Crecimiento espiritual y discernimiento

EL CRECIMIENTO ESPIRITUAL y DISCERNIMIENTO

 

II.- ALGUNOS ASPECTOS SOBRE EL DISCERNIMIENTO[1]

II.  1.- Delimitación de la Reflexión

 

1) Raíz de la Expresión “DISCERNIMIENTO”.

Hay palabras que están a la base de la expresión Discernimiento: (Discerno / discernis / discernere / discrevi / discretum)

La expresión “discernimiento”, viene de “discernere”: acción de distinguir…”[2]. Compuesta por: ) El prefijo “dis” como contracción de “dives”[3], pasando a significar: diversos, abundante, variedad. Con esta significación, el prefijo “dis”, influye sobre la raíz “cernir”, dando el sentido de posibilidad de entre diversas alternativas. ) La raíz “cernir; “cerno” [4] (cernis / cernere / crevi) que significa cribar, tamizar, limpiar; o percibir bien, distinguir bien mediante los sentidos (especialmente el de la vista), conocer, comprender, penetrar, apreciar.

Diversas palabras se vinculan con la expresión “discernimiento”: decidir, separar, dividir, secreto, secretario. Pero la expresión “DISCERNIMIENTO” se diferencia de la expresión “DELIBERACIÓN”.

2) Aproximación a una Definición.

Discernimiento:

– “es el ejercicio espiritual

– mediante la percepción y análisis de las mociones,

– con el que la persona (comunidad / grupo) puede llegar a conocer la Voluntad de Dios y

– orientar / disponer su vida conforme a dicha Voluntad”.

Desde esta aproximación hay que resaltar los conceptos que están implicados en ella:

  • Ejercicio espiritual: es el ámbito de la búsqueda en el que se realizan determinadas prácticas o actividades en función de dicha búsqueda.
  • Percepción y análisis: la acción de observar, captar, pensar e interpretar las MOCIONES.
  • Mociones: Son los movimientos internos que se producen en la persona tras los efectos de sentimientos, razonamientos y afectos. Las mociones son las pistas requeridas por la persona para conducirse en la vida, para configurarse sustantivamente y para configurar su camino de crecimiento continuo.
  • Persona (o grupo humano): el sujeto que ejecuta la acción de búsqueda.
  • Voluntad de Dios: el ámbito configurador de personalidad creyente.

3.- Elementos Antropológicos y Teológicos en el Discernimiento.

El Discernimiento como “ejercicio espiritual” se ubica en el “proceso dinámico de realización y desarrollo de la personalidad creyente”. El discernimiento cristiano tiene como base un concepto antropo-teológico distintivo de persona: “ser relacional – referencial y trascendente”. Desde esta concepción de persona, decimos:

1º) La Persona es “ser generador de comunicación y a la vez necesitado de esa misma comunicación”. Dimensión dialogal que posibilita el “encuentro con”, y la “respuesta a”. La persona es un ser de la escucha, del habla, de la palabra y del diálogo.

2º) La persona es “ser finito”. En ella no se agota la realidad ni la vida. La persona descubre que la realidad y en particular ciertas realidades distintas de sí misma, la sobrepasan.

3º.- La Persona es “ser creatural”. Que la caracteriza en respectividad a otras personas y a Dios. Una respectividad que está hondamente marcada por la fascinación del ágape (comida donada), no sólo en el “encuentro con otros u otro”, sino en el encuentro consigo misma”. Una respectividad que está signada por el modo de procede de Jesucristo, en el caso de los cristianos, y signada sólo de trascendencia, en el caso de los nos cristianos y aún de los no creyentes.

4º.- La persona es ser que crea acontecimiento”. Donde quiera que esté, el hombre y la mujer crean situaciones, crean hechos, ya sean de vida o de muerte. Unos hechos que traspasan las barreras del yo individual. Desde la respectividad que caracteriza al ser humano, cooperamos de algún modo a la edificación del mundo.

