Autobiografía de Ignacio

PRESENTACIÓN

Se da el nombre de Autobiografía al relato –no propiamente escrito por San Ignacio- que reproduce fielmente sus palabras. Siendo Ignacio de edad avanzada y con su salud muy quebrantada, algunos de sus primeros compañeros le instaron a que les narrara “el modo como Dios le había dirigido desde el principio de su conversión, a fin de que aquella relación pudiese servirnos a nosotros de testamento y de enseñanza paterna”.

Como buen vasco, Ignacio era poco amigo de hablar mucho de sí mismo y de sus cosas. Por eso, reiteradamente se excusó alegando que no se lo permitían sus ocupaciones. Así, durante cuatro años se resistió a hacerlo. Finalmente llamó un día al P. González de Cámara y comenzó a contarle los pormenores de su vida, quien luego inmediatamente los escribía. El mismo González de Cámara anota: «el modo que el Padre tiene de narrar es el que tiene en todas las cosas, que es con tanta claridad, que parece que hace al hombre presente todo lo que es pasado, y con esto no era menester preguntarle nada». La narración fue interrumpida en varias oportunidades y por largo tiempo; la última conversación tuvo lugar en octubre de 1555. Y se detiene antes de la aprobación de la Compañía de Jesús, quizá porque el relato ya les era conocido.

Los Ejercicios Espirituales -libro compuesto sin pretensiones literarias o estéticas y no para ser leído sino vivido- constituyen uno de esos escritos que «hacen época» y trasciende la propia experiencia de su autor. El haber sido editado más de 4.500 veces, en las más diversas lenguas, y el haber sido puesto en práctica por millones de personas, así lo atestigua.

Pero antes que un libro, los Ejercicios fueron una vivencia, una praxis; e Ignacio su primer ejercitante. Por eso está pensado como una guía práctica -al modo de un método para aprender música o hacer gimnasia-  “para se exercitar».

En esta edición que presentamos (valiéndonos del trabajo realizado por los jesuitas chilenos del Centro Ignaciano) nos hemos tomado dos libertades que redundarán en una más fácil lectura para nuestros contemporáneos, especialmente para los laicos, menos versados en la literatura eclesiástica del siglo XVI:

– Ponemos en primera persona lo que Ignacio, en su Autobiografía, narró en tercera persona. De esta forma se hacen más cercanas su persona y sus vivencias.

– Además, por presentar el lenguaje del siglo XVI algunas dificultades para el lector moderno, ponemos en lenguaje contemporáneo lo que podía entorpecer la lectura. Sin descuidar la fidelidad a la narración original y conservando su sabor primitivo.

Confiamos en que un mejor conocimiento de Ignacio de Loyola, y la experiencia personal de los Ejercicios Espirituales, favorezcan el cambio de vida de la persona, estimulen su compromiso en la transformación de la sociedad, y contribuyan a la Nueva Evangelización del continente latinoamericano.

Centro de Espiritualidad Ignaciana

“Ignacio Huarte, SJ”

 CAPITULO I

 

1.Juventud de San Ignacio. La herida de Pamplona. – 2. Es trasladado a Loyola, donde se somete con gran fortaleza a una dolorosísima operación. – 3. Recibe los Sacramentos. En la víspera de los Santos Pedro y Pablo empieza a experimentar una mejoría. 4 -5. Quiere que se le corte un hueso deforme. En su convalecencia lee libros piadosos. 6-12. Es agitado por diversos espíritus.

