de Roma, edificó una nueva ciudad a orillas de su querido lago de Genesaret y la convirtió en la nueva capital de Galilea. Su nombre lo decía todo. Antipas la llamó Tiberíades en honor de Tiberio, el nuevo emperador que acababa de suceder a Octavio Augusto. Los galileos debían saber quién era su señor supremo.

Durante más de sesenta años nadie se pudo oponer al Imperio de Roma. Octavio y Tiberio dominaron la escena política sin grandes sobresaltos. Una treintena de legiones, de cinco mil hombres cada una, más otras tropas auxiliares aseguraban el control absoluto de un territo- rio inmenso que se extendía desde España y las Galias hasta Mesopotamia; desde las fronte- ras del Rin, el Danubio y el mar Muerto hasta Egipto y el norte de África. Sin conocimientos geográficos, sin acceso a mapa alguno y sin apenas noticias de lo que sucedía fuera de Gali- lea, Jesús no podía sospechar desde Nazaret el poder de aquel Imperio en el que estaba enclavado su pequeño país.

Este inmenso territorio no estaba muy poblado. A comienzos del siglo i podían llegar a cin- cuenta millones. Jesús era uno más. La población se concentraba sobre todo en las grandes ciudades, construidas casi siempre en las costas del Mediterráneo, a la orilla de los grandes ríos o en lugares protegidos de las llanuras más fértiles. Dos ciudades destacaban sobre to- das. Eran sin duda las más nombradas entre los judíos de Palestina: Roma, la gran capital, con un millón de habitantes, a donde había que acudir para resolver ante el César los conflic- tos más graves, y Alejandría, con más de medio millón de moradores, donde había una im- portante colonia de judíos que peregrinaban periódicamente hasta Jerusalén. Dentro de este enorme Imperio, Jesús no es sino un insignificante galileo, sin ciudadanía romana, miembro de un pueblo sometido.

Las ciudades eran, por decirlo así, el nervio del Imperio. En ellas se concentraba el poder político y militar, la cultura y la administración. Allí vivían, por lo general, las clases dirigen- tes, los grandes propietarios y quienes poseían la ciudadanía romana. Estas ciudades consti- tuían una especie de archipiélago en medio de regiones poco pobladas, habitadas por gentes incultas, pertenecientes a los diversos pueblos sometidos. De ahí la importancia de las calza- das romanas, que facilitaban el transporte y la comunicación entre las ciudades, y permitían el rápido desplazamiento de las legiones. Galilea era un punto clave en el sistema de cami- nos y rutas comerciales del Próximo Oriente, pues permitía la comunicación entre los pueblos del desierto y los pueblos del mar. En Nazaret, Jesús vivió prácticamente lejos de las gran- des rutas. Solo cuando vino a Cafarnaún, un pueblo importante al nordeste del lago de Gali- lea, pudo conocer la vía maris o camino del mar, una gran ruta comercial que, partiendo desde el Eufrates, atravesaba Siria, llegaba hasta Damasco y descendía hacia Galilea para atravesar el país en diagonal y continuar luego hacia Egipto. Jesús nunca se aventuró por las rutas del Imperio. Sus pies solo pisaron los senderos de Galilea y los caminos que llevaban a la ciudad santa de Jerusalén.

Para facilitar la administración y el control de un territorio tan inmenso, Roma había dividido el Imperio en provincias regidas por un gobernador que era el encargado de mantener el orden, vigilar la recaudación de impuestos e impartir justicia. Por eso, cuando, aprovechando las luchas internas surgidas entre los gobernantes judíos, Pompeyo intervino en Palestina, lo primero que hizo fue reordenar la región y ponerla bajo el control del Imperio. Roma termi- naba así con la independencia que los judíos habían disfrutado durante ochenta años gracias a la rebelión de los Macabeos. Galilea, lo mismo que Judea, pasaba a pertenecer a la provin- cia romana de Siria. Era el año 63 a. C.

Los judíos de Palestina pasaron a engrosar las listas de pueblos subyugados que Roma orde- naba inscribir en los monumentos de las ciudades del Imperio. Cuando un pueblo era con- quistado tras una violenta campaña de guerra, la victoria era celebrada de manera especial- mente solemne. El general victorioso encabezaba una procesión cívico-religiosa que recorría las calles de Roma: la gente podía contemplar no solo los ricos expolios de la guerra, sino también a los reyes y generales derrotados, que desfilaban encadenados para ser después ritualmente ejecutados. Debía quedar patente el poder militar de los vencedores y la humi- llante derrota de los vencidos. La gloria de estas conquistas quedaba perpetuada luego en las inscripciones de los edificios, en las monedas, la literatura, los monumentos y, sobre todo, en los arcos de triunfo levantados por todo el Imperio.

Los pueblos subyugados no debían olvidar que estaban bajo el Imperio de Roma. La estatua del emperador, erigida junto a la de los dioses tradicionales, se lo recordaba a todos. Su presencia en templos y espacios públicos de las ciudades invitaba a los pueblos a darle culto como a su verdadero señor. Pero, sin duda, el medio más eficaz para mantenerlos sometidos era utilizar el castigo y el terror. Roma no se permitía el mínimo signo de debilidad ante los levantamientos o la rebelión. Las legiones podían tardar más o menos tiempo, pero llegaban siempre. La práctica de la crucifixión, los degüellos masivos, la captura de esclavos, los in- cendios de las aldeas y las masacres de las ciudades no tenían otro propósito que aterrorizar a las gentes. Era la mejor manera de obtener la fides o lealtad de los pueblos.

El recuerdo grandioso y siniestro de Herodes.

Palestina no estuvo nunca ocupada por los soldados romanos. No era su modo de actuar. Una vez controlado el territorio, las legiones se retiraron de nuevo a Siria, donde quedaron estacionadas en puntos estratégicos. Palestina ocupaba un lugar de importancia vital, pues se encontraba entre Siria, puerta de acceso a las riquezas de Asia Menor, y Egipto, uno de los graneros más importantes que abastecían a Roma. La presencia de las legiones era nece- saria para defender la zona de la invasión de los partos, que, desde el otro lado del Éufrates, eran la única amenaza militar para el Imperio. Por lo demás, Roma siguió en Palestina su costumbre de no ocupar los territorios sometidos, sino de gobernarlos por medio de sobera- nos, a ser posible nativos, que ejercían su autoridad como vasallos o clientes del emperador. Eran estos quienes, en su nombre, controlaban directamente a los pueblos, a veces de ma- nera brutal.

Herodes el Grande fue sin duda el más cruel. Jesús no lo conoció, pues nació poco antes de su muerte, cuando, cerca ya de los setenta años, vivía obsesionado por el temor a una cons- piración. Ya años atrás había consolidado su poder ordenando la muerte de miembros de su propio entorno familiar que podían representar algún peligro para su soberanía. Uno tras otro, hizo desaparecer primero a su cuñado Aristóbulo, ahogado en una piscina de Jericó, luego a su esposa Mariamme, acusada de adulterio, a su suegra Alejandra y a otros. Al final de su vida seguía siendo el mismo. Tres años antes de su muerte hizo estrangular a sus hijos Alejandro y Aristóbulo, herederos legítimos del trono. Más tarde, enloquecido por el terror, pero contando siempre con el beneplácito de Augusto, mandó ejecutar a su hijo Herodes Antípatro. A los cinco días, Herodes expiraba en su palacio de Jericó. Jesús tenía dos o tres años y comenzaba a dar sus primeros pasos en torno a su casa de Nazaret.

Un hombre como Herodes era el ideal para controlar Palestina, y Roma lo sabía. Por eso, en el otoño del 40 a. C, el Senado romano descartó otras opciones y lo nombró rey aliado y amigo del pueblo romano. Herodes tardó todavía tres años en controlar su reino, pero el año 37 a. C. logró tomar Jerusalén con la ayuda de tropas romanas. Nunca fue un rey amado por los judíos. Hijo de una rica familia idumea, fue considerado siempre un intruso extranjero al servicio de los intereses de Roma. Para el Imperio, sin embargo, era el vasallo ideal que ase- guraba sus dos objetivos principales: mantener una región estable entre Siria y Egipto, y sacar el máximo rendimiento a aquellas tierras por medio de un rígido sistema de tributación. Las condiciones de Roma eran claras y concretas: Herodes debía defender sus fronte- ras, especialmente frente a los árabes y los partos, por el este; no podía permitir ninguna revuelta o insurrección en su territorio; por último, como rey aliado, debía colaborar con sus tropas en cualquier acción que Roma quisiera emprender en países del entorno.

Herodes fue siempre muy realista. Sabía que su primer deber era controlar el territorio evi- tando todo levantamiento o subversión. Por ello construyó una red de fortalezas y palacios donde estableció sus propias tropas. En Galilea ocupó Séforis y la convirtió en ciudad fuerte, principal centro administrativo de la región. Preocupado por la defensa de las fronteras, construyó la fortaleza del Herodion cerca de Belén, Maqueronte al este del mar Muerto y Masada al sur. En Jerusalén levantó la torre Antonia para controlar el área del templo, espe- cialmente durante las fiestas de Pascua. Herodes fue levantando así un reino monumental y grandioso. Sabía combinar de manera admirable seguridad, lujo y vida fastuosa. Su palacio en las terrazas de Masada, el complejo casi inexpugnable del Herodion o la residencia real en el oasis amurallado de Jericó eran envidiados en todo el Imperio. Sin embargo fue la cons- trucción de Cesárea del Mar y la del templo de Jerusalén lo que confirmó a Herodes como uno de los grandes constructores de la antigüedad.

Nunca olvidó Herodes a quién se debía. Regularmente hacía exquisitos presentes al empera- dor y a otros miembros de la familia imperial. Cada cinco años organizaba en Cesárea juegos atléticos en honor del César. Pero, sobre todo, cultivó como nadie el culto al emperador. Levantó en su honor templos y le dedicó ciudades enteras. En Samaría restauró la vieja capi- tal y la llamó Sebaste, traducción griega del nombre de Augusto. Construyó en Jerusalén un teatro y un anfiteatro, que decoró con inscripciones que ensalzaban al César y trofeos que recordaban sus propias victorias militares. Pero, sin duda, el proyecto más atrevido y gran- dioso fue la construcción de Cesárea del Mar. Su puerto facilitaba la llegada de las legiones romanas por mar y, al mismo tiempo, el transporte de trigo, vino y aceite de oliva hacia Ro- ma. La nueva ciudad representaba gráficamente la grandeza, el poder y la riqueza de Hero- des, pero también su sumisión inquebrantable a Roma. Las fachadas de su palacio, los pavi- mentos de mosaicos, las pinturas al fresco, el uso abundante del mármol o los paseos porti- cados con columnas sugerían una Roma en miniatura. Los viajeros que llegaban en barco o por tierra podían divisar desde lejos el enorme templo, donde se erigían las dos estatuas gigantescas del emperador Augusto y de la diosa Roma, dominando la ciudad. La piedra blanca pulida que recubría el edificio brillaba a la luz del sol deslumbrando a la ciudad entera. Había que educar al pueblo para que venerara a su señor, el emperador de Roma, a quien se le llamaba ya Augusto, es decir, el Sublime, nombre reservado de ordinario a los dioses.

Herodes reprimió siempre con dureza cualquier gesto de rebelión o resistencia a su política de rey vasallo de Roma. Uno de los episodios más dramáticos sucedió al final de su vida y tuvo gran repercusión por la carga simbólica de los hechos. Las obras del templo estaban ya muy adelantadas. Ante los ojos sorprendidos de los habitantes de Jerusalén iba apareciendo un edificio grandioso de estilo helénico-romano. Podían contemplar ya el impresionante pór- tico real, adornado con columnas de mármol blanco, de estilo corintio. Todo estaba calculado por Herodes. Al mismo tiempo que se congraciaba con el pueblo judío levantando un templo a su Dios, dejaba constancia de su propia grandeza ante el mundo entero. Pero Herodes quería dejar claro además dónde residía el poder supremo. Para ello mandó colocar sobre la gran puerta de entrada un águila de oro que simbolizaba el poder de Roma. Pocas cosas podían ser más humillantes para los judíos que verse obligados a pasar bajo el águila impe- rial para entrar en la casa de su Dios. Judas y Matías, dos prestigiosos maestros de la ley, probablemente fariseos, animaron a sus discípulos a que la arrancaran y derribaran. Herodes actuó con rapidez. Detuvo a cuarenta jóvenes, autores del hecho, junto con sus maestros, y los mandó quemar vivos. El crimen era recordado todavía después de la muerte de Herodes, y junto a la entrada del templo se lloraba a los cuarenta y dos mártires. Probablemente Je- sús oyó hablar de ellos en Jerusalén al acercarse al templo.

Al morir Herodes estalló la rabia contenida durante muchos años y se produjeron agitaciones y levantamientos en diversos puntos de Palestina. En Jericó, uno de sus esclavos, llamado Simón, aprovechó la confusión del momento y, rodeándose de algunos hombres, saqueó el palacio real y lo incendió. Probablemente fue también por estas fechas cuando el pastor Atronges se enfrentó, en las cercanías de Emaús, a tropas herodianas que transportaban grano y armas. El episodio más grave tuvo lugar en Séforis, donde un hijo de Ezequías, anti- guo cabecilla de bandidos, llamado Judas se puso al frente de un grupo de hombres desespe- rados, tomó la ciudad y saqueó el palacio real, apoderándose de las armas y mercancías allí almacenadas.

La reacción de Roma no se hizo esperar. Quintilio Varo, gobernador de Siria, tomó a su cargo dos legiones, las completó con cuatro regimientos de caballería, reclutó otras tropas auxilia- res de vasallos de la región -no menos de veinte mil hombres en total- y se dirigió hacia Palestina para controlar el país. Varo marchó directamente hacia Jerusalén y sus alrededores para apoderarse de la capital e impedir cualquier intento de cerco. Su actuación fue contun- dente, pues hizo esclavos a gran número de judíos y crucificó sin piedad a los más rebeldes. Flavio Josefo dice que fueron unos dos mil en total. Mientras tanto envió a Gayo a Galilea a reprimir el principal foco de rebelión. Este lo hizo de manera brutal y sin encontrar apenas resistencia. Tomó la ciudad de Séforis y la incendió. Aterrorizó luego a los campesinos que- mando algunas aldeas de los alrededores y se llevó como esclavos a un número grande de habitantes de la zona.

Jesús tenía en estos momentos tres o cuatro años y vivía en la aldea de Nazaret, situada a solo cinco kilómetros de Séforis. No sabemos lo que pudo vivir su familia. Podemos estar seguros de que la brutal intervención de Roma fue recordada durante mucho tiempo. Estas cosas no se olvidan fácilmente entre los campesinos de las pequeñas aldeas. Es muy proba- ble que Jesús las escuchara desde niño con el corazón encogido. Sabía muy bien de qué hablaba cuando más tarde describía a los romanos como jefes de las naciones que gobiernan los pueblos como señores absolutos y los oprimen con su poder.

No cambió mucho la situación a la muerte de Herodes el año 4 a. C. Sus hijos impugnaron el testamento de su padre y Augusto resolvió definitivamente la sucesión a su manera: Arque- lao se quedaría con Idumea, Judea y Samaría; Antipas gobernaría en Galilea y en Perea, una región que quedaba al oriente del Jordán; a Filipo se le daban Galaunítida, Traconítida y Au- ranítida, tierras gentiles poco habitadas, hacia el norte y el este de Galilea. Ninguno de ellos fue nombrado rey. En concreto, Antipas recibió el título de tetrarca, es decir, soberano de una cuarta parte del reino de Herodes el Grande.

Antipas gobernó Galilea desde el año 4 a. C. hasta el 39 d. C, en que fue depuesto por el emperador, terminando sus días exiliado en las Galias. Jesús fue subdito suyo durante toda su vida. Educado en Roma, su actuación fue propia de un tetrarca, vasallo del emperador. Es posible ver en él algunos de los rasgos que caracterizaron a su padre. Reinó largos años, como él; quiso construir también su pequeño reino y edificó junto al lago de Galilea la capital Tiberíades, una especie de miniatura de Cesarea, levantada por Herodes a orillas del Medite- rráneo; siguiendo los pasos de su padre, no dudó en eliminar las críticas que, desde el de- sierto, le hacía un profeta llamado Juan Bautista, ordenando sin piedad su ejecución. Proba- blemente Jesús no se sintió nunca seguro en sus dominios.

Galilea en tiempos de Antipas.

Galilea era un país verde y fértil, diferente de la austera pero serena montaña de Samaría, y más todavía del áspero y escabroso territorio de Judea. Los escritores del siglo i hablan de tres regiones bien definidas. Al norte, la Alta Galilea, región fronteriza, poco poblada, con alturas de hasta 1.200 metros, de acceso no siempre fácil, refugio de bandidos y malhecho- res huidos de la justicia y lugar de donde bajan con fuerza las aguas que dan nacimiento al Jordán. Descendiendo hacia el sur, la Baja Galilea, un territorio de colinas no muy elevadas, a cuyos pies se extiende la gran llanura de Yizreel, una de las comarcas más ricas de todo el país; en medio de ella, dos sugestivas montañas solitarias, el Tabor y el pequeño Hermón. Desperdigados por toda la zona, numerosas aldeas y pueblos agrícolas; en la región monta- ñosa se encontraba Nazaret, y un poco más al norte, en medio de un valle encantador, Séfo- ris, capital de Galilea durante la infancia de Jesús. La región del lago era una comarca muy rica y poblada, en torno a un lago de agua dulce y rico en pesca. Tres importantes ciudades se asomaban a sus orillas: Cafarnaún, Magdala y Tiberíades. Galilea constituía un territorio de unos 20.000 kilómetros cuadrados. A pesar de ser uno de los países más poblados de la zona, la población de Galilea en tiempos de Antipas no superaba seguramente los 150.000 habitantes.

Para acercarnos un poco más al país, nada mejor que leer la descripción del historiador judío Flavio Josefo, que lo conocía bien, pues había sido el general encargado de defender el terri- torio galileo contra la invasión de Roma el año 66 d. C. Esto es lo que cuenta de la región del lago, tan frecuentada por Jesús:A lo largo del lago de Genesaret se extiende una tierra del mismo nombre, admirable por su belleza natural. La fertilidad del terreno permite toda clase de vegetación. Sus habitantes la cultivan en su totalidad. La bonanza del clima es, además, muy apropiada para toda clase de plantas. Los nogales, que en comparación con otros árboles necesitan un clima especialmen- te fresco, aquí abundan y florecen. Hay también palmeras, que necesitan grandes calores. No muy lejos encontramos higueras y olivos, que requieren un clima más templado. Se po- dría decir que la naturaleza se ha esforzado por reunir aquí, en un solo lugar, las especies más incompatibles, o que las estaciones del año compiten en una noble lucha por hacer valer cada una sus derechos sobre esta tierra. El suelo no solo produce los frutos más diversos, sino que se cuida de que, durante mucho tiempo, haya frutos maduros. Los más nobles de entre ellos, las uvas y los higos, se recogen sin interrupción durante diez meses. Las restan- tes frutas van madurando en el árbol a lo largo de todo el año. Porque, además de la suavi- dad del clima, contribuyen a la fertilidad de esta tierra las aguas de una fuente que mana con fuerza. La gente del país le da el nombre de Cafarnaún.

Aun prescindiendo de los adornos y exageraciones tan del gusto de Flavio Josefo, no es difícil adivinar que el país de Jesús era envidiable. Su clima suave, los vientos húmedos del mar, que penetraban con facilidad hasta el interior, y la fertilidad de la tierra hacían de Galilea un país exuberante. Por lo que podemos saber, en los valles de Yizreel y Bet Netofá se cultivaba trigo de calidad y también cebada, que, por su sabor amargo y difícil digestión, era el pan de los más pobres. Se veían viñedos un poco por todas partes; incluso en las laderas poco es- carpadas. Galilea producía, al parecer, un vino excelente de tipo egeo. El olivo era un árbol apreciado y abundante. Las higueras, granados y árboles frutales crecían más bien en las cercanías de las aldeas o en medio de las viñas. En terrenos más húmedos y sombreados se cultivaban verduras y hortalizas.

Galilea era una sociedad agraria. Los contemporáneos de Jesús vivían del campo, como to- dos los pueblos del siglo i integrados en el Imperio. Según Josefo, toda la región de Galilea está dedicada al cultivo, y no hay parte alguna de su suelo que esté sin aprovechar. Prácti- camente toda la población vive trabajando la tierra, excepto la élite de las ciudades, que se ocupa de tareas de gobierno, administración, recaudación de impuestos o vigilancia militar. Es un trabajo duro, pues solo se puede contar con la ayuda de algunos bueyes, burros o camellos. Los campesinos de las aldeas consumen sus fuerzas arando, vendimiando o se- gando las mieses con la hoz. En la región del lago, donde tanto se movió Jesús, la pesca tenía gran importancia. Las familias de Cafarnaún, Magdala o Betsaida vivían del lago. Las artes de pesca eran rudimentarias: se pescaba con distintos tipos de redes, trampas o tri- dentes. Bastantes utilizaban barcas; los más pobres pescaban desde la orilla. De ordinario, los pescadores no vivían una vida más cómoda que los campesinos de las aldeas. Su trabajo estaba controlado por los recaudadores de Antipas, que imponían tasas por derechos de pes- ca y utilización de los embarcaderos.

En contra de lo que se ha podido pensar hasta hace poco, parece que ni el comercio con el exterior ni el comercio local tuvieron importancia en la Galilea que conoció Jesús. El trans- porte terrestre era difícil y costoso: solo se podía negociar con pequeños objetos de lujo. Es cierto que desde la Alta Galilea se exportaba aceite y otros productos a Tiro y a la costa feni- cia, pero esta actividad nunca fue intensa. Por otra parte, la cerámica de barro de Kefar Hananía y las vasijas de Shikhim, que se encuentran por toda Galilea, no significan una pro- ducción destinada al negocio comercial. Sencillamente se iba produciendo lo necesario para atender las peticiones de las aldeas.

En una sociedad agraria, la propiedad de la tierra es de importancia vital. Quién controlaba las tierras de Galilea? En principio, los romanos consideraban los territorios conquistados como bienes pertenecientes a Roma; por eso exigían el correspondiente tributo a quienes los trabajaban. En el caso de Galilea, gobernada directamente por un tetrarca-vasallo, la distri- bución de las tierras era compleja y desigual.

Probablemente, Antipas heredó grandes extensiones de tierras fértiles que su padre, Herodes el Grande, poseía en el valle de Yizreel, al sur de las montañas de Nazaret. Tenía también propiedades en los alrededores de Tiberíades; ello le dio facilidades para construir la nueva capital y colonizarla con gentes del entorno. Según Flavio Josefo, Antipas obtenía como renta de sus tierras de Perea y Galilea doscientos talentos. Además de controlar sus propias pose- siones, los soberanos podían asignar tierras a miembros de su familia, funcionarios de la corte o militares veteranos. Estos grandes terratenientes vivían de ordinario en las ciudades, por lo que arrendaban sus tierras a los campesinos del lugar y las vigilaban por medio de administradores que actuaban en su nombre. Los contratos eran casi siempre muy exigentes para los campesinos. El propietario exigía la mitad de la producción o una parte importante, que variaba según los resultados de la cosecha; otras veces proporcionaba el grano y lo ne- cesario para trabajar el campo, exigiendo fuertes sumas por todo ello. Los conflictos con el administrador o los propietarios eran frecuentes, sobre todo cuando la cosecha había sido pobre. Hay indicios de que, en tiempos de Jesús, estos grandes propietarios fueron hacién- dose con nuevas tierras de familias endeudadas, llegando a controlar buena parte de la Baja Galilea.

Había, claro está, muchos campesinos que trabajaban tierras de su propiedad, ayudados por toda su familia; por lo general eran terrenos modestos situados no lejos de las aldeas. Había también bastantes que eran simples jornaleros que, por una razón u otra, se habían quedado sin tierras. Estos se movían por las aldeas buscando trabajo sobre todo en la época de la cosecha o la vendimia; recibían su salario casi siempre al atardecer de la jornada; constituí- an una buena parte de la población y muchos de ellos vivían entre el trabajo ocasional y la mendicidad. Jesús conocía bien este mundo. En una de sus parábolas habla de un terrate- niente que arrendó su viña a unos labradores y de los conflictos que tuvo con ellos al negar- se a entregar la parte convenida de la cosecha. En otra recuerda a unos jornaleros sentados en la plaza de una aldea, en la época de la vendimia, esperando a ser contratados por algún propietario. Sin duda los veía cuando iba recorriendo las aldeas de la Baja Galilea.

Uno de los rasgos más característicos de las sociedades agrícolas del Imperio romano era la enorme desigualdad de recursos que existía entre la gran mayoría de la población campesina y la pequeña élite que vivía en las ciudades. Esto mismo sucedía en Galilea. Son los campe- sinos de las aldeas los que sostienen la economía del país; ellos trabajan la tierra y producen lo necesario para mantener a la minoría dirigente. En las ciudades no se produce; las élites necesitan del trabajo de los campesinos. Por eso se utilizan diversos mecanismos para con- trolar lo que se produce en el campo y obtener de los campesinos el máximo beneficio posi- ble. Este es el objetivo de los tributos, tasas, impuestos y diezmos. Desde el poder, esta política de extracción y tributación se legitima como una obligación de los campesinos hacia la élite, que defiende el país, protege sus tierras y lleva a cabo diversos servicios de adminis- tración. En realidad, esta organización económica no promovía el bien común del país, sino que favorecía el bienestar creciente de las élites.

El primero en exigir el pago del tributo era Roma: el tributum soli, correspondiente a las tierras cultivadas, y el tributum cápitis, que debía pagar cada uno de los miembros adultos de la casa. Se pagaba en especie o en moneda: a los administradores les agradaba recibir el tributo en grano para evitar las crisis de alimentos que se producían con frecuencia en Roma. Los tributos servían para alimentar a las legiones que vigilaban cada provincia, para construir calzadas, puentes o edificios públicos y, sobre todo, para el mantenimiento de las clases gobernantes. Negarse a pagarlos era considerado por Roma como una rebelión contra el Imperio, y eran los reyes vasallos los responsables de organizar la recaudación. No es posi- ble saber a cuánto podía ascender. Se estima que, en tiempos de Antipas, podía representar el 12% o 13% de la producción. Sabemos que, según el historiador romano Tácito, significaba una carga muy pesada para los campesinos.

También Antipas, como su padre, tenía su propio sistema de impuestos. De ordinario se con- trataba a recaudadores que, después de pagar al soberano una determinada cantidad, se aplicaban a extraer de las gentes el máximo beneficio. Las tasas debieron de ser fuertes. Solo así pudo llevar adelante Herodes el Grande su ambicioso programa de construcciones. Algo semejante sucedió en tiempos de Jesús, cuando Antipas, en el corto período de veinte años, reconstruyó la ciudad de Séforis, incendiada por los romanos, y edificó enseguida la nueva capital Tiberíades. Los campesinos de Galilea lo tuvieron que sentir en los impuestos.

No sabemos si terminaban aquí las cargas o también desde el templo de Jerusalén se les exigían otras tasas sagradas. En el período asmoneo, antes de que Roma impusiera su Impe- rio, los gobernantes de Jerusalén extendieron a Galilea el tradicional y complicado sistema judío de diezmos y primeros frutos. Se consideraba una obligación sagrada hacia Dios, pre- sente en el templo, y cuyos representantes y mediadores eran los sacerdotes. Al parecer, llegaba a representar hasta el 20% de la cosecha anual. Lo recogido en el campo, más el impuesto de medio shékel que todo judío adulto debía pagar cada año, servía en concreto para socorrer a sacerdotes y levitas que, conforme a lo prescrito por la ley, no tenían tierras que cultivar; para costear los elevados gastos del funcionamiento del templo y para mante- ner a la aristocracia sacerdotal de Jerusalén. La recaudación se llevaba a cabo en los mismos pueblos, y los productos se almacenaban en depósitos del templo para su distribución. Roma no suprimió este aparato administrativo y, bajo Herodes, se siguieron recaudando diezmos. No sabemos qué sucedió en Galilea cuando, gobernada por su hijo Antipas, se convirtió en una jurisdicción separada de Judea. Desconocemos qué medios podían utilizar los sacerdotes de Jerusalén para presionar a los campesinos de Galilea.