En el discernimiento auténtico convergen Dios y el Hombre. Esta convergencia sucede en virtud: 1º) Del mismo Dios, que nos ha creado desde Él, como el resultado de su Palabra más acabada; y 2º) de la misma persona, que sólo encuentra en Dios la excelencia de su interlocución.

El discernimiento es el mecanismo con el que alcanza la mayor madurez y realización la interlocución entre Dios y la Persona. Porque el hombre se descubre ante el mundo, como un buscador perenne de realización. Más aún, si se es creyente, la persona ha de buscar y encontrar su “quehacer” en el mundo. Y esa RES-PUESTA pasa por oír y ver (audición y visión), es decir, nos topamos con los signos y señales con los que empezamos a dar los pasos para la búsqueda y el encuentro. Claro que habrá que depurar para no caer en auto-engaño y tendremos que ir logrando pequeñas certezas, puesto que en las decisiones que tomemos nos jugamos la vida. Si la experiencia del discernimiento toca fondo en la persona, topándose con lo mejor de cada cual (al menos en el caso de los creyentes, por no decir todo humano, aunque así lo creo), el discernimiento descubrirá una doble novedad:

1ª) Develará a un Dios que ha tomado primero la iniciativa en esta tarea en la que está empeñada la persona y/o la comunidad.

2º) Se amplía el horizonte de comprensión, empezando a tener luces sobre nuestra propia vida y sobre el entorno. Empezamos a interpretar los movimientos internos. Esos movimientos internos (los míos y los de la realidad) se traducen en lenguajes, que nos dan cuenta de la diversidad de interlocuciones (DIÁLOGOS versus MONÓLOGOS) que acontecen. Y ante los que se impone una criba y ordenamiento, por el hecho de ser personas en contexto.

 II.2.- Elementos Bíblico-teológicos del Discernimiento.

1) Lo Paradigmático. (Respuesta a la Novedad de Cristo por la Acción del Espíritu)[5].

El punto de partida cristiano del discernimiento, es la realización personal como hombre o mujer de fe. Una persona que no se entiende sino en el marco del grupo humano. El cristiano, a riesgo de no serlo, se concibe a sí mismo una persona “desde sí” y “con otros” en medio de una sociedad, en la que vive la responsabilidad tanto personal como colectivamente. Responsabilidad que no sólo significa compromisos éticos, sino la configuración de su talante de “respondedor”; res-pondere; puesto en la cosa – vuelto a la cosa. En este “puesto en la cosa” o “vuelto a la cosa”, se dibuja o desdibuja la personalidad, “tanto cuanto” realice ese talante de “res-puesta”. Que Jesucristo sea el paradigma de la fe cristiana, fija no sólo los términos (hasta donde) de la realización de la vida creyente, sino que abre un abanico de posibilidades (el más) de tal realización. Tanto el “término” (punto de llegada), como “el más” (despliegue) de las posibilidades, que se abren desde el paradigma de la fe, requiere ineludiblemente, del ejercicio de “buscar y hallar” un peculiar “modo y orden”, que posibilite la adecuación entre FE y VIDA, que por un lado, “haga justicia a la novedad del Señor de la FE: Jesucristo; y por el otro, haga justicia a la Alteridad de la Persona”.

La necesidad de búsqueda y encuentro de la Voluntad Divina, acontece en “razón del vuelco histórico, libremente realizado por Dios en Cristo y solamente identificable por la mirada de la fe”, donde el camino (el imaginario) de la realización creyente ya no está limitado a una cultura y ni edades, sino que puede acontecer desde diversas ubicaciones socio-históricas en las que esté ubicada la persona.

Interrogar por el hacia dónde, del movimiento de la vida y de nuestra vida particular, para que las decisiones resulten fecundas y válidas, desde el flujo y reflujo de Dios, hace que la persona recupere su pleno sentido. Entonces, preguntarnos ¿qué y cómo, debemos hacer?, nos pondrá en la encrucijada de la experiencia de fe.