  1. Hasta los 26 años de edad fui hombre dado a las vanidades del mundo; y principalmente me deleitaba en ejercicios de armas, con un deseo grande y vano de ganar honra. Y así, estando en una fortaleza que los franceses combatían, y siendo todos del parecer de entregarse y salvar sus vidas, ya que veían claramente que no se podían defender, le di tantas razones al «alcaide» que lo persuadí a seguir defendiéndose… aunque contra el parecer de todos mis compañeros, alentados con mi ánimo y esfuerzo. Y llegado el día que se esperaba el ataque, me confesé con uno de mis compañeros de armas. Y después de durar un buen rato el ataque, una «bombarda» me alcanzó en una pierna quebrándomela entera y, como la bala pasó entre ambas piernas, la otra también quedó mal herida.
  2. Y así, al caer yo, los de la fortaleza se rindieron luego a los franceses, los cuales, después de haberse apoderado de ella, a mí que estaba herido me trataron muy bien, cortés y amigablemente. Y después de haber estado doce o quince días en Pamplona, me llevaron en una litera a mi tierra. Hallándome -en ésta- muy mal, y llamando a todos los médicos y cirujanos de muchas partes, juzgaron que la pierna debía nuevamente ajustarse, poniendo de nuevo los huesos en sus sitios. Decían que por haber estado mal puestos la otra vez, o por haberse zafado en el camino, estaban fuera de su lugar, y así no podía sanar. Y se hizo de nuevo esta carnicería; en ella, así como en todas las otras que antes había soportado y después soporté, nunca hablé palabra, ni mostré otra señal de dolor que apretar mucho los puños.
  3. Y seguía aún empeorando, sin poder comer y con los demás síntomas que suelen ser señal de muerte. Al llegar el día de San Juan, confiando muy poco los médicos en mi recuperación, me aconsejaron que me confesara; y así, recibiendo los sacramentos, la víspera de San Pedro y San Pablo dijeron los médicos que, si hasta la media noche no sentía mejoría, podía dárseme por muerto. Yo, solía ser devoto de San Pedro; y así quiso nuestro Señor que aquella misma media noche comenzara a sentirme mejor y la mejoría fue progresando tanto que, de ahí a algunos días, se juzgó que estaba fuera de peligro de muerte.
  4. Y viniendo ya los huesos a soldarse unos con otros, me quedó debajo de la rodilla un hueso como cabalgando sobre otro, por lo cual la pierna quedaba más corta; y quedaba ahí el hueso tan levantado que era cosa fea, lo que no podía tolerar, porque estaba decidido a seguir el mundo y juzgaba que aquello me afearía; consulté a los cirujanos si se podía cortar, y ellos dijeron que bien se podía cortar, pero que los dolores serían mayores que todos los que había pasado, por estar aquello ya sano y porque se necesitaba tiempo para cortarlo. Con todo, determiné martirizarme por mi propio gusto, aunque mi hermano mayor se espantaba y decía que tal dolor él no se atrevería a sufrir; pero yo lo sufrí con la acostumbrada paciencia.
  5. Y cortada la carne y el hueso que allí sobraba, se procuró usar remedios para que la pierna no quedase tan corta. Y me pusieron muchas «unturas» y la estiraron continuamente con instrumentos: los que por muchos días me martirizaron. Pero nuestro Señor fue dándome salud; y fui sintiéndome muy bien, estando sano en todo lo demás sólo no pudiendo sostenerme bien sobre la pierna; por eso estaba obligado a quedarme en el lecho. Y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen l1amar «de caballerías», al sentirme bien pedí que me dieran algunos para pasar el tiempo. Pero en esa casa no se halló ninguno de los que yo solía leer. Así. me dieron un «Vita Christi» – Vida de Cristo – y un libro de la vida de los Santos.
  6. Leyéndolos muchas veces, algún tanto me aficionaba a lo que allí estaba escrito; pero dejándolos de leer, algunas veces me detenía a pensar en las cosas que había leído, y otras veces en las cosas del mundo en que antes solía pensar. Y de muchas vanidades que se me ofrecían, una se apoderaba tanto de mi corazón que después me quedaba embelesado pensando en ella dos, tres y cuatro horas sin sentirlo, imaginando lo que tendría que hacer en servicio de una dama; los medios que tomaría para poder ir al lugar donde ella estaba, los piropos y las palabras que la diría, los hechos de armas que haría en su servicio. Y estaba con esto tan envanecido que no miraba lo imposible que era poder lograrlo, porque la tal dama no era de una vulgar nobleza, como condesa o duquesa, sino que de un estado mucho más elevado que ninguno de éstos.
  7. A pesar de todo, nuestro Señor me socorría haciendo que, a esos pensamientos sucedieran otros que nacían de las cosas que leía. Porque, leyendo la vida de nuestro Señor y de los Santos[1], me detenía a pensar, razonando conmigo mismo: ¿qué sería si yo hiciese esto que hizo San Francisco, y esto que hizo Santo Domingo? Y así discurría por muchas cosas que hallaba buenas, proponiéndome siempre a mi mismo cosas dificultosas y graves; las cuales cuando me las proponía, me parecía hallar en mi facilidad para ponerlas en obra. Mi modo de discurrir era decirme: «Santo Domingo hizo esto, pues yo lo tengo que hacer»; San Francisco hizo esto, pues yo lo tengo que hacer». Estos pensamientos también duraban un buen rato y, después de interpuestas otras cosas, volvían los pensamientos del mundo antes descritos, y en ellos también me detenía largo tiempo. Y esta sucesión de pensamientos tan diversos me duró harto, deteniéndome siempre en el pensamiento que tomaba; fuese de aquellas hazañas mundanas que deseaba hacer, o de estas obras de Dios que se presentaban a mi fantasía, hasta que, ya cansado, lo dejaba y atendía otras cosas.
  8. Había todavía esta diferencia: que cuando pensaba en aquello del mundo, me deleitaba mucho; pero cuando ya cansado, lo dejaba, me hallaba seco y descontento; y cuando pensaba en ir a Jerusalén descalzo y no comer sino hierbas y en hacer todos los demás rigores que veía que habían hecho los Santos, no solamente me consolaba cuando estaba en tales pensamientos, sino que aun después de dejarlos quedaba contento y alegre. Pero no me fijaba en eso ni me detenía a ponderar tal diferencia, hasta el momento en que una vez se me abrieron un poco los ojos y empecé a maravillarme de esta diferencia y a reflexionar sobre ella, comprendiendo por experiencia que unos pensamientos me dejaban triste y otros alegre, y poco a poco llegando a conocer la diversidad de espíritus[2] que me agitaban: uno del demonio y el otro de Dios.
  9. Este fue mi primer discurrir sobre las cosas de Dios. Después, cuando hice los Ejercicios, comencé a recibir claridad sobre la diversidad de espíritus[3]. Y adquiriendo no poca luz de este aprendizaje, comencé a pensar más en serio en mi vida pasada y en cuánta necesidad tenía de hacer penitencia por ella. Y aquí se me presentaban los deseos de imitar a los Santos, no considerando más circunstancias sino comprometerme para hacerlo así con la gracia de Dios, como ellos lo habían hecho. Pero todo lo que deseaba hacer, en cuanto sanara, era ir a Jerusalén – como se dijo antes – con tantas disciplinas y tantas abstinencias como las que un ánimo generoso, encendido en amor de Dios, suele desear hacer.
  10. Ya se me iban olvidando los pensamientos pasados con estos santos deseos que tenía, los cuales se confirmaron con una visión, de esta manera. Estando una noche despierto, vi claramente una imagen de nuestra Señora con al santo Niño Jesús, con cuya vista, que duró largo rato, recibí una consolación muy excesiva quedando con tanto asco de toda la vida pasada – especialmente de las cosas carnales – que me parecía habérseme quitado del alma todas las imágenes que antes tenia pintadas en ella. Así, desde aquella hora hasta agosto del 1553, en que esto escribo, nunca más tuve ni un mínimo consentimiento en cosas de carne; y por este efecto se puede juzgar que la cosa fue de Dios[4], aunque no me atrevía a asegurarlo y me limitaba a afirmar lo ya dicho. Pero tanto mi hermano como todos los demás de la casa, fueron conociendo, por mi conducta exterior, el cambio que interiormente en mi alma había ocurrido.
  11. No preocupándome de nada, perseveraba en la lectura y en mis buenos propósi­tos; y el tiempo que con los de casa conversaba, todo lo gastaba en cosas de Dios, con lo cual hacía provecho a sus almas. Y gustándome mucho aquellos libros, me vino al pensamiento sacar algunas cosas resumidas más esenciales de la vida de Cristo[5] y de los Santos; y así me puse a escribir un libro con mucha diligencia, puesto que ya comenzaba a levantarme un poco y andar por casa, poniendo las palabras de Cristo con tinta roja, las de nuestra Señora con tinta azul. Y el papel era lustroso y con rayas y la letra era buena, porque era muy buen «escribano». Parte del tiempo lo gastaba en escribir y parte en oración, y la mayor consolación que recibía era mirar el cielo y las estrellas, lo que hacía a menudo y durante largo tiempo, porque con eso sentía en mí una gran fuerza para servir a nuestro Señor. A menudo pensaba en mi proyecto, deseando estar ya sano del todo para ponerme en camino.
  12. Reflexionando sobre lo que haría al regresar de Jerusalén a fin de vivir siempre en penitencia, se me presentaba la idea de meterme en la Cartuja de Sevilla, sin decir quién era para que me tuviesen en menos, y allí no comer nada más que hierbas. Pero cuando nuevamente pensaba en las penitencias que andando por el mundo de Dios deseaba hacer, el deseo de entrar en la Cartuja se me enfriaba, temiendo no poder llevar a la práctica el odio que contra mí mismo había concebido. Sin embargo, a un criado de la casa que iba a Burgos le pedí que se informara sobre la Regla de la Cartuja y la información así lograda me pareció bien. Pero por la razón antes dicha, y porque estaba todo embebido en el viaje que pensaba pronto emprender, y aquello no iba a tratarse sino después del regreso, no me preocupaba tanto de eso; más aún, hallándome ya con algunas fuerzas, me pareció llegado el tiempo de partir y a mi hermano le dije: «Señor, el duque de Nájera – y Virrey de Navarra – ya está enterado, como sabéis, de que me encuentro bien. Será bueno que vaya a Navarrete, donde estaba entonces el duque». Mi hermano, como algunos de casa, sospechaba que yo quería hacer un cambio grande. Me llevó a una pieza y después a otra, y con muchas ponderaciones empezó a rogarme que no me echara a perder, que considerara cuánta esperanza tenía en mí la gente y en mis cualidades, y otras palabras semejantes con el fin, todas ellas, da apartarme del buen deseo que tenía. Mi respuesta consistió en escabullirme de mi hermano, pero sin apartarme de la verdad porque de ello tenía ya gran escrúpulo.