La carga total era, probablemente, abrumadora. A muchas familias se les iba en tributos e impuestos un tercio o la mitad de lo que producían. Era difícil sustraerse a los recaudadores. Ellos mismos se presentaban para llevarse los productos y almacenarlos en Séforis, principal ciudad administrativa, o en Tiberíades. El problema de los campesinos era cómo guardar semilla suficiente para la siguiente siembra y cómo subsistir hasta la siguiente cosecha sin caer en la espiral del endeudamiento. Jesús conocía bien los apuros de estos campesinos que, tratando de sacar el máximo rendimiento a sus modestas tierras, sembraban incluso en suelo pedregoso, entre cardos y hasta en zonas que la gente usaba como sendero.

El fantasma de la deuda era temido por todos. Los miembros del grupo familiar se ayudaban unos a otros para defenderse de las presiones y chantajes de los recaudadores, pero tarde o temprano bastantes caían en el endeudamiento. Jesús conoció Galilea atrapada por las deu- das. La mayor amenaza para la inmensa mayoría era quedarse sin tierras ni recursos para sobrevivir. Cuando, forzada por las deudas, la familia perdía sus tierras, comenzaba para sus miembros la disgregación y la degradación. Algunos se convertían en jornaleros e iniciaban una vida penosa en busca de trabajo en propiedades ajenas. Había quienes se vendían como esclavos. Algunos vivían de la mendicidad y algunas de la prostitución. No faltaba quien se unía a grupos de bandidos o salteadores en alguna zona inhóspita del país.

Urbanización en Galilea.

Esta situación difícil de los campesinos galileos se agravó más cuando, en el corto período de veinte años, Antipas reconstruyó Séforis y edificó la nueva capital Tiberíades. Todo sucedió antes de que Jesús cumpliera veinticinco años. Aquellos galileos que llevaban siglos viviendo en aldeas y caseríos, cultivando modestas parcelas de su propiedad, conocieron por vez pri- mera dentro de su propio territorio la proximidad de dos ciudades que iban a cambiar rápi- damente el panorama de Galilea, provocando una grave desintegración social.

Ya los asmoneos habían establecido en Séforis una guarnición armada para garantizar el control de la zona y asegurar el pago de impuestos. Herodes la siguió utilizando como princi- pal centro administrativo de Galilea hasta que, a su muerte, quedó arrasada por el levanta- miento de Judas y la posterior intervención de los soldados romanos. Antipas no dudó en reconstruirla en cuanto tomó el poder. Edificada sobre un pequeño alto que dominaba fértiles tierras era, de momento, el mejor punto para establecer la capital de Galilea. Antipas la lla- mó la Imperial (Auto-crátoris). Solo lo fue hasta el año 1819, en que se fundó Tiberíades, la nueva y espléndida capital construida por Antipas en la ribera del lago de Galilea sobre un terreno que había sido antiguo cementerio.

En el Imperio romano, las ciudades se construían para residencia de las clases dirigentes. Allí vivían los gobernantes, los militares, los recaudadores de impuestos, los funcionarios y ad- ministradores, los jueces y notarios, los grandes terratenientes y los responsables de alma- cenar los productos. Desde las ciudades se administraba el campo y se extraían los impues- tos. La desigualdad del nivel de vida entre las ciudades y las aldeas era patente. En los po- blados campesinos de Galilea, las gentes vivían en casas muy modestas de barro o piedras sin labrar y con techumbres de ramajes; las calles eran de tierra batida y sin pavimentar; la ausencia de mármol o elementos decorativos era total. En Séforis, por el contrario, se podían ver edificios bien construidos, cubiertos de tejas rojas, con suelo de mosaicos y pinturas al fresco; calles pavimentadas y hasta una avenida de unos trece metros de anchura, flanquea- da a uno y otro lado por sendas filas de columnas. Tiberíades era todavía más monumental, con el palacio de Antipas, diversos edificios administrativos y la puerta de la ciudad con dos torres redondeadas, de carácter puramente ornamental y simbólico, para separar claramente la población de la ciudad de la del campo.

En Séforis vivían entre 8.000 y 12.000 habitantes; en Tiberíades, en torno a los 8.000. No podían competir ni por tamaño ni por poder o riqueza con Cesárea del Mar, donde residía el prefecto de Roma, ni con Escitópolis o las ciudades costeras de Tiro y Sidón. Eran centros urbanos menores, pero su presencia introducía una novedad importante en Galilea. Desde el campo se debía abastecer ahora a dos poblaciones urbanas que no cultivaban la tierra. Fami- lias campesinas, acostumbradas a trabajar sus campos para asegurarse lo necesario para vivir, se vieron obligadas a incrementar su producción para mantener a las clases dirigentes.

Desde Séforis y Tiberíades se tasaba y administraba toda Galilea. Los campesinos experi- mentaron por vez primera la presión y el control cercano de los gobernantes herodianos. No era posible evitar el pago de rentas y tasas. La organización de la tasación y del almacena- miento era cada vez más eficaz. Las demandas para sostener los centros de una administra- ción en desarrollo eran cada vez más elevadas. Mientras en Séforis y Tiberíades crecía el nivel de vida y la posibilidad de adquirir mercancías lujosas, en las aldeas se sentía cada vez más la inseguridad y los problemas para poder vivir. Séforis y Tiberíades estaban introdu- ciendo unas relaciones antes desconocidas de control, poder administrativo y exacción de impuestos.

La agricultura de las familias de Galilea había sido tradicionalmente muy diversificada. Los campesinos cultivaban en sus tierras diferentes productos, pensando en sus variadas necesi- dades y en el mercado de intercambio y mutua reciprocidad que existía entre las familias y vecinos de las aldeas. Sin embargo, en esta nueva situación se iba impulsando cada vez más el monocultivo. A los grandes terratenientes les interesaba para aumentar la producción, facilitar el pago de impuestos y negociar con el almacenamiento de los productos. Mientras tanto, los propietarios de pequeñas parcelas y los jornaleros quedaban cada vez menos pro- tegidos. Las élites urbanas no pensaban en las necesidades de las familias pobres, que se alimentaban de cebada, judías, mijo, cebollas o higos, sino en productos como el trigo, el aceite o el vino, de mayor interés para el almacenamiento y el lucro.

En esta misma época comenzaron a circular por Galilea monedas de plata acuñadas por An- tipas en Tiberíades. La monetización facilitaba la compra de productos y el pago del tributo a Roma. Por otra parte, permitía a los ricos acumular sus ganancias y asegurarse el futuro para las épocas de escasez. La circulación de la moneda estaba bajo control de las élites urbanas y favorecía a los más ricos. En concreto, las monedas de oro y plata se empleaban regularmente para acumular tesoros o mammona, que servía para adquirir honor, reputación pública y poder; solo en las ciudades se podía atesorar. Las monedas de plata servían para pagar el tributo imperial por cada persona y los diversos impuestos. Las monedas de bronce se utilizaban para balancear el intercambio de productos; era la moneda que manejaban de ordinario los campesinos.

Al parecer, Jesús conoció a lo largo de su vida el crecimiento de una desigualdad que favore- cía a la minoría privilegiada de Séforis y Tiberíades, y provocaba inseguridad, pobreza y des- integración de bastantes familias campesinas. Creció el endeudamiento y la pérdida de tie- rras de los más débiles. Los tribunales de las ciudades pocas veces apoyaban a los campesi- nos. Aumentó el número de indigentes, jornaleros y prostitutas. Cada vez eran más los po- bres y hambrientos que no podían disfrutar de la tierra regalada por Dios a su pueblo.

La actividad de Jesús en medio de las aldeas de Galilea y su mensaje del reino de Dios representaban una fuerte crítica a aquel estado de cosas. Su firme defensa de los indigentes y hambrientos, su acogida preferente a los últimos de aquella sociedad o su condena de la vida suntuosa de los ricos de las ciudades era un desafío público a aquel programa socio-político que impulsaba Antipas, favoreciendo los intereses de los más poderosos y hundiendo en la indigencia a los más débiles. La parábola del mendigo Lázaro y el rico que vive fastuosamen- te ignorando a quien muere de hambre a la puerta de su palacio; el relato del terrateniente insensato que solo piensa en construir silos y almacenes para su grano; la crítica severa a quienes atesoran riquezas sin pensar en los necesitados; sus proclamas declarando felices a los indigentes, los hambrientos y los que lloran al perder sus tierras; las exhortaciones diri- gidas a sus seguidores para compartir la vida de los más pobres de aquellas aldeas y cami- nar como ellos, sin oro, plata ni cobre, y sin túnica de repuesto ni sandalias; sus llamadas a ser compasivos con los que sufren y a perdonar las deudas, y tantos otros dichos permiten captar todavía hoy cómo vivía Jesús el sufrimiento de aquel pueblo y con qué pasión buscaba un mundo nuevo, más justo y fraterno, donde Dios pudiera reinar como Padre de todos.

Judíos con rasgos propios.

Quiénes eran estos galileos que poblaban el país de Jesús? El profeta Isaías, desde la capital judía de Jerusalén, había hablado de la Galilea de los gentiles. Nunca fue del todo cierto. No sabemos exactamente lo que sucedió con las tribus del norte después de que los asirios con- quistaran el territorio y convirtieran Galilea en una provincia de Asiría. Hasta hace poco se pensaba que los asirios habían deportado solamente a las clases dirigentes, dejando a los campesinos cultivando las tierras. Sin embargo, las excavaciones más recientes constatan un gran vacío de población durante este período. Probablemente solo quedaron algunos campe- sinos.

 

No sabemos prácticamente nada de estos galileos viviendo lejos de Jerusalén, en un territo- rio invadido a lo largo de seis siglos por asirios, babilonios, persas, ptolomeos y seléucidas. Probablemente se mantuvieron fieles a Yahvé, el Dios de Israel, y conservaron las grandes tradiciones del Éxodo, la Alianza, la ley de Moisés o la celebración del sábado, pero no sin dificultades. Por una parte, no poseían un centro de culto como el de Jerusalén. Por otra, no contaban con una aristocracia sacerdotal nativa o una clase dirigente que pudiera custodiar y cultivar las tradiciones de Israel, como sucedía en Judea. Nada tiene, pues, de extraño que se desarrollaran tradiciones, costumbres y prácticas locales algo diferentes de las que se vivían en Judea.

 

Después de la rebelión de los Macabeos se produjo un hecho importante. Los soberanos as- moneos de Judea subordinaron Galilea al Estado-Templo de Jerusalén y obligaron a sus habi- tantes a vivir según las leyes judías. No les debió de resultar difícil la integración, pues se sentían miembros del pueblo judío de la Alianza. Sin embargo, después de tantos siglos se- parados de Jerusalén, no estaban acostumbrados a vivir sometidos a los sumos sacerdotes. El templo era, sin duda, la casa de Dios, pero ahora representaba también un centro de po- der que los sometía directamente al sistema de recaudación de los diezmos y demás tasas sagradas.

 

La colonización impulsada por los gobernantes asmoneos contribuyó de manera decisiva a la integración y asimilación de Galilea dentro del Estado judío. Al parecer fueron muchas las familias judías que fueron de Judea a cultivar tierras de Galilea. En cualquier caso, los habi- tantes de Galilea contemporáneos de Jesús pueden ser llamados judíos con toda propiedad. Sus raíces religiosas están en Judea. De hecho, Roma, Herodes y Antipas los trataron como judíos, respetando sus tradiciones y su religión. Por otra parte, las excavaciones ofrecen datos incuestionables sobre el carácter judío de la Galilea que conoció Jesús. Por todas par- tes aparecen miqwaot o piscinas para las purificaciones: los galileos practicaban los mismos ritos de purificación que los habitantes de Judea. La ausencia de cerdo en la alimentación, los recipientes de piedra o el tipo de enterramientos hablan claramente de su pertenencia a la religión judía.

 

Geográficamente, Galilea era una especie de isla rodeada por importantes ciudades helenísti- cas. Al sur, en la región hostil de Samaría, se levantaba Sebaste, la nueva capital, de marca- da influencia helenística; al oeste, en la costa mediterránea, destacaban tres importantes centros urbanos: Tolemaida, que influía fuertemente en la llanura de Yizreel, y Tiro y Sidón, que dejaban sentir su presencia en las regiones fronterizas del norte; al este se encontraba la Decápolis, importante confederación de ciudades que constituían el foco más fuerte del

 

desarrollo helenístico en la zona. Cuando Pompeyo estructuró la región, dio a estas diez ciu- dades un estatuto propio y las integró directamente en la nueva provincia romana de Siria. Sin embargo, en medio de este entorno fuertemente helénico, Galilea aparece en tiempos de Jesús como una región perfectamente definida, con una población diferente, vinculada a Judea con una personalidad propia. Ni siquiera en Séforis y Tiberíades se observan indicios de un número considerable de gentiles romanos, griegos o sirofenicios. Las dos se habían helenizado algo más que el resto de Galilea, pero permanecían siendo ciudades judías.

 

No es fácil conocer de forma precisa cómo se vivía en Galilea la vinculación religiosa con Jerusalén. Había ciertamente una distancia geográfica y espiritual. Nunca recibieron los gali- leos una influencia religiosa tan intensa como los habitantes de Jerusalén o los campesinos de las aldeas judaítas de su entorno. La presencia de escribas o maestros de la ley no parece haber sido muy activa. Cuando Jesús y sus discípulos subían a Jerusalén, cruzaban de alguna manera una barrera, pues venían desde los márgenes geográficos del judaísmo de Galilea hasta su centro. Sin embargo, Jerusalén jugaba un papel simbólico insustituible y ejercía sobre los galileos un atractivo con el que no podían competir ni Séforis ni Tiberíades. Sabe- mos por Flavio Josefo que los galileos subían en peregrinación a Jerusalén. Muchos de ellos tenían seguramente abuelos o padres nacidos en Judea, y todavía persistían contactos entre las familias. Por otra parte, la peregrinación no era solo un fenómeno religioso, sino un acon- tecimiento social muy importante. Los peregrinos tomaban parte en las fiestas religiosas, pero, al mismo tiempo, comían, bebían, cantaban y hacían sus pequeñas compras. Las fies- tas religiosas constituían una vacación sagrada muy atractiva.

 

Por otra parte, es explicable que en Galilea se apreciaran de manera especial las tradiciones israelitas del norte, donde estaba enclavada Galilea. En las fuentes evangélicas se habla de los profetas del norte, como Elias, Elíseo o Jonás, pero apenas se dice nada de reyes y sa- cerdotes, personajes típicos de Jerusalén y Judea. Se habla de los israelitas como hijos Abra- hán y se evita la teología de Sión y la ciudad santa. Probablemente, los galileos estaban habituados a una interpretación más relajada de la ley, y eran menos estrictos que en Judea en lo tocante a ciertas reglas de pureza.

 

En Galilea se hablaba arameo, lengua que había ido desplazando al hebreo a partir de la expansión asiría. Fue la lengua materna de Jesús. En su casa se hablaba en arameo y sus primeras palabras para llamar a sus padres fueron abbá e immá. Fue sin duda la lengua en que anunció su mensaje, pues la población judía, tanto de Galilea como de Judea, hablaba el arameo en la vida corriente. Todavía quedan claros vestigios de su lengua aramea en el tex- to de los evangelios. Los galileos hablaban el arameo con algunos rasgos que los diferencia- ba de los judíos de Judea. En concreto, no pronunciaban bien los sonidos guturales, y eran objeto de chistes y burlas en la capital. A Jesús, lo mismo que a Pedro, el acento traicionaba su origen galileo.

 

El hebreo, que había sido la lengua de Israel en tiempos de los grandes profetas, decayó mucho después del exilio a Babilonia, pero no se perdió del todo. En tiempos de Jesús se hablaba todavía en algunas localidades de Judea, pero se conservaba sobre todo como len- gua sagrada en la que estaban escritos los libros de la ley y era utilizada en el culto del tem- plo y en ciertas oraciones. Los escribas la dominaban perfectamente e incluso se servían de ella en sus debates. Sin embargo, el pueblo ya no lo entendía bien; cuando en las sinagogas se leían las Escrituras sagradas en hebreo, el texto era traducido y comentado en arameo. Es probable que Jesús tuviera algún conocimiento de hebreo bíblico, pero no parece que lo hablara regularmente en la conversación ordinaria.

 

A partir del impulso helenizador de Alejandro Magno, el griego fue arraigando cada vez más en los territorios conquistados, convirtiéndose en la lengua oficial de la cultura, la adminis- tración y los intercambios comerciales. Algo de esto sucedió también en Galilea y Judea. No desplazó al arameo, pero se convirtió en buena parte en la lengua empleada por los miem- bros de la corte herodiana, las clases dirigentes y los encargados de la administración. En Séforis se hablaba tal vez más griego que en Tiberíades, pero en ambas seguía vivo el ara- meo. También conocían el griego la aristocracia sacerdotal y los grupos dirigentes de Jerusa- lén. Hay indicios de que en tiempos de Jesús había gente bilingüe que hablaba arameo y podía valerse también de un griego rudimentario.

 

Jesús, sin duda, hablaba y pensaba en arameo, pero su contacto con la lengua griega fue tal vez más intenso de lo que solemos pensar, sobre todo si se acercó hasta Séforis buscando trabajo. En su grupo de seguidores, algunos hablaban griego. Un recaudador como Leví tenía

 

que saberlo para ejercer su profesión. Andrés y Felipe, de nombres griegos y provenientes de Betsaida (Cesárea de Filipo), hablaban seguramente griego y podían ayudar a Jesús a comunicarse con personas paganas, como la sirofenicia.

 

La llegada de los romanos no logró imponer el latín. Al parecer era utilizado exclusivamente por los funcionarios y militares romanos. Es cierto que en los edificios, acueductos y monu- mentos públicos se grababan inscripciones impresionantes en latín, pero la gente no enten- día su contenido; solo captaba su mensaje de poder y dominación. No hay razones para pen- sar que Jesús hablara latín. Así pues, en una comarca tan compleja lingüísticamente, Jesús fue un galileo de ambiente rural que enseñaba a las gentes en su lengua materna, el ara- meo; conocía probablemente el hebreo bíblico tanto como para entender y citar las Escritu- ras; quizá se defendía algo en griego y desconocía el latín.

 

 

  1. – Vecino de Nazaret.

 

Según las fuentes cristianas, Jesús aparece de pronto como un profeta itinerante que recorre los caminos de Galilea, después de haberse distanciado de Juan el Bautista. Es como si antes no hubiera existido. Sin embargo, Jesús no era un desconocido. La gente sabe que se ha criado en Nazaret. Se conoce a sus padres y hermanos. Es hijo de un artesano. Le llaman Jesús, el de Nazaret. Qué podemos saber de Jesús como vecino de esta pequeña aldea?

 

 

El pueblo de Jesús.

 

Nazaret era un pequeño poblado en las montañas de la Baja Galilea. El tamaño de las aldeas de Galilea, su disposición y emplazamiento variaban bastante. Algunas estaban situadas en lugares protegidos, otras se asentaban sobre un alto. En ninguna se observa un trazado pen- sado de antemano, como en las ciudades helénicas.

 

De Nazaret sabemos que estaba a unos 340 metros de altura, en una ladera, lejos de las grandes rutas, en la región de la tribu de Zabulón. Una quebrada conducía en rápido descen- so al lago de Genesaret. No parece que hubiera verdaderos caminos entre las aldeas. Tal vez el más utilizado era el que llevaba a Séforis, capital de Galilea cuando nació Jesús. Por lo demás,, el poblado quedaba retirado en medio de un bello paisaje rodeado de alturas. En las pendientes más soleadas, situadas al sur, se hallaban diseminadas las casas de la aldea y muy cerca terrazas construidas artificialmente donde se criaban vides de uva negra; en la parte más rocosa crecían olivos de los que se recogía aceituna. En los campos de la falda de la colina se cultivaba trigo, cebada y mijo. En lugares más sombreados del valle había algu- nos terrenos de aluvión que permitían el cultivo de verduras y legumbres; en el extremo occidental brotaba un buen manantial. En este entorno se movió Jesús durante sus primeros años: cuesta arriba, cuesta abajo y algunas escapadas hacia unos olivos cercanos o hasta el manantial.

 

Nazaret era una aldea pequeña y desconocida, de apenas doscientos a cuatrocientos habi- tantes. Nunca aparece mencionada en los libros sagrados del pueblo judío, ni siquiera en la lista de pueblos de la tribu de Zabulón. Algunos de sus habitantes vivían en cuevas excava- das en las laderas; la mayoría en casas bajas y primitivas, de paredes oscuras de adobe o piedra, con tejados confeccionados de ramaje seco y arcilla, y suelos de tierra apisonada. Bastantes tenían en su interior cavidades subterráneas para almacenar el agua o guardar el grano. Por lo general, solo tenían una estancia en la que se alojaba y dormía toda la familia, incluso los animales. De ordinario, las casas daban a un patio que era compartido por tres o cuatro familias del mismo grupo, y donde se hacía buena parte de la vida doméstica. Allí tenían en común el pequeño molino donde las mujeres molían el grano y el horno en el que cocían el pan. Allí se depositaban también los aperos de labranza. Este patio era el lugar más apreciado para los juegos de los más pequeños, y para el descanso y la tertulia de los mayo- res al atardecer.

 

Jesús ha vivido en una de estas humildes casas y ha captado hasta en sus menores detalles la vida de cada día. Sabe cuál es el mejor lugar para colocar el candil, de manera que el in- terior de la casa, de oscuras paredes sin encalar, quede bien iluminado y se pueda ver. Ha visto a las mujeres barriendo el suelo pedregoso con una hoja de palmera para buscar algu- na moneda perdida por cualquier rincón. Conoce lo fácil que es penetrar en algunas de estas casas abriendo un boquete para robar las pocas cosas de valor que se guardan en su inter-

 

ior. Ha pasado muchas horas en el patio de su casa y conoce bien lo que se vive en las fami- lias. No hay secretos para nadie. Ha visto cómo su madre y las vecinas salen al patio al amanecer para elaborar la masa del pan con un trozo de levadura. Las ha observado mien- tras remiendan la ropa y se ha fijado en que no se puede echar a un vestido viejo un re- miendo de tela sin estrenar. Ha oído cómo los niños piden a sus padres pan o un huevo, sabiendo que siempre recibirán de ellos cosas buenas. Conoce también los favores que saben hacerse entre sí los vecinos. En alguna ocasión ha podido sentir cómo alguien se levantaba de noche estando ya cerrada la puerta de casa para atender la petición de un amigo.

 

Cuando más adelante recorra Galilea invitando a una experiencia nueva de Dios, Jesús no hará grandes discursos teológicos ni citará los libros sagrados que se leen en las reuniones de los sábados en una lengua que no todos conocen bien. Para entender a Jesús no es nece- sario tener conocimientos especiales; no hace falta leer libros. Jesús les hablará desde la vida. Todos podrán captar su mensaje: las mujeres que ponen levadura en la masa de harina y los hombres que llegan de sembrar el grano. Basta vivir intensamente la vida de cada día y escuchar con corazón sencillo las audaces consecuencias que Jesús extrae de ella para aco- ger a un Dios Padre.

 

A los pocos años, Jesús se atreve a moverse por la aldea y sus alrededores. Como todos los niños, se fija enseguida en los animales que andan por el pueblo: las gallinas que esconden a sus polluelos bajo las alas o los perros que ladran al acercarse los mendigos. Observa que las palomas se le acercan confiadas, y se asusta al encontrarse con alguna serpiente sesteando al sol junto a las paredes de su casa.

 

Vivir en Nazaret es vivir en el campo. Jesús ha crecido en medio de la naturaleza, con los ojos muy abiertos al mundo que le rodea. Basta oírle hablar. La abundancia de imágenes y observaciones tomadas de la naturaleza nos muestran a un hombre que sabe captar la crea- ción y disfrutarla. Jesús se ha fijado muchas veces en los pájaros que revolotean en torno a su aldea; no siembran ni almacenan en graneros, pero vuelan llenos de vida, alimentados por Dios, su Padre. Le han entusiasmado las anémonas rojas que cubren en abril las colinas de Nazaret; ni Salomón en toda su gloria se vistió como una de ellas. Observa con atención las ramas de las higueras: de día en día les van brotando hojas tiernas anunciando que el verano se acerca. Se le ve disfrutar del sol y de la lluvia, y dar gracias a Dios, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Mira los grises nuba- rrones que anuncian la tormenta y siente en su cuerpo el viento pegajoso del sur, que indica la llegada de los calores.

 

Jesús no solo vive abierto a la naturaleza. Más adelante invitará a la gente a ir más allá de lo que se ve en ella. Su mirada es una mirada de fe. Admira las flores del campo y los pájaros del cielo, pero intuye tras ellos el cuidado amoroso de Dios por sus criaturas. Se alegra por el sol y la lluvia, pero mucho más por la bondad de Dios para con todos sus hijos, sean buenos o malos. Sabe que el viento sopla donde quiere, sin que se pueda precisar de dónde viene y a dónde va, pero él percibe a través del viento una realidad más profunda y misteriosa: el Espíritu Santo de Dios. Jesús no sabe hablar sino desde la vida. Para sintonizar con él y cap- tar su experiencia de Dios es necesario amar la vida y sumergirse en ella, abrirse al mundo y escuchar la creación.

 

 

En el seno de una familia judía.

 

En Nazaret, la familia lo era todo: lugar de nacimiento, escuela de vida y garantía de trabajo. Fuera de la familia, el individuo queda sin protección ni seguridad. Solo en la familia encuen- tra su verdadera identidad. Esta familia no se reducía al pequeño hogar formado por los pa- dres y sus hijos. Se extendía a todo el clan familiar, agrupado bajo una autoridad patriarcal y formado por todos los que se hallaban vinculados en algún grado por parentesco de sangre o por matrimonio. Dentro de esta familia extensa se establecían estrechos lazos de carácter social y religioso. Compartían los aperos o los molinos de aceite; se ayudaban mutuamente en las faenas del campo, sobre todo en los tiempos de cosecha y de vendimia; se unían para proteger sus tierras o defender el honor familiar; negociaban los nuevos matrimonios asegu- rando los bienes de la familia y su reputación. Con frecuencia, las aldeas se iban formando a partir de estos grupos familiares unidos por parentesco.

 

En contra de lo que solemos imaginar, Jesús no vivió en el seno de una pequeña célula fami- liar junto a sus padres, sino integrado en una familia más extensa. Los evangelios nos infor-

 

man de que Jesús tiene cuatro hermanos que se llaman Santiago, José, Judas y Simón, y también algunas hermanas a las que dejan sin nombrar, por la poca importancia que se le daba a la mujer. Probablemente estos hermanos y hermanas están casados y tienen su pe- queña familia. En una aldea como Nazaret, la familia extensa de Jesús podía constituir una buena parte de la población. Abandonar la familia era muy grave. Significaba perder la vin- culación con el grupo protector y con el pueblo. El individuo debía buscar otra familia o gru- po. Por eso, dejar la familia de origen era una decisión extraña y arriesgada. Sin embargo llegó un día en que Jesús lo hizo. Al parecer, su familia e incluso su grupo familiar le queda- ban pequeños. El buscaba una familia que abarcara a todos los hombres y mujeres dispues- tos a hacer la voluntad de Dios. La ruptura con su familia marcó su vida de profeta itineran- te.

