Comentario del Evangelio: domingo 02 septiembre 2018

Domingo XXII   tiempo ordinario: Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23 

(2 de septiembre 2018)

Que saludable es venir a la Eucaristía con ánimo y generosidad. Quisiera que reflexionemos sobre las motivaciones que nos mueven domingo a domingo a compartir la Eucaristía. No sólo venimos a escuchar lo que dice el predicador sino a dejar que Dios nos mueva a poner en práctica las enseñanzas del decir y hacer de Jesús.  Esta tendría que ser la madre de todas las motivaciones que puedan surgir de nuestro interior: «¡Que bueno sería poner en práctica lo que cantamos y escuchamos» decía San Agustín e Ignacio de Loyola nos dice: «no el mucho saber harta y satisface el alma más el sentir y gustar internamente» EE: [2]

San Agustín, nos recuerda que «cuando escuchamos la Palabra del Señor es como si sembrásemos una semilla y cuando ponemos en práctica lo que hemos oído es como si esta semilla fructificara» Cf: «Sermón 23 A; 1-4: CCL 41, 321-323) »

El fruto es producto de un proceso armonioso que se da en el misterio de la naturaleza creada por el Señor. Traducido a la vida personal uno de los frutos que podemos constatar son los buenos propósitos que surgen cuando vamos creciendo en intimidad con el Señor. Esta intimidad genera el deseo de discernimiento para saber escoger entre lo bueno lo mejor y así honrar a Dios haciendo su voluntad.  Ese es el fruto: los buenos propósitos. Hacer en la realidad desde el discernimiento lo que predicamos con las palabras.

En el Evangelio de hoy los fariseos cuestionan a Jesús y a sus discípulos diciéndoles «Por qué tus discípulos comen con las manos impuras y no siguen la tradición de los mayores» Jesús tiene una respuesta que pone en cuestión la religiosidad farisaica. Lo que nos hace ver Jesús es que los fariseos estaban anclados en su religiosidad, en sus preceptos. No habían crecido desde la fe. Jesús les hace ver que los fariseos honran a Dios con los labios pero sus corazones están lejos de Dios y además Jesús les afirma categóricamente: «nada que entre de fuera es lo que hace impuro al hombre».

Estas palabras de Jesús tira por tierra una mentalidad basada en la pureza y en la impureza.  Jesús tiene otra concepción de la pureza. Y les dice que lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. ¿Por qué? Porque de dentro del hombre pueden salir los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad.  Y Jesús es más enfático, – nos dice-  que todos esos desordenes que brotan del corazón del hombre son «maldades»  y esa maldad es lo que hace al hombre impuro. Esa maldad es lo que   genera y da pie a la corrupción de la realidad; esa maldad distorsiona, corrompe todos los buenos propósitos. La fuerza de esa maldad se basa en la ingratitud, en la ceguera, en la soberbia, en el engreimiento que descalifica a las personas y las convierten en desechables.

¿Y eso qué quiere decir?, que si nos descuidamos lo que sale dentro del ser humano puede destruir la vida misma; se pueden destruir generaciones.  Si nos acostumbramos a vivir desde la maldad aceptada como natural vamos a desenfocar el deseo digno de que el ser humano viva como Dios quiere. Y Dios quiere que vivamos desde la dignificación, que nos cuidemos unos a otros; que no hagamos separaciones de clases. Dios quiere que no nos engañamos a jugar quien es más quien es menos.

Hay gente que aparece como buena, pero en su modo de proceder van dejando una estela de corrupción, de injusticia.  Hay gente que habla muy bonito pero sus acciones generan desencanto, desesperanza, desolación un deseo de querer controlarlo todo y no permiten que las personas crezcan desde el deseo de Dios sino desde sus preceptos: «hay que estar a la moda «- «Por qué tus discípulos comen con las manos impuras y no siguen la tradición de los mayores» Hay gente que se golpea el pecho y reza y manda a hacer mil misas, sabe Dios! Pero hablan mal de los demás, no cumplen con las obligaciones más básicas, y es más, se enojan porque en su abecedario interior no existe la fraternidad.  Sonríen, se camuflan  pero son racistas en el fondo. Jesús cuestiona todo tipo de religiosidad que no esté cimentada en la gratuidad.  Jesús cuestiona la tradiciones que generan ingratitud, desolación.

Por eso Jesús nos advierte que podemos destruir la realidad cuando no somos capaces de aceptar que somos frágiles, que necesitamos de ese conocimiento interno del Señor para rehacer juntos en equipo la gratuidad que nos hace acogedores y constructores de espacios de respiro especialmente a los huérfanos de este tiempo, a las viudas.  Jesús cuestiona la soberbia, el mal orgullo de los fariseos. Los fariseos son los  que cuestionan y señalan y acudan con el dedo, es más,  condenan al pobre al inocente. Por eso Jesús no tiene reparo en llamarlos «hipócritas»  El apóstol Santiago nos dice «aceptemos la Palabra pero no nos limitemos sólo a escucharla hay que ponerla en práctica. 

En conclusión,  la pureza que Dios quiere está en relación directa con el deseo de Dios que implica redimir al género humano.  Lo que más arriba ya habíamos indicado. Los buenos propósitos surgen cuando vamos creciendo en intimidad con el Señor. Esta intimidad genera el deseo del discernimiento que nos permite ver a Dios en toda la creación y así se generen espacios de fe y de justicia que no es otra cosa que prolongar en la historia humana el deseo de Dios:  que nadie, que ninguno de los pequeñitos de esta historia se pierda.  Ese es el fruto,  los buenos propósitos.  Hacer en la realidad desde el discernimiento lo que predicamos con las palabras.

P. Quique S.J.

 

Close
Close