CAPITULO II

  1. Sale San Ignacio de Loyola; visita el santuario de Nuestra Señora de Aránzazu; se dirige a Navarrete; despide a los criados que le habían acompañado. – 14-15. Se encuentra con un moro, con el cual disputa sobre la virginidad de María Santísima. – 16. Compra un traje de peregrino. – 17 – 18. En Montserrat hace confesión general y vela las armas en el altar de Nuestra Señora. Se dirige a Manresa.
  2. Y así, cabalgando en una mula, otro hermano quiso ir conmigo hasta Oñate, y en el camino lo persuadí que debíamos tener una vigilia en nuestra Señora de Aránzazu. Haciendo ahí oración aquella noche, para cobrar nuevas fuerzas para mi camino, al hermano lo dejé en Oñate en casa de una hermana que iba a visitar, y yo me fui a Navarrete. Y viniéndome a la memoria de que en casa del duque me debían unos pocos ducados, me pareció bien cobrarlos, para lo cual escribí unas letras al tesorero. Este dijo que no tenía dineros pero, al saberlo el duque, dijo que podían faltar para todo pero que para Loyola no faltase, a quien deseaba dar una buena «tenencia» – cargo de teniente -, si yo quisiese aceptarla, por el crédito que había ganada en lo pasado. Cobré los dineros, mandándoles repartir entre algunas personas con las que me sentía obligado; y una parte, para una imagen de nuestra Señora que estaba en mal estado, para que se reparara y adornara muy bien. Y así despidiéndome de los dos criados que iban conmigo, partí solo en mi mula, de Navarrete a Montserrat.
  3. En este camino me sucedió algo que convendrá escribir, para que se entienda cómo nuestro Señor trataba a esta alma mía que aún estaba ciega, aunque tenía grandes deseos de servirlo en todo lo que conociese; y así determiné hacer grandes penitencias, no puesta tanto la mira en satisfacer por mis pecados, como en agradar y contentar a Dios. Tenía tanto aborrecimiento a los pecados pasados y un deseo tan vivo de hacer cosas grandes por amor de Dios que, sin tomar en cuenta que estaban perdonados mis pecados, en las penitencias que hacía tampoco me acordaba mucho de ellos. Y así, cuando me acordaba de hacer alguna penitencia hecha por los Santos, me proponía hacer la misma y aún más. Y en estos pensamientos tenía toda mi consolación, no fijándome en ninguna cosa interior ni sabiendo qué era humildad, ni caridad, ni paciencia, ni discreción para regular o medir dichas virtudes: toda mi intención era más bien hacer grandes acciones externas, porque así las habían hecho los Santos para gloria de Dios, sin considerar otra circunstancia más particular.
  4. Ahora bien, yendo de camino, me alcanzó un moro montado en un mulo. Nos pusimos a hablar y llegamos al tema de Nuestra Señora. El moro decía que estaba de acuerdo en que la Virgen había concebido sin hombre, pero que no podía creer que había quedado virgen al parir, dando para esto las razones o causas naturales que a él se le ocurrían. Y esa opinión, por muchas razones que le di, no pude desbaratar. Así, el moro se adelantó con tanta prisa que lo perdí de vista, quedándome yo sin saber qué hacer referente a lo que me había pasado con el moro. En esto me vinieron unas mociones que producían descontento en mi alma[6], pareciéndome que no había cumplido con mi deber; y también me causaban indignación contra él, pareciéndome que había hecho mal en consentir que un moro dijera tales cosas de Nuestra Señora, y que estaba obligado a salir en defensa de su honra. Y me venían ganas de ira buscar al moro y darle de puñaladas por lo que había dicho. Durando mucho la lucha de estos deseos, al final quedé dudoso, sin saber lo que estaba obligado a hacer. El moro, que se había adelantado, me había dicho que se iba a un lugar que estaba más adelante, en el mismo camino, muy cerca del camino real, el cual sin embargo no pasaba por el lugar.
  5. Después, ya cansado de examinar lo que convendría hacer y no hallando nada cierto como para decidirme, determiné lo siguiente: dejar ir la mula con la rienda suelta hasta el lugar donde se dividían los caminos; si la mula tomaba el camino de la villa, yo buscaba al moro y le daría de puñaladas, pero si la mula no iba hacia la villa sino por el camino real, lo dejaría tranquilo. Y actuando como lo pensé, Nuestro Señor quiso que, aunque la villa estaba a poco más de treinta o cuarenta pasos y el camino que a ella iba era muy ancho y bueno, la mula tomó el camino real y dejó el de la villa.

Al llegara un pueblo grande antes de Montserrat, quise comprar allí la vestimenta que había determinado usar y con la que iría a Jerusalén. Para eso compré tela de la que suelen hacer sacos, de una que no está muy tejida y tiene muchas púas. En seguida mandé hacerme un vestido largo hasta los pies, comprando un bastón y una calabacita, y lo puse todo adelante en el arzón de la mula. También compré unas esparteñas – alpargatas – de las que sólo llevé una, por la simple razón de que llevaba una pierna toda ligada con una venda y algo maltratada, tanta que,. aunque iba a caballo, cada noche la encontraba hinchada: me pareció que este pie tenía que ir calzado.

  1. Me fui por el camino de Montserrat, pensando – como siempre solía – en las hazañas que había de hacer por amor de Dios. Pero como tenía la mente llena de aquellas cosas como el Amadís de Gaula y libros semejantes, se me ocurría pensar en cosas parecidas a aquéllas. Y así decidí velar mis armas toda una noche, sin sentarme ni acostarme, sino a ratos de pie y a ratos de rodillas, delante del altar de Nuestra Señora de Montserrat, donde había determinado dejar mis vestimentas revistiéndome de las armas de Cristo.

Partí pues de este lugar y, según costumbre, fui pensando en mis proyectos o propósitos. Llegado a Montserrat, después de hacer oración y de ponerme de acuerdo con el confesor, hice por escrito mi confesión general, la que duró tres días. Y me puse de acuerdo con él para que mandara a recoger la mula y para que la espada y el puñal colgaran en la iglesia en el altar de Nuestra Señora. Y este fue el primer hombre al que manifesté mi determinación porque hasta entonces no se la había manifestado a ningún confesor.