 

Había dos aspectos, al menos, en estas familias que Jesús criticaría un día. En primer lugar, la autoridad patriarcal, que lo dominaba todo; la autoridad del padre era absoluta; todos le debían obediencia y lealtad. Él negociaba los matrimonios y decidía el destino de las hijas. Él organizaba el trabajo y definía los derechos y deberes. Todos le estaban sometidos. Jesús hablará más tarde de unas relaciones más fraternas donde el dominio sobre los demás ha de ser sustituido por el mutuo servicio. Una fuente atribuye a Jesús estas palabras: No llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo.

 

Tampoco la situación de la mujer era la que Jesús defendería más tarde. La mujer era apre- ciada sobre todo por su fecundidad y su trabajo en el hogar. Sobre ella recaían la crianza de los hijos pequeños, el vestido, la preparación de la comida y demás tareas domésticas. Por lo demás, apenas tomaba parte en la vida social de la aldea. Su sitio era el hogar. No tenía contacto con los varones fuera de su grupo de parentesco. No se sentaba a la mesa en los banquetes en que había invitados. Las mujeres se acompañaban y se apoyaban mutuamente en su propio mundo. En realidad, la mujer siempre pertenecía a alguien. La joven pasaba del control de su padre al de su esposo. Su padre la podía vender como esclava para responder de las deudas, no así al hijo, que estaba llamado a asegurar la continuidad de la familia. Su esposo la podía repudiar abandonándola a su suerte. Era especialmente trágica la situación de las mujeres repudiadas y las viudas, que se quedaban sin honor, sin bienes y sin protec- ción, al menos hasta que encontraran un varón que se hiciera cargo de ellas. Más tarde, Jesús defenderá a las mujeres de la discriminación, las acogerá entre sus discípulos y adop- tará una postura rotunda frente al repudio decidido por los varones: El que repudia a su mu- jer y se casa con otra comete adulterio contra la primera.

 

Como todos los niños de Nazaret, Jesús vivió los siete u ocho primeros años de su vida bajo el cuidado de su madre y de las mujeres de su grupo familiar. En estas aldeas de Galilea, los niños eran los miembros más débiles y vulnerables, los primeros en sufrir las consecuencias del hambre, la desnutrición y la enfermedad. La mortalidad infantil era muy grande. Por otra parte, pocos llegaban a la edad juvenil sin haber perdido a su padre o a su madre. Los niños eran sin duda apreciados y queridos, también los huérfanos, pero su vida era especialmente dura y difícil. A los ocho años, los niños varones eran introducidos sin apenas preparación en el mundo autoritario de los hombres, donde se les enseñaba a afirmar su masculinidad culti- vando el valor, la agresión sexual y la sagacidad. Años más tarde, Jesús adoptará ante los niños una actitud poco habitual en este tipo de sociedad. No era normal que un varón hono- rable manifestara hacia los niños esa atención y acogida que las fuentes cristianas destacan en Jesús, en contraste con otras reacciones más frecuentes. Su actitud está fielmente reco- gida en estas palabras: Dejad que los niños se me acerquen, no se lo impidáis, pues los que son como estos tienen a Dios como rey.

 

 

Entre gente del campo.

 

En las ciudades llamaban a los habitantes de las aldeas rurales am ha- arets, expresión que literalmente significa gente del campo, pero que se utilizaba en sentido peyorativo para cali- ficar a gentes rudas e ignorantesDe Nazaret puede salir algo bueno?. Esta es la impresión que se tenía del pueblo de Jesús y de sus habitantes. La vida en Nazaret era dura. El hambre era una amenaza real en tiempos de sequía severa o después de una mala cosecha. Las fa- milias hacían todo lo posible para alimentarse de los productos de sus tierras sin tener que depender de otros. La alimentación de los campesinos era escasa. Constaba principalmente de pan, aceitunas y vino; tomaban judías o lentejas acompañadas de alguna verdura; no venía mal completar la dieta con higos, queso o yogur. En alguna ocasión se comía pescado salado y la carne estaba reservada solo para las grandes celebraciones y la peregrinación a

 

Jerusalén. La esperanza de vida se situaba más o menos en los treinta años. Eran pocos los que llegaban a los cincuenta o los sesenta.

 

Dos eran las grandes preocupaciones de estos campesinos: la subsistencia y el honor. Lo primero era subsistir después de pagar todos los tributos y recaudaciones, sin caer en la espiral de las deudas y chantajes. El verdadero problema era tener con qué alimentar a la familia y a los animales, y, al mismo tiempo, guardar semilla para la siguiente siembra. En Nazaret apenas circulaba el dinero. Más bien se intercambiaban productos o se pagaba con una ayuda temporal en el campo, prestando animales para trabajar la tierra u otros servicios parecidos. Si exceptuamos a algunos artesanos de la construcción y algún alfarero o curtidor, todos los vecinos de estas aldeas de Galilea se dedicaban al trabajo del campo, siguiendo el ritmo de las estaciones. Según la Misná, entre los judíos el trabajo estaba distribuido y orga- nizado: la mujer trabaja dentro de la casa preparando la comida y limpiando o reparando la ropa; el hombre trabaja fuera del hogar, en las diferentes faenas del campo. Probablemente no era así en estas pequeñas aldeas. En tiempos de cosecha, por ejemplo, toda la familia trabajaba en la recolección, incluso mujeres y niños. Por otra parte, las mujeres salían para traer el agua o la leña, y no era raro ver a los hombres tejiendo o reparando el calzado.

 

Jesús conoce bien este mundo de los campesinos. Sabe el cuidado que hay que tener para arar en línea recta sin mirar hacia atrás. Conoce el trabajo, a veces poco fructuoso, de los sembradores. Se fija en que el grano ha de quedar bien enterrado para que pueda germinar, y observa cómo van brotando las espigas sin que el labrador sepa cómo ocurre. Sabe lo difí- cil que es separar el trigo y la cizaña, pues crecen muy juntos, y la paciencia que hay que tener con la higuera para que llegue a dar fruto algún día. Todo le servirá más adelante para anunciar su mensaje con palabras sencillas y claras.

 

Junto a la subsistencia preocupa el honor de la familia. La reputación lo era todo. El ideal era mantener el honor y la posición del grupo familiar, sin usurpar nada a los demás y sin permi- tir que otros la dañaran. Todo el clan permanecía vigilante para que nada pudiera poner en entredicho el honor familiar. Sobre todo se vigilaba de cerca a las mujeres, pues podían po- ner en peligro el buen nombre de la familia. Y esto por razones diversas: por no dar hijos varones al grupo familiar; por mantener una relación sexual con alguien sin el consentimien- to del grupo; por divulgar secretos de la familia o por actuar de forma vergonzosa para to- dos. A las mujeres se les inculcaba castidad, silencio y obediencia. Estas eran probablemente las principales virtudes de una mujer en Nazaret.

 

Jesús puso en peligro el honor de su familia cuando la abandonó. Su vida de vagabundo, lejos del hogar, sin oficio fijo, realizando exorcismos y curaciones extrañas, y anunciando sin autoridad alguna un mensaje desconcertante, era una vergüenza para toda la familia. Su reacción es explicable: Cuando sus parientes se enteraron, fueron a hacerse cargo de él, pues decían: Está fuera de sí. Jesús, por su parte, hijo de esta misma cultura, se quejará a sus vecinos de Nazaret de que no le aprecien y acojan como corresponde a un profeta: Nin- gún profeta carece de honor más que en su tierra, entre sus parientes y en su propia casa.

 

 

Ambiente religioso.

 

Galilea no era Judea. La ciudad santa de Jerusalén quedaba lejos. En aquella aldea perdida en las montañas, la vida religiosa no giraba en torno al templo y a sus sacrificios. A Nazaret no llegaban los grandes maestros de la ley. Eran los mismos vecinos quienes se ocupaban de alimentar su fe en el seno del hogar y en las reuniones religiosas de los sábados. Una fe de carácter bastante conservador y elemental, probablemente poco sujeta a tradiciones más complicadas, pero hondamente arraigada en sus corazones. Qué los podía confortar en su dura vida de campesinos si no era la fe en su Dios?

 

Desde Nazaret no podía Jesús conocer de cerca el pluralismo que se vivía en aquel momento entre los judíos. Solo de manera ocasional y vaga pudo oír hablar de los saduceos de Jerusa- lén, de los diversos grupos fariseos, de los monjes de Qumrán o de los terapeutas de Alejan- dría. Su fe se fue alimentando en la experiencia religiosa que se vivía entre el pueblo sencillo de las aldeas de Galilea. No es difícil trazar los rasgos básicos de esta religión.

Los vecinos de Nazaret, como todos los judíos de su tiempo, confesaban dos veces al día su fe en un solo Dios, creador del mundo y salvador de Israel. En un hogar judío era lo primero que se hacía por la mañana y lo último por la noche. No era propiamente un credo lo que se recitaba, sino una oración emocionada que invitaba al creyente judío a vivir enamorado de

 

Dios como su único Señor: Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Ama- rás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras repetidas todos los días al levantarse y al acostarse se fueron grabando muy dentro en el corazón de Jesús. Más tarde lo diría a la gente: Esta oración que recitamos todos los días nos recuerda lo más importante de nuestra religión: vivir enamorados totalmente de Dios.

 

A pesar de vivir perdidos en aquella pobre aldea, los vecinos de Nazaret tenían conciencia de pertenecer a un pueblo muy querido por Dios. Todas las naciones hacían pactos y alianzas entre sí para defenderse de los enemigos, pero el pueblo judío vivía otra alianza original y sorprendente. Entre ese Dios único e Israel había una relación muy especial. Él había elegido a aquel pueblo pequeño e indefenso como algo muy suyo, y había establecido con él una alianza: el Señor era su Dios protector, e Israel el pueblo de Dios. Ser israelita quería decir pertenecer a ese pueblo elegido. Los varones judíos eran circuncidados para llevar en su propia carne la señal que los identificaba como miembros del pueblo elegido. Jesús lo sabía. Siguiendo lo prescrito por la ley, había sido circuncidado por su padre José a los ocho días de su nacimiento. El rito se llevó a cabo probablemente una mañana en el patio de la casa fami- liar. Así se acostumbraba en las pequeñas aldeas. Por el rito de la circuncisión, Jesús era aceptado por su padre como hijo, pero, al mismo tiempo, era acogido en la comunidad de la Alianza.

 

Los judíos vivían orgullosos de contar con la Torá. Yahvé mismo había regalado a su pueblo la ley donde se le revelaba lo que debía cumplir para responder fielmente a su Dios. Nadie la discutía. Nadie la consideraba una carga pesada, sino un regalo que les ayudaba a vivir una vida digna de su Alianza con Dios. En Nazaret, como en cualquier aldea judía, toda la vida discurría dentro del marco sagrado de esta ley. Día a día, Jesús iba aprendiendo a vivir se- gún los grandes mandamientos del Sinaí. Sus padres le iban enseñando además los precep- tos rituales y las costumbres sociales y familiares que la ley prescribía. La Torá lo impregna- ba todo. Era el signo de identidad de Israel. Lo que distinguía a los judíos de los demás pue- blos. Jesús nunca despreció la ley, pero un día enseñaría a vivirla de una manera nueva, escuchando hasta el fondo el corazón de un Dios Padre que quiere reinar entre sus hijos e hijas buscando para todos una vida digna y dichosa.

 

En Nazaret no había ningún templo. Los extranjeros quedaban desconcertados al comprobar que los judíos no construían templos ni daban culto a imágenes de dioses. Solo había un lugar sobre la tierra donde su Dios podía ser adorado: el templo santo de Jerusalén. Era allí donde el Dios de la Alianza habitaba en medio de su pueblo de manera invisible y misteriosa. Hasta allí peregrinaban los vecinos de Nazaret, como todos los judíos del mundo, para alabar a su Dios. Allí se celebraban con solemnidad las fiestas judías. Allí se ofrecía el sacrificio por los pecados de todo el pueblo en la fiesta de la expiación. El templo era para los judíos el corazón del mundo. En Nazaret lo sabían. Por eso, al orar, orientaban su mirada hacia Jeru- salén. Jesús probablemente aprendió a orar así. Más tarde, sin embargo, las gentes lo verán orar alzando los ojos al cielo, según una vieja costumbre que se observa ya en los salmos. Para Jesús, Dios es el Padre del cielo. No está ligado a un lugar sagrado. No pertenece a un pueblo o a una raza concretos. No es propiedad de ninguna religión. Dios es de todos.

 

Los sábados, Nazaret se transformaba. Nadie madrugaba. Los hombres no salían al campo. Las mujeres no cocían el pan. Todo trabajo quedaba interrumpido. El sábado era un día de descanso para la familia entera. Todos lo esperaban con alegría. Para aquellas gentes era una verdadera fiesta que transcurría en torno al hogar y tenía su momento más gozoso en la comida familiar, que siempre era mejor y más abundante que durante el resto de la semana. El sábado era otro rasgo esencial de la identidad judía. Los pueblos paganos, que desconocí- an el descanso semanal, quedaban sorprendidos de esta fiesta que los judíos observaban como signo de su elección. Profanar el sábado era despreciar la elección y la alianza.

 

El descanso absoluto de todos, el encuentro tranquilo con los familiares y vecinos, y la reu- nión en la sinagoga permitía a todo el pueblo vivir una experiencia renovadora. El sábado era vivido como un respiro querido por Dios, que, después de crear los cielos y la tierra, él mis- mo descansó y tomó respiro el séptimo día. Sin tener que seguir el penoso ritmo del trabajo diario, ese día se sentían más libres y podían recordar que Dios los había sacado de la escla- vitud para disfrutar de una tierra propia. En Nazaret seguramente no estaban muy al tanto de las discusiones que mantenían los escribas en torno a los trabajos prohibidos en sábado. Tampoco podían saber mucho del rigorismo con que los esenios observaban el descanso semanal. Para las gentes del campo, el sábado era una bendición de Dios. Jesús lo sabía

 

muy bien. Cuando más tarde le criticaron la libertad con que curaba a los enfermos en sába- do, se defendió con una frase lapidaria: El sábado ha sido hecho por amor al hombre, y no el hombre por amor al sábado. Qué día mejor que el sábado para liberar a la gente de sus do- lencias y enfermedades?

 

El sábado por la mañana, todos los vecinos se reunían en la sinagoga del pueblo para un encuentro de oración. Era el acto más importante del día. Sin duda, la sinagoga de Nazaret era muy humilde. Tal vez una simple casa que servía no solo como lugar de oración, sino también para tratar asuntos de interés común para todo el pueblo, trabajos que realizar en- tre todos, ayuda a gente necesitada. A la reunión del sábado asistían casi todos, aunque las mujeres no estaban obligadas. El encuentro comenzaba con alguna oración como el Shemá Israel o alguna bendición. Se leía a continuación una sección del Pentateuco, seguida a veces de algún texto de los profetas. Todo el pueblo podía escuchar la Palabra de Dios, hombres, mujeres y niños. Esta costumbre religiosa, que tanto sorprendía a los extranjeros, permitía a los judíos alimentar su fe directamente en la fuente más genuina. Sin embargo, eran pocos los que podían entender el texto hebreo de las Escrituras. Por eso un traductor iba tradu- ciendo y parafraseando el texto en arameo. Después comenzaba la predicación, en la que cualquier varón adulto podía tomar la palabra. La biblia que el pueblo de las aldeas tenía en su cabeza no era el texto hebreo que nosotros conocemos hoy, sino esta traducción aramea que sábado tras sábado oían en la sinagoga. Al parecer, Jesús lo tenía en cuenta al hablar a las gentes.

 

Pasado el sábado, todo el mundo volvía de nuevo a su trabajo. La vida dura y monótona de cada día solo quedaba interrumpida por las fiestas religiosas y por las bodas, que eran, sin duda, la experiencia festiva más disfrutada por las gentes del campo. La boda era una ani- mada fiesta familiar y popular. La mejor. Durante varios días, los familiares y amigos acom- pañaban a los novios comiendo y bebiendo con ellos, bailando danzas de boda y cantando canciones de amor. Jesús debió de tomar parte en más de una, pues su familia era numero- sa. Al parecer, disfrutaba acompañando a los novios durante estos días de fiesta, y gozaba comiendo, cantando y bailando. Cuando más tarde acusaron a sus discípulos de no vivir una vida austera al estilo de los discípulos de Juan, Jesús los defendió de una manera sorpren- dente. Explicó sencillamente que, junto a él, la vida debía ser una fiesta, algo parecido a esos días de boda. No tiene sentido estar celebrando una boda y quedarse sin comer y be- ber: Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?.

 

Las fiestas religiosas eran muy queridas para todos, pero no sabemos cómo las celebraban en las pequeñas aldeas los vecinos que no habían peregrinado hasta Jerusalén. El otoño era un tiempo especialmente festivo. En septiembre se celebraba la fiesta del año nuevo (Rosh ha-shaná). Diez días más tarde, el día de la expiación (Yom. Kippur), una celebración que transcurría principalmente en el interior del templo, donde se ofrecían sacrificios especiales por los pecados del pueblo. A los seis días se celebraba una fiesta mucho más alegre y popu- lar que duraba esta vez siete días. La llamaban fiesta de las tiendas (Sukkot). En su origen había sido, probablemente, una fiesta de la vendimia que se celebraba en el campo, en pe- queñas chozas instaladas entre los viñedos. Durante la fiesta, esperada con ilusión por los niños, las familias vivían fuera de casa en cabanas, que les recordaban las tiendas del desier- to, donde se habían cobijado sus antepasados cuando Dios los sacó de Egipto.

 

En primavera se celebraba la gran fiesta de Pascua (Pésaj), que atraía a miles de peregrinos judíos procedentes del mundo entero. La víspera del primer día se degollaba el cordero pas- cual, y al anochecer cada familia se reunía para celebrar una emotiva cena que conmemora- ba la liberación del pueblo judío de la esclavitud de Egipto. La fiesta continuaba durante siete días en un clima de alegría y orgullo por pertenecer al pueblo elegido, y también de tensa esperanza por recuperar de nuevo la libertad perdida bajo el yugo del emperador romano. Cincuenta días después, en la proximidad del verano, se celebraba la fiesta de Pentecostés o fiesta de la cosecha. En tiempos de Jesús estaba asociada al recuerdo de la Alianza y del regalo de la ley en el Sinaí.

 

La fe de Jesús fue creciendo en este clima religioso de su aldea, en las reuniones del sábado y en las grandes fiestas de Israel, pero sobre todo fue en el seno de su familia donde pudo alimentarse de la fe de sus padres, conocer el sentido profundo de las tradiciones y aprender a orar a Dios. Los nombres de sus padres y hermanos, todos de fuerte raigambre en la histo- ria de Israel, sugieren que Jesús creció en una familia judía profundamente religiosa. Duran- te los primeros años fue su madre y las mujeres del grupo familiar quienes tuvieron un con- tacto más estrecho con él y pudieron iniciarle mejor en la fe de su pueblo. Luego fue segu-

 

ramente José quien se preocupó no solo de enseñarle un oficio, sino de integrarlo en la vida de adulto fiel a la Alianza con Dios.

 

Jesús aprendió a orar desde niño. Los judíos piadosos sabían orar no solo en la liturgia de la sinagoga o con las plegarias prescritas para el momento de levantarse o acostarse. En cual- quier momento del día elevaban su corazón a Dios para alabarlo con una oración típicamente judía llamada bendición (beraká). Estas oraciones comienzan con un grito de admiración: Baruk ata Adonai, Bendito eres, Señor!, seguido del motivo que provoca la acción de gracias. Para un israelita, todo puede ser motivo de bendición a Dios: el despertar y el atardecer, el calor bienhechor del sol y las lluvias de primavera, el nacimiento de un hijo o las cosechas del campo, el regalo de la vida y el disfrute de la tierra prometida. Jesús respiró desde niño esta fe impregnada de acción de gracias y alabanza a Dios. Una antigua fuente cristiana ha conservado una bendición que brotó espontáneamente de su corazón al ver que su mensaje era acogido por los pequeños: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños.

 

 

Vida de trabajador.

 

No sabemos con certeza si Jesús pudo tener otra formación aparte de la que recibió en su casa. Ignoramos si en aquella aldea desconocida existía una escuela vinculada a la sinagoga, como hubo más tarde en bastantes poblados de Palestina. Al parecer eran pocos los que sabían leer y escribir entre las capas humildes del Imperio romano. Algo parecido sucedía en Galilea. La gente de pueblos tan pequeños como Nazaret no tenía medios para el aprendizaje ni libros en sus casas. Solo las clases dirigentes, la aristocracia de Jerusalén, los escribas profesionales o los monjes de Qumrán tenían medios para adquirir una cierta cultura escrita. En las pequeñas aldeas de Galilea no se sentía esa necesidad. No sabemos, pues, si Jesús aprendió a leer y escribir. Si lo hizo, tampoco pudo practicar mucho: en su casa no había libros para leer ni tinta o pergaminos para escribir. Sin embargo, la habilidad que muestra Jesús para discutir sobre textos de las Escrituras o sobre tradiciones religiosas hace pensar que poseía un talento natural que compensaba el bajo nivel de su formación cultural. En estos pueblos de cultura oral, la gente tenía una gran capacidad para retener en su memoria cantos, oraciones y tradiciones populares, que se transmitían de padres a hijos. En este tipo de sociedad se puede ser sabio sin dominar la lectura ni la escritura. Probablemente así fue Jesús.

 

Ciertamente no asistió a ninguna escuela de escribas ni fue discípulo de ningún maestro de la ley. Fue sencillamente un vecino sabio e inteligente que escuchaba con atención y guarda- ba en su memoria las palabras sagradas, oraciones y salmos que más quería. No necesitaba acudir a ningún libro para meditarlo todo en su corazón. Cuando un día Jesús enseñe su mensaje a la gente, no citará a ningún rabino, apenas sugerirá literalmente ningún texto sagrado de las Escrituras. Él habla de lo que rebosa su corazón. La gente se quedaba admi- rada. Nunca habían oído hablar con tanta fuerza a ningún maestro.

 

Lo que ciertamente aprendió Jesús en Nazaret fue un oficio para ganarse la vida. No fue un campesino dedicado a las tareas del campo, aunque en más de una ocasión echaría una ma- no a los suyos, sobre todo en el tiempo de recoger las cosechas. Las fuentes dicen con toda precisión que fue un artesano como lo había sido su padre. Su trabajo no correspondía al del carpintero de nuestros días. Trabajaba la madera, pero también la piedra. La actividad de un artesano de pueblo abarcaba trabajos diversos. No es difícil adivinar los trabajos que se le pedían a Jesús: reparar las techumbres de ramaje y arcilla deterioradas por las lluvias del invierno, fijar las vigas de la casa, construir puertas y ventanas de madera, hacer modestos arcones, alguna tosca banqueta, pies de lámpara y otros objetos sencillos. Pero también construir alguna casa para un nuevo matrimonio, reparar terrazas para el cultivo de viñas o excavar en la roca algún lagar para pisar la uva.

 

En el mismo Nazaret no había suficiente trabajo para un artesano. Por una parte, el mobilia- rio de aquellas humildes casas era muy modesto: recipientes de cerámica y de piedra, ces- tos, esteras; lo imprescindible para la vida cotidiana. Por otra parte, las familias más pobres se construían sus propias viviendas, y los campesinos fabricaban y reparaban durante el invierno sus instrumentos de labranza. Para encontrar trabajo, tanto José como su hijo tení- an que salir de Nazaret y recorrer los poblados cercanos. Llegó Jesús a trabajar en Séforis? Cuando comenzó a ganarse la vida como artesano, Séforis era capital de Galilea y estaba a solo cinco kilómetros de Nazaret. Arrasada totalmente por los romanos cuando Jesús apenas

 

tenía seis años, Séforis estaba ahora en plena reconstrucción. La demanda de mano de obra era grande. Se necesitaban sobre todo canteros y obreros de la construcción. Probablemente fueron bastantes los jóvenes de las aldeas vecinas que encontraron allí trabajo. En algo más de una hora podía ir Jesús desde su pueblo a Séforis para volver de nuevo al atardecer. Es posible que también él trabajara alguna temporada en aquella ciudad, pero no deja de ser una conjetura.

 

Con su modesto trabajo, Jesús era tan pobre como la mayoría de los galileos de su tiempo. No estaba en lo más bajo de la escala social y económica. Su vida no era tan dura como la de los esclavos, ni conocía la miseria de los mendigos que recorrían las aldeas pidiendo ayu- da. Pero tampoco vivía con la seguridad de los campesinos que cultivaban sus propias tie- rras. Su vida se parecía más a la de los jornaleros que buscaban trabajo casi cada día. Lo mismo que ellos, también Jesús se veía obligado a moverse para encontrar a alguien que contratara sus servicios.

 

 

Sin esposa ni hijos.

 

La vida de Jesús fue discurriendo calladamente sin ningún acontecimiento relevante. El silen- cio de las fuentes se debe probablemente a una razón muy simple: en Nazaret no aconteció nada especial. Lo único importante fue un hecho extraño e inusitado en aquellos pueblos de Galilea y que, seguramente, no fue bien visto por sus vecinos: Jesús no se casó. No se pre- ocupó de buscar una esposa para asegurar una descendencia a su familia. El comportamien- to de Jesús tuvo que desconcertar a sus familiares y vecinos. El pueblo judío tenía una visión positiva y gozosa del sexo y del matrimonio, difícil de encontrar en otras culturas. En la sina- goga de Nazaret había escuchado Jesús más de una vez las palabras del Génesis: No es bueno que el hombre esté solo. Lo que agrada a Dios es un varón acompañado de una mujer fecunda y rodeado de hijos. No es extraño que en la literatura rabínica posterior se puedan leer máximas como esta: Siete cosas condena el cielo, y la primera de ellas es al hombre que no tiene mujer. Qué es lo que movió a Jesús a adoptar un comportamiento absoluta- mente extraño en los pueblos de Galilea, y solo conocido entre algunos grupos marginales como los esenios de Qumrán o los terapeutas de Egipto?

 

La renuncia de Jesús al amor sexual no parece estar motivada por un ideal ascético, parecido al de los monjes de Qumrán, que buscaban una pureza ritual extrema, o al de los terapeutas de Alejandría, que practicaban el dominio de las pasiones. Su estilo de vida no es el de un asceta del desierto. Jesús come y bebe con pecadores, trata con prostitutas y no vive pre- ocupado por la impureza ritual. Tampoco se observa en Jesús ningún rechazo a la mujer. Su renuncia al matrimonio no se parece a la de los esenios de Qumrán, que no toman esposas porque podrían crear discordias en la comunidad. Jesús las recibe en su grupo sin ningún problema, no tiene temor alguno a las amistades femeninas y, seguramente, corresponde con ternura al cariño especial de María de Magdala.

 

Tampoco tenemos datos para sospechar que Jesús escuchó una llamada de Dios a vivir sin esposa, al estilo del profeta Jeremías, al que, según la tradición, Dios había pedido vivir solo, sin disfrutar de la compañía de una esposa ni de los banquetes con sus amigos, para distan- ciarse de aquel pueblo inconsciente que seguía divirtiéndose ajeno al castigo que le espera- ba. La vida de Jesús, que asiste a las bodas de sus amigos, comparte la mesa con pecadores y celebra comidas para pregustar la fiesta final junto a Dios, nada tiene que ver con esa so- ledad desgarrada, impuesta al profeta para criticar a un pueblo impenitente.