Cristo, paradigma, no sólo despliega un abanico de posibilidades totalmente inédito, para situarnos adecuada y fecundamente en la vida. También y sobre todo, por la fuerza del Espíritu Santo, habilita a cada persona (desde dentro), para vivir creativamente esta participación. Más aún, el Espíritu, en razón de la novedad de Cristo, requiere la creación de nuevos criterios de identificación y ponderación de la mayor consonancia con la Voluntad Divina, que respondan lo mejor posible a cada momento histórico de la impronta salvífica que realiza el mismo Espíritu. Digámoslo con palabras más sencillas: Mi discernimiento es mi discernimiento en cada situación y en cada momento histórico concreto y no hay forma de que tal experiencia esté refrita o vivida por otros. En esta tierra nadie repite nada fundamental, todo lo vive como inédito.

2) Líneas Maestras del Discernimiento en el Nuevo Testamento[6].

1ª. Clave Mateana (en Mateo). El Discernimiento es el indicador de la autenticidad del camino de una comunidad cristiana. Los frutos que resultan del camino de fe se apartan de la identificación con la raza y de tradición (la fuerza de la ley), ni siquiera están sujetos al orden estructural y cultual de la sociedad o comunidad (7,15-23). El criterio de validación del seguimiento será “el amor activo y consecuente a los pequeños” (25,31-46), como signo elocuente y como consecuencia de la praxis de Iglesia.

2ª. Clave Paulina (en S. Pablo). La experiencia cristiana ya sea educacional (catequesis), mística (lenguas, éxtasis) o ministerial (predicación, cuidado de los otros), se realiza en la tensión Cristo-Espíritu: 1º) Toda vivencia ha de enmarcarse en la memoria (anánnesis) del Señor de la Historia; y 2º) toda acción ha de contar con una fuerza vital (epíclica). En esta doble relación de fuerzas “memoria-espíritu” que orientan, tanto a la acción como a la inspiración, la clave de veracidad se centra en el “amor que edifica la comunidad”.

3º. Clave Joánica. (en Juan). En este evangelista la manifestación del espíritu es diversa. Es más, hay diversos espíritus y ante ellos se impone un discernimiento para cribar y elegir. Por ello, el amor sin más, como clave de veracidad también podría resultar engañosa, al no ser un amor concreto. Es decir, que este amor toque a la humanidad, la del Crucificado y en Él, toque a la humanidad del otro, es lo que verifica que no haya un amor de las ideas, ni desde las delicias del “pneuma” humano (desde lo sabrosón), sino desde el tú a tú. “Amor que da vida al prójimo” es la clave del discernimiento en Juan.

 

II.3.- Actitud Conveniente para el Discernimiento 

1) Rasgos de la Actitud Conveniente al Discernimiento.

Más que rasgos hay que hablar de requisitos:

1º.- El Temor Justificado. El temor forma parte del camino porque toda búsqueda seria produce algo de tensión. La tensión viene dada por la prestancia de los dos sujetos del diálogo: Dios y la Persona. Hay temor justificado, porque el discernimiento no es una actividad intimista en la búsqueda y encuentro de la respuesta a la Voluntad de Dios, ni el discernimiento se realiza como mera asimilación de los datos de la fe. Este temor ha de vivirse en una doble y sana tensión. Sanidad conveniente para hacer justicia a los dos interlocutores del discernimiento: Dios y la Persona. Y tensión conveniente por la característica propia de los dos sujetos: una, la libertad del hombre/mujer y su audaz capacidad de acertar o no en la búsqueda, y otra lo inequívoco de lo que propone Dios. En el discernimiento se dan la mano dos fundamentos que no se negocian y que no se equiparan sin más; la libertad de la persona y lo inequívoco de lo expresado en la Palabra del Amado.