  1. La víspera de Nuestra Señora de Marzo en la noche, el año 1522, lo más secretamente que pude, me fui donde un pobre y despojándome de todas mis vestimentas se las di, revistiéndome con mi deseado vestido, y fui a hincarme de rodillas ante el altar de Nuestra Señora permaneciendo ahí toda la noche, unas veces de esa manera y otras en pie con mi bordón en la mano. Al amanecer partí, y para no ser conocido, me fui, no por el camino derecho de Barcelona donde hallaría a muchos que me conociesen y honrasen, sino que me desvié a un pueblo llamado Manresa, decidido a quedarme algunos días en un hospital, anotando también algunas cosas en el libro que llevaba muy guardado y con el que iba muy consolado. Estando ya a una legua de Montserrat, me alcanzó un hombre que venía con mucha prisa en mi seguimiento, quien me preguntó si yo le había dado unos vestidos a un pobre, como éste decía. Respondiendo que si, se me saltaron las lágrimas de los ojos, por compasión del pobre al que había dado los vestidos, ya que entendía que lo vejaban al pensar que los había robado. Con todo, no obstante lo mucho que huía de la estimación, no pude quedarme mucho tiempo en Manresa sin que las gentes dijeran grandes cosas, a partir de lo ocurrido en Montserrat. Luego creció la fama de decir más de lO que era: que había dejado tanta renta. etc.

CAPITULO III

  1. Vida penitente de Ignacio en Manresa. Se le aparece en el aire una extraña visión. – 20-21. Empieza a ser agitado por diversos espíritus. – 22-25. Padece una grave tempestad de escrúpulos. – 26 -33. Recobra la calma anterior; es enseñado por Dios; recibe frecuentes ilustraciones divinas y favores celestiales. La eximia ilustración. – 34. Padece una grave enfermedad: mitiga los rigores de su penitencia. – 35-37. Se dirige a Barcelona, donde prepara el viaje a Italia.
  2. En Manresa pedía limosna todos los días. No comía carne ni bebía vino, aunque me lo dieran. Los domingos no ayunaba y bebía un poco de vino si melo daban. Y porque me había preocupado mucho, como en ese tiempo se acostumbraba, de cuidar de mi cabello, llevándolo bien, decidí dejarlo así no más, según su naturaleza, sin peinarlo ni cortarlo ni cubrirlo con ninguna cosa, ni de noche ni de día. Y por la misma razón dejé que me crecieran las uñas de pies y manos, ya que también de esto me había antes preocupado. Estando en este hospital, aconteció que muchas veces, en día claro, veía una cosa en el aire, junto a mí, la que me daba mucha consolación porque era muy sumamente hermosa. No distinguía bien de qué cosa era la visión, pero de algún modo me parecía que tenía forma de serpiente, y tenía muchas cosas que resplandecían como ojos, aunque no lo eran. Yo me deleitaba mucho y me consolaba viendo eso, y cuantas más veces la veía, tanto más crecía mi consolación y cuando aquello desaparecía, me disgustaba.
  3. Hasta este tiempo, siempre había perseverado casi en un mismo estado interior, con una igualdad grande de alegría, sin tener ningún conocimiento de cosas espirituales internas. Los días que duraba aquella visión, o un poco antes que comenzare – porque ella duró muchos días – me vino un pensamiento fuerte que me inquietó, porque representaba lo difícil que era mi vida, como si dentro del alma me dijeran: ¿Y cómo podrás tú aguantar esta vida que has decidido vivir durante setenta años? Sintiendo que provenía del Enemigo[7], – el Diablo – le respondí también interiormente con gran fuerza: ¡Oh, miserable! ¿Me puedes prometer acaso una hora de vida? Y así vencí la tentación y quedé quieto. Y esta fue la primera tentación que me vino después de lo arriba dicho. Y esto ocurrió al entrar en una iglesia en la que oía cada día la Misa mayor, las Vísperas y las Completas; todo cantado, sintiendo en ello gran consolación, ordinaria­mente leyendo la Pasión durante la Misa y procediendo siempre de igual modo.
  4. Pero poco después de la susodicha tentación, empecé a tener grandes «varieda­des» en mi alma, hallándome a veces tan desabrido, que ni hallaba gusto en el rezar, ni en el oir la Misa, ni en ninguna otra oración que hiciera, pero otras veces ocurría algo tan distinto y tan repentino, que parecía que se me habían quitado la tristeza y la desolación, como se le quita a uno la capa de los hombros. Y aquí empecé a espantarme de estas «variedades» que nunca antes había experimentado, y a decirme a mi mismo: ¿Qué nueva vida es ésta que ahora comenzamos?[8]. En ese tiempo todavía conversaba algunas veces con personas espirituales que me apreciaban y deseaban hablar conmigo. Porque, aunque no tenía conocimientos de cosas espirituales, sin embargo al hablar demostraba mucho fervor y mucha voluntad de ir adelante en el servicio de Dios. En aquel tiempo había en Manresa una mujer anciana y muy antigua también como sierva de Dios, conocida como tal en muchas partes de España, tanto que el Rey Católico la había llamado una vez para comunicarle algunas cosas. Tratando un día con el nuevo soldado de Cristo, esa mujer me dijo: «¡Oh! Quiera mi Señor Jesucristo aparecerse a ti un día!». Pero yo me espanté de esto, tomando la cosa como en serio: «¿Cómo va a aparecerse a mí Jesucristo?». Perseveraba siempre en mis confesiones acostumbradas y en mis comuniones de cada domingo.
  5. Pero sucedió que comencé a tener muchos trabajos de escrúpulos. Porque, aunque la confesión general que había hecho en Montserrat había sido hecha con mucha diligencia y toda por escrito – como se dijo -, todavía me parecía a veces no haber confesado algunas cosas, y esto me afligía mucho; porque, aunque confesaba aquello, no quedaba satisfecho. Así empecé a buscar algunos hombres espirituales para que me curaran de mis escrúpulos, pero nada me ayudaba. Por fin un doctor de la Seo, hombre muy espiritual que allí predicaba, me dijo un día en la confesión que escribiera todo lo que pudiera recordar. Así lo hice y, después de confesado, todavía me volvían los escrúpulos afinándose cada vez más las cosas; de manera que me encontraba muy atribulado. Aunque casi sabía que esos escrúpulos me hacían mucho daño -, y que convendría quitármelos, con todo no podía lograrlo. A veces pensaba que un remedio consistiría en que mi confesor me ordenara en nombre de Jesucristo de no confesar ninguna de las cosas pasadas, y así deseaba que el confesor me lo ordenare, pero no me atrevía a decírselo.
  6. Ahora bien, sin que yo se lo dijera, el confesor vino a mandarme que no confesare ninguna de las cosas pasadas, a no ser que fuera algo muy claro. Pero como para mí todas esas cosas eran muy claras, esta orden suya no me servía para nada, y así quedaba yo siempre aproblemado. Por aquel tiempo estaba en una camarilla que me habían dado los dominicos en su monasterio, y perseveraba en mis siete horas de oración de rodillas, levantándome continuamente a media noche, y en todos los demás ejercicios ya dichos; pero en todos ellos no hallaba ningún remedio para mis escrúpulos, que ya llevaban muchos meses atormentándome. Una vez que me tuvieron muy atribulado, me puse en oración y, enfervorizado por ella, comencé a decirle a Dios a gritos: «Socórreme, Señor, que no hallo ningún remedio en los hombres ni en ninguna criatura; si pensara poder hallarlo, ningún trabajo me sería grande. Muéstrame tú, Señor, dónde encontrarlo; que aunque fuera necesario ir en pos de un perrillo para que me diere el remedio, lo haré».
  7. Estando en esos pensamientos, muchas veces me venían violentas tentaciones con gran ímpetu de arrojarme a un gran agujero que había en ese cuarto y que estaba junto al lugar donde hacía oración. Pero, sabiendo que era pecado matarse, volvía a gritar «Señor, no haré cosa que te ofenda», y repetía estas palabras, así como las anteriores, numerosas veces. Así me vino a la mente la historia de un santo que, para alcanzar de Dios algo que mucho deseaba, estuvo muchos días sin comer, hasta que lo alcanzó. Mientras pensaba en esto un buen rato, al fin me determiné hacerlo, diciéndome a mí mismo que ni comería ni bebería hasta que Dios me proveyese, o hasta que me viese ya del todo cercano a la muerte; porque si me ocurriera hallarme «in extremis», de modo que si no comiera moriría luego, sólo entonces decidiría pedir pan y comer; ¡como si pudiere yo ya en ese extremo pedir algo de comer!
  8. Esto sucedió un domingo después de haber comulgado. Perseveré toda la semana sin meter nada en la boca, no dejando de hacer los acostumbrados ejercicios, hasta el de ir a los oficios divinos y el de hacer mi oración de rodillas incluso a media noche, etc. Mas al llegar el siguiente domingo y tener que ir a confesarme como a mi confesor solía decirle muy en detalle lo que hacía, le dije también cómo aquella semana no había comido nada. El confesor me mandó que rompiese esa abstinencia; y aunque yo me hallaba con fuerzas, con todo obedecí al confesor; y ese día y el siguiente estuve libre de escrúpulos. Pero el tercer día, que era martes, estando en oración, comencé a acordarme de mis pecados; y, como cosas que se van «enhilando», iba pensando de pecado en pecado del tiempo pasado, pareciéndome que estaba obligado a confesarlos otra vez. Pero al final de esos pensamientos, me vinieron unos disgustos de la vida que llevaba, con impulsos a dejarla: y con esto quiso el Señor que despertare como de un sueño. Y como ya tenía alguna experiencia de la diversidad de espíritus con las lecciones que Dios me había dado, empecé a reflexionar por qué medios había venido aquel espíritu. Así determiné, con gran claridad, no confesar más ninguna de las cosas pasadas; y así, desde aquel día en adelante, quedé libre de aquellos escrúpulos[9], teniendo por cosa cierta que Nuestro Señor había querido librarme por su misericordia.
  9. Además de las siete horas de oración, me ocupaba ayudando espiritualmente a algunas almas que ahí iban a buscarme, destinando el resto del día a pensar en cosas de Dios, lo que ese día había meditado o leído. Mas, cuando iba a acostarme, a menudo me venían grandes «noticias» y consolaciones espirituales, de modo que me hacían perder gran parte del tiempo que tenía destinado para dormir, que no era mucho. Reflexionando a veces sobre esto, vine a pensar que tenía un tiempo determinado para tratar con Dios, y después todo el resto del día; y de ahí que empezare a dudar si aquellas «noticias» vendrían del buen espíritu, llegando en mí mismo a la conclusión de que era mejor dejarlas y dormir el tiempo destinado; y así lo hice.
  10. Perseverando en la abstinencia de no comer carne, y estando tan firme en ella que por nada pensaba cambiar, un día, a la mañana ya levantado, se me presentó delante carne para comer, como que la viese con los ojos del cuerpo, sin haberla antes de ningún modo deseado, viniéndome una gran inclinación de la voluntad para en adelante comerla; y aunque recordaba mi anterior propósito, no podía dudar de ello, sino decidir que debía comer carne. Contándoselo después a mi confesor, éste me decía que viera si aquello no era acaso una tentación; pero habiéndolo examinado bien, nunca pude dudar de ello[10]. En ese tiempo Dios me trataba de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole. Y – ya sea por mi rudeza y tosco ingenio, o porque no tenía quién me enseñara, o por la firme voluntad que el mismo Dios me había dado pare servirlo – claramente juzgaba y siempre he juzgado que Dios me trataba de esa manera. Más aún, si dudare de esto, pensaría que estaba ofendiendo a su Divina Majestad. Y algo de esto se puede ver por los cinco puntos siguientes.
  11. Primero. Tenía mucha devoción a la Santísima Trinidad, por lo que hacía cada día oración a las Tres Personas separadamente. Y haciéndola también a la Santísima Trinidad como Unidad, me hacía la pregunta de cómo hacía a la Trinidad cuatro oraciones. Pero ese pensamiento me causaba poco o ningún problema, como algo de poca importancia. Estando un día rezando en las gradas del mismo monasterio las Horas de Nuestra Señora, empezó a elevárseme el entendimiento, como que veía a la Santísima Trinidad en figura de tres teclas, y esto con tantos sollozos y lágrimas, que nada podía hacer. Y yendo aquella mañana en una procesión que de allí salía ya no pude retener más las lágrimas hasta la hora de comer; y después de comer no podía dejar de hablar sino de la Santísima Trinidad con muchas y muy diversas comparaciones y con mucho gozo y consolación. De modo que me ha quedado esta impresión, toda la vida, de sentir gran devoción al hacer oración a la Santísima Trinidad[11].