 

La vida célibe de Jesús no se parece tampoco a la del Bautista, que abandonó a su padre Zacarías sin preocuparse de su obligación de asegurarle una descendencia para continuar la línea sacerdotal. La renuncia del Bautista a convivir con una esposa es bastante razonable. No le hubiera sido fácil llevarse consigo a una mujer al desierto para vivir alimentándose de saltamontes y miel silvestre, mientras anunciaba el juicio inminente de Dios y urgía a todos a la penitencia. Pero Jesús no es un hombre del desierto. Su proyecto le llevó a recorrer Gali- lea anunciando no el juicio airado de Dios, sino la cercanía de un Padre perdonador. Frente al talante austero del Bautista, que no comía pan ni bebía vino, Jesús sorprende por su estilo de vida festivo: come y bebe, sin importarle las críticas que se le hacen. Entre los discípulos que lo acompañan hay hombres, pero también mujeres muy queridas por él Por qué no tiene junto a sí a una esposa?

 

Tampoco entre los fariseos se conocía la práctica del celibato. Hubo, sin embargo, un rabino

 

posterior a Jesús, llamado Simeón ben Azzai, que recomendaba a otros el matrimonio y la procreación, pero él vivía sin esposa. Al ser acusado de no practicar lo que enseñaba a otros, solía replicar: Mi alma está enamorada de la Torá. Otros pueden sacar adelante el mundo. Consagrado totalmente al estudio y a la observancia de la ley, no se sentía llamado a ocu- parse de una esposa y unos hijos. Ciertamente no era el caso de Jesús, que no dedicó su vida a estudiar la Torá.

 

Sin embargo, sí se consagró totalmente a algo que se fue apoderando de su corazón cada vez con más fuerza. Él lo llamaba el reino de Dios. Fue la pasión de su vida, la causa a la que se entregó en cuerpo y alma. Aquel trabajador de Nazaret terminó viviendo solamente para ayudar a su pueblo a acoger el reino de Dios. Abandonó a su familia, dejó su trabajo, marchó al desierto, se adhirió al movimiento de Juan, luego lo abandonó, buscó colaboradores, em- pezó a recorrer los pueblos de Galilea. Su única obsesión era anunciar la Buena Noticia de Dios. Atrapado por el reino de Dios, se le escapó la vida sin encontrar tiempo para crear una familia propia. Su comportamiento resultaba extraño y desconcertante. Según las fuentes, a Jesús le llamaron de todo: comilón, borracho, amigo de pecadores, samaritano, endemonia- do. Probablemente se burlaron de él llamándole también eunuco. Era un insulto hiriente que no solo cuestionaba su virilidad, sino que lo asociaba con un grupo marginal de hombres despreciados como impuros por su falta de integridad física. Jesús reaccionó dando a conocer la razón de su comportamiento: hay eunucos que han nacido sin testículos del seno de sus madres; hay otros que son castrados para servir a las familias de la alta administración im- perial. Pero hay algunos que se castran a sí mismos por el reino de Dios. Este lenguaje tan gráfico solo puede provenir de alguien tan original y escandaloso como Jesús.

 

Si Jesús no convive con una mujer no es porque desprecie el sexo o minusvalore la familia. Es porque no se casa con nada ni con nadie que pueda distraerlo de su misión al servicio del reino. No abraza a una esposa, pero se deja abrazar por prostitutas que van entrando en la dinámica del reino, después de recuperar junto a él su dignidad. No besa a unos hijos pro- pios, pero abraza y bendice a los niños que se le acercan, pues los ve como parábola viviente de cómo hay que acoger a Dios. No crea una familia propia, pero se esfuerza por suscitar una familia más universal, compuesta por hombres y mujeres que hagan la voluntad de Dios. Pocos rasgos de Jesús nos descubren con más fuerza su pasión por el reino y su dispo- nibilidad total para luchar por los más débiles y humillados. Jesús conoció la ternura, expe- rimentó el cariño y la amistad, amó a los niños y defendió a las mujeres. Solo renunció a lo que podía impedir a su amor la universalidad y entrega incondicional a los privados de amor y dignidad. Jesús no hubiera entendido otro celibato. Solo el que brota de la pasión por Dios y por sus hijos e hijas más pobres.

 

 

  1. – Buscador de Dios.

 

No sabemos cuándo y en qué circunstancias, pero, en un determinado momento, Jesús deja su trabajo de artesano, abandona a su familia y se aleja de Nazaret. No busca una nueva ocupación. No se acerca a ningún maestro acreditado para estudiar la Torá o conocer mejor las tradiciones judías. No marcha hasta las orillas del mar Muerto para ser admitido en la comunidad de Qumrán. Tampoco se dirige a Jerusalén para conocer de cerca el lugar santo donde se ofrecen sacrificios al Dios de Israel. Se aleja de toda tierra habitada y se adentra en el desierto.

 

Como a todos los judíos, el desierto le evoca a Jesús el lugar en el que ha nacido el pueblo y al que hay que volver en épocas de crisis para comenzar de nuevo la historia rota por la infi- delidad a Dios. No llegan hasta allí las órdenes de Roma ni el bullicio del templo; no se oyen los discursos de los maestros de la ley. En cambio se puede escuchar a Dios en el silencio y la soledad. Según el profeta Isaías, es el mejor lugar para abrir camino a Dios y dejarle en- trar en el corazón del pueblo. Al desierto se habían retirado hacia el año 150 a. C. los monjes disidentes de Qumrán; hacia allí conducían a sus seguidores los profetas populares; allí gri- taba el Bautista su mensaje. También Jesús marcha al desierto. Ansia escuchar a ese Dios que en el desierto habla al corazón.

 

Sin embargo, no tenemos datos para pensar que busque una experiencia más intensa de Dios que llene su sed interior o pacifique su corazón. Jesús no es un místico en busca de armonía personal. Todo lleva a pensar que busca a Dios como fuerza de salvación para su pueblo. Es el sufrimiento de la gente lo que le hace sufrir: la brutalidad de los romanos, la opresión que ahoga a los campesinos, la crisis religiosa de su pueblo, la adulteración de la

 

Alianza. Dónde está Dios? No es el amigo de la vida? No va a intervenir?

Jesús no tiene todavía un proyecto propio cuando se encuentra con el Bautista. Inmediata- mente queda seducido por este profeta del desierto. No había visto nada igual. También a él

le fascina la idea de crear un pueblo renovado, para comenzar de nuevo la historia, acogien- do la intervención salvadora de Dios. A nadie admiró Jesús tanto como a Juan el Bautista. De nadie habló en términos parecidos. Para Jesús no es solo un profeta. Es más que un profeta. Es incluso el mayor entre los nacidos de mujer. Qué pudo seducir tanto a Jesús? Qué encon-

tró en la persona de Juan y en su mensaje?

 

 

El diagnóstico radical de Juan.

 

Entre el otoño del año 27 y la primavera del 28 surge en el horizonte religioso de Palestina un profeta original e independiente que provoca un fuerte impacto en todo el pueblo. Su nombre es Juan, pero la gente lo llama el Bautizador, porque practica un rito inusitado y sorprendente en las aguas del Jordán. Es, sin duda, el hombre que marcará como nadie la trayectoria de Jesús.

 

Juan era de familia sacerdotal rural. Su rudo lenguaje y las imágenes que emplea reflejan el ambiente campesino de una aldea. En algún momentó, Juan rompe con el templo y con todo el sistema de ritos de purificación y perdón vinculados a él. No sabemos qué le mueve a abandonar su quehacer sacerdotal. Su comportamiento es el de un hombre arrebatado por el Espíritu. No se apoya en ningún maestro. No cita explícitamente las Escrituras sagradas. No invoca autoridad alguna para legitimar su actuación. Abandona la tierra sagrada de Israel y marcha al desierto a gritar su mensaje.

 

Juan no solo conoce la crisis profunda en que se encuentra el pueblo. A diferencia de otros movimientos contemporáneos, que abordan diversos aspectos, él concentra la fuerza de su mirada profética en la raíz de todo: el pecado y la rebeldía de Israel. Su diagnóstico es es- cueto y certero: la historia del pueblo elegido ha llegado a su fracaso total. El proyecto de Dios ha quedado frustrado. La crisis actual no es una más. Es el punto final al que se ha lle- gado en una larga cadena de pecados. El pueblo se encuentra ahora ante la reacción definiti- va de Dios. Igual que los leñadores dejan al descubierto las raíces de un árbol antes de dar los golpes decisivos para derribarlo, así está Dios con el hacha puesta a la raíz de los árbo- les. Es inútil que la gente quiera escapar de su ira inminente, como una carnada de víboras que huyen del incendio que se les acerca. Ya no se puede recurrir a los cauces tradicionales para reanudar la historia de salvación. De nada sirve ofrecer sacrificios de expiación. El pue- blo se precipita hacia su fin.

 

Según el Bautista, el mal lo corrompe todo. El pueblo entero está contaminado, no solo los individuos; todo Israel ha de confesar su pecado y convertirse radicalmente a Dios, si no quiere perderse sin remedio. El mismo templo está corrompido; ya no es un lugar santo; no sirve para eliminar la maldad del pueblo; son inútiles los sacrificios de expiación que allí se celebran; se requiere un rito nuevo de purificación radical, no ligado al culto del templo. La maldad alcanza incluso a la tierra en que vive Israel; también ella necesita ser purificada y habitada por un pueblo renovado; hay que marchar al desierto, fuera de la tierra prometida, para entrar de nuevo en ella como un pueblo convertido y perdonado por Dios.

 

Nadie ha de hacerse ilusiones. La Alianza está rota. La ha anulado el pecado de Israel. Es inútil reclamar la elección por parte de Dios. De nada sirve sentirse hijos de Abrahán; Dios podría sacar hijos de Abrahán hasta de las rocas esparcidas por el desierto. Nada dispensa de una conversión radical. Israel está prácticamente al mismo nivel que los pueblos gentiles. No puede recurrir a su historia pasada con Dios. El pueblo necesita una purificación total para restablecer la Alianza. El bautismo que ofrece Juan es precisamente el nuevo rito de conversión y perdón radical que necesita Israel: el comienzo de una elección y de una alian- za nueva para ese pueblo fracasado.

 

Jesús queda seducido e impactado por esta visión grandiosa. Este hombre pone a Dios en el centro y en el horizonte de toda búsqueda de salvación. El templo, los sacrificios, las inter- pretaciones de la Ley, la pertenencia misma al pueblo escogido: todo queda relativizado. Solo una cosa es decisiva y urgente: convertirse a Dios y acoger su perdón.

 

 

El nuevo comienzo.

 

Juan no pretende hundir al pueblo en la desesperación. Al contrario, se siente llamado a invi- tar a todos a marchar al desierto para vivir una conversión radical, ser purificados en las aguas del Jordán y, una vez recibido el perdón, poder ingresar de nuevo en la tierra prome- tida para acoger la inminente llegada de Dios.

 

Dando ejemplo a todos, fue el primero en marchar al desierto. Deja su pequeña aldea y se dirige hacia una región deshabitada de la cuenca oriental del Jordán. El lugar queda en la región de Perea, a las puertas de la tierra prometida, pero fuera de ella.

 

Al parecer, Juan había escogido cuidadosamente el lugar. Por una parte, se encontraba junto al río Jordán, donde había agua abundante para realizar el rito del bautismo. Por lo demás, por aquella zona pasaba una importante vía comercial que iba desde Jerusalén a las regiones situadas al este del Jordán y por donde transitaba mucha gente a la que Juan podía gritar su mensaje. Hay, sin embargo, otra razón más profunda. El Bautista podía haber encontrado agua más abundante a orillas del lago de Genesaret. Se podía haber puesto en contacto con más gente en la ciudad de Jericó o en la misma Jerusalén, donde había pequeños estanques o miqwaot, tanto públicos como privados, para realizar cómodamente el rito bautismal. Pero el desierto escogido se encontraba frente a Jericó, en el lugar preciso en que, según la tradi- ción, el pueblo conducido por Josué había cruzado el río Jordán para entrar en la tierra pro- metida. La elección era intencionada.

 

Juan comienza a vivir allí como un hombre del desierto. Lleva como vestido un manto de pelo de camello con un cinturón de cuero y se alimenta de langostas y miel silvestre. Esta forma elemental de vestir y alimentarse no se debe solo a su deseo de vivir una vida ascética y penitente. Apunta, más bien, al estilo de vida de un hombre que habita en el desierto y se alimenta de los productos espontáneos de una tierra no cultivada. Juan quiere recordar al pueblo la vida de Israel en el desierto, antes de su ingreso en la tierra que les iba a dar Dios en heredad.

 

Juan coloca de nuevo al pueblo en el desierto. A las puertas de la tierra prometida, pero fue- ra de ella. La nueva liberación de Israel se tiene que iniciar allí donde había comenzado. El Bautista llama a la gente a situarse simbólicamente en el punto de partida, antes de cruzar el río. Lo mismo que la primera generación del desierto, también ahora el pueblo ha de escu- char a Dios, purificarse en las aguas del Jordán y entrar renovado en el país de la paz y la salvación.

 

En este escenario evocador, Juan aparece como el profeta que llama a la conversión y ofrece el bautismo para el perdón de los pecados. Los evangelistas recurren a dos textos de la tra- dición bíblica para presentar su figura. Juan es la voz que grita en el desierto: Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos. Esta es su tarea: ayudar al pueblo a prepararle el camino a Dios, que ya llega. Dicho de otra manera, es el mensajero que de nuevo guía a Israel por el desierto y lo vuelve a introducir en la tierra prometida.

 

 

El bautismo de Juan.

 

Cuando llega Juan a la región desértica del Jordán, están muy difundidos por todo el Oriente los baños sagrados y las purificaciones con agua. Muchos pueblos han atribuido al agua un significado simbólico de carácter sagrado, pues el agua lava, purifica, refresca y da vida. También el pueblo judío acudía a las abluciones y los baños para obtener la purificación ante Dios. Era uno de los medios más expresivos de renovación religiosa. Cuando más hundidos se encontraban en su pecado y su desgracia, más añoraban una purificación que los limpiara de toda maldad. Todavía se recordaba la conmovedora promesa hecha por Dios al profeta Ezequiel, hacia el año 587 a. C: Os recogeré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra. Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y basuras yo os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo.

 

El deseo de purificación generó entre los judíos del siglo i una difusión sorprendente de la práctica de ritos purificatorios y la aparición de diversos movimientos bautistas. La concien- cia de vivir alejados de Dios, la necesidad de conversión y la esperanza de salvarse en el día final llevaba a no pocos a buscar su purificación en el desierto. No era Juan el único. A me- nos de veinte kilómetros del lugar en que él bautizaba se levantaba el monasterio de Qum- rán, donde una numerosa comunidad de monjes vestidos de blanco y obsesionados por la

 

pureza ritual practicaban a lo largo del día baños y ritos de purificación en pequeñas piscinas dispuestas especialmente para ello. La atracción del desierto como lugar de conversión y purificación debió de ser muy intensa. Flavio Josefo nos informa de que un tal Banus, que vivía en el desierto, llevaba un vestido hecho de hojas, comía alimentos silvestres y se lava- ba varias veces de día y de noche con agua fría para purificarse.

 

Sin embargo, el bautismo de Juan y, sobre todo, su significado eran absolutamente nuevos y originales. No es un rito practicado de cualquier manera. Para empezar, no lo realiza en es- tanques o piscinas, como se hace en el monasterio de Qumrán o en los alrededores del tem- plo, sino en plena corriente del río Jordán. No es algo casual. Juan quiere purificar al pueblo de la impureza radical causada por su maldad y sabe que, cuando se trata de impurezas muy graves y contaminantes, la tradición judía exige emplear no agua estancada o agua muerta, sino agua viva, un agua que fluye y corre.

 

A quienes aceptan su bautismo, Juan los sumerge en las aguas del Jordán. Su bautismo es un baño completo del cuerpo, no una aspersión con agua ni un lavado parcial de las manos o los pies, como se acostumbraba en otras prácticas purificatorias de la época. Su nuevo bau- tismo apunta a una purificación total. Por eso mismo se realiza solo una vez, como un co- mienzo nuevo de la vida, y no como las inmersiones que practican los monjes de Qumrán varias veces al día para recuperar la pureza ritual perdida a lo largo de la jornada.

 

Hay algo todavía más original. Hasta la aparición de Juan no existía entre los judíos la cos- tumbre de bautizar a otros. Se conocía gran número de ritos de purificación e inmersiones, pero los que buscaban purificarse siempre se lavaban a sí mismos. Juan es el primero en atribuirse la autoridad de bautizar a otros. Por eso precisamente lo empezaron a llamar el bautizador o sumergidor. Esto le da a su bautismo un carácter singular. Por una parte, crea un vínculo estrecho entre los bautizados y Juan. Las abluciones que se practicaban entre los judíos eran cosa de cada uno, ritos privados que se repetían siempre que se consideraba necesario. El bautismo del Jordán es diferente. La gente habla del bautismo de Juan. Ser sumergidos por el Bautista en las aguas vivas del Jordán significa acoger su llamada e incor- porarse a la renovación de Israel. Por otra parte, al ser realizado por Juan y no por cada uno, el bautismo aparece como un don de Dios. Es Dios mismo el que concede la purificación a Israel. Juan solo es su mediador.

 

El bautismo de Juan se convierte así en signo y compromiso de una conversión radical a Dios. El gesto expresa solemnemente el abandono del pecado en que está sumido el pueblo y la vuelta a la Alianza con Dios. Esta conversión ha de producirse en lo más profundo de la persona, pero ha de traducirse en un comportamiento digno de un pueblo fiel a Dios: el Bau- tista pide frutos dignos de conversión. Esta conversión es absolutamente necesaria y ningún rito religioso puede sustituirla, ni siquiera el bautismo.

 

Sin embargo, este mismo rito crea el clima apropiado para despertar el deseo de una con- versión radical. Hombres y mujeres, pertenecientes o no a la categoría de pecadores, consi- derados puros o impuros, son bautizados por Juan en el río Jordán mientras confiesan en voz alta sus pecados. No es un bautismo colectivo, sino individual: cada uno asume su propia responsabilidad. Sin embargo, la confesión de los pecados no se limita al ámbito del compor- tamiento individual, sino que incluye también los pecados de todo Israel. Probablemente se asemejaba a la confesión pública de los pecados que hacía todo el pueblo cuando se reunía para la fiesta de la Expiación.

 

El bautismo de Juan es mucho más que un signo de conversión. Incluye el perdón de Dios. No basta el arrepentimiento para hacer desaparecer los pecados acumulados por Israel y para crear el pueblo renovado en el que piensa Juan. El proclama un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Este perdón concedido por Dios en la última hora a aquel pueblo completamente perdido es probablemente lo que más conmueve a muchos. A los sacerdotes de Jerusalén, por el contrario, los escandaliza: el Bautista está actuando al mar- gen del templo, despreciando el único lugar donde es posible recibir el perdón de Dios. La pretensión de Juan es inaudita: Dios ofrece su perdón al pueblo, pero lejos de aquel templo corrompido de Jerusalén!

 

Cuando se acercó al Jordán, Jesús se encontró con un espectáculo conmovedor: gentes veni- das de todas partes se hacían bautizar por Juan, confesando sus pecados e invocando el perdón de Dios. No había entre aquella muchedumbre sacerdotes del templo ni escribas de Jerusalén. La mayoría era gente de las aldeas; también se ven entre ellos prostitutas, recau-

 

dadores y personas de conducta sospechosa. Se respira una actitud de conversión. La purifi- cación en las aguas vivas del Jordán significa el paso del desierto a la. tierra que Dios les ofrece de nuevo para disfrutarla de manera más digna y justa. Allí se está formando el nuevo pueblo de la Alianza.

 

Juan no está pensando en una comunidad cerrada, como la de Qumrán; su bautismo no es un rito de iniciación para formar un grupo de elegidos. Juan lo ofrece a todos. En el Jordán se está iniciando la restauración de Israel. Los bautizados vuelven a sus casas para vivir de manera nueva, como miembros de un pueblo renovado, preparado para acoger la llegada ya inminente de Dios.

 

 

Las expectativas del Bautista.

 

Juan no se consideró nunca el Mesías de los últimos tiempos. Él solo era el que iniciaba la preparación. Su visión era fascinante. Juan pensaba en un proceso dinámico con dos etapas bien diferenciadas. El primer momento sería el de la preparación. Su protagonista es el Bau- tista, y tendrá como escenario el desierto. Esta preparación gira en torno al bautismo en el Jordán: es el gran signo que expresa la conversión a Dios y la acogida de su perdón. Vendría enseguida una segunda etapa que tendría lugar ya dentro de la tierra prometida. No estará protagonizada por el Bautista, sino por una figura misteriosa que Juan designa como el más fuerte. Al bautismo de agua le sucederá un bautismo de fuego que transformará al pueblo de forma definitiva y lo conducirá a una vida plena.

 

Quién va a venir exactamente después del Bautista? Juan no habla con claridad. Sin duda es el personaje central de los últimos tiempos, pero Juan no lo llama Mesías ni le da título algu- no. Solo dice que es el que ha de venir, el que es más fuerte que él. Está pensando en Dios? En la tradición bíblica es muy corriente llamar a Dios el fuerte; además, Dios es el Juez de Israel, el único que puede juzgar a su pueblo o infundir su Espíritu sobre él. Sin embargo, resulta extraño oírle decir que Dios es más fuerte que él o que no es digno de desatar sus correas. Probablemente Juan esperaba a un personaje aún por llegar, mediante el cual Dios realizaría su último designio. No tenía una idea clara de quién habría de ser, pero lo espera- ba como el mediador definitivo. No vendrá ya a preparar el camino a Dios, como Juan. Llega- rá para hacer realidad su juicio y su salvación. Él llevará a su desenlace el proceso iniciado por el Bautista, conduciendo a todos al destino elegido por unos y otros con su reacción ante el bautismo de Juan: el juicio o la restauración.

 

Es difícil saber con precisión cómo imaginaba el Bautista lo que iba a suceder. Lo primero en esta etapa definitiva sería, sin duda, un gran juicio purificador, el tiempo de un bautismo de fuego, que purificaría definitivamente al pueblo eliminando la maldad e implantando la justi- cia. El Bautista veía cómo se iban definiendo dos grandes grupos: los que, como Antipas y sus cortesanos, no escuchaban la llamada al arrepentimiento y los que, llegados de todas partes, habían recibido el bautismo iniciando una vida nueva. El fuego de Dios juzgaría defi- nitivamente a su pueblo.

 

Juan utiliza imágenes agrícolas muy propias de un hombre de origen rural. Imágenes violen- tas que sin duda impactaban a los campesinos que lo escuchaban. Veía a Israel como la plantación de Dios que necesita una limpieza radical. Llega el momento de eliminar todo el boscaje inútil, talando y quemando los árboles que no dan frutos buenos. Solo permanecerán vivos y en pie los árboles fructuosos: la auténtica plantación de Dios, el verdadero Israel. Juan se vale también de otra imagen. Israel es como la era de un pueblo donde hay de todo: grano, polvo y paja. Se necesita una limpieza a fondo para separar el grano y almacenarlo en el granero, y para recoger la paja y quemarla en el fuego. Con su juicio, Dios eliminará todo lo inservible y recogerá limpia su cosecha.

 

El gran juicio purificador desembocará en una situación nueva de paz y de vida plena. Para ello no basta el bautismo del fuego. Juan espera además un bautismo con espíritu santo. Israel experimentará la fuerza transformadora de Dios, la efusión vivificante de su Espíritu. El pueblo conocerá por fin una vida digna y justa en una tierra transformada. Vivirán una Alianza nueva con su Dios.

 

 

La conversión de Jesús.

 

En un determinado momento, Jesús se acercó al Bautista, escuchó su llamada a la conver- sión y se hizo bautizar por él en las aguas del río Jordán. El hecho ocurrió en torno al año 28, y es uno de sus datos más seguros. En las primeras comunidades cristianas, a nadie se le habría ocurrido inventar un episodio tan embarazoso, que no podía sino crear dificultades a los seguidores de Jesús.

 

Dos eran, sobre todo, los problemas que planteaba su bautismo. Si había aceptado ser bauti- zado por Juan no era Jesús inferior al Bautista?

 

Más aún, si había bajado al Jordán como todos, confesando los pecados, no era también Jesús un pecador? Estas cuestiones no eran nada teóricas, pues algunos cristianos vivían, probablemente, en contacto con ambientes bautistas que seguían a Juan y no a Jesús.

 

Los cristianos no pudieron negar el hecho, pero lo presentaron de tal manera que no menos- cabara la dignidad de Jesús. Marcos, el evangelista más antiguo, afirma: Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán, pero inmediatamente añade que, al salir de las aguas, Jesús tuvo una experiencia extraña: vio que el Espíritu de Dios descendía sobre él como una paloma, y es- cuchó una voz que desde el cielo le decía: Tú eres mi hijo amado. De esta manera, todos podían entender que, a pesar de haberse dejado bautizar por Juan, Jesús era en realidad aquel personaje más fuerte del que hablaba el Bautista; el que iba a venir tras él a bautizar con espíritu. Mateo da un paso más. Cuando Jesús se acerca a ser bautizado, el Bautista trata de apartarlo con estas palabras: Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, y tú vienes a mí?. Jesús le responde: Conviene que cumplamos toda justicia. Así pues, ha de quedar claro que Jesús no necesita ser bautizado; si lo hace es por alguna razón desconocida que lo empuja a actuar así. Lucas no necesita ya hacer ningún retoque, pues, aunque menciona el bautismo de Jesús, suprime la intervención del Bautista (está ya encarcelado por Antipas). Es Jesús quien ocupa toda la escena: mientras está orando, vive la experiencia religiosa su- gerida por Marcos. El cuarto evangelista ni siquiera narra el bautismo; Juan no es ya el bau- tizador de Jesús, sino el testigo que lo declara como cordero de Dios que quita el pecado del mundo y que viene a bautizar con el Espíritu Santo.

 

Dejemos por ahora esta lectura cristiana posterior. Es innegable que Jesús fue bautizado por Juan. Para Jesús es un momento decisivo, pues significa un giro total en su vida. Aquel joven artesano oriundo de una pequeña aldea de Galilea no vuelve ya a Nazaret. En adelante se dedicará en cuerpo y alma a una tarea de carácter profético que sorprende a sus familiares y vecinos: jamás habían podido sospechar algo parecido cuando le tuvieron entre ellos. Pode- mos saber algo de este momento tan importante vivido por Jesús junto al Bautista y que marcará de manera tan decisiva su vida?

 

Al parecer, Jesús no tiene todavía un proyecto propio bien definido. Sin embargo, su decisión de hacerse bautizar por Juan deja entrever algo de su búsqueda. Si acepta el bautismo de Juan, esto significa que comparte su visión sobre la situación desesperada de Israel: el pue- blo necesita una conversión radical para acoger el perdón de Dios. Pero Jesús comparte tam- bién y sobre todo la esperanza del Bautista. Le atrae la idea de preparar al pueblo para el encuentro con su Dios. Pronto conocerán todos su irrupción salvadora. Israel será restaura- do, la Alianza quedará renovada y la gente podrá disfrutar de una vida más digna. Esta espe- ranza, recogida inicialmente del Bautista, no la olvidará Jesús jamás. Será su objetivo princi- pal cuando, dentro ya de un horizonte nuevo, se dedique a hacerla realidad sobre todo entre los más desgraciados: llamar al pueblo para acoger a su Dios, despertar la esperanza en los corazones, trabajar por la restauración de Israel, buscar una convivencia más justa y más fiel a la Alianza… Probablemente Jesús iba perfilando ya, en el desierto del Jordán, las gran- des líneas de su misión.