Claro está que el temor como dinámica da lugar al terror y ocasiona daños incalculables y hasta irreversibles. Pero digamos también que el temor puede tener una aunque poca, dimensión de salud. El temor también aporta algo a la vida: nos advierte el peligro, ayuda a ser precavidos y hasta nos acompaña cuando caminamos por situaciones que producen vértigo. Dirá san Agustín: «Luego comience primero el temor… Y cuanto más crezca la caridad más disminuirá el temor… Pero si no existe el temor no hay por donde penetre la caridad… El temor ocupa primero la mente, pero no permanece en ella, porque para eso entró, para introducir la caridad… ¿Te atormenta el corazón la conciencia de tus pecados? Eso es que no estás todavía justificado. Hay en él algo que todavía le punza y hiere. No temas, porque lo que el temor vulne­ra lo sana el amor. El temor de Dios hiere lo mismo que el hierro medicinal del cauterio, extirpa la podredumbre, y por ello da la impresión como si aumentara la herida. Ocupe, pues el temor tu corazón, para que introduzca la caridad; suceda la cicatriz al cauterio… Porque si no temes, no puedes quedar justificado… Por consiguiente, es necesario que entre primero el temor, para que por él venga la caridad. Pues, el temor es la medicina, la caridad en cambio la salud». [S. AGUSTIN, Comentario a la Carta de Juan (1 Jn 4, 18ª), IX, 4 (SCh 75, 384-386)]

2º.- Adecuada Imagen de Dios. De la imagen que se tenga de Dios dependerá la comprensión de su Voluntad. Una imagen distorsionada de Dios, manifiesta una doble fragilidad: 1ª) la persona no ha alcanzado la consistencia necesaria para actuar con plena responsabilidad, y 2ª) Dios es considerado no como es Él, sino tal cual quiero que sea.

3º.- Abnegación. El discernimiento como camino de diálogo en el que se busca y se encuentra supone cierta pericia en el manejo de los resortes de la madurez afectiva. Un resorte clave en la afectividad es la disponibilidad para saber renunciar, desprenderme y desapropiarse. En el fondo estamos hablando de la capacidad de saber estar y ser desde sí mismo, que habilita para estar desde otro. Esta abnegación es la que hace posible la recta comprensión de la escucha.

4º.- Interacción de Deseos. La persona humana es un ser de deseos. Los deseos evidencian la fluctuación de la personalidad. La lucidez sobre los deseos dará una mayor comprensión de los diversos niveles en los que se mueven nuestro afecto y nuestro razonamiento. Para el discernimiento espiritual se requiere de cierta capacidad de dominio-conocimiento de sí, para encaminar la disposición del deseo. Para que el deseo cristifique.

5º.- Disposición al Cambio Interior. El cambio interior se opera desde una re-situación personal que tiene como perspectiva los criterios del Jesús del Evangelio. Para el cambio interior tiene gran relevancia: 1º) la percepción del yo y la percepción de la comunidad-institución desde la que cada persona se circunscribe; y 2º) la respectividad del yo individual y del yo institucional.

 2) Configuración de una Clave Lingüística:

1º.- Sobre la base de la fenomenología de pensamientos y afectos es que surge la OBSERVACIÓN de lo que sucede (del proceso). Esta observación precisa las variaciones y diversidad de pensamientos y afectos.

2º.- La observación de las variaciones y diversidad de pensamientos y afectos se profundiza cuando la persona logra captar la contraposición que acontece en términos de CONSUELO versus DELEITE.

3º.- De la observación simple se avanza hacia una mayor observación captando los matices e intensidad de pensamientos con sus respectivos afectos.

4º.- De la observación concienzuda se avanza a las causas de los pensamientos, concluyendo que unos pensamientos autoconstruyen (proceden de Dios) y otros autodestruyen (proceden del Mal).

5º.- De la identificación de los efectos con su respectiva causa, se avanza a la ponderación o valoración espiritual de tal fenómeno.

3) Condiciones Indispensables en el Discernimiento:

Lo que sustenta la experiencia espiritual es la indiferencia y la confirmación. Ambas dimensiones atraviesan todo el camino como señal de autenticidad de la misma experiencia. La primera corresponde a la persona y la segunda a Dios, ya que el Hombre y Dios son los dos sujetos interlocutores de la experiencia religiosa.