29          Segundo. Una vez se me representó en el entendimiento – con gran alegría espiritual – la manera que había tenido Dios de crear el mundo[12]; me parecía ver algo blanco de donde salían algunos rayos, y que de ella Dios hacía la luz. Pero, ni sabía explicar esas cosas, ni me acordaba del todo bien de aquellas «noticias» espirituales que en aquellos tiempos imprimía Dios en mi alma.

Tercero. En la misma Manresa, donde estuve casi un año, después que empecé a ser consolado por Dios y vi el fruto que hacía en las almas tratándolas, dejé esas exageraciones que de antes tenía; ya me cortaba las uñas y los cabellos. Así que, estando en este pueblo en la iglesia de dicho monasterio oyendo Misa un día, y alzándose el «Corpus Domini» (o sea, la Hostia consagrada), vi con los ojos interiores unos como rayos blancos que venían de arriba; y aunque esto, después de tanto tiempo no lo puedo bien explicar, sin embargo lo que vi con el entendimiento, claramente, fue cómo estaba en aquel Santísimo Sacramento, Jesucristo Nuestro Señor.

Cuarto. Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración, vela con los ojos interiores la humanidad y la figura de Cristo que me parecía era como un cuerpo blanco, no muy grande ni muy pequeño, mas no veía ninguna distinción de miembros. Vi esto en Manresa muchas veces; si dijese que veinte o cuarenta, no me atrevería a juzgar que eso era mentira. Otra vez lo vi estando en Jerusalén y, otra vez, caminando junto a Padua. También he visto a Nuestra Señora, en semejante forma, sin distinguir las partes. Esas cosas que vi me confirmaron entonces y me dieron tanta confirmación de la fe, siempre, que muchas veces he pensado en mí mismo: si no hubiese Escritura que nos enseñase estas cosas de la fe, yo me decidiría a morir por ellas, solamente porque lo he visto.