 

Jesús asumió el bautismo como signo y compromiso de un cambio radical. Así lo exigía el Bautista a cuantos acudían a sumergirse en el Jordán. También Jesús quiere concretar su conversión, y lo hace tomando una primera determinación: en adelante se dedicará a colabo- rar con el Bautista en su servicio al pueblo. No es este el mejor modo de acoger a ese Dios que llega ya a purificar y salvar a Israel? Se desvincula de su familia y se entrega a su pue- blo. Olvida también su trabajo. Solo le atrae la idea de colaborar en aquel movimiento admi- rable de conversión iniciado por Juan. Cuando, en medio del silencio del desierto, se acallan de noche los gritos del Bautista y no se oye el rumor de la confesión de los pecados de quie- nes se sumergen en el Jordán, Jesús escucha la voz de Dios, que lo llama a una misión nue- va.

 

Jesús no vuelve inmediatamente a Galilea, sino que permanece durante algún tiempo en el desierto junto al Bautista. Ignoramos cómo pudo ser la vida de los que se movían en el en- torno de Juan. No es aventurado pensar que había dos tipos de seguidores. La mayoría de ellos, una vez bautizados, se volvía a sus casas, aunque mantenían viva la conciencia de formar parte del pueblo renovado que se iba gestando en torno al Bautista. Algunos, sin embargo, se quedaban con él en el desierto, ahondando más en su mensaje y ayudándole de cerca en su tarea. Probablemente llevaban un estilo de vida austero y de oración, bajo la inspiración del Bautista. Jesús no solo acogió el proyecto de Juan, sino que se adhirió a este grupo de discípulos y colaboradores. Las fuentes no nos permiten decir mucho más. Proba- blemente le ayudó en su actividad bautizadora, y lo hizo con entusiasmo. Allí conoció a dos hermanos llamados Andrés y Simón, y a un amigo suyo, Felipe, oriundos todos del mismo pueblo de Betsaida. Los tres pertenecían por entonces al círculo del Bautista, aunque más tarde darían su adhesión a Jesús.

 

 

El nuevo proyecto de Jesús.

 

El movimiento iniciado por el Bautista se empezaba a notar en todo Israel. Incluso los grupos tachados de indignos y pecadores, como los recaudadores de impuestos o las prostitutas, acogen su mensaje. Solo las élites religiosas y los herodianos del entorno de Antipas se re- sisten.

 

De ordinario, todo entusiasmo del pueblo por un nuevo orden de cosas solía inquietar a los gobernantes. Por otra parte, el Bautista denunciaba con valentía el pecado de todos y no se detenía siquiera ante la actuación inmoral del rey. Juan se convierte en un profeta peligroso sobre todo cuando Herodes repudia a su esposa para casarse con Herodías, mujer de su hermanastro Filipo, a la que había conocido en Roma durante sus años juveniles. No es difícil entender la inquietud y malestar que provocó este hecho. Antipas estaba casado con la hija de Aretas IV, rey de Nabatea. El matrimonio había sido bien acogido, pues sellaba la paz entre la región de Perea y aquel pueblo fronterizo, siempre hostil y guerrero. Ahora, sin em- bargo, este divorcio rompe de nuevo la estabilidad. Los nabateos lo consideraron como un insulto a su pueblo y se dispusieron a luchar contra Herodes Antipas.

 

La situación se hizo explosiva cuando el Bautista, que predica a menos de veinte kilómetros de la frontera con los nabateos, denuncia públicamente la actuación del rey, considerándola contraria a la Torá. Según nos informa Flavio Josefo, Herodes temió que la enorme influencia de Juan en la gente indujera una especie de revuelta… y consideró mucho mejor eliminarlo antes que afrontar luego una situación difícil con la revuelta y lamentar la indecisión. Antes de que la situación empeorara, Antipas manda encarcelar al Bautista en la fortaleza de Ma- queronte y, más tarde, lo ejecuta.

 

La muerte del Bautista tuvo que causar gran impacto. Con él desaparecía el profeta encarga- do de preparar a Israel para la venida definitiva de Dios. Todo el proyecto de Juan quedaba interrumpido. No había sido posible siquiera completar la primera etapa. La conversión de Israel quedaba inacabada. Qué iba a pasar ahora con el pueblo? Cómo iba a actuar Dios? Entre los discípulos y colaboradores de Juan todo es inquietud y desconcierto.

 

Jesús reacciona de manera sorprendente. No abandona la esperanza que animaba al Bautis- ta, sino que la radicaliza hasta extremos insospechados. No sigue bautizando como otros discípulos de Juan, que continuaron su actividad después de muerto. Da por terminada la preparación que el Bautista ha impulsado hasta entonces y transforma su proyecto en otro nuevo. Nunca pone en duda la misión y autoridad de Juan, pero inicia un proyecto diferente para la renovación de Israel. En Jesús se va despertando una convicción: Dios va a actuar en esta situación desesperada de un modo insospechado. La muerte del Bautista no va a ser el fracaso de los planes de Dios, sino el comienzo de su acción salvadora. Dios no va abandonar al pueblo. Al contrario, es ahora cuando va a revelar todavía mejor su misericordia.

 

Jesús comenzó a verlo todo desde un horizonte nuevo. Se ha terminado ya el tiempo de pre- paración en el desierto. Empieza la irrupción definitiva de Dios. Hay que situarse de manera diferente. Lo que Juan esperaba para el futuro empieza ya a hacerse realidad. Comienzan unos tiempos que no pertenecen a la época vieja de la preparación, sino a una era nueva. Llega ya la salvación de Dios.

 

No era solo un cambio de perspectiva temporal lo que contemplaba Jesús. Su intuición cre-

 

yente y su confianza total en la misericordia de Dios le llevan a transformar de raíz lo espe- rado por Juan. Terminada la preparación del desierto, al pueblo le aguardaba, en la lógica del Bautista, un gran juicio purificador de Dios, un bautismo con fuego, y solo después su irrup- ción transformadora y salvadora por medio del bautismo del Espíritu. Jesús comenzaba a verlo todo desde la misericordia de Dios. Lo que empieza ahora para este pueblo que no ha podido llevar a cabo su conversión no es el juicio de Dios, sino el gran don de su salvación. En esta situación desesperada el pueblo va a conocer la increíble compasión de Dios, no su ira destructora.

Pronto comienza Jesús a hablar un lenguaje nuevo: está llegando el reino de Dios. No hay que seguir esperando más, hay que acogerlo. Lo que a Juan le parecía algo todavía alejado,

está ya irrumpiendo; pronto desplegará su fuerza salvadora. Hay que proclamar a todos esta Buena Noticia. El pueblo se ha de convertir, pero la conversión no va a consistir en preparar- se para un juicio, como pensaba Juan, sino en entrar en el reino de Dios y acoger su perdón

salvador.

 

Jesús lo ofrece a todos. No solo a los bautizados por Juan en el Jordán, también a los no bautizados. No desaparece en Jesús la idea del juicio, pero cambia totalmente su perspecti- va. Dios llega para todos como salvador, no como juez. Pero Dios no fuerza a nadie; solo invita. Su invitación puede ser acogida o rechazada. Cada uno decide su destino. Unos escu- chan la invitación, acogen el reino de Dios, entran en su dinámica y se dejan transformar; otros no escuchan la buena noticia, rechazan el reino, no entran en la dinámica de Dios y se cierran a la salvación.

 

Jesús abandona el desierto que ha sido escenario de la preparación y se desplaza a la tierra habitada por Israel a proclamar y escenificar la salvación que se ofrece ya a todos con la llegada de Dios. Las gentes no tendrán ya que acudir al desierto como en tiempos de Juan. Será él mismo, acompañado de sus discípulos y colaboradores más cercanos, el que recorre- rá la tierra prometida. Su vida itinerante por los poblados de Galilea y de su entorno será el mejor símbolo de la llegada de Dios, que viene como Padre a establecer una vida más digna para todos sus hijos.

 

Jesús abandona también el talante y la estrategia profética de Juan. La vida austera del de- sierto es sustituida por un estilo de vida festivo. Deja a un lado la forma de vestir del Bautis- ta. Tampoco tiene sentido seguir ayunando. Ha llegado el momento de celebrar comidas abiertas a todos, para acoger y celebrar la vida nueva que Dios quiere instaurar en su pue- blo. Jesús convierte el banquete compartido por todos en el símbolo más expresivo de un pueblo que acoge la plenitud de vida querida por Dios.

 

Ya ni el mismo bautismo tiene sentido como rito de un nuevo ingreso en la tierra prometida. Jesús lo sustituye por otros signos de perdón y curación que expresan y hacen realidad la liberación querida por Dios para su pueblo. Para recibir el perdón no hay que subir al templo de Jerusalén a ofrecer sacrificios de expiación; tampoco es necesario sumergirse en las aguas del Jordán. Jesús lo ofrece gratis a quienes acogen el reino de Dios. Para proclamar su misericordia de una manera más sensible y concreta se dedicará a algo que Juan nunca hizo: curar enfermos que nadie curaba; aliviar el dolor de gentes abandonadas, tocar a leprosos que nadie tocaba, bendecir y abrazar a niños y pequeños. Todos han de sentir la cercanía salvadora de Dios, incluso los más olvidados y despreciados: los recaudadores, las prostitu- tas, los endemoniados, los samaritanos.

 

Jesús abandona también el lenguaje duro del desierto. El pueblo debe escuchar ahora una Buena Noticia. Su palabra se hace poesía. Invita a la gente a mirar la vida de manera nueva. Comienza a contar parábolas que el Bautista jamás hubiera imaginado. El pueblo queda se- ducido. Todo empieza a hablarles de la cercanía de Dios: la semilla que siembran y el pan que cuecen, los pájaros del cielo y las mieses del campo, las bodas en familia y las comidas en torno a Jesús.

 

Con Jesús todo empieza a ser diferente. El temor al juicio deja paso al gozo de acoger a Dios, amigo de la vida. Ya nadie habla de su ira inminente. Jesús invita a la confianza total en un Dios Padre. No solo cambia la experiencia religiosa del pueblo. También se transforma la figura misma de Jesús. Nadie lo ve ahora como un discípulo o colaborador del Bautista, sino como el profeta que proclama con pasión la llegada del reino de Dios. Es él aquel perso- naje al que Juan llamaba el más fuerte?

 

  1. – Profeta del reino de Dios.

 

Jesús deja el desierto, cruza el río Jordán y entra de nuevo en la tierra que Dios había rega- lado a su pueblo. Es en torno al año 28 y Jesús tiene unos treinta y dos años. No se dirige a Jerusalén ni se queda en Judea. Marcha directamente a Galilea. Lleva fuego en su corazón. Necesita anunciar a aquellas pobres gentes una noticia que le quema por dentro: Dios viene ya a liberar a su pueblo de tanto sufrimiento y opresión. Sabe muy bien lo que quiere: pon- drá fuego en la tierra anunciando la irrupción del reino de Dios.

 

Profeta itinerante.

 

Jesús no se instala en su casa de Nazaret, sino que se dirige a la región del lago de Galilea y se pone a vivir en Cafarnaún, en casa de Simón y Andrés, dos hermanos a los que ha cono- cido en el entorno del Bautista. Cafarnaún era un pueblo de 600 a 1.500 habitantes, que se extendía por la ribera del lago, en el extremo norte de Galilea, tocando ya el territorio go- bernado por Filipo. Probablemente Jesús lo elige como lugar estratégico desde donde puede desarrollar su actividad de profeta itinerante. Es un acierto, pues Cafarnaún está bien comu- nicado tanto con el resto de Galilea como con los territorios vecinos: la tetrarquía de Filipo, las ciudades fenicias de la costa o la región de la Decápolis.

 

Cafarnaún es una aldea importante, comparada con Nazaret, Naín y otras muchas de la Baja Galilea, pero muy modesta frente a Séforis o Tiberíades. No tiene calles pavimentadas según un trazado urbano, sino callejas de tierra apisonada, polvorientas en verano, convertidas en barrizales en la estación de las lluvias y malolientes siempre. No hay construcciones de mármol ni edificios con mosaicos. Las casas son modestas y están construidas con piedras de basalto negro y techumbres de cañas y ramaje recubierto de barro. Por lo general se arraciman en grupos de tres o cuatro en torno a un patio común, donde discurre en buena parte la vida y el trabajo de las familias.

 

La población de Cafarnaún es judía, si exceptuamos, tal vez, los recaudadores de impuestos, algunos funcionarios y, probablemente, una pequeña guarnición del ejército de Antipas. En las afueras de Cafarnaún hay una aduana donde se controla el tránsito de mercancías de una importante vía comercial por la que llegaban las caravanas de Oriente con mercancías de gran valor, como los perfumes y perlas de la India o la seda de la China; los funcionarios de aduanas, que cobraban los impuestos, peajes y derechos de frontera, no son bien vistos por la gente y, probablemente, no se mezclan mucho con los vecinos; algo parecido sucede con los funcionarios que se mueven por los embarcaderos recaudando los impuestos por la pesca del lago. En una aldea fronteriza como Cafarnaún no puede faltar una vigilancia militar. Anti- pas tenía su propio ejército, equipado e instruido al estilo de los romanos, pero compuesto sobre todo por mercenarios extranjeros; probablemente una pequeña guarnición de soldados herodianos vigilaba la frontera y aseguraba el orden en una zona del lago donde la actividad pesquera y el tráfico de embarcaciones es bastante intenso.

 

Los habitantes de Cafarnaún son gente modesta. Bastantes son campesinos que viven del producto de los campos y las viñas de las cercanías, pero la mayoría vive de la pesca. Entre los campesinos, algunos lievan una vida más desahogada; entre los pescadores, algunos son dueños de su barca. Pero hay también campesinos despojados de sus tierras que trabajan como jornaleros en las posesiones de los grandes terratenientes o contratando su trabajo por días o temporadas en alguna de las embarcaciones importantes.

Cafarnaún es, sobre todo, una aldea de pescadores cuya vida se concentra en los espacios libres que quedan entre las modestas viviendas y las escolleras y los rudimentarios embar-

caderos de la orilla. Es seguramente donde más se mueve Jesús. Los pescadores de Cafar-

naún son, junto con los de Betsaida, quienes más trabajan en la zona norte del lago, la más rica en bancos de peces. Salen a la mar de noche. Si la faena ha sido fructífera, se dirigen

hacia el sur, al puerto de Magdala, donde pueden vender su pescado a los fabricantes de

salazón. Al parecer, Jesús simpatiza pronto con estas familias de pescadores. Le dejan sus barcas para moverse por el lago y para hablar a las gentes sentadas en la orilla. Son sus

mejores amigos: Simón y Andrés, oriundos del puerto de Betsaida, pero que tienen casa en Cafarnaún; Santiago y Juan, hijos de Zebedeo y de Salomé, una de las mujeres que lo acompañará hasta el final; María, oriunda del puerto de Magdala, curada por Jesús y cauti-

vada por su amor para siempre.

 

Sin embargo, él no se instala en Cafarnaún. Quiere difundir la noticia del reino de Dios por todas partes. No es posible reconstruir los itinerarios de sus viajes, pero sabemos que reco-

 

rrió los pueblos situados en torno al lago: Cafarnaún, Magdala, Corozaín o Betsaida; visitó las aldeas de la Baja Galilea: Nazaret, Cana, Naín; llegó hasta las regiones vecinas de Gali- lea: Tiro y Sidón, Cesárea de Filipo y la Decápolis. Sin embargo, según las fuentes, evita las grandes ciudades de Galilea: Tiberíades, la nueva y espléndida capital, construida por Anti- pas a orillas del lago, a solo dieciséis kilómetros de Cafarnaún, y Séforis, la preciosa ciudad de la Baja Galilea, a solo seis kilómetros de Nazaret. Por otra parte, cuando se acerca a Tiro y Sidón o visita la región de Cesárea de Filipo o la Decápolis, tampoco entra en los núcleos urbanos; se detiene en las aldeas del entorno o en las afueras de la ciudad, donde se en- cuentran los más excluidos: gentes de paso y vagabundos errantes que duermen fuera de las murallas. Jesús se dedica a visitar las aldeas de Galilea. Lo hace acompañado de un pe- queño grupo de seguidores. Cuando van a pueblos cercanos como Corozaín, a solo tres kiló- metros de Cafarnaún, probablemente se vuelven a sus casas al atardecer. Cuando se despla- zan de una aldea a otra, buscan entre los vecinos personas dispuestas a proporcionarles comida y un sencillo alojamiento, seguramente en el patio de la casa. No sabemos cómo afrontan los inviernos cuando arrecian las lluvias y se siente el rigor del frío.

 

Al llegar a un pueblo, Jesús busca el encuentro con los vecinos. Recorre las calles como en otros tiempos, cuando trabajaba de artesano. Se acerca a las casas deseando la paz a las madres y a los niños que se encuentran en los patios, y sale al descampado para hablar con los campesinos que trabajan la tierra. Su lugar preferido era, sin duda, la sinagoga o el es- pacio donde se reunían los vecinos, sobre todo los sábados. Allí rezaban, cantaban salmos, discutían los problemas del pueblo o se informaban de los acontecimientos más sobresalien- tes de su entorno. El sábado se leían y comentaban las Escrituras, y se oraba a Dios pidiendo la ansiada liberación. Era el mejor marco para dar a conocer la buena noticia del reino de Dios.

 

Al parecer, esta manera de actuar no es algo casual. Responde a una estrategia bien pensa- da. El pueblo no tiene ya que salir al desierto a prepararse para el juicio inminente de Dios. Es Jesús mismo el que recorre las aldeas invitando a todos a entrar en el reino de Dios que está ya irrumpiendo en sus vidas. Esta misma tierra donde habitan se convierte ahora en el nuevo escenario para acoger la salvación. Las parábolas e imágenes que Jesús extrae de la vida de estas aldeas vienen a ser parábola de Dios. La curación de los enfermos y la libera- ción de los endemoniados son signo de una sociedad de hombres y mujeres sanos, llamados a disfrutar de una vida digna de los hijos e hijas de Dios. Las comidas abiertas a todos los vecinos son símbolo de un pueblo invitado a compartir la gran mesa de Dios, el Padre de todos.

 

Jesús ve en estas gentes de las aldeas el mejor punto de arranque para iniciar la renovación de todo el pueblo. Estos campesinos hablan arameo, como él, y es entre ellos donde se con- serva de manera más auténtica la tradición religiosa de Israel. En las ciudades es diferente. Junto al arameo se habla también algo de griego, una lengua que Jesús no domina; además, la cultura helenista está allí más presente.

 

Pero, probablemente, hay otra razón más poderosa en su corazón. En estas aldeas de Galilea está el pueblo más pobre y desheredado, despojado de su derecho a disfrutar de la tierra regalada por Dios; aquí encuentra Jesús como en ninguna otra parte el Israel más enfermo y maltratado por los poderosos; aquí es donde Israel sufre con más rigor los efectos de la opresión. En las ciudades, en cambio, viven los que detentan el poder, junto con sus diferen- tes colaboradores: dirigentes, grandes terratenientes, recaudadores de impuestos. No son ellos los representantes del pueblo de Dios, sino sus opresores, los causantes de la miseria y del hambre de estas familias. La implantación del reino de Dios tiene que comenzar allí don- de el pueblo está más humillado. Estas gentes pobres, hambrientas y afligidas son las ovejas perdidas que mejor representan a todos los abatidos de Israel. Jesús lo tiene muy claro. El reino de Dios solo puede ser anunciado desde el contacto directo y estrecho con las gentes más necesitadas de respiro y liberación. La buena noticia de Dios no puede provenir del es- pléndido palacio de Antipas en Tiberíades; tampoco de las suntuosas villas de Séforis ni del lujoso barrio residencial de las élites sacerdotales de Jerusalén. La semilla del reino solo puede encontrar buena tierra entre los pobres de Galilea.

 

La vida itinerante de Jesús en medio de ellos es símbolo vivo de su libertad y de su fe en el reino de Dios. No vive de un trabajo remunerado; no posee casa ni tierra alguna; no tiene que responder ante ningún recaudador; no lleva consigo moneda alguna con la imagen del César. Ha abandonado la seguridad del sistema para entrar confiadamente en el reino de Dios. Por otra parte, su vida itinerante al servicio de los pobres deja claro que el reino de

 

Dios no tiene un centro de poder desde el que haya de ser controlado. No es como el Impe- rio, gobernado por Tiberio desde Roma, ni como la tetrarquía de Galilea, regida por Antipas desde Tiberíades, ni como la religión judía, vigilada desde el templo de Jerusalén por las élites sacerdotales. El reino de Dios se va gestando allí donde ocurren cosas buenas para los pobres.

 

 

La pasión por el reino de Dios.

 

Nadie duda de esta información que nos proporcionan las fuentes: Jesús fue caminando de pueblo en pueblo y de aldea en aldea proclamando y anunciando la buena noticia del reino de Dios. Sin temor a equivocarnos, podemos decir que la causa a la que Jesús dedica en adelante su tiempo, sus fuerzas y su vida entera es lo que él llama el reino de Dios. Es, sin duda, el núcleo central de su predicación, su convicción más profunda, la pasión que anima toda su actividad. Todo lo que dice y hace está al servicio del reino de Dios. Todo adquiere su unidad, su verdadero significado y su fuerza apasionante desde esa realidad. El reino de Dios es la clave para captar el sentido que Jesús da a su vida y para entender el proyecto que quiere ver realizado en Galilea, en el pueblo de Israel y, en definitiva, en todos los pue- blos.

 

Lo dicen todas las fuentes. Jesús no enseña en Galilea una doctrina religiosa para que sus oyentes la aprendan bien. Anuncia un acontecimiento para que aquellas gentes lo acojan con gozo y con fe. Nadie ve en él a un maestro dedicado a explicar las tradiciones religiosas de Israel. Se encuentran con un profeta apasionado por una vida más digna para todos, que busca con todas sus fuerzas que Dios sea acogido y que su reinado de justicia y misericordia se vaya extendiendo con alegría. Su objetivo no es perfeccionar la religión judía, sino contri- buir a que se implante cuanto antes el tan añorado reino de Dios y, con él, la vida, la justicia y la paz.

 

Jesús no se dedica tampoco a exponer a aquellos campesinos nuevas normas y leyes mora- les. Les anuncia una noticia: Dios ya está aquí buscando una vida más dichosa para todos. Hemos de cambiar nuestra mirada y nuestro corazón. Su objetivo no es proporcionar a aque- llos vecinos un código moral más perfecto, sino ayudarles a intuir cómo es y cómo actúa Dios, y cómo va a ser el mundo y la vida si todos actúan como él. Eso es lo que les quiere comunicar con su palabra y con su vida entera.

 

Jesús habla constantemente del reino de Dios, pero nunca explica directamente en qué con- siste. De alguna manera, aquellas gentes barruntan de qué les está hablando, pues conocen que su venida es la esperanza que sostiene al pueblo. Jesús, sin embargo, les sorprenderá cuando vaya explicando cómo llega este reino, para quiénes va a resultar una buena noticia o cómo se ha de acoger su fuerza salvadora. Lo que Jesús transmite tiene algo de nuevo y fascinante para aquellas gentes. Es lo mejor que podían oír. Cómo pudo Jesús entusiasmar a aquellas gentes habiéndoles del reino de Dios? Qué captaban detrás de esa metáfora? Por qué le sentían a Dios como buena noticia?

 

 

Un anhelo que venía de lejos.

 

El reino de Dios no era una especulación de Jesús, sino un símbolo bien conocido, que reco- gía las aspiraciones y expectativas más hondas de Israel. Una esperanza que Jesús encontró en el corazón de su pueblo y que supo recrear desde su propia experiencia de Dios, dándole un horizonte nuevo y sorprendente. No era el único símbolo ni siquiera el más central de Israel, pero había ido adquiriendo gran fuerza para cuando Jesús empezó a utilizarlo. Sin embargo, la expresión literal reino de Dios era reciente y de uso poco frecuente. Fue Jesús quien decidió usarla de forma regular y constante. No encontró otra expresión mejor para comunicar aquello en lo que él creía.

 

Desde niño había aprendido a creer en Dios como creador de los cielos y de la tierra, sobera- no absoluto sobre todos los dioses y señor de todos los pueblos. Israel se sentía seguro y confiado. Todo estaba en manos de Dios. Su reinado era absoluto, universal e inquebranta- ble. El pueblo expresaba su fe cantando con júbilo a Dios como rey: Decid a los gentiles: Yahvé es rey. El orbe está seguro, no vacila; él gobierna a los pueblos rectamente.

 

Ese Dios grande, señor de todos los pueblos, es rey de Israel de una manera muy especial.

 

El los ha sacado de la esclavitud de Egipto y los ha conducido a través del desierto hasta la tierra prometida. El pueblo lo sentía como su liberador, su pastor y su padre, pues había experimentado su amor protector y sus cuidados. Al comienzo no le llamaban rey. Pero, cuando se estableció la monarquía e Israel tuvo, como otros pueblos, su propio rey, se sintió la necesidad de recordar que el único rey de Israel era Dios. Por tanto, el rey que gobernara a su pueblo solo podía hacerlo en su nombre y obedeciendo a su voluntad.

 

Los reyes no respondieron a las esperanzas puestas en ellos. Dios había liberado a Israel de la esclavitud de Egipto para crear un pueblo libre de toda opresión y esclavitud. Les había regalado aquella tierra para que la compartieran como hermanos. Israel sería diferente a otros pueblos: no habría esclavos entre ellos; no se abusaría de los huérfanos ni de las viu- das; se tendría compasión de los extranjeros. Sin embargo, y a pesar de la denuncia de los profetas, el favoritismo de los reyes hacia los poderosos, la explotación de los pobres a ma- nos de los ricos y los abusos e injusticias de todo género llevaron a Israel al desastre. El resultado fue el destierro a Babilonia.

 

Para Israel fue una experiencia trágica, difícil de entender. El pueblo estaba de nuevo bajo la opresión de un rey extranjero, despojado del derecho a su tierra, sin rey, sin templo ni insti- tuciones propias, sometido a una humillante esclavitud. Dónde estaba Dios, el rey de Israel? Los profetas no cayeron en la desesperanza: Dios restauraría a aquel pueblo humillado y de nuevo lo liberaría de la esclavitud. Este es el mensaje de un profeta del siglo vi a. C: Dios continúa amando a su pueblo y le ofrece una vez más su perdón. Sacará a Israel de la cauti- vidad, el pueblo vivirá un nuevo éxodo, las tribus dispersadas volverán a reunirse y todos podrán disfrutar en paz de la tierra prometida. Jesús conocía, y tal vez evocaba, mientras recorría las montañas de Galilea, el mensaje lleno de fuerza y belleza de este profeta que gritaba así el final del destierro: Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas noticias, que anuncia salvación, que dice a Sión: Ya reina tu Dios.

 

Algunos grupos de desterrados volvieron efectivamente a su tierra y el templo fue recons- truido, pero aquellas promesas maravillosas no se cumplieron. Las tribus seguían dispersas. Se volvía a las antiguas prevaricaciones e injusticias. La verdadera paz parecía imposible, pues ya se cernía en el horizonte la sombra amenazadora de Alejandro Magno. Sin embargo, los últimos profetas seguían alentando al pueblo. Malaquías se atrevía a poner en boca de Yahvé esta alentadora noticia: Mirad, yo envío mi mensajero a preparar el camino delante de mí. Jesús, como muchos de sus contemporáneos, vivía de esta fe. Cuando oían hablar de la venida de Dios, una doble esperanza se despertaba en su corazón: Dios librará pronto a Is- rael de la opresión de las potencias extranjeras, y establecerá en su pueblo la justicia, la paz y la dignidad.

 

 

En medio de un pueblo en ardiente espera.