 

1ra.- La Indiferencia: camino de liberación interior. La indiferencia espiritual tiene que ver con des-apego y con la libertad. Es un proceso de liberación de los afectos, para que sólo mueva a la persona el querer ordenado o cristificado. Esta libertad es fruto de una experiencia de amor en la cual la persona se experimenta amada y perdonada, por eso es cambio interior. La libertad antes que ser libertad de lo externo, es libertad de sí mismo. Por ello implica: 1º) liberarse de la nostalgia: del pasado. De lo que la petrifica. 2º) liberarse de la avidez: del presente. De lo que enajena. 3º) liberarse de la ansiedad: del futuro. De lo que escinde. La indiferencia es el elemento indispensable requerido para que haya realmente disponibilidad. 

2da.- La Confirmación: La decisión a la que se ha llegado tras la búsqueda y encuentro de la voluntad de Dios, necesita ser confirmada por el mismo Dios. Que sea una decisión, no implica que lo sea en forma cerrada. Más aún, necesita ser abierta para que Dios vuelva a hablar sobre ello. Las decisiones se ofrecen a Dios, para que Él haga lo que mejor se ajuste a su voluntad.

Ubicar la relación “ofrenda-recibimiento” dentro de la experiencia religiosa, ayuda a resaltar la calidad de hito de este momento, que sin agotar lo que significa “experiencia de Dios”, muestra su estructura sacramentaria. Por pequeño que sea este acontecimiento y aunque la suma de varios hitos no dé como resultado la experiencia, si dibuja, al menos en pequeño, lo que ha de suceder en la experiencia, cuando el discernimiento acontezca con toda su vitalidad y centralidad.

 II.4.-  La Consolación y La Desolación 

1)  La Consolación[7]       

  1. a) Las tres formas de Consolación: El «Lenguaje» de Dios en el Interior de la Persona Creyente (EE 316)

En la consolación hay tres (3) niveles:

  • El 1er nivel consiste en la experiencia densa de la fe. Sugiere algo repentino y fuerte. Tiene como consecuencia el estallido de amor, en el que la persona siente que no puede amar fuera de ese amor originante que provoca Dios.
  • El 2do nivel consiste en las lágrimas. Emoción provocada por motivos referidos a la Pasión de Cristo, o por otras cosas expresamente ordenadas al servicio y alabanza de Dios.
  • La 3er nivel consiste en todo aumento de las tres virtudes teologales: esperanza, fe o caridad, y en forma general, en el aumento de la alegría interna.
  1. b) La consolación es una «moción»

La palabra «moción» indica siempre un impulso hacia algo. La consolación intenta de forma más o menos directa conducir a la persona al ámbito de la actuación, además de ser quietud y reposo. La moción es movimiento y transformación.

La consolación no se agota en la quietud del gozo definitivo, al que ciertamente apunta ella, sino que impulsa también a descender del Tabor a la kénosis. Es una experiencia en la que todo se percibe a Dios en todo y a la vez, se percibe que todo existe en Él. La consolación tiene dos elementos constitutivos: el gozo interno y el movimiento hacia la realidad.

c) Estructura trinitaria de la consolación en EE 316.

Las tres descripciones de la consolación mencionadas guardan estrecha relación con la Trinidad. La estructuración apunta a que la consolación es siempre trinitaria, tanto en su origen como en el término final hacia el que ella, mediata o inmediatamente, con causa o sin ella, siempre impulsa.

  • La consolación va vinculada a Dios Padre Creador por el fuerte impacto afectivo que implica la vivencia del artífice de la Creación. Dios y la criatura se abrazan en un mismo amor. Dios se autoentrega a en la creación, y eso consuela, hasta provocar la propia auto-entrega a Él.
  • La consolación está referida a la obra salvífica de Jesús. La motivación o «causa» está ejemplificada preferentemente en el dolor de la pasión de Cristo, la cual siempre remite a la pasión del mundo, e implica una vuelta hacia la vida, pero desde la vivencia crística que surge de la configuración con la humanidad del Hijo.
  • La consolación está referida al Espíritu Santo, quien aumenta y facilita las tres virtudes teologales. Es el que gime en la persona con el deseo de las «cosas celestiales». Es el Espíritu Santo quien atrae hacia ellas, llenando de una inefable alegría. Espíritu Santo es el que «aquieta y pacifica en el Criador y Señor». Esta es su obra.

d) Pedagogía de la consolación.