  1. Quinto. Una vez iba por devoción a una iglesia, que estaba a poco más de una milla de Manresa, que creo se llama San Pablo, y el camino va junto al río, y yendo así en mis devociones me senté un rato con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado, se me empezaron a abrir los ojos del entendimiento; no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales como de cosas de la fe y de letras; y eso con una ilustración tan grande que todas las cosas me parecían nuevas. Y no se puede declarar las cosas puntuales que entendí entonces, aunque fueron muchas, sino que recibí una grande claridad en el entendimiento, de manera que en todo el transcurso de mi vida, hasta pasados sesenta y dos años, juntando todas cuantas ayudas haya tenido de Dios y todas cuantas cosas he sabido, aunque las junte todas en una, no me parece haber alcanzado tanto como en aquella sola vez. Y quedé con el entendimiento en tal grado ilustrado, que me parecía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto distinto que el de antes.
  2. Después que eso duró un buen rato, fui a hincarme de rodillas ante una cruz que estaba allí cerca, a dar gracias a Dios; y allí se me apareció esa visión que muchas veces se me aparecía y nunca la había conocido; a saber, aquella cosa que arriba se dijo, que me parecía muy hermosa, con muchos ojos. Pero vi bien, estando delante de la cruz, que no tenía aquella cosa tan hermosa el color que solía tener; y tuve un muy claro conocimiento, con gran asentimiento de la voluntad, que aquél era el demonio[13]; y así después de muchas veces, por mucho tiempo, solía aparecérseme y yo, a modo de menosprecio, lo desechaba con un bastón que solía traer en la mano.
  3. Estando enfermo una vez en Manresa, con una fiebre muy alta llegué a punto de muerte, claramente juzgando que el alma se me había de salir luego. Y en esto me venía un pensamiento que me decía que yo era santo[14], lo que me causaba gran disgusto y repugnancia, por lo que ponía mis pecados delante; y con este pensamiento tenía más angustia que con la misma fiebre; pero no podía vencer el tal pensamiento, por mucho que trabajaba por vencerlo. Cuando me alivié un poco de la fiebre, no estando en aquel extremo de expirar, empecé a dar grandes gritos a unas señores que habían venido a visitarme: que por amor de Dios, cuando otra vez me viesen en punto de muerte, que me gritaran con grandes voces llamándome pecador y diciéndome que me acordara de las ofensas que había hecho a Dios.
  4. Otra vez, viniendo de Valencia para Italia por mar, con mucha tempestad, se le quebró el timón a la nave, y la cosa llegó a tal punto que – a juicio mío y de muchos que venían en la nave – naturalmente no se podía huir de a muerte. Entonces, examinándome bien y preparándome para morir, no podía tener temor de mis pecados ni de ser condenado; en cambio, tenía gran confusión y dolor, por juzgar que no había empleado bien los dones y gracias que Dios Nuestro Señor me había comunicado.

Otra vez, el año 50, estuve muy mal con una enfermedad muy grave que – a juicio mío y aun de muchos – se tenía por la última. Entonces, pensando en la muerte, tenía tanta alegría y tanta consolación espiritual por tener que morir, que me derretía todo en lágrimas; y esto llegó a ser tan continuo, que muchas veces dejaba de pensar en la muerte, para no tener tanto de aquella consolación.

  1. Llegado el invierno, me enfermé gravemente y, pare curarme, la ciudad me puso en una casa del padre de un tal Ferrera, que después fue empleado de Baltasar de Faría. Ahí me curaban con mucha diligencia; y por la devoción que ya me tenían muchas señoras principales, venían a velarme de noche. Rehaciéndome de esa enfermedad, quedé todavía muy debilitado y con frecuente dolor de estómago. Y así por esas causas, como por ser el invierno muy frío, me hicieron abrigarme, calzarme y cubrirme la cabeza; me hicieron tomar dos «ropillas pardillas» de paño muy grueso, y un bonete de lo mismo como media gorra. Y en ese tiempo había muchos días en que estaba muy ávido de platicar de cosas espirituales y de hallar personas que fuesen capaces de ello. Y así iba llegando el tiempo en que tenía pensado para partir a Jerusalén.

35         Así fue como al principio del año 23 partí a Barcelona para embarcarme. Y aunque se me ofrecían algunos pare acompañarme, no quise ir sino solo, ya que todo el asunto ere tener a solo Dios por refugio. Y así – un día, a unos que mucho me instaban porque no sabia yo la lengua italiana ni la latina – para que tomase un compañero, diciéndome cuánto me ayudaría y ponderándomelo mucho, yo dije que, aunque fuese hijo o hermano del duque de Cardona, no iría en su compañía. Porque deseaba tener tres virtudes: caridad, fe y esperanza. Y, llevando un compañero, cuando tuviera hambre, esperaría ayuda de él; y cuando cayera, que me ayudaría a levantarme; y así confiaría en él y por estas razones le cobraría amistad; pero esta confianza, amistad y esperanza la quería tener en solo Dios. Y lo que decía de esta manera, lo sentía así en mi corazón. Y con estos pensamientos tenía deseos de embarcarme, no solamente solo, mas sin ninguna previsión. Empezando a negociar la embarcación, logré del maestro de la nave que me llevare gratis, pues no tenía dinero, pero con la condición de que había de llevar en la nave algún «bizcocho», o alimentación, para mantenerme; de otra manera, por ningún motivo me recibirían.

  1. Queriendo conseguir alimentos, me vinieron grandes escrúpulos: ¿Esta es la esperanza y la fe que tú tenias en Dios, que no te faltaría?, etc.; lo que se me venía con tanta fuerza, que me daba gran preocupación. Al fin, no sabiendo qué hacer porque de ambas partes veía razones válidas, decidí ponerme en manos de mi confesor, al que le declaré cuánto deseaba seguir la perfección y lo que fuese de mayor gloria de Dios, y las causas que me hacían dudar sí debiera llevar provisiones. El confesor resolvió que pidiera lo necesario y lo llevara conmigo; y pidiéndole a una señora, ella me preguntó para dónde me quería embarcar. Estuve dudando un poco si se lo diría; y al final no me atreví a decirle más, sino que venía a Italia y a Roma. Ella como espantada, dijo: «¿A Roma queréis ir’? Pues los que van allá no sé cómo vuelven» (queriendo decir que en Roma se aprovechaba poco de cosas del espíritu. Y la causa por la que no osé decir que iba a Jerusalén fue por temor de la vanagloria; este temor tanto me afligía, que nunca me atreví a decir de qué tierra ni de qué familia era. Al fin, habiendo conseguido las provisiones, me embarqué. Pero estando en la playa con cinco o seis «blancas» (moneda de la época) de las que me habían dado pidiendo por las puertas – porque de esta manera solía yo vivir – las dejé en un banco que hallé ahí junto a la playa[15].