 

La situación de Israel se hizo todavía más desesperada con la invasión de Alejandro Magno primero y de las legiones romanas después. Ningún profeta se atrevía ahora a alzar su voz. Israel parecía abocado a la desaparición. Es entonces precisamente cuando se pudo oír una vez más el grito angustiado de este pueblo oprimido por medio de unos escritores sorpren- dentes que lograron mantener viva la esperanza ardiente de Israel. La situación era tan des- concertante que resultaba para todos un enigma indescifrable. Dónde está Dios? Es necesa- rio que él mismo revele sus designios secretos y asegure a su pueblo que sigue controlando la historia. Solo estos escritores que han conocido los planes profundos de Dios por medio de sueños y visiones pueden arrojar algo de luz sobre la situación que vive el pueblo.

 

El mensaje de estos visionarios es terrorífico y, al mismo tiempo, esperanzados El mundo está corrompido por el mal. La creación entera está contaminada. Se va a entablar un com- bate violento y definitivo entre las fuerzas del mal y las del bien, entre el poder de la luz y el de las tinieblas. Dios se verá obligado a destruir este mundo por medio de una catástrofe cósmica para crear unos nuevos cielos y una nueva tierra. Esta era tenebrosa de desconcier- to que vive el pueblo cesará para dar paso a otra nueva de paz y bendición.

 

Sin duda, Jesús conocía el libro de Daniel, el escrito apocalíptico más popular, aparecido durante la brutal persecución de Antíoco IV Epífanes (168-164 a. C). La opresión desbordaba ya todo lo imaginable. El poder del mal era superior a todas las fuerzas humanas. Según Daniel, los reinos opresores son bestias salvajes que destruyen al pueblo de Dios. Pero des-

 

pués de tanta opresión vendrá un reino humano. Dios quitará el poder a los reinos opresores y se lo entregará a Israel.

 

Es difícil, sin embargo, que Jesús y los campesinos de Galilea conocieran con detalle el con- tenido de estos escritos apocalípticos, pues solo circulaban en ambientes cultos como el mo- nasterio de Qumrán. Sí pudieron conocer, sin embargo, dos oraciones que se recitaban ya en tiempo de Jesús. La plegaria llamada Qaddish, escrita en arameo, se rezaba en público en las sinagogas durante la liturgia de los sábados y días de fiesta. En ella se pedía así:

 

Que su Nombre grande sea ensalzado y santificado en el mundo que él ha creado según su voluntad. Que su Reino irrumpa en vuestra vida y en vuestros días, en los días de toda la casa de Israel, pronto y sin demora… Que una paz abundante llegada del cielo así como la vida vengan pronto sobre nosotros y sobre todo Israel… Que aquel que ha hecho la paz en las alturas la extienda sobre nosotros y sobre todo Israel.

 

También era conocida la oración de las Dieciocho bendiciones, que recitaban todos los días los varones al salir y al ponerse el sol. En una de ellas se le grita así a Dios: Aleja de noso- tros el sufrimiento y la aflicción y sé tú nuestro único Rey.

 

Jesús pudo haber conocido también los llamados Salmos de Salomón, escritos por un grupo de fariseos desde lo más hondo de su profunda crisis, cuando el general Pompeyo entró en Jerusalén el año 63 a. C. y profanó el templo. Estos piadosos judíos expresan su confianza en la pronta intervención de Dios, verdadero rey de Israel, que establecerá su reino eterno por medio del Mesías, de la familia de David. Es conmovedora la afirmación de fe con la que comienzan y terminan el salmo 17: aunque las legiones romanas han ocupado la tierra pro- metida, ellos gritan así: Señor, solo tú eres nuestro rey por siempre jamás.

 

 

Ya está Dios aquí.

 

Jesús sorprendió a todos con esta declaración: El reino de Dios ya ha llegado. Su seguridad tuvo que causar verdadero impacto. Su actitud era demasiado audaz: no seguía Israel domi- nado por los romanos? No seguían los campesinos oprimidos por las clases poderosas? No estaba el mundo lleno de corrupción e injusticia? Jesús, sin embargo, habla y actúa movido por una convicción sorprendente: Dios está ya aquí, actuando de manera nueva. Su reinado ha comenzado a abrirse paso en estas aldeas de Galilea. La fuerza salvadora de Dios se ha puesto ya en marcha. El lo está ya experimentando y quiere comunicarlo a todos. Esa inter- vención decisiva de Dios que todo el pueblo está esperando no es en modo alguno un sueño lejano; es algo real que se puede captar ya desde ahora. Dios comienza a hacerse sentir. En lo más hondo de la vida se puede percibir ya su presencia salvadora.

 

El evangelista Marcos ha resumido de manera certera este mensaje original y sorprendente de Jesús. Según él, Jesús proclamaba por las aldeas de Galilea la buena noticia de Dios, y venía a decir esto: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado. Convertíos y creed esta buena noticia. Este lenguaje es nuevo. Jesús no habla, como sus contemporá- neos, de la futura manifestación de Dios; no dice que el reino de Dios está más o menos cercano. Ha llegado ya. Esta aquí. El lo experimenta. Por eso, y a pesar de todas las aparien- cias en contra, Jesús invita a creer en esta buena noticia.

 

No es difícil entender el escepticismo de algunos y el desconcierto de casi todos: cómo se puede decir que el reino de Dios está ya presente? Dónde puede ser visto o experimentado? Cómo puede estar Jesús tan seguro de que Dios ha llegado ya? Dónde le pueden ver aquellos galileos destruyendo a los paganos y poniendo justicia en Israel? Dónde está el cataclismo final y las terribles señales que van a acompañar su intervención poderosa? Sin duda se lo plantearon más de una vez a Jesús. Su respuesta fue desconcertante: El reino de Dios no viene de forma espectacular ni se puede decir: Miradlo aquí o allí. Sin embargo, el reino de Dios ya está entre vosotros. No hay que andar escrutando en los cielos señales especiales. Hay que olvidarse de los cálculos y conjeturas que hacen los escritores visionarios. No hay que pensar en una llegada visible, espectacular o cósmica del reino de Dios. Hay que apren- der a captar su presencia y su señorío de otra manera, porque el reino de Dios ya está entre vosotros.

 

No siempre se han entendido bien estas palabras. A veces se han traducido de manera erró- nea: El reino de Dios está dentro de vosotros. Esto ha llevado, por desgracia, a desfigurar el

 

pensamiento de Jesús reduciendo el reino de Dios a algo privado y espiritual que se produce en lo íntimo de una persona cuando se abre a la acción de Dios. Jesús no piensa en esto cuando habla a los campesinos de Galilea. Trata más bien de convencer a todos de que la llegada de Dios para imponer su justicia no es una intervención terrible y espectacular, sino una fuerza liberadora, humilde pero eficaz, que está ahí, en medio de la vida, al alcance de todos los que la acojan con fe.

 

Para Jesús, este mundo no es algo perverso, sometido sin remedio al poder del mal hasta que llegue la intervención final de Dios, como decían los escritos apocalípticos. Junto a la fuerza destructora y terrible del mal podemos captar ahora mismo la fuerza salvadora de Dios, que está ya conduciendo la vida a su liberación definitiva. El Evangelio [apócrifo] de Tomás atribuye a Jesús estas palabras: El reino de Dios está dentro y fuera de vosotros. Es verdad. La acogida del reino de Dios comienza en el interior de las personas en forma de fe en Jesús, pero se realiza en la vida de los pueblos en la medida en que el mal va siendo ven- cido por la justicia salvadora de Dios.

 

La seguridad de Jesús es desconcertante. Están viviendo un momento privilegiado: aquellos pobres campesinos de Galilea están experimentando la salvación en la que habían soñado tanto sus antepasados. En los Salmos de Salomón, tan populares en los grupos fariseos del tiempo de Jesús, se podían leer frases como esta: Felices los que vivan en aquellos días y puedan ver los bienes que el Señor prepara para la generación venidera. Jesús felicita a sus seguidores porque están experimentando junto a él lo que tantos personajes grandes de Israel esperaron, pero nunca llegaron a conocer: Dichosos los ojos que ven los que vosotros veis! Porque yo os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.

 

 

La mejor noticia.

 

La llegada de Dios es algo bueno. Así piensa Jesús: Dios se acerca porque es bueno, y es bueno para nosotros que Dios se acerque. No viene a defender sus derechos y a tomar cuen- tas a quienes no cumplen sus mandatos. No llega para imponer su dominio religioso. De hecho, Jesús no pide a los campesinos que cumplan mejor su obligación de pagar los diez- mos y primicias, no se dirige a los sacerdotes para que observen con más pureza los sacrifi- cios de expiación en el templo, no anima a los escribas a que hagan cumplir la ley del sábado y demás prescripciones con más fidelidad. El reino de Dios es otra cosa. Lo que le preocupa a Dios es liberar a las gentes de cuanto las deshumaniza y les hace sufrir.

 

El mensaje de Jesús impresionó desde el principio. Aquella manera de hablar de Dios provo- caba entusiasmo en los sectores más sencillos e ignorantes de Galilea. Era lo que necesita- ban oír: Dios se preocupa de ellos. El reino de Dios que Jesús proclama responde a lo que más desean: vivir con dignidad. Todas las fuentes apuntan hacia un hecho del que es difícil dudar: Jesús se siente portador de una buena noticia y, de hecho, su mensaje genera una alegría grande entre aquellos campesinos pobres y humillados, gentes sin prestigio ni segu- ridad material, a los que tampoco desde el templo se les ofrecía una esperanza.

 

Los escritores apocalípticos describían de manera sombría la situación que se vivía en Israel. El mal lo invade todo. Todo está sometido a Satán. Todos los males, sufrimientos y desgra- cias están personalizados en él. Esta visión mítica no era una ingenuidad. Aquellos visiona- rios sabían muy bien que la maldad nace del corazón de cada individuo, pero constataban cómo toma luego cuerpo en la sociedad, las leyes y las costumbres, para terminar corrom- piendo todo. No es solo Herodes el impío, ni la familia sacerdotal de Anas la corrupta. No son solo los grandes terratenientes los opresores, ni los recaudadores los únicos malvados. Hay algo más. El Imperio de Roma esclavizando a los pueblos, el funcionamiento interesado del templo, la explotación de los campesinos exprimidos por toda clase de tributos e impuestos, la interpretación interesada de la ley por parte de algunos escribas: todo parece estar ali- mentado y dirigido por el poder misterioso del mal. La maldad está ahí, más allá de la actua- ción de cada uno; todos la absorben del entorno social y religioso como una fuerza satánica que los condiciona, los somete y deshumaniza.

 

En este ambiente apocalíptico, Jesús anuncia que Dios ha comenzado ya a invadir el reino de Satán y a destruir su poder. Ha empezado ya el combate decisivo. Dios viene a destruir no a las personas, sino el mal que está en la raíz de todo, envileciendo la vida entera. Jesús habla convencido: Yo he visto a Satanás caer del cielo como un rayo. Estas palabras son, tal vez,

 

eco de una experiencia que marcó de manera decisiva su vida. Jesús ve que el mal empieza a ser derrotado. Se está haciendo realidad lo que se esperaba en algunos ambientes: Enton- ces aparecerá el reinado de Dios sobre sus criaturas, sonará la hora final del diablo y con él desaparecerá la tristeza. El enemigo a combatir es Satán, nadie más. Dios no viene a des- truir a los romanos ni a aniquilar a los pecadores. Llega a liberar a todos del poder último del mal. Esta batalla entre Dios y las fuerzas del mal por controlar el mundo no es un combate mítico, sino un enfrentamiento real y concreto que se produce constantemente en la historia humana. El reino de Dios se abre camino allí donde los enfermos son rescatados del sufri- miento, los endemoniados se ven liberados de su tormento y los pobres recuperan su digni- dad. Dios es el antimal: busca destruir todo lo que hace daño al ser humano.

 

Por eso Jesús no habla ya de la ira de Dios, como el Bautista, sino de su compasión. Dios no viene como juez airado, sino como padre de amor desbordante. La gente lo escucha asom- brada, pues todos se estaban preparando para recibirlo como juez terrible. Así lo decían los escritos del tiempo: Se levantará de su trono con indignación y cólera, se vengará de todos sus enemigos, hará desaparecer de la tierra a los que han encendido su ira, ninguno de los malvados se salvará el día del juicio de la ira. Jesús, por el contrario, busca la destrucción de Satán, símbolo del mal, pero no la de los paganos ni los pecadores. No se pone nunca de parte del pueblo judío y en contra de los pueblos paganos: el reino de Dios no va a consistir en una victoria de Israel que destruya para siempre a los gentiles. No se pone tampoco de parte de los justos y en contra de los pecadores: el reino de Dios no va a consistir en una victoria de los santos para hacer pagar a los malos sus pecados. Se pone a favor de los que sufren y en contra del mal, pues el reino de Dios consiste en liberar a todos de aquello que les impide vivir de manera digna y dichosa.

 

Si Dios viene a reinar, no es para manifestar su poderío por encima de todos, sino para ma- nifestar su bondad y hacerla efectiva. Es curioso observar cómo Jesús, que habla constante- mente del reino de Dios, no llama a Dios rey, sino padre. Su reinado no es para imponerse a nadie por la fuerza, sino para introducir en la vida su misericordia y llenar la creación entera de su compasión. Esta misericordia, acogida de manera responsable por todos, es la que puede destruir a Satán, personificación de ese mundo hostil que trabaja contra Dios y contra el ser humano.

 

De dónde brota en Jesús esta manera de entender el reino de Dios? No es esto, ciertamente, lo que se enseñaba los sábados en la sinagoga, ni lo que se respiraba en la liturgia del tem- plo. Al parecer, Jesús comunica su propia experiencia de Dios, no lo que se venía repitiendo en todas partes de manera convencional. Sin duda podía encontrar el rostro de un Dios com- pasivo en la mejor tradición de los orantes de Israel. Así se le experimenta a Dios en un co- nocido salmo: El Señor es un Dios misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en amor y fidelidad. Sin embargo, Jesús no cita las Escrituras para convencer a la gente de la compa- sión de Dios. La intuye contemplando la naturaleza, e invita a aquellos campesinos a descu- brir que la creación entera está llena de su bondad. Él hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos. Dios no se reserva su amor solo para los judíos ni ben- dice solo a los que viven obedeciendo la ley. Tiene también compasión de los gentiles y pe- cadores. Esta actuación de Dios, que tanto escandalizaba a los sectores más fanáticos, a Jesús le conmueve. No es que Dios sea injusto o que reaccione con indiferencia ante el mal. Lo que sucede es que no quiere ver sufrir a nadie. Por eso su bondad no tiene límites, ni siquiera con los malos. Este es el Dios que está llegando.

 

 

Dios, amigo de la vida.

 

Nadie lo pone en duda. Jesús entusiasmó a los campesinos de Galilea. El reino de Dios, tal como él lo presentaba, tenía que ser algo muy sencillo, al alcance de aquellas gentes. Algo muy concreto y bueno que entendían hasta los más ignorantes: lo primero para Jesús es la vida de la gente, no la religión. Al oírle hablar y, sobre todo, al verle curar a los enfermos, liberar de su mal a los endemoniados y defender a los más despreciados, tienen la impresión de que Dios se interesa realmente por su vida y no tanto por cuestiones religiosas que a ellos se les escapan. El reino de Dios responde a sus aspiraciones más hondas.

 

Los campesinos galileos captan en él algo nuevo y original: Jesús proclama la salvación de Dios curando. Anuncia su reino poniendo en marcha un proceso de sanación tanto individual como social. Su intención de fondo es clara: curar, aliviar el sufrimiento, restaurar la vida. No cura de manera arbitraria o por puro sensacionalismo. Tampoco para probar su mensaje

 

o reafirmar su autoridad. Cura movido por la compasión, para que los enfermos, abatidos y desquiciados experimenten que Dios quiere para todos una vida más sana. Así entiende su actividad curadora: Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, entonces es que ha lle- gado a vosotros el reino de Dios.

 

Según un antiguo relato cristiano, cuando los discípulos del Bautista le preguntan: Eres tú el que tenía que venir?, Jesús se limita a exponer lo que está ocurriendo: Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la buena noticia; y dichoso el que no se escandalice por mi causa. Jesús entiende que es Dios quien está actuando con poder y misericordia, curando a los enfermos y defendiendo la vida de los desgraciados. Esto es lo que está sucediendo, aunque vaya en contra de las previsiones del Bautista y de otros mu- chos. No se están cumpliendo las amenazas anunciadas por los escritores apocalípticos, sino lo prometido por el profeta Isaías, que anunciaba la venida de Dios para liberar y curar a su pueblo.

 

Según los evangelistas, Jesús despide a los enfermos y pecadores con este saludo: Vete en paz, disfruta de la vida. Jesús les desea lo mejor: salud integral, bienestar completo, una convivencia dichosa en la familia y en la aldea, una vida llena de las bendiciones de Dios. El término hebreo shalom o paz indica la felicidad más completa; lo más opuesto a una vida indigna, desdichada, maltratada por la enfermedad o la pobreza. Siguiendo la tradición de los grandes profetas, Jesús entiende el reino de Dios como un reino de vida y de paz. Su Dios es amigo de la vida.

 

Jesús solo llevó a cabo un puñado de curaciones. Por las aldeas de Galilea y Judea quedaron otros muchos ciegos, leprosos y endemoniados sufriendo sin remedio su mal. Solo una pe- queña parte experimentó su fuerza curadora. Nunca pensó Jesús en los milagros como una fórmula mágica para suprimir el sufrimiento en el mundo, sino como un signo para indicar la dirección en la que hay que actuar para acoger e introducir el reino de Dios en la vida huma- na. Por eso Jesús no piensa solo en las curaciones de personas enfermas. Toda su actuación está encaminada a generar una sociedad más saludable: su rebeldía frente a comportamien- tos patológicos de raíz religiosa como el legalismo, el rigorismo o el culto vacío de justicia; su esfuerzo por crear una convivencia más justa y solidaria; su ofrecimiento de perdón a gentes hundidas en la culpabilidad; su acogida a los maltratados por la vida o la sociedad; su empe- ño en liberar a todos del miedo y la inseguridad para vivir desde la confianza absoluta en Dios. Curar, liberar del mal, sacar del abatimiento, sanear la religión, construir una sociedad más amable, constituyen caminos para acoger y promover el reino de Dios. Son los caminos que recorrerá Jesús.

 

 

Tienen suerte los pobres.

 

Jesús no excluye a nadie. A todos anuncia la buena noticia de Dios, pero esta noticia no pue- de ser escuchada por todos de la misma manera. Todos pueden entrar en su reino, pero no todos de la misma manera, pues la misericordia de Dios está urgiendo antes que nada a que se haga justicia a los más pobres y humillados. Por eso la venida de Dios es una suerte para los que viven explotados, mientras se convierte en amenaza para los causantes de esa ex- plotación.

 

Jesús declara de manera rotunda que el reino de Dios es para los pobres. Tiene ante sus ojos a aquellas gentes que viven humilladas en sus aldeas, sin poder defenderse de los poderosos terratenientes; conoce bien el hambre de aquellos niños desnutridos; ha visto llorar de rabia e impotencia a aquellos campesinos cuando los recaudadores se llevan hacia Séforis o Tibe- ríades lo mejor de sus cosechas. Son ellos los que necesitan escuchar antes que nadie la noticia del reino: Dichosos los que no tenéis nada, porque es vuestro el reino de Dios; dicho- sos los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados; dichosos los que ahora lloráis, por- que reiréis. Jesús los declara dichosos, incluso en medio de esa situación injusta que pade- cen, no porque pronto serán ricos como los grandes propietarios de aquellas tierras, sino porque Dios está ya viniendo para suprimir la miseria, terminar con el hambre y hacer aflo- rar la sonrisa en sus labios. Él se alegra ya desde ahora con ellos. No les invita a la resigna- ción, sino a la esperanza. No quiere que se hagan falsas ilusiones, sino que recuperen su dignidad. Todos tienen que saber que Dios es el defensor de los pobres. Ellos son sus prefe- ridos. Si su reinado es acogido, todo cambiará para bien de los últimos. Esta es la fe de Je- sús, su pasión y su lucha.

 

Jesús no habla de la pobreza en abstracto, sino de aquellos pobres con los que él trata mien- tras recorre las aldeas. Familias que sobreviven malamente, gentes que luchan por no perder sus tierras y su honor, niños amenazados por el hambre y la enfermedad, prostitutas y men- digos despreciados por todos, enfermos y endemoniados a los que se les niega el mínimo de dignidad, leprosos marginados por la sociedad y la religión. Aldeas enteras que viven bajo la opresión de las élites urbanas, sufriendo el desprecio y la humillación. Hombres y mujeres sin posibilidades de un futuro mejor. Por qué el reino de Dios va a constituir una buena noti- cia para estos pobres? Por qué van a ser ellos los privilegiados? Es que Dios no es neutral? Es que no ama a todos por igual? Si Jesús hubiera dicho que el reino de Dios llegaba para hacer felices a los justos, hubiera tenido su lógica y todos le habrían entendido, pero que Dios esté a favor de los pobres, sin tener en cuenta su comportamiento moral, resulta es- candaloso. Es que los pobres son mejores que los demás, para merecer un trato privilegiado dentro del reino de Dios?

 

Jesús nunca alabó a los pobres por sus virtudes o cualidades. Probablemente aquellos cam- pesinos no eran mejores que los poderosos que los oprimían; también ellos abusaban de otros más débiles y exigían el pago de las deudas sin compasión alguna. Al proclamar las bienaventuranzas, Jesús no dice que los pobres son buenos o virtuosos, sino que están su- friendo injustamente. Si Dios se pone de su parte, no es porque se lo merezcan, sino porque lo necesitan. Dios, Padre misericordioso de todos, no puede reinar sino haciendo ante todo justicia a los que nadie se la hace. Esto es lo que despierta una alegría grande en Jesús: Dios defiende a los que nadie defiende!

 

Esta fe de Jesús se arraigaba en una larga tradición. Lo que el pueblo de Israel esperaba siempre de sus reyes era que supieran defender a los pobres y desvalidos. Un buen rey se debe preocupar de su protección, no porque sean mejores ciudadanos que los demás, sino simplemente porque necesitan ser protegidos. La justicia del rey no consiste en ser imparcial con todos, sino en hacer justicia a favor de los que son oprimidos injustamente. Lo dice con claridad un salmo que presentaba el ideal de un buen rey: Defenderá a los humildes del pue- blo, salvará a la gente pobre y aplastará al opresor… Librará al pobre que suplica, al desdi- chado y al que nadie ampara. Se apiadará del débil y del pobre. Salvará la vida de los po- bres, la rescatará de la opresión y la violencia. Su sangre será preciosa ante sus ojos. La conclusión de Jesús es clara. Si algún rey sabe hacer justicia a los pobres, ese es Dios, el amante de la justicia. No se deja engañar por el culto que se le ofrece en el templo. De nada sirven los sacrificios, los ayunos y las peregrinaciones a Jerusalén. Para Dios, lo primero es hacer justicia a los pobres. Probablemente Jesús recitó más de una vez un salmo que pro- clama así a Dios: Él hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, libera a los con- denados… el Señor protege al inmigrante, sostiene a la viuda y al huérfano. Si hubiera cono- cido esta bella oración del libro de Judit, habría gozado: Tú eres el Dios de los humildes, el defensor de los pequeños, apoyo de los débiles, refugio de los desvalidos, salvador de los desesperados. Así experimenta también Jesús a Dios.

 

 

Las cosas tienen que cambiar.

 

Qué esperaba Jesús en concreto? Cómo se imaginaba la implantación del reino de Dios? Qué tenía que suceder para que, de verdad, el reino de Dios se concretara en algo bueno para los pobres? Pensaba solo en la conversión de los que le escuchaban para que Dios transformara sus corazones y reinara en un número cada vez mayor de seguidores? Buscaba sencillamen- te la purificación de la religión judía? Pensaba en una transformación social y política profun- da en Israel, en el Imperio romano y, en definitiva, en el mundo entero? Ciertamente, el reino de Dios no era para Jesús algo vago o etéreo. La irrupción de Dios está pidiendo un cambio profundo. Si anuncia el reino de Dios es para despertar esperanza y llamar a todos a cambiar de manera de pensar y de actuar. Hay que entrar en el reino de Dios, dejarse trans- formar por su dinámica y empezar a construir la vida tal como la quiere Dios.

 

En qué se podía ir concretando el reino de Dios? Al parecer, Jesús quería ver a su pueblo restaurado y transformado según el ideal de la Alianza: un pueblo donde se pudiera decir que reinaba Dios. Para los judíos, volver a la Alianza era volver a ser enteramente de Dios: un pueblo libre de toda esclavitud extranjera y donde todos pudieran disfrutar de manera justa y pacífica de su tierra, sin ser explotados por nadie. Los profetas soñaban con un pue- blo de Dios donde los niños no morirían de hambre, los ancianos vivirían una vida digna, los campesinos no conocerían la explotación. Así dice uno de ellos: No habrá allí jamás niño que

 

viva pocos días o viejo que no llene sus días… Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán su fruto. No edificarán para que otro habite, no plantarán para que otro coma. En tiempos de Jesús, algunos pensaban que el único camino para vivir como pueblo de la Alianza era expulsar a los romanos, ocupantes impuros e idólatras: no tener alianza alguna con el César; desobedecerle y negarse a pagar los tributos. Los esenios de Qumrán pensaban de otra manera: era imposible ser el pueblo santo de Dios en medio de aquella sociedad corrompida; la restauración de Israel debía empezar creando en el desierto una comunidad separada, compuesta por hombres santos y puros. La posición de los fariseos era diferente: levantarse contra Roma y negarse a pagar los impuestos era un suicidio; retirarse al desierto, un error. El único remedio era sobrevivir como pueblo de Dios insistiendo en la pureza ritual que los separaba de los paganos.

 

Por lo que podemos saber, Jesús nunca tuvo en su mente una estrategia concreta de carác- ter político o religioso para ir construyendo el reino de Dios. Lo importante, según él, es que todos reconozcan a Dios y entren en la dinámica de su reinado. No es un asunto meramente religioso, sino un compromiso de profundas consecuencias de orden político y social. La mis- ma expresión reino de Dios, elegida por Jesús como símbolo central de todo su mensaje y actuación, no deja de ser un término político que no puede suscitar sino expectación en to- dos, y también fuerte recelo en el entorno del gobernador romano y en los círculos herodia- nos de Tiberíades. El único imperio reconocido en el mundo mediterráneo y más allá era el imperio del César. Qué está sugiriendo Jesús al anunciar a la gente que está llegando el im- perio de Dios? Es el emperador de Roma el que, con sus legiones, establece la paz e impone su justicia en el mundo entero, sometiendo a los pueblos a su imperio. Él les proporciona bienestar y seguridad, al mismo tiempo que les exige una implacable tributación. Qué pre- tende ahora Jesús al tratar de convencer a todos de que hay que entrar en el imperio de Dios, que, a diferencia de Tiberio, que solo busca honor, riqueza y poder, quiere ante todo hacer justicia precisamente a los más pobres y oprimidos del Imperio?