Se necesita de la consolación para casi todo en la vida cristiana. Sobre todo para la toma de decisiones, aunque sean pequeñas y ordinarias. La persona se criba en el esfuerzo, pero la consolación es la que da el impulso y la motivación para la andadura del camino.

La consolación permite a la persona la percepción de la intima unión, y al mismo tiempo, la clara distinción, que existen entre la actividad divina y la humana en los procesos espirituales. Y desde esta lucidez, es desde donde se puede aprender a colaborar con Dios, desarrollando una verdadera espiritualidad de instrumento en sus manos, sabiéndose metidos en acciones que superan por completo, y por tanto, evitando todo peligro de vanagloria y soberbia. Nada une tanto a Dios como colaborar con Él en su acción y al mismo tiempo nada requiere mayor humildad.

2) La Desolación[8]

  1. a) ¿Qué es la Desolación? (EE. 317)

Es una ruptura, separación y/o distanciamiento de la comunión. Situación en la que la persona se experimenta “como separada de su Criador y Señor”.

El punto de referencia de la desolación es la misma consolación, porque la desolación es todo lo contrario a la consolación.

La objetivación de la situación de desolación, su sintomatología es la separación. Pero además esta sintomatología dibuja un doble movimiento: del “mapa afectivo-racional interior” al “mapa afectivo-racional-conductual exterior”.

 

“mapa afectivo-racional” interior Secuencias “mapa afectivo-racional-conductual exterior”.
1ª) oscuridad del ánima La razón

(variaciones y sombras)

4ª) inquietud de diversas agitaciones y tentaciones
2ª) turbación en ella La afectividad

(noche de la fe)

5ª) movido a infidelidad, sin esperanza, sin amor
3ª) moción a las cosas bajas y terrenas La conductualidad

(lastre)

6ª) hallándose perezoso, tibio, triste. Como separada de Dios

De dicha situación surgen pensamientos que promueven un camino erróneo (EE. 317,4b y 318.2b).

  1. b) ¿Cómo comportarse en desolación? (EE. 318-319 / 320 / 321): Triple (e inseparable) COMPORTAMIENTO:

1º.- NUNCA MUDAR los propósitos y pensamientos anteriores a la desolación. Pero MUCHO MUDAR (dedicar más tiempo) en la oración, meditación, examinar y en algún modo de penitencia. Estamos hablando de habitud, del hacerse el cuerpo humano a la variación e integrarla en su dimensión sensitiva.

2º.- CONSIDERE como Dios le ha dejado en prueba en sus potencias naturales. Estamos hablando de un nivel racional. De un ejercicio de doble concienciación: 1º) en el que la persona se vuelve al Dios que nos quiere adultos comprendiendo que ha sido Él quien ha dejado sin consuelo; 2º) y en esa vuelta a Dios recibe información de que está dotado de potencias que lo habilitan para el combate.

3º.-  TRABAJE por estar en paciencia. Estamos hablando de la Voluntad. Trabájela, equivale a decir crezca; hágase señor de sí mismo. Un señorío que tiene que ver con la razón (piense) y con la memoria (será presto consolado), porque hay noción de consolación.

Del “agere contra” se pasa a la “concientización”, y de ahí a la “familiarización”. 