37         Me embarqué, después de estar en Barcelona poco más de 20 días. Estando todavía en Barcelona, antes de embarcarme, según mi costumbre buscaba personas espirituales, aunque estuviesen en ermitas lejos de la ciudad, para tratar con ellas. Mas ni en Barcelona ni en Manresa, durante todo el tiempo que allí estuve, pude hallar personas que me ayudaren tanto como yo deseaba; solamente en Manresa aquella mujer de que arriba se dijo, la que decía que rogaba a Dios que se me apareciera Jesucristo; esta sola me parecía que entraba más en las cosas espirituales. Y así, después que partí de Barcelona, perdí totalmente esta ansia de buscar personas espirituales.

APITULO IV

38-39. Desembarca en Gaeta y emprende el camino hacia Roma. – 40-41.         Recibida la bendición del Papa Adriano VI, parte para Venecia. – 42-43. Es acogido con benevolencia por un español. Obtiene pasaje gratuito para Tierra Santa; sale para Chipre; corrige los abusos que se cometían en la nave. –  44-48. Llega a Jerusalén y visita con gran devoción los Santos Lugares. No consigue permiso para quedarse, y se ve obligado a regresar a Europa.

  1. Tuvimos tan fuerte viento de popa, que llegamos desde Barcelona hasta Gaeta en cinco días con sus noches, aunque con harto temor de todos a causa de la violenta tempestad. Aunque en toda aquella tierra se temía el contagio de la peste, en cuanto desembarqué comencé a caminar hacia Roma. De aquellos que venían en la nave, se me juntaron como compañía: una madre con una hija que traía vestida como muchacho, y otro joven. Estos me seguían porque también mendigaban. Llegados a un caserío, hallamos un gran fuego y muchos soldados junto a él, los que nos dieron de comer y nos daban mucho vino, invitándonos de manera que parecía con intención de emborrachamos. Después nos apartaron, poniendo la madre y la hija arriba en un cuarto, y a mí con el joven en un establo. Pero cuando vino la media noche, oí que allá arriba se daban grandes gritos. Levantándome para verlo que pasaba, hallé a la madre y a la hija abajo en el patio muy llorosas, lamentándose que las querían forzar. Me vino con esto un ímpetu tan grande que empecé a gritar diciendo: «¿Esto se ha de tolerar?» y quejas semejantes. Las decía con tanta vehemencia, que quedaron espantados todos los de la casa, sin que ninguno me hiciese mal alguno. El joven había ya huido; y los otros tres empezamos a caminar así de noche.

39         Llegados a una ciudad que estaba cerca, la hallarnos cerrada; no pudiendo entrar, pasamos los tres aquella noche en una iglesia que allí encontramos. A la mañana, no nos quisieron abrir la ciudad, y fuera de ella no hallábamos limosna, aunque fuimos a un castillo que parecía cerca de allí, en el cual me encontré muy débil, tanto por los problemas de la navegación como por lo demás. No pudiendo caminar más, me quedé allí; y la madre y la hija se fueron hacia Roma. Aquel día salió de la ciudad mucha gente; y enterándome que venía allí la dueña de la tierra, me puse delante, diciéndole que estaba enfermo de pura falta de fuerzas y que le pedía que me dejara entrar en la ciudad para buscar algún remedio. Ello lo concedió fácilmente. Y empezando a mendigar, recibí muchos «cuatrines» -(moneditas de escaso valor) – y, rehaciéndome allí dos días, torné a proseguir mi camino y llegué a Roma el domingo de Ramos.

  1. Ahí todos los que me hablaban, sabiendo que no llevaba dinero para ir a Jerusalén, empezaron a disuadirme, afirmando con muchas razones que era imposible hallar pasaje sin dinero; pero yo tenía una gran certeza en mi alma y no podía dudar, sino que había de hallar modo para ir a Jerusalén. Habiendo recibido la bendición del Papa Adriano VI, partí después para Venecia, ocho o nueve días después de Pascua de Resurrección. Llevaba todavía seis o siete ducados, que me habían dado para el pasaje de Venecia a Jerusalén y los había aceptado, vencido en parte por los temores que me ponían de no poder viajar de otra manera. Pero dos días después de haber salido de Roma, empecé a pensar que aquello había sido por desconfianza que había tenido, y me pesó mucho haber tomado los ducados y pensaba si no sería bueno dejados[16]. Mas al fin decidí gastarlos generosamente entre los que se presentaban, que ordinariamente eran pobres. Y lo hice de manera que, cuando después llegué a Venecia, no me quedaban más que algunos «cuatrines» que aquella noche me fueron necesarios.
  2. Todavía en este camino hasta Venecia, por las guardas que eran de pestilencia, dormía junto a los pórticos; y alguna vez me sucedió, al levantarme en la mañana, topar con un hombre el cual, al verme, con gran espanto se puso a huir, porque parece que debía estar viéndome muy demacrado. Caminando así llegué a Choza y, con algunos compañeros que se me habían adjuntado, me enteré que no nos dejarían entrar a Venecia. Los compañeros decidieron ir a Padua para sacar allí certificado de sanidad, y así partí con ellos; mas no pude caminar tanto, porque caminaban muy reciamente y me dejaron casi de noche en una gran campiña. Estando ahí, se me apareció Cristo de la manera como solía aparecérseme – como arriba hemos dicho – y me confortó mucho. Y con esta consolación, al otro día en la mañana, sin adulterar cédula – como creo habían hecho mis compañeros – llegué a la puerta de Padua y entré, sin que los guardianes me preguntaran nada; y lo mismo me sucedió a la salida; de lo que se espantaron mucho mis compañeros, que acababan de sacar certificado para ir a Venecia, de lo que yo no me preocupé.
  3. Llegados a Venecia, vinieron los guardianes a la barca para examinar a todos, uno por uno, de los que había en ella, y a mí solamente me dejaron. Me mantenía en Venecia mendigando y dormía en la plaza de San Marcos. Nunca quise ir a la casa del embajador del emperador, ni hacer diligencia especial para buscar con qué poder viajar. Tenía una gran certeza en mi alma que Dios me ayudaría para ir a Jerusalén; y eso me confirmaba tanto, que no podían hacerme dudar ninguna de las razones y miedos que me proponían. Un día me encontré con un hombre rico español y me preguntó lo que hacía y dónde quería ir. Al saber mi intención, me llevó a comer a su casa y ahí me tuvo algunos días hasta que se arregló la partida. Yo tenía esta costumbre ya desde Manresa, que cuando comía con algunos, nunca hablaba en la mesa, salvo responder brevemente; más estaba escuchando lo que se decía y eligiendo algunas cosas de las que pudiera tomar ocasión de hablar de Dios; lo hacia acabada la comida.
  4. Esa fue la causa por la que este hombre de bien, con toda su familia, tanto se aficionaron de mí que me quisieron retener y me forzaron a estar en su casa, y el mismo huésped me llevó al duque de Venecia, y me consiguió entrada y audiencia. El duque oyó a este «peregrino» y ordenó que me diesen embarcación en la nave de los gobernadores que iban a Chipre.