 

La gente percibió que Jesús ponía en cuestión la soberanía absoluta y exclusiva del empera- dor. No es extraño que, en una ocasión, herodianos del entorno de Antipas y fariseos le plan- tearan una de las cuestiones más delicadas y debatidas: Es lícito pagar tributo al César o no?. Jesús pidió un denario y preguntó de quién era la imagen acuñada y la inscripción. Na- turalmente, la imagen era de Tiberio y la inscripción decía: Tiberius, Caesar, Divi Augusti Filius, Augustus. Aquel denario era el símbolo más universal del poder divino del emperador. Jesús pronunció entonces unas palabras que quedaron profundamente grabadas en el re- cuerdo de sus seguidores: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Nadie está por encima de Dios, ni Tiberio. Devolvedle al César este signo de su poder, pero no le deis nunca a ningún César lo que solo le pertenece a Dios: la dignidad de los pobres y la felicidad de los que sufren. Ellos son de Dios, su reino les pertenece. Jesús se expresó de forma más clara al hablar de los ricos terratenientes. Su riqueza es injusta, pues el único modo de enriquecerse en aquella sociedad era explotando a los campesinos, único colectivo que producía riqueza. El reino de Dios exige terminar con esa inicua explotación: No podéis servir a Dios y al Dinero. No es posible entrar en el reino acogiendo como señor a Dios, de- fensor de los pobres, y seguir al mismo tiempo acumulado riqueza precisamente a costa de ellos. Hay que cambiar. Entrar en el reino de Dios quiere decir construir la vida no como quiere Tiberio, las familias herodianas o los ricos terratenientes de Galilea, sino como quiere Dios. Por eso, entrar en su reino es salir del imperio que tratan de imponer los jefes de las naciones y los poderosos del dinero.

 

Jesús no solo denuncia lo que se opone al reino de Dios. Sugiere además un estilo de vida más de acuerdo con el reino del Padre. No busca solo la conversión individual de cada perso- na. Habla en los pueblos y aldeas tratando de introducir un nuevo modelo de comportamien- to social. Los ve angustiados por las necesidades más básicas: pan para llevarse a la boca y vestido con que cubrir su cuerpo. Jesús entiende que, entrando en la dinámica del reino de Dios, esa situación puede cambiar: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis… Buscad más bien el reino de Dios y esas cosas se os darán por añadidura. No apela con ello a una intervención milagrosa de Dios, sino a un cambio de comportamiento que pueda llevar a todos a una vida más digna y segura. Lo que se vive en aquellas aldeas no puede ser del agrado de Dios: riñas entre familias, insultos y agresiones, abusos de los más fuertes, olvido de los más indefensos. Aquello no es vivir bajo el reinado de Dios. Jesús invita a un estilo de vida diferente y lo ilustra con ejemplos que todos pueden entender: hay que terminar con los odios entre vecinos y adoptar una postura más amistosa con los adversarios y con aquellos que hieren nuestro honor. Hay que superar la vieja ley del talión: Dios no puede reinar en una aldea donde los vecinos viven devolvien-

 

do mal por mal, ojo por ojo y diente por diente. Hay que contener la agresividad ante el que te humilla golpeándote el rostro: Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra. Hay que dar con generosidad a los necesitados que viven mendigando ayuda por las aldeas: Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Hay que comprender in- cluso al que, urgido por la necesidad, se lleva tu manto; tal vez necesita también tu túnica: Al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Hay que tener un corazón grande con los más pobres.

 

Hay que parecerse a Dios: Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. Si los campe- sinos de estas aldeas viven así, a nadie le faltará pan ni vestido.

 

Una fuente de conflictos y disputas dolorosas era el fantasma de las deudas. Todos trataban de evitar a toda costa caer en la espiral del endeudamiento, que los podía llevar a perder las tierras y quedar en el futuro a merced de los grandes terratenientes. Todo el mundo exigía a su vecino el pago riguroso de las deudas contraídas por pequeños préstamos y ayudas para poder responder a las exigencias de los recaudadores. Jesús intenta crear un clima diferente invitando incluso al mutuo perdón y a la cancelación de deudas. Dios llega ofreciendo a todos su perdón. Cómo acogerlo en un clima de mutua coacción y de exigencia implacable del pago de las deudas? El perdón de Dios tiene que crear un comportamiento social más fraterno y solidario. De ahí la petición que Jesús quiere que nazca del corazón de sus seguidores: Per- dónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.

 

Es significativo observar cómo Lucas, al presentar el programa de la actuación de Jesús, sugiere que viene a proclamar el gran Jubileo de Dios. Según una vieja tradición, cada cua- renta y nueve años se debía declarar en Israel el año del Jubileo, para restaurar de nuevo la igualdad y estabilidad social en el pueblo de la Alianza. Ese año se devolvía la libertad a quienes se habían vendido como esclavos para pagar sus deudas, se restituían las tierras a sus primeros propietarios y se condonaban todas las deudas. Según el relato de Lucas, Jesús inicia su actividad atribuyéndose estas palabras: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena noticia; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos; para dar la libertad a los oprimidos y procla- mar un año de gracia del Señor. Haya entendido o no su misión en el contexto del Jubileo, lo cierto es que Jesús anuncia el reino de Dios como una realidad que exige la restauración de la justicia social.

 

 

Lo mejor está por venir.

 

El reino de Dios ha llegado y su fuerza está ya actuando, pero lo que se puede comprobar en Galilea es insignificante. Lo que espera el pueblo de Israel y el mismo Jesús para el final de los tiempos es mucho más. El reino de Dios está ya abriéndose camino, pero su fuerza sal- vadora solo se experimenta de manera parcial y fragmentaria, no en su totalidad y plenitud final. Por eso Jesús invita a entrar ahora mismo en el reino de Dios, pero al mismo tiempo enseña a sus discípulos a vivir gritando: Venga a nosotros tu reino.

 

Jesús habla con toda naturalidad del reino de Dios como algo que está presente y al mismo tiempo como algo que está por llegar. No siente contradicción alguna. El reino de Dios no es una intervención puntual, sino una acción continuada del Padre que pide una acogida res- ponsable, pero que no se detendrá, a pesar de todas las resistencias, hasta alcanzar su plena realización. Está germinando ya un mundo nuevo, pero solo en el futuro alcanzará su plena realización.

 

Jesús la desea ardientemente. En la tradición cristiana quedaron recogidos dos gritos que ciertamente nacieron de su pasión por el reino de Dios. Son dos peticiones, directas y conci- sas, que reflejan su anhelo y su fe: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino. Jesús ve que el nombre de Dios no es reconocido ni santificado. No se le deja ser Padre de todos. Aquellas gentes de Galilea que lloran y pasan hambre son la prueba más clara de que su nombre de Padre es ignorado y despreciado.

 

De ahí el grito de Jesús: Padre, santificado sea tu nombre, hazte respetar, manifiesta cuanto antes tu poder salvador. Jesús le pide además directamente: Venga tu reino. La expresión es nueva y descubre su deseo más íntimo: Padre, ven a reinar. La injusticia y el sufrimiento siguen presentes en todas partes. Nadie logrará extirparlos definitivamente de la tierra. Re- vela tu fuerza salvadora de manera plena. Solo tú puedes cambiar las cosas de una vez por

 

todas, manifestándote como Padre de todos y transformando la vida para siempre.

 

El reino de Dios está ya aquí, pero solo como una semilla que se está sembrando en el mun- do; un día se podrá recoger la cosecha final. El reino de Dios está irrumpiendo en la vida como una porción de levadura; Dios hará que un día esa levadura lo transforme todo. La fuerza salvadora de Dios está ya actuando secretamente en el mundo, pero es todavía como un tesoro escondido que muchos no logran descubrir; un día todos lo podrán disfrutar. Jesús no duda de este final bueno y liberador. A pesar de todas las resistencias y fracasos que se puedan producir, Dios hará realidad esa utopía tan vieja como el corazón humano: la des- aparición del mal, de la injusticia y de la muerte.

 

Cuándo llegará este final? Jesús no se preocupa de fechas ni calendarios; no hace cálculos, al estilo de los escritores apocalípticos; no concreta plazos ni especula sobre períodos o edades sucesivas. Probablemente, como la mayoría de sus contemporáneos, también Jesús lo intuía como algo próximo e inminente. Hay que vivir en alerta porque el reino puede venir en cual- quier momento. Sin embargo, Jesús ignora cuándo puede llegar, y lo reconoce humildemen- te: De aquel día y de aquella hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre.

 

Jesús mantiene su confianza en el reino definitivo de Dios y la reafirma con fuerza en la cena en que se despide de sus discípulos horas antes de ser crucificado. Es la última de aquellas comidas festivas que, con tanto gozo, ha celebrado por los pueblos simbolizando el banquete definitivo en el reino de Dios. Cuánto había disfrutado anticipando la fiesta final en la que Dios compartirá su mesa con los pobres y los hambrientos, los pecadores y los impuros, in- cluso con paganos extraños a Israel! Esta era su última comida festiva en este mundo. Jesús se sienta a la mesa sabiendo que Israel no ha escuchado su mensaje. Su muerte está próxi- ma, pero en su corazón apenado sigue ardiendo la esperanza. El reino de Dios vendrá. Dios acabará triunfando, y con él triunfará también él mismo, a pesar de su fracaso y de su muer- te. Dios llevará a plenitud su reino y hará que Jesús se siente en el banquete final a beber un vino nuevo. Esta es su indestructible esperanza: En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta ese día en que lo beba nuevo en el reino de Dios.

 

 

  1. – Poeta de la compasión.

 

Jesús no explicó directamente su experiencia del reino de Dios. Al parecer no le resultaba fácil comunicar por medio de conceptos lo que vivía en su interior. No utilizó el lenguaje de los escribas para dialogar con los campesinos de Galilea. Tampoco sabía hablar con el estilo solemne de los sacerdotes de Jerusalén. Acudió al lenguaje de los poetas. Con creatividad inagotable, inventaba imágenes, concebía bellas metáforas, sugería comparaciones y, sobre todo, narraba con maestría parábolas que cautivaban a las gentes. Adentrarnos en el fasci- nante mundo de estos relatos es el mejor camino para entrar en su experiencia del reino de Dios.

 

 

La seducción de las parábolas.

 

El lenguaje de Jesús es inconfundible. No hay en sus palabras nada artificial o forzado; todo es claro y sencillo. No necesita recurrir a ideas abstractas o frases complicadas; comunica lo que vive. Su palabra se transfigura al hablar de Dios a aquellas gentes del campo. Necesita enseñarles a mirar la vida de otra manera: Dios es bueno; su bondad lo llena todo; su mise- ricordia está ya irrumpiendo en la vida. Es toda Galilea la que se refleja en su lenguaje, con sus trabajos y sus fiestas, su cielo y sus estaciones, con sus rebaños y sus viñas, con sus siembras y sus siegas, con su hermoso lago y con la población de sus pescadores y campesi- nos. A veces les hace mirar de manera nueva el mundo que tienen ante sus ojos; otras les enseña a ahondar en su propia experiencia. En el fondo de la vida pueden encontrar a Dios.

 

Mirad los cuervos; no siembran ni cosechan, no tienen despensa ni granero, y Dios los ali- menta! Cuánto más valéis vosotros que los pájaros! Mirad los lirios, cómo crecen: no traba- jan ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Si a la hierba del campo, que hoy existe y mañana es arrojada al fuego, Dios la viste así, cuán- to más a vosotros, hombres y mujeres de poca fe!

 

Si Dios cuida de unas aves tan poco atractivas como los cuervos, y adorna con tanto primor

 

unas flores tan poco apreciadas como los lirios, cómo no va a cuidar de sus hijos e hijas?

 

Se fija luego en los gorriones, los pájaros más pequeños de Galilea, y vuelve a pensar en Dios. Los están vendiendo en el mercado de alguna aldea, pero Dios no los olvida: No se venden dos gorriones por un as? Pues ni uno cae en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados! No tengáis miedo. Voso- tros valéis más que una bandada de pajarillos. Jesús capta la ternura de Dios hasta en lo más frágil: los pajarillos más pequeños del campo o los cabellos de las personas.

 

Dios es bueno! A Jesús no le hacen falta muchos argumentos para intuirlo. Cómo no va a ser mejor que nosotros? En alguna ocasión, hablando con un grupo de padres y madres, les pide que recuerden su propia experiencia: Hay acaso alguno entre vosotros que, cuando su hijo le pide pan, le dé una piedra, o si le pide un pez le dé una culebra? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan?

 

Este lenguaje poético que Jesús emplea para hablar de Dios no les era del todo desconocido a aquellos campesinos. También Oseas, Isaías, Jeremías y otros profetas habían hablado así: en la poesía encontraban la fuerza más vigorosa para sacudir las conciencias y despertar los corazones hacia el misterio del Dios vivo. Lo que les resulta más original y sorprendente son las parábolas que Jesús cuenta mientras les muestra los campos sembrados de Galilea o les pide fijarse en las redes llenas de peees que los pescadores de Cafarnaún van sacando del lago. No era tan fácil encontrar en las Escrituras sagradas relatos que hicieran pensar en algo parecido.

 

En las fuentes cristianas se han conservado cerca de cuarenta parábolas con un relato más o menos desarrollado, junto a una veintena de imágenes y metáforas que se han quedado en un esbozo o apunte de parábola. Son solo una muestra reducida de todas las que pronunció Jesús. Como es natural, se conservaron los relatos que más repitió o los que con más fuerza se grabaron en el corazón y el recuerdo.

 

Solo Jesús pronuncia parábolas sobre el reino de Dios. Los maestros de la ley empleaban en su enseñanza diversas clases de mashal, e incluso relatos muy parecidos a las parábolas de Jesús en su forma y contenido, pero con una función muy distinta. Por lo general, los rabinos parten de un texto bíblico que desean explicar a sus discípulos, y recurren a una parábola para exponer cuál es la verdadera interpretación de la ley. Esta es la diferencia fundamental: los rabinos se mueven en el horizonte de la ley; Jesús, en el horizonte del reino de Dios que está ya irrumpiendo en Israel.

 

Tampoco las comunidades cristianas fueron capaces de imitar su lenguaje parabólico. Proba- blemente ya no se crearon nuevas parábolas. Las primeras generaciones cristianas se limita- ron, de ordinario, a aplicarlas a su propia situación: unas veces reinterpretando su contenido original; otras, convirtiéndolas en historias ejemplares; y al parecer hubo una tendencia a atribuir un carácter alegórico a algunos relatos que, en boca de Jesús, eran sencillas parábo- las.

 

Jesús no compuso alegorías: era un lenguaje demasiado complicado para los campesinos de Galilea. Cuenta parábolas que sorprenden a todos por su frescura y su carácter sencillo, vivo y penetrante. No es muy difícil ver dónde está la diferencia entre una parábola y una alego- ría. En una parábola, cada detalle del relato se ha de entender en su sentido propio y habi- tual: un sembrador es un sembrador; la semilla es semilla; un campo es un campo. En la alegoría, por el contrario, cada elemento del relato encierra un sentido figurado: el sembra- dor es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino; la cizaña, los hijos del maligno… Por eso la alegoría tiene siempre algo de sutil y artificioso: si uno no conoce de antemano la clave para descifrar su significado, resulta un lenguaje enig- mático. Al parecer, a Jesús no le iba esta manera de hablar.

 

Para qué cuenta Jesús sus parábolas? Ciertamente, aunque es un maestro en componer be- llos relatos, no lo hace para recrear los oídos y el corazón de aquellos campesinos. Tampoco pretende ilustrar su doctrina para que estas gentes sencillas puedan captar elevadas ense- ñanzas que, de lo contrario, nunca lograrían comprender. En realidad, sus parábolas no tie- nen una finalidad propiamente didáctica. Lo que Jesús busca no es transmitir nuevas ideas, sino poner a las gentes en sintonía con experiencias que estos campesinos o pescadores conocen en su propia vida y que les pueden ayudar a abrirse al reino de Dios.

 

Con sus parábolas, Jesús, a diferencia del Bautista, que nunca contó parábolas en el desier- to, trata de acercar el reino de Dios a cada aldea, cada familia, cada persona. Por medio de estos relatos cautivadores va removiendo obstáculos y eliminando resistencias para que es- tas gentes se abran a la experiencia de un Dios que está llegando a sus vidas. Cada parábola es una invitación apremiante a pasar de un mundo viejo, convencional y sin apenas horizon- te a un país nuevo, lleno de vida, que Jesús está ya experimentando y que él llama reino de Dios. Estos afortunados campesinos y pescadores escuchan sus relatos como una llamada a entender y experimentar la vida de una manera completamente diferente. La de Jesús.

 

Con las parábolas de Jesús sucede algo que no se produce en las minuciosas explicaciones de los maestros de la ley. Jesús hace presente a Dios irrumpiendo en la vida de sus oyentes. Sus parábolas conmueven y hacen pensar; tocan su corazón y les invitan a abrirse a Dios; sacuden su vida convencional y crean un nuevo horizonte para acogerlo y vivirlo de manera diferente. La gente las escucha como una buena noticia, la mejor que pueden oír de boca de un profeta.

 

Al parecer, Jesús no explica el significado de sus parábolas ni antes ni después de su relato; no recapitula su contenido ni lo aclara recurriendo a otro lenguaje. Es la misma parábola la que ha de penetrar con fuerza en quien la escucha. Jesús tiene la costumbre de repetir: Quien tenga oídos para oír, que oiga. Su mensaje está ahí, abierto a todo el que lo quiera escuchar. No es algo misterioso, esotérico o enigmático. Es una buena noticia que pide ser escuchada. Quien la oye como espectador no capta nada; quien se resiste, se queda fuera. Por el contrario, el que entra en la parábola y se deja transformar por su fuerza está ya en- trando en el reino de Dios.

 

 

La vida es más que lo que se ve.

 

Jesús encontró una buena acogida en aquellas gentes de Galilea, pero seguramente a nadie le resultaba fácil creer que el reino de Dios estaba llegando. No veían nada especialmente grande en lo que hacía Jesús. Se esperaba algo más espectacular. Dónde están aquellas señales extraordinarias de las que hablaban los escritores apocalípticos? Dónde se puede ver la fuerza terrible de Dios? Cómo puede asegurarles Jesús que el reino de Dios está ya entre ellos?

 

Jesús tuvo que enseñarles a captar la presencia salvadora de Dios de otra manera, y comen- zó sugiriendo que la vida es más que lo que se ve. Mientras nosotros vamos viviendo de manera distraída lo aparente de la vida, algo misterioso está sucediendo en el interior de la existencia. Jesús les muestra los campos de Galilea: mientras ellos marchan por aquellos caminos sin ver nada especial, algo está ocurriendo bajo esas tierras, que transformará la semilla sembrada en hermosa cosecha. Lo mismo sucede en el hogar: mientras discurre la vida cotidiana de la familia, algo está ocurriendo secretamente en el interior de la masa de harina, preparada al amanecer por las mujeres; pronto todo el pan quedará fermentado. Así sucede con el reino de Dios. Su fuerza salvadora está ya actuando en el interior de la vida transformándolo todo de manera misteriosa. Será la vida como la ve Jesús? Estará Dios ac- tuando calladamente en el interior de nuestro propio vivir? Estará ahí el secreto último de la vida?

 

Tal vez la parábola que más desconcertó a todos fue la de la semilla de mostaza:

 

Con el reino de Dios sucede como con un grano de mostaza. Es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra, pero, una vez sembrada, crece y se hace mayor que todos los arbustos, y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo anidan a su sombra.

 

Jesús podía haber hablado de una higuera, una palmera o una viña, como lo hacía la tradi- ción. Pero, de manera sorprendente, elige intencionadamente la semilla de mostaza, consi- derada proverbialmente como la más pequeña de todas: un grano del tamaño de una cabeza de alfiler, que se convierte con el tiempo en un arbusto de tres o cuatro metros, en el que, por abril, se cobijan pequeñas bandadas de jilgueros, muy aficionados a comer sus granos. Los campesinos podían contemplar la escena cualquier atardecer.

 

El lenguaje de Jesús es desconcertante y sin precedentes. Todos esperaban la llegada de

Dios como algo grande y poderoso. Se recordaba de manera especial la imagen del profeta

 

Ezequiel, que hablaba de un cedro magnífico plantado por Dios en una montaña elevada y excelsa, que echaría ramaje y produciría fruto, sirviendo de abrigo a toda clase de pájaros y aves del cielo. Para Jesús, la verdadera metáfora del reino de Dios no es el cedro, que hace pensar en algo grandioso y poderoso, sino la mostaza, que sugiere algo débil, insignificante y pequeño.

 

La parábola les tuvo que llegar muy adentro. Cómo podía comparar Jesús el poder salvador de Dios con un arbusto salido de una semilla tan pequeña? Había que abandonar la tradición que hablaba de un Dios grande y poderoso? Había que olvidarse de sus grandes hazañas del pasado y estar atentos a un Dios que está ya actuando en lo pequeño e insignificante? Ten- dría razón Jesús? Cada uno tenía que decidir: o seguir esperando la llegada de un Dios pode- roso y terrible, o arriesgarse a creer en su acción salvadora presente en la actuación humilde de Jesús.

 

No era una decisión fácil. Qué se podía esperar de algo tan insignificante como lo que estaba sucediendo en aquellas aldeas desconocidas de Galilea?, no había que hacer algo más para forzar los acontecimientos? Jesús podía comprobar la impaciencia que reinaba en no pocos. Para contagiarles su confianza total en la acción de Dios, les propone como ejemplo lo que sucede con la semilla que el labrador siembra en su tierra.

 

El reino de Dios es como cuando un hombre echa la semilla en su tierra. Mientras duerme o se levanta, de noche y de día, la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. Por sí misma produce la tierra su fruto: primero hierba, luego la espiga, por fin el trigo que llena la espiga. Y cuando el fruto está maduro, mete enseguida la hoz porque ha llegado el tiempo de la siega.

 

Jesús les hace fijarse en una escena que están acostumbrados a contemplar todos los años en los campos de Galilea: primero tierras sembradas por los campesinos; a los pocos meses, campiñas cubiertas de mieses. Cada año, a la siembra le sigue con toda seguridad la cose- cha. Nadie sabe muy bien cómo, pero algo se produce misteriosamente bajo la tierra. Lo mismo sucede con el reino de Dios. Está ya actuando de manera oculta y secreta. Solo hay que esperar a que llegue la cosecha.

 

Lo único que hace el labrador es depositar en tierra la semilla. Una vez hecho esto, su tarea ha concluido. El crecimiento de la planta ya no depende de él: puede acostarse tranquilo al final de cada jornada, sabiendo que su semilla se está desarrollando; puede levantarse cada mañana y comprobar que el crecimiento no se detiene. Algo está sucediendo en sus tierras sin que él se lo pueda explicar. No quedará defraudado. A su tiempo recogerá la cosecha.

 

Lo realmente importante no lo hace el sembrador. La semilla germina y crece impulsada por una fuerza misteriosa que a él se le escapa. Jesús describe con todo detalle este crecimiento para que sus oyentes lo puedan casi ver. Al comienzo solo asoma de la tierra una brizna insignificante de hierba verde; luego aparecen las espigas; más tarde se pueden observar ya los granos abundantes de trigo. Todo sucede sin que el sembrador haya tenido que interve- nir; incluso sin que sepa muy bien cómo se produce esa maravilla.

 

Todo contribuye de alguna manera a que un día llegue la cosecha: el labrador, la tierra y la semilla. Pero Jesús invita a todos a captar en ese crecimiento la acción oculta y poderosa de Dios. El crecimiento de la vida que se puede observar año tras año en los sembrados es siempre una sorpresa, un regalo, una bendición de Dios. La cosecha va más allá del esfuerzo que puedan hacer los campesinos. Algo así se puede decir del reino de Dios. No coincide con los esfuerzos que pueda hacer nadie. Es un regalo de Dios inmensamente superior a todos los afanes y trabajos de los seres humanos. No hay que impacientarse por la falta de resul- tados inmediatos; no hay que actuar bajo la presión del tiempo. Jesús está sembrando; Dios está ya haciendo crecer la vida; la cosecha llegará con toda seguridad. Será así? Habrá que confiar más en Jesús y su mensaje? Qué queremos cosechar al final? El resultado de nues- tros esfuerzos o el fruto de la acción de Dios? Un reino construido por nosotros o la salvación de Dios acogida de manera confiada y responsable?

 

Esta salvación está ya llegando. El reino de Dios es como la primavera, cuando comienza a llenarlo todo de vida. No hay frutos todavía, no se puede salir a cosechar, pero las ramas de las higueras se empiezan a poner tiernas y las hojas comienzan a brotar. La vida, que pare- cía muerta, empieza a despertar. Así es el reino de Dios. Jesús no puede contemplar la pri- mavera sin pensar en la vida que Dios está suscitando en el mundo. Aprended de la higuera

 

esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. La irrupción de la primavera era para Jesús símbolo del gran misterio de la vida y signo de la llegada de Dios como bendición y vida para el ser humano.

 

Jesús sabe evocar también la presencia misteriosa del reino de Dios a partir de otras expe- riencias. Una pequeña parábola se grabó de manera especial en el corazón de los campesi- nos. Todas las semanas, la víspera del sábado, las mujeres se levantaban temprano y salían al patio a elaborar el pan. Antes del amanecer estaban ya preparando la masa, introducían luego levadura fresca para fermentarla, cubrían todo con un paño de lana y esperaban a que la masa se levantara lenta y silenciosamente. Mientras tanto, encendían el fuego y calenta- ban la piedra sobre la que cocerían el pan. Desde la cama podían oler los hijos el aroma in- confundible de las hogazas preparadas amorosamente por sus madres. Jesús no había olvi- dado esta escena familiar. A él le sugiere la cercanía maternal de Dios, introduciendo su le- vadura en el mundo.

 

Con el reino de Dios sucede como con la levadura que tomó una mujer y la escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó fermentado.

Será así la fuerza de Dios escondida en la vida? Como la de la levadura que actúa secreta- mente en la masa y la transforma por entero? Estará Dios llegando de manera casi imper- ceptible, pero con fuerza poderosa como para transformarlo todo?

 

Jesús introduce en esta parábola una de sus inconfundibles exageraciones. Ninguna mujer de Galilea preparaba tres medidas de harina, que vienen a ser cuarenta kilos de pan y pueden alimentar a unas ciento cincuenta personas. La gente se ríe, pero Jesús no está pensando en la ración de comida semanal de una familia, sino en el banquete abundante y generoso de la fiesta final con Dios.

 

En esta parábola hay algo que los sorprende más. A algunos incluso les puede escandalizar. La levadura era considerada como símbolo y metáfora de la fuerza que tiene el mal para corromperlo todo; por el contrario, el pan ácimo y sin fermentar era símbolo de lo puro y santo. No se podía ofrecer a Dios nada fermentado, y en las fiestas de Pascua se comía solo pan ácimo, sin levadura. Qué quiere sugerir Jesús con este modo de hablar desconcertante y provocativo? Cómo puede comparar el reino de Dios con un trozo de levadura? Es que Dios actúa invirtiendo los esquemas tradicionales de lo santo y lo puro? Tendrán que adivinar su reino también en ese mundo de los leprosos, los endemoniados, los pecadores y las prostitu- tas en el que se mueve Jesús?

 

Algunos se sentían atraídos por sus palabras. En otros, probablemente, surgían no pocas dudas. Es razonable creerle o es una locura? Jesús pronunció dos pequeñas parábolas para seducir su corazón. En contra de su costumbre, esta vez no las extrae de la experiencia coti- diana, sino de la fantasía de los cuentos orientales. No lo hace para alimentar sueños irreali- zables que les ayuden a soportar su dura vida del campo, sino para despertar en ellos la alegría y la decisión ante la llegada de Dios.

 

El reino de Dios es como un tesoro escondido en un campo, que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el cam- po.

 

Un pobre labrador está cavando en un terreno del que no es propietario cuando, de pronto, encuentra un tesoro escondido bajo tierra en un cofre. No es difícil imaginar su sorpresa y alegría. No se lo piensa dos veces. Es la ocasión de su vida y no la puede desaprovechar: esconde de nuevo el cofre, vende todo lo que tiene, compra el campo y se hace con el teso- ro. A los campesinos de Galilea les encantaba este tipo de relatos. Su región había sido inva- dida por toda clase de ejércitos a lo largo de los siglos, y todos sabían que la mejor manera de escapar al saqueo de los soldados asirios, macedonios o romanos había sido siempre en- terrar sus pequeñas fortunas en un lugar seguro. Más de un campesino soñaba todavía con encontrar un día uno de esos tesoros olvidado en algún rincón. La segunda parábola dice así:

 

También se parece el reino de Dios a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.