  1. c) ¿Causas de la Desolación? (EE. 322) 

 

3) Falsedad y Autenticidad de la Desolación – Consolación[9]

En el discernimiento se ponen en juego diversas facetas y algunas son inconscientes, no racionales, que pueden ayudar o entorpecer el discernimiento. Ante los movimientos internos, con frecuencia, se tiende a buscar soluciones desde la razón, sin dejar que aparezca el resto de la interioridad. Pero las mociones internas no las controlan ni el entendimiento ni la voluntad, pensándose que vienen de fuera. A esto se unen los sentimientos que se fraguan fuera de nuestra consciencia. Los movimientos internos afectan a toda la persona, y no sólo a la afectividad, recibiendo respuestas psicológicas muy variadas. La base psicológica de estos movimientos está en la experiencia afectiva no consciente. No hay nexos lógicos, pero esto no nos impide entrar en contacto con nuestro mundo interior.

a) Falsa (perturbadora) Desolación.

Toda desolación que forme parte del proceso espiritual puede ser positiva, e incluso, deseable. Una desolación evolutiva a su tiempo es buena. Pero pueden darse movimientos adjuntos que no tienen que ver con el proceso configurador de la personalidad y menos aún con lo espiritual. Hay que detectar lo que es desolación de lo que son desajustes que inicialmente pueden parecer desolación pero que se decantan en situaciones graves y desestructurantes.

1ª.- Desolación escrupulosa. Se caracteriza por crear una atmósfera de parálisis donde la persona se encuentra con incapacidad para avanzar. Concomitancia de tentaciones repetidas sobre algo prohibido con la imperiosa necesidad de búsqueda de tranquilidad a través de la autoridad. Afectivamente va acompañada de una falta de libertad y un encogimiento interior con una insatisfacción por no conseguir lo deseado. Necesidad de controlar la situación, con enormes autoexigencias relacionadas con la autoridad. La culpa es patológica y la reparación es obsesiva, por lo que no lleva a progresar. La culpa se manifiesta como mero rasgo primitivo. Suele darse en personas perfeccionistas.

2°.- Desolación fluctuante. Sus síntomas también aparecen en las falsas consolaciones. Se da un malestar, desgana perezosa, inquietud y ansiedad, tristeza voluble… Esto se da cuando las cosas no resultan al gusto, no procesa las contradicciones sino que las evita, con lo cual se cambia de ánimo inmediatamente. Tiende a ocultar la realidad interior incluso para sí mismo, aunque, paradójicamente, necesita que los demás sepan lo que está padeciendo. Necesita sentir afecto, porque le faltan las raíces de su propia identidad. Si hay culpa, la atribuye a otros, siendo la reparación inexistente, superficial o escasa. No afronta las dificultades reconociendo su responsabilidad, haciendo infantil su relación con Dios (y con los demás).

3°.- Desolación profunda, melancólica. La hay sana y la hay patológica. La sana: motivada espiritualmente por la búsqueda intensa y deseable de Dios. Es reparadora y puede relacionarse con la noche oscura, con un amor que busca y que no acaba de encontrar. En la Patológica hay pérdida de toda esperanza y soporte, cayéndose en una negatividad que puede llevar a la muerte mental y hasta física (suicidio). Se da como falta de futuro, pérdida de fuerzas físicas, Dios se vuelve un perseguidor inmisericorde ante el que pareciera estarse inevitablemente condenado. No se debe confundir con situaciones transitorias reactivas que se dan por la presión psicológica del pecado.

  1. b) Falsa Consolación

1ª.- Consolación tranquilizadora (de tipo escrupuloso). Viene de la sensación de tener bajo control la propia vida espiritual ante lo imprevisible y desconocido. Se nutre del perfecto cumplimiento de normas externas o auto-impuestas que preservan de falsos sentimientos de culpa en relación a una imagen de Dios severo y justiciero. No es receptiva de estímulos externos y tampoco es creativa. Es compensatoria.

2ª.- Consolación fluctuante (narcisista). La persona vive una alegría superficial directamente dependiente del aprecio de los demás. La consolación no tiene por base el amor al otro, sino la comprobación de que se es amado. Si falta el aprecio y el afecto de los demás, la persona no puede soportar la frustración y entra en la depresión que hemos llamado “fluctuante”. Es “egocéntrica” y está fundada en el deseo infantil de omnipotencia, el cual, puede también, satisfacer una vida espiritual superficial, auto-justificatoria y auto-referencial.

