P. CARLOS CARDÓ S.J.

Comentario al evangelio del domingo

Carlos Cardó S.J.

VI Domingo de Pascua (Ciclo B) Jn 15, 9-17    Permanezcan en mi amor    Carlos Cardó SJ

El domingo pasado veíamos que Jesús es la vid y nosotros los sarmientos. Una sola vida, una sola planta, una misma savia y unos mismos frutos. En el mismo clima de intimidad de su última cena, Jesús insiste en el tema del permanecer: “Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes. Permanezcan en mi amor”.

Tenemos aquí lo más medular del evangelio de Juan y de sus cartas: la revelación de Dios amor (1 Jn 4,8.16). Dios es amor quiere de­cir que todo su ser consiste en amarnos; no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa. Todo tiene su fundamento en el amor infinito, que es Dios. Y nuestra vida, que él crea y conduce amorosamente es la gloria de Dios, según la inspirada frase de San Ireneo: «la gloria de Dios es el hombre vivo». O como decía San Clemente de Alejandría: Dios creó al hombre no porque tuviera necesidad de él, sino para tener en quien poner sus beneficios.

No hay cosa que trans¬forme más la vida de una persona que el saberse amada de verdad. Si creemos que Dios nos ama con todo su ser, que no piensa sino en nuestro bien, que es incapaz de cas¬tigar, que lo único que quiere es ayudarnos a realizarnos como personas y ser felices, nuestra vida ciertamente resultará distinta

Creados por ese amor, elegidos en ese amor (Yo los he elegido – 15,16) y obedientes a él (Esto es lo que les mando: ámense los unos a los otros – 15,17), damos fruto abundante y duradero (15,16). Quien orienta así su vida a impulsos del amor experimenta además la alegría de Jesús: “Les he dicho esto para que participen en mi alegría, y su alegría sea completa” (v.11).  Nada puede hacer más feliz que sentirse sostenido por el amor de Dios y corresponder a él con el amor de acogida y servicio a los demás. Entonces, la misma relación con Dios cambia, se vuelve confianza plena. Lo dice Jesús: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando. Ya no los llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. Los llamaré amigos porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre” (v.14-15).  El discípulo, convertido en amigo de Jesús, transforma sus relaciones con Dios, con los prójimos y consigo mismo. “En el amor no hay lugar para el temor. Al contrario, el amor perfecto destierra el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no ha logrado la perfección del amor” (1 Jn 4,18).

Quizá los cristianos de hoy pensamos poco en la alegría de Jesús y no hemos aprendido a «disfrutar» de la vida, siguiendo sus pasos. Sus llamadas a buscar la felicidad verdadera se han perdido en el vacío tal vez porque seguimos obstinados en pensar que el camino más seguro de encontrarla es el que pasa por el poder, el dinero o el sexo.

Pero no nos creemos estas buenas noticias, nos cuesta entender que Dios nos ame de manera tan incondicional y desinteresada, sin restricción, sin necesidad. No lo entendemos porque nos dejamos influir por la mentalidad del interés y conquista, de rivalidad y competencia, que hace nuestras relaciones agresivas, celosas e interesadas. Por eso, nos cuesta imaginar un amor absolutamente limpio, generoso y desinteresado. Trasladamos eso a Dios y nuestra actitud con él se pervierte: imaginamos a Dios como un patrón exigente, un legislador, un juez; todo, menos un padre/madre que nos ama con amor incondicional.

Al mismo tiempo –lo sabemos bien-, nuestro interior suele estar cargado de imágenes y sentimientos de obligación y culpabilidad, de auto-exigencias e imperativos ciegos que, en vez de orientar nuestra conciencia hacia la libertad responsable, la vuelven egocéntrica y temerosa. A partir de ahí, proyectamos lo religioso como el campo del deber, no de la gratuidad del amor, de la ley y no del Espíritu que hace libres, de la culpa y no del encuentro personal con Dios que nos ama tal como somos y nos invita a dejarnos transformar por su mismo amor. Nuestro discurso religioso se carga de ley, de obligación y de culpa: Debemos cumplir con Dios, tenemos la obligación de ir a misa, debemos guar­dar los mandamientos. Dios queda allá, distante, imposi­tivo y exigente; y nosotros aquí, so­metidos y expectantes, esperando el premio o temiendo el castigo. Nos hemos hecho un Dios a nuestra imagen, ajeno totalmente al Dios de Jesús que es amor, ternura y misericordia infinita.

Algo se despierta en nosotros cuando escuchamos las palabras de Jesús: les he hablado a ustedes «para que participen de mi gozo, y su gozo sea completo». Nuestra alegría es frágil, pequeña y está siempre amenazada. Pero algo grande se nos promete. Poder compartir la alegría misma de Jesús. Su alegría puede ser la nuestra.

Podemos decir, pues, que el progreso en la vida cristiana consiste en ir aprendiendo a creer en el amor de Dios. Lo dijo Jesús a la Samaritana: “¡Si conocieras el don de Dios…! Dice San Clemente Romano: “No es posible decir a qué alturas nos puede llevar el amor. El amor nos une a Dios; el amor «cubre multitud de pecados» (1P 4,8), el amor lo aguanta todo, lo soporta todo (1Co 13,7). El amor conduce a la perfección a los elegidos de Dios y, sin él, no hay nada que agrade a Dios. Por el amor, el Maestro nos atrae hacia él. Por su amor a nosotros, Jesucristo nuestro Señor, según la voluntad de Dios, derramó su sangre por nosotros, ofreció su carne por nuestra carne, entregó su vida por nuestras vidas” (Primera epístola a los Corintios, 49).

No hay cosa que trans­forme más la vida de una persona que el saberse amada de verdad. Si creemos que Dios nos ama con todo su ser, que no piensa sino en nuestro bien, que es incapaz de cas­tigar, que lo único que quiere es ayudarnos a realizarnos como personas y ser felices, nuestra vida ciertamente resultará distinta.

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