 

Esta vez, el protagonista no es un pobre labrador, sino un rico traficante de perlas. Su nego- cio consiste en comprarlas en los países lejanos de Oriente y venderlas luego a un precio mucho más elevado. De pronto encuentra una perla de valor incalculable. Su olfato de ex-

 

perto no le engaña. Rápidamente toma una decisión: vende todos sus bienes y se hace con ella. Los oyentes entienden el relato. Cerca de Cafarnaún pasa la Vía maris, una gran ruta comercial por donde llegan las caravanas de Oriente de paso hacia Egipto y los puertos del Mediterráneo. En alguna ocasión han podido ver a los mercaderes con su carga de perlas extraídas en el Golfo Pérsico o los mares de la India.

 

Los que escuchan a Jesús se ven obligados a reaccionar. Será verdad que el reino de Dios es un tesoro oculto que escapa a sus ojos? Será cierto que no es una imposición de Dios, sino pura y simplemente un tesoro? Todos estaban convencidos de su valor: lo esperaban y lo pedían a Dios como el bien supremo. Ahora Jesús les dice: os lo podéis encontrar ya! Habrá que estar abiertos a la sorpresa? Será el reino de Dios algo inesperado que tal vez presenti- mos y anhelamos, pero cuya bondad y belleza somos incapaces de sospechar? De ser así, sería el colmo de la felicidad, la alegría total que relativiza todo lo demás. Nunca el labrador ha visto un tesoro así; nunca el mercader ha tenido en sus manos una perla tan preciosa. Será así el reino de Dios? Encontrar lo esencial, tener la inmensa fortuna de hallar todo lo que el ser humano puede pedir y desear?

 

Según Jesús, el reino de Dios es una oportunidad que nadie ha de dejar pasar. Hay que arriesgar lo que haga falta con tal de acogerlo. Todo lo demás es secundario, todo ha de quedar subordinado. Tendrá razón Jesús? La decisión ha de ser inmediata y radical, pero de qué está hablando Jesús? Dónde se oculta ese tesoro que él ha descubierto? Dónde está germinando el grano de mostaza? Dónde se puede apreciar la primavera? En qué consiste esa fuerza salvadora de Dios que está ya transformando secretamente la vida?

 

 

Dios es compasivo.

 

Jesús trató de responder a estas preguntas con las parábolas más bellas y conmovedoras que salieron nunca de sus labios. Sin duda las trabajó largamente en su corazón. Todas ellas invitan a intuir la increíble misericordia de Dios. La más cautivadora es la del padre bueno.

 

Un padre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo me- nor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.

 

Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo dijo: Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros. Y, levantándose, partió hacia su padre.

 

Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: Padre, pequé contra el cielo y ante ti: ya no merezco ser llama- do hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus siervos: Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, po- nedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta.

 

Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados le preguntó qué era aquello. El le dijo: Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque lo ha recobrado sano. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un ca- brito para tener una fiesta con mis amigos; y ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha de- vorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!.

 

Pero él le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; esta- ba perdido y ha sido hallado.

 

Jesús conocía bien los conflictos que se vivían en las familias de Galilea: las discusiones en-

 

tre padres e hijos, los deseos de independencia de algunos o las rivalidades entre hermanos por derechos de herencia ponían en peligro la cohesión y estabilidad de la familia. Se sufría lo indecible, pues la familia lo era todo: hogar, lugar de trabajo y supervivencia, fuente de identidad, garantía de seguridad y protección. Era muy difícil sobrevivir fuera de la familia. Tampoco una familia podía subsistir aislada de las demás. Las aldeas estaban formadas por familias unidas por estrechos lazos de parentesco, vecindad y solidaridad. Juntos preparaban los matrimonios de sus hijos, se ayudaban unos a otros para recoger las cosechas o reparar los caminos y se unían para proteger a las viudas y los huérfanos. Tan importante como la lealtad a la propia familia era la solidaridad entre las familias de la aldea. Los problemas y conflictos de una familia repercutían en todos los vecinos.

 

Cuando Jesús comienza a hablar de los problemas de un padre para mantener unida a su familia, todo el mundo presta atención. Conocen conflictos parecidos, pero lo que pide ese hijo es imperdonable. Al exigir la parte de su herencia está dando por muerto a su padre, rompe la solidaridad de la familia y echa por tierra su honor. Cómo va a repartir su herencia un padre estando todavía en vida? Cómo va a dividir su propiedad poniendo en peligro el futuro de la familia? Lo que exige es una locura y una vergüenza para todo el pueblo. El pa- dre no dice nada. Respeta la sinrazón de su hijo y les reparte su herencia. Los oyentes de- bieron de quedar consternados. Qué clase de padre es este? Por qué no impone su autori- dad? Cómo puede aceptar la locura del hijo perdiendo su propia dignidad y poniendo en peli- gro a toda la familia?

 

Repartida la herencia, el hijo se desentiende del padre, abandona a su hermano y se marcha a un país lejano. Pronto, una vida desquiciada lo lleva a la destrucción. Sin recursos para defenderse de un hambre severa, absolutamente solo en medio de un país extraño, sin fami- lia ni protección alguna, termina como esclavo de un pagano cuidando cerdos. Su degrada- ción no puede ser mayor. Sin libertad ni dignidad alguna, haciendo una vida infrahumana en medio de animales impuros, llega a desear en vano las algarrobas que comen los puercos, pues nadie se las da. Al verse en una situación tan desesperada, el joven reacciona. Recuer- da la casa de su padre, donde abunda el pan. Aquel era su hogar; no podía seguir más tiem- po lejos de su familia. Consecuente, toma una decisión: Me levantaré e iré a mi padre. Reco- nocerá su pecado. Ha perdido todos sus derechos de hijo, pero tal vez pueda ser contratado como un jornalero más.

 

La acogida del padre es increíble. Estando todavía lejos, fuera del pueblo, ve a su hijo de- rrengado por el hambre y la humillación y se conmueve. Pierde el control: olvidando su pro- pia dignidad, corre a su encuentro, le abraza con ternura sin dejar que se eche a sus pies y le besa efusivamente sin temor a su estado de impureza. Este hombre no actúa como el patrón y patriarca de una familia. Sus gestos son los de una madre. Esos besos y abrazos entrañables delante de todo el pueblo son signo de acogida y perdón, pero también de pro- tección y defensa ante los vecinos. Interrumpe su confesión para ahorrarle más humillacio- nes y se apresura a restaurar su dignidad dentro de la familia: lo viste con el mejor vestido de la casa, le pone el anillo que le confiere el título de hijo y le hace calzarse sandalias de hombre libre. Pero hay que rehacer también su honor y el de toda la familia dentro de la aldea. El padre organiza un gran banquete para todo el pueblo. Se matará el novillo cebado y habrá música y baile en la plaza. Todo está más que justificado: Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Por fin podrán vivir en familia de manera digna y dichosa.

 

Desgraciadamente faltaba el hijo mayor. Llegó del campo al atardecer. Un día más había cumplido fielmente con su trabajo. Al oír la música y las danzas, queda desconcertado. No entiende nada. La vuelta del hermano no le produce alegría como a su padre, sino rabia. Se queda fuera sin entrar a la fiesta. Nunca se había marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño ante la familia y los vecinos reunidos para acoger a su hermano. No se había perdido en un país lejano, pero se encuentra perdido en su propio resentimiento.

 

El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha salido al encuentro del hijo llegado de lejos. No le grita, no le da órdenes. No actúa como el patrón de la casa. Al contrario, co- mo una madre, le suplica una y otra vez que venga a la fiesta. Es entonces cuando el hijo explota y deja al descubierto todo su rencor. Ha pasado su vida cumpliendo las órdenes del padre como un esclavo, pero no ha sabido disfrutar de su amor como un hijo. Su vida de trabajo sacrificado ha endurecido su corazón. No vive en la familia; si su padre le hubiera dado un cabrito, hubiera organizado una fiesta, no con él, sino con sus amigos. Ahora no sabe sino humillar a su padre y denigrar a su hermano denunciando su vida libertina con

 

prostitutas. No entiende el amor de su padre hacia aquel miserable. El no acoge ni perdona.

 

El padre le habla con ternura especial. Desde su corazón de padre, él lo ve todo de manera diferente. El hijo llegado de lejos no es un depravado, sino un hijo muerto que ha vuelto a la vida. Aquel hijo que no quiere entrar en la fiesta no es un esclavo, sino un hijo querido que puede disfrutar junto a su padre compartiendo todo con él. Su único deseo de padre es ver de nuevo a sus hijos sentados a la misma mesa, compartiendo fraternalmente un banquete festivo.

 

Jesús interrumpe aquí su relato sin explicación alguna. Qué sintieron los padres que habían cerrado para siempre las puertas a sus hijos escapados de casa para vivir su propia aventu- ra? Qué sintieron aquellos vecinos que tanto despreciaban a quienes habían abandonado el pueblo para irse a vivir a Séforis o Tiberíades? Qué experimentaron los que llevaban años lejos de Dios, al margen de la Alianza, sin preocuparse de cumplir la ley ni de peregrinar al templo? En qué pensaron los que vivían dentro de la Alianza y despreciaban a pecadores, recaudadores y prostitutas? Todos han empezado por juzgar rápidamente la insensatez de aquel padre por su falta de autoridad para imponerse a sus hijos, pero, al conocer su compa- sión increíble, al verlo perdonar y proteger maternalmente a su hijo perdido, y salir humilde al encuentro del hijo mayor, buscando apasionadamente la reconciliación de todos en una fiesta, quedan probablemente desconcertados y conmovidos.

 

Es posible que Dios sea así? Como un padre que no se guarda para sí su herencia, que res- peta totalmente el comportamiento de sus hijos, que no anda obsesionado por su moralidad y que, rompiendo las reglas convencionales de lo justo y correcto, busca para ellos una vida digna y dichosa? Será esta la mejor metáfora de Dios: un padre acogiendo con los brazos abiertos a los que andan perdidos fuera de casa, y suplicando a cuantos lo contemplan y le escuchan que acojan con compasión a todos? La parábola significa una verdadera revolución Será esto el reino de Dios? Un Padre que mira a sus criaturas con amor increíble y busca conducir la historia humana hacia una fiesta final donde se celebre la vida, el perdón y la liberación definitiva de todo lo que esclaviza y degrada al ser humano? Jesús habla de un banquete espléndido para todos, habla de música y de danzas, de hombres perdidos que desatan la ternura de su padre, de hermanos llamados a perdonarse Será esta la buena noti- cia de Dios?

 

Jesús volvió a insistir una y otra vez en el amor compasivo de Dios. En cierta ocasión contó una parábola sorprendente y provocativa sobre el dueño de una viña que quería trabajo y pan para todos. Tal vez es tiempo de vendimia y se puede ver en las plazas de los pueblos a grupos de trabajadores esperando que alguien los contrate para la jornada. Jesús dijo así:

 

Con el reino de Dios sucede como con un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y, al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona, e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: Por qué estáis aquí todo el día parados?. Le dicen: Es que nadie nos ha contratado. Él les dice: Id también vosotros a la viña. Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros. Vinieron, pues, los de la hora undé- cima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y, al cobrarlo, murmuraban contra el pro- pietario, diciendo: Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor. Pero él contestó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?

 

Los grandes propietarios, como este señor de la viña, pertenecían a la clase poderosa y do- minante. Por lo general no vivían en las aldeas, sino en alguna ciudad, y regentaban sus tierras por medio de algún administrador. Solo durante la vendimia o en la recogida de la cosecha se acercaban a su propiedad para seguir de cerca los trabajos. Los jornaleros, por su parte, pertenecían a las capas más bajas de la sociedad. Labradores despojados de sus tierras, vivían al día y sin seguridad alguna: a veces mendigando, otras robando y siempre buscando algún amo que les contratara, aunque solo fuera por un día.

 

La jornada de trabajo comienza al amanecer y termina al caer el sol. El rico propietario de una viña viene él mismo a la plaza del pueblo a primeras horas de la mañana. Se acerca a un grupo de jornaleros, acuerda con ellos el salario de un denario y los pone a trabajar en su viña. No es gran cosa, pero sí lo suficiente para responder, al menos durante un día, a las necesidades de una familia campesina. El propietario vuelve a la plaza hacia las nueve de la mañana, a las doce del mediodía y a las tres de la tarde; a los que encuentra no les habla ya de un denario; a estos les promete lo que sea justo. Cómo le van a exigir nada? Se marchan a trabajar sin seguridad alguna, pendientes de lo que el señor les quiera pagar: probable- mente una fracción de denario. Vuelve todavía a las cinco de la tarde. Solo falta una hora para terminar la jornada. A pesar de todo, contrata a un grupo que nadie ha contratado y lo envía a echar una mano. A estos ni les habla de salario.

 

Los oyentes no pueden entender este ir y venir del señor para contratar obreros. Los gran- des propietarios no trataban directamente con los jornaleros. Por otra parte, no era normal ir tantas veces a la plaza. La contratación se hacía a primera hora de la mañana, después de calcular bien el número de obreros que se necesitarían. Qué clase de patrono es este? Por qué actúa así? Nadie sale a contratar obreros a última hora. Está tan urgido por la vendimia? El relato nada dice acerca de la cosecha. Sugiere más bien que no quiere ver a nadie sin trabajo. Así les dice a los del último grupo: Por qué estáis aquí parados todo el día?

 

Llegó la hora de retribuir a los obreros. Había que hacerlo en el mismo día, antes de caer el sol, pues de lo contrario no tendrían nada que llevarse a la boca. Así lo mandaba la ley de Dios: No explotarás al jornalero pobre e indigente… Le darás cada día su jornal, antes de ponerse el sol, pues es pobre, y de ese salario depende su vida. El dueño ordena que el pago se haga empezando por los que acaban de llegar. Entre los jornaleros se despierta una gran expectación, pues, aunque apenas han trabajado una hora, perciben un denario cada uno. Cuánto se les dará a los demás? La decepción es enorme al ver que todos reciben un dena- rio, incluso los que han estado trabajando durante toda la jornada. No es injusto? Por qué a todos un denario si el trabajo ha sido tan desigual? Sin duda, los oyentes de Jesús simpati- zan secretamente con las protestas de los jornaleros que más han trabajado. Estos no se oponen a que los últimos reciban un denario, pero no se está devaluando su trabajo? No piden que a los demás se les dé la fracción mezquina de un denario, pero no tienen derecho a que el señor sea también generoso con ellos? Está bien la generosidad con los que solo han trabajado una hora, pero, en tal caso, no exige la justicia esa misma generosidad para con los que han trabajado todo el día?

 

La respuesta del señor al que hace de portavoz es firme: Amigo, no te hago ninguna injusti- cia… Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera con lo mío? O tienes que ver con malos ojos que yo sea bueno?. Los que se quejan siguen pensando en un sistema de estricta justicia, pero el señor de la viña se mueve en otra esfera. Es su bondad la que rompe esa justicia, y la bondad no hace daño a nadie. Su gesto no es arbitrario. Es solo bondad y amor generoso hacia todos. A todos les da lo que necesitan para vivir: trabajo y pan. No se pre- ocupa de medir los méritos de unos y otros, sino de que todos puedan cenar esa noche con sus familias. En su comportamiento, la justicia y la misericordia se entrelazan.

 

La sorpresa de los oyentes es grande y general. Qué está sugiriendo Jesús? Es que para Dios no cuentan los méritos de cada persona? Es que en su reino no se funciona con los cálculos y criterios que nosotros manejamos para imponer la justicia y la igualdad a todos? Esta mane- ra de entender la misericordia de Dios, no rompe todos los esquemas religiosos de Israel? No está Jesús ignorando deliberadamente las diferencias que establece la ley entre justos y pe- cadores?

 

La parábola de Jesús parece contradecir todo. Será verdad que Dios no está tan pendiente de los méritos de las personas, sino que está mirando más bien cómo responder a sus nece- sidades? Qué suerte si Dios fuera así: todos podrían confiar en él, aunque sus méritos fueran muy pobres. Pero no es peligroso abrirse a ese mundo increíble de la misericordia de Dios, que parece escapar a todo cálculo? No es más seguro y tranquilizador, sobre todo para los que son fieles a la ley, no salirse de la religión del templo donde deberes, méritos y pecados están bien definidos?

 

Jesús desconcertó todavía más a sus oyentes cuando contó una pequeña parábola sobre un fariseo y un recaudador que subieron al templo a orar, según la costumbre que tenían los judíos que vivían en Jerusalén. Les dijo así:

 

Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, el otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias. En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios! Ten compasión de mí, que soy pecador!. Os digo que este bajó a su casa justifica- do, y aquel no.

 

En el relato aparecen en escena tres personajes: un fariseo, un recaudador y el templo don- de habita Dios. La parábola no habla solo de dos hombres que oran en el templo, sino de cómo actúa Dios, presente en ese templo. Los oyentes sintonizan enseguida con el relato. En más de una ocasión han subido en peregrinación hasta el templo. Para ellos es el centro de su pueblo y de su religión. Solo allí se podía dar culto a Yahvé. Lo llamaban la casa de Dios, pues allí habitaba el Dios santo de Israel. Desde allí protegía y bendecía a su pueblo. Nadie podía acercarse sin antes haberse purificado debidamente. Lo decía el salmo: al recinto sa- grado solo se puede entrar con manos inocentes y corazón puro. En el lugar más sagrado del templo había estado en otros tiempos el Arca de la Alianza, y en ella dos tablas de piedra en las que estaban grabados los mandamientos de la ley. El templo representaba la presencia de Dios, que reinaba sobre su pueblo por medio de esa ley. Con qué alegría se presentaban ante él todos los que la observaban fielmente.

 

El relato de Jesús despierta enseguida el interés y la curiosidad de los oyentes. Qué va a suceder en el templo? Cómo se van a sentir allí, ante la presencia de Dios, dos hombres tan diferentes y opuestos como un fariseo y un recaudador? Todos saben cómo es, de ordinario, un fariseo: un hombre piadoso que cumple fielmente los mandamientos, observa estricta- mente las normas de pureza ritual y paga escrupulosamente los diezmos. Es de los que sos- tienen el templo. Sube al santuario sin pecado: Dios no puede sino bendecirlo. También sa- ben qué es un recaudador: un judío que vive de una actividad despreciable. No trabaja para recoger diezmos y sostener el templo, sino para recaudar impuestos y medrar.

 

Su conversión es imposible. Nunca podrá reparar sus abusos ni retribuir a sus víctimas lo que les ha robado. No se puede sentir bien en el templo. No es su sitio.

 

El fariseo ora de pie, seguro y sin temor alguno. Su conciencia no le acusa de ningún pecado por el que tenga que expiar. De su corazón brota espontáneamente el agradecimiento: Oh Dios, te doy gracias. No es un acto de hipocresía. Todo lo que dice es real. Cumple fielmente todos los mandatos: no pertenece al grupo de pecadores, en el que, naturalmente, está el recaudador. Ayuna todos los lunes y jueves por los pecados del pueblo, aunque solo es obli- gatorio una vez al año, el día de la Expiación. No solo paga los diezmos obligatorios de los productos del campo (grano, aceite, vino), sino incluso de todo lo que gana. Su vida es ejemplar. Cumple fielmente sus obligaciones y hasta las sobrepasa. No se atribuye a sí mis- mo mérito alguno, es Dios quien sostiene su vida santa. Si este hombre no es justo, quién lo va a ser? Es un modelo de fidelidad y obediencia a Dios. Quién pudiera ser como él! Puede contar con la bendición de Yahvé. Así piensan los que escuchan a Jesús.

 

El recaudador se mantiene a distancia. No se siente cómodo; no es digno de estar en aquella asamblea santa. Sabe lo que están pensando de él los demás fieles: es un funcionario des- honesto y corrupto que no trabaja para el templo, sino para el sistema establecido por Ro- ma. Ni siquiera se atreve a levantar sus ojos del suelo. Se golpea el pecho para reconocer su pecado y su vergüenza. No promete nada. No puede restituir lo que ha robado a tantas per- sonas cuya identidad desconoce. No puede dejar su trabajo de recaudador. Ya no puede cambiar de vida. No tiene otra salida que abandonarse a la misericordia de Dios: Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador. Su oración recuerda la conmovedora plegaria de un salmista, que dice así: Mi sacrificio es un espíritu roto, un corazón roto y humillado, tú, oh Dios, no lo desprecias. El pobre hombre no hace sino reconocer lo que todos saben. Nadie quisiera estar en su lugar. Dios no puede aprobar su vida de pecado.

 

De pronto, Jesús concluye su parábola con una afirmación sorprendente: Yo os digo que este recaudador bajó a su casa justificado, y aquel fariseo no. El hombre piadoso, que ha hecho incluso más de lo que pide la ley, no ha encontrado favor ante Dios. Por el contrario, el re- caudador que se abandona a su misericordia, sin comprometerse siquiera a cambiar de vida, recibe su perdón. Jesús los ha pillado por sorpresa. De pronto les abre a un mundo nuevo que rompe todos sus esquemas. Aquí no se está hablando solo de la piedad de dos personas. Con su parábola aparentemente tan sencilla e ingenua, no está Jesús amenazando todo el

 

sistema religioso del templo? Qué pecado ha cometido el fariseo para no encontrar gracia ante Dios? Dónde está su falta? Y qué méritos ha hecho el recaudador para salir del templo justificado? El Dios del templo habría confirmado al fariseo y reprobado al recaudador. Lo que dice Jesús es increíble. En el templo, Dios acogía en su presencia a los justos, y excluía del recinto santo a pecadores e impuros. Cómo puede Jesús hablar de un Dios que no reco- noce al piadoso y, por el contrario, concede su gracia al pecador?

 

Si es cierto lo que dice Jesús, ya no hay seguridad alguna para nadie. Todos tienen que ape- lar a la misericordia de Dios. Para qué sirve entonces el templo y la espiritualidad que en él se alimenta? Qué hay que pensar de quienes confían totalmente en la observancia de la ley y en el culto del templo? Será verdad que en el reino de Dios se funciona no desde la justicia elaborada por la religión, sino desde la misericordia insondable de Dios? No está Jesús ju- gando con fuego? En qué se puede basar para invitar a vivir de la misericordia y no desde la religión y la ley?

 

En la parábola de Jesús hay un dato incuestionable: un despreciado recaudador ha apelado a la misericordia de Dios y ha encontrado gracia. No estará Jesús queriendo atraer a todos hacia una experiencia real que toda persona percibe en el fondo de su ser? Cuando uno se siente bien consigo mismo y ante los demás, se apoya en su propia vida, no parece necesitar de más. Pero cuando la conciencia lo declara culpable y desaparece su seguridad, no siente entonces el ser humano la necesidad de acógerse a la misericordia de Dios y solo a su mise- ricordia? Cuando uno actúa como el fariseo, se sitúa ante Dios desde una religión en la que no hay lugar para el recaudador. Cuando uno se confía a la misericordia de Dios, como el recaudador, se sitúa en una religión donde caben todos. Será verdad que la última palabra no la tiene la ley, que juzga nuestra conducta, sino la misericordia de Dios, que acoge nues- tra invocación? Será esta la verdadera religión, la religión del reino de Dios?

 

Habituados a la religión del templo, a nadie le resultaba fácil apoyarse en la misericordia imprevisible de Dios. Jesús trataba de romper sus resistencias. Un día les propuso una pará- bola desconcertante sobre un hombre que cayó víctima de unos salteadores mientras viajaba de Jerusalén a Jericó. Lo cuenta así:

 

Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él y, al verle, tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y, mon- tándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.

 

El relato de Jesús capta enseguida la atención de todos. Han peregrinado más de una vez a Jerusalén y conocen bien esa zona desértica y peligrosa por donde baja el camino que lleva desde la capital a Jericó. Todos saben lo difícil que es no toparse con salteadores que se re- fugian en aquellos barrancos y quebradas. Sin embargo es también una ruta bastante fre- cuentada. Por allí pasan todas las semanas los sacerdotes y levitas que, después de haber ejercido su servicio en el templo, se vuelven a Jericó, importante ciudad sacerdotal. Por allí transitan también grupos de peregrinos y comerciantes que suben con sus mercancías a Jerusalén. Qué va a ocurrir esta vez en este peligroso camino?

 

Al oír hablar de un hombre asaltado y dejado medio muerto en la cuneta del camino, en el corazón de los oyentes se despierta la simpatía y la piedad. Es una víctima inocente, aban- donada en un camino solitario, que necesita ayuda urgente. Podría ser uno de ellos. Cómo no sentir compasión por él?

 

Por el camino aparecen afortunadamente dos viajeros: primero un sacerdote y luego un levi- ta. Ambos vienen del templo. Han realizado su servicio a lo largo de la semana y, cumplidas ya sus obligaciones en el templo, se vuelven a su casa de Jericó. El herido los ve llegar espe- ranzado: son de su propio pueblo; representan al templo; sin duda se apiadarán de él. No es así. Al llegar a su altura, los dos tienen la misma reacción: lo ven y dan un rodeo. No se acercan, pasan de largo. Por qué? Tienen miedo a los salteadores? No quieren incurrir en estado de impureza tocando a un desconocido ensangrentado y medio muerto? Los oyentes no pueden menos de sentirse escandalizados de su falta de compasión. Cómo no ayudan a un hombre abandonado a una muerte casi segura?

 

En el horizonte aparece un tercer viajero. No es sacerdote ni levita; no viene del templo; ni siquiera pertenece al pueblo elegido de Israel. Es un odiado samaritano; probablemente un comerciante dedicado a sus negocios. El herido lo ve llegar con temor. También los oyentes se alarman. Era cosa bien sabida la enemistad entre samaritanos y judíos. Se puede esperar de él lo peor. Lo llegará a rematar? Sin embargo, el samaritano ve al herido, siente compa- sión y se le acerca. A continuación hace por él todo lo que puede: desinfecta sus heridas con vino, las suaviza con aceite, lo venda, lo monta sobre su propia cabalgadura, lo lleva a la posada más cercana, cuida de él y corre con todos los gastos que hagan falta. Aquel hombre no parece un comerciante preocupado de sus mercancías. Su actuación se asemeja más a una madre cuidando con ternura a su hijo herido.

 

La sorpresa de los oyentes no puede ser mayor Cómo puede Jesús ver el reino de Dios en la compasión de un odiado samaritano? La parábola rompe todos sus esquemas y clasificacio- nes entre amigos y enemigos, entre miembros del pueblo elegido y gentes extrañas e impu- ras. Será verdad que la misericordia de Dios nos puede llegar no del templo ni de los canales religiosos oficiales, sino de un enemigo proverbial? Jesús los desconcierta. Él mira la vida desde la cuneta, con los ojos de las víctimas necesitadas de ayuda. No hay duda. Para Jesús, la mejor metáfora de Dios es la compasión hacia un herido.

 

Su parábola lo invierte todo. Los representantes del templo pasan de largo ignorando al heri- do. El odiado enemigo resulta ser el salvador. El reino de Dios se hace presente donde las personas actúan con misericordia. Hasta un enemigo tradicional, renegado por todos, puede ser instrumento y encarnación del amor compasivo de Dios. El mensaje de Jesús constituye una verdadera revolución y un desafío para todos: hay que extender la misericordia de Dios hasta los enemigos de Israel, olvidando prejuicios y enemistades seculares? Cómo entender y vivir en adelante una religión como la del templo, que de hecho lleva al odio y al sectaris- mo? Habrá que reordenarlo todo dando primacía absoluta a la misericordia? Habrá que llegar incluso a ser desleal al propio grupo para identificarse con el sufrimiento de cualquier herido caído en la cuneta de cualquier camino? Es eso el reino de Dios?

 

 

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