3ª.- Consolación hipomaniaca: La persona vive una “euforia” claramente (para los demás) defensiva, porque en el fondo hay inquietud. Aparentemente vive contenta y sin dificultades, pero puede hacer sufrir a los demás sin darse cuenta. Evita hacerse cargo de las dificultades propias y de las de los demás. Hay incapacidad de soportar decepción o fracaso, depresión o desolación y se defienden hasta negarlas obstinadamente. Esta obstinación es un signo defensivo. Difícilmente alcanza un sano sentido del pecado y del fracaso personal.

  1. c) Rasgos distintivos de la verdadera y falsa consolación

1º.- Por su fenomenología:

  • La verdadera consolación. Se caracteriza por la profundidad (así que puede coexistir, conscientemente, con estados anímicos contrarios pertenecientes a niveles más superficiales), quietud fundamental (señal de que no hay “defensa” inconsciente) y perdurabilidad (señal de que pertenece a la “estructura” de la personalidad). Estas características siempre van juntas.
  • La falsa consolación. Se caracteriza por su superficialidad (bien por ser sólo “psicológica” y reactiva, bien por ser “defensiva”, o sea, escondiendo dificultades más profundas), inquietud fundamental (nunca la “consolación defensiva” puede encubrir del todo las dificultades latentes), fragilidad (no pertenece a la “estructura” de la personalidad que sigue manifestando su inconsistencia).

2º.- Por sus efectos:

  • La verdadera consolación. Produce un aumento de esperanza, fe y caridad (virtudes que sólo pueden ser donadas y que no son productos de un acto de voluntad), es positivamente creativa (no es rígida, defensiva, obstinada, cerrada, sino que es abierta a nuevos horizontes) y auténticamente intuitiva. Todas estas cualidades salen de una “estructura” estable de la personalidad, inconscientemente y no por actos deliberados de pensamiento o voluntad.
  • La falsa consolación. Produce alegría rígida, defensiva, obstinada, cerrada a lo que pudiera ser cuestionante. Usa sólo de las facultades conscientes, el pensamiento y la voluntad (porque su inconsciente, que obedece a su verdadera estructura inmadura, le hace guerra). A lo que más puede llegar es “pensar” la esperanza, la fe y la caridad.

3º.- Por su origen:

  • La verdadera consolación. Estructura la profundidad “espiritual” de la personalidad. En ello evidencia que viene de Dios, incluso y cuanto más, la consolación sin causa precedente.
  • La falsa consolación. Es una forma reactiva y defensiva de la psicología humana que todavía no se ha enraizado en la estructura profunda espiritual de la personalidad.

[1] ALBARAN Gustavo, Algunos aspectos sobre el Discernimiento.

[2] REAL ACADEMIA ESPAÑOLA, “Diccionario de la Lengua Española, Madrid, 2001.

[3] BLANQUEZ FRAILE Agustín, Diccionario Manual Latino-Español, SOPENA, Barcelona, 1981, Pág. 158 y 162.

[4] Ibídem. Pág. 93.

[5] Cfer. TORNOS Andrés, “Fundamentos Bíblicos-teológicos del discernimiento, en MANRESA, Vol. 60, 1998,  Pág. 319- 329

[6] Cfer. PIKAZA Javier, “El discernimiento de Espíritus en el Nuevo Testamento” en Vida Religiosa 38, 1975 Pág. 259-270

[7] CORELLA Jesús, “La Consolación en los Ejercicios de San Ignacio” en Manresa, Vol. 71, 1999, Págs. 319-337.

[8] ARZUBIALDE, Santiago, Ejercicios Espirituales. Historia y Análisis, Editorial Mensajero – Sal Terrae, Bilbao-Santander, 1991, Pág 626 – 665.

[9] FONT, Jordi, Discernimiento de espíritus. Ensayo de interpretación psicológica. Manresa 59 (1987), 127-147