Aunque aquel año habían venido muchos peregrinos para ir a Jerusalén, la mayoría de ellos habían vuelto a sus tierras por la situación que se había sucedido de la toma de Rodas hecha por los turcos el año anterior, 1522. Aun así, había trece en la nave peregrina que partió primero, y ocho o nueve que quedaban para la de los gobernadores. Estando ésta para partir, le viene a nuestro «peregrino» una grave enfermedad con mucha fiebre, y, después de haberme tenido mal algunos días, la fiebre me dejó, y la nave partía el día en que yo había tomado una purga. Preguntaron los de la casa al médico si podría embarcarme para Jerusalén, y el médico dijo que, para allá ser sepultado, bien podría embarcarme. Pero me embarqué y partí aquel día, vomitando tanto que me hallé muy aliviado y comencé del todo a sanar. En esa nave se hacían algunas suciedades y torpezas manifiestas, las que yo reprendía con severidad.

  1. Los españoles que allí iban me amonestaban que no lo hiciese, porque trataban los de la nave de dejarme en alguna isla. Mas quiso nuestro Señor que llegáramos pronto a Chipre, donde, dejada aquella nave, nos fuimos por tierra a otro puerto que llaman las Salinas, que estaba diez leguas de ahí. Subimos a la nave peregrina, en la que tampoco metí más para mi mantenimiento que la esperanza que llevaba en Dios, como había hecho en la otra. En todo ese tiempo, se me aparecía muchas veces nuestro Señor, el cual me daba mucha consolación y bríos; además, me parecía que veía una cosa redonda y grande, como si fuese de oro; así se me representaba.

Después de partidos de Chipre, llegamos a Jaifa. Caminando hacia Jerusalén en nuestros asnillos – como se acostumbra -, antes de llegar a Jerusalén a unas dos millas, un español noble, al parecer, llamado por nombre Diego Manes, dijo con mucha devoción a todos los peregrinos que, pues de ahí a poco habían de llegar al lugar donde se podría ver la santa ciudad, que sería bueno que todos pusieran orden en sus conciencias, y que fuesen en silencio.

  1. A todos pareció bien, cada uno se empezó a recoger, y un poco antes de llegar al lugar donde se veía la ciudad, nos apeamos, porque vimos los frailes con la cruz que nos estaban esperando. Al ver la ciudad, tuve una gran consolación y, según los otros decían, fue universal en todos, con una alegría que no parecía natural. La misma devoción sentí siempre en las visitas a los lugares santos. Mi firme propósito era quedarme en Jerusalén, visitando siempre aquellos lugares santos, aunque también tenía propósito – además de esta devoción – de ayudar a las almas. Para este efecto traía cartas de recomendación para el Guardián, las que le entregué, planteándole mi intención de quedarme allí por propia devoción, pero no le dije la segunda parte, que también quería aprovechar a las almas, porque eso a ninguno lo decía, mientras lo primero muchas veces lo había manifestado. El Guardián me respondió que no veía cómo pudiese quedarme, porque la casa estaba tan necesitada que no podía mantener a los frailes, y por esa causa estaba decidido a enviar a algunos con los peregrinos de vuelta a estas partes. Yo le respondí que no quería ninguna cosa de la casa, sino solamente que, cuando algunas veces yo viniera a confesarme, me oyesen en confesión. Y con esto, el Guardián me dijo que, siendo así, se podría hacer, pero que esperase hasta que llegara el Provincial que creo que era la máxima autoridad de la Orden en aquella tierra, el cual estaba en Belén.
  2. Me aseguré con esta promesa y empecé a escribir cartas a Barcelona para personas espirituales. Teniendo ya escrita una y estando escribiendo la otra, la víspera de la partida de los peregrinos, me vienen a llamar de parte del Provincial y del Guardián, porque aquél había llegado. El Provincial me dice con buenas palabras cómo había sabido mi buena intención de quedar en aquellos lugares santos, y que había bien pensado la cosa, y que, por la experiencia que tenía de otros, juzgaba que no convenía. Porque otros habían tenido aquel deseo, y a uno lo habían apresado, el otro había muerto: y después la Orden franciscana quedaba obligada a rescatar a los presos. Por lo tanto, que me preparare para irme al otro día con los peregrinos. Yo respondí que tenía este propósito muy firme y que juzgaba por ninguna cosa dejarlo de poner por obra; dando honestamente a entender que, aunque al Provincial no le pareciere, si no fuese cosa que me obligase bajo pecado[17], yo no dejaría mi propósito por ningún temor. A esto dijo el Provincial que ellos tenían autoridad de la Sede Apostólica para hacer salir de allí, o quedar allí, a quien les pareciese, y para poder excomulgar a quien no les quisiese obedecer, y que en este caso juzgaban que yo no debía quedarme, etc.
  3. Y queriéndome mostrar las bulas por las cuales me podían excomulgar, le dije que no era menester verlas, que les creía a sus reverencias, y, pues que así juzgaban con la autoridad que tenían, yo les obedecería. Y acabado esto, volviendo a donde antes estaba, me vino un gran deseo de volver a visitar el monte Olivete antes de partir, ya que no era voluntad de nuestro Señor que me quedara en aquellos santos lugares. En el monte Olivete hay una piedra, desde la cual subió nuestro Señor a los cielos, y se ven, aún ahora, las pisadas impresas; y esto es lo que yo quería volver a ver. Y así, sin decir ninguna cosa ni tomar guía (porque los que van sin un turco por guía corren gran peligro) me escabullí de los otros y me fui solo al monte Olivete. Y no me querían dejar entrar los guardias. Les di un cuchillo que llevaba, y – después de haber hecho mi oración con harta consola­ción – me vino deseo de ir a Betfagé; estando allá, volví a acordarme que no había mirado bien, en el monte Olivete, de qué parte estaba el pie derecho, o de qué parte el izquierdo. Y tornando allá, creo que di las tijeras a los guardias para que me dejaran entrar.
  4. Cuando en el monasterio se supo que yo había partido así sin guía, los frailes trataron de buscarme; y así, descendiendo yo del monte Olivete, me topé con un cristiano ceñido con un cíngulo, que servía en el monasterio; el cual, con muestra de grande enojo hacia gestos de golpearme con un gran bastón que tenía. Y llegando a mí, me agarró fuertemente del brazo; yo me dejé fácilmente llevar; pero el buen hombre nunca me soltó. Yendo por este camino, así agarrado por el cristiano del cíngulo, tuve de Nuestro Señor gran consolación, me parecía que veía a Cristo siempre sobre mí. Y esto duró siempre hasta que llegué al monasterio, con gran abundancia.

CAPITULO V

  1. Regresando de Palestina pasa por Chipre, y después de superar una fuerte tempestad, desembarca en Venecia. – 50-53. Decide ir a Barcelona para estudiar. Camino de Génova pasa por Ferrara y atraviesa los campamentos de tropas imperiales y francesas. Preso como espía, es injuriado y se le representa Jesucristo. Se embarca para Barcelona.
  2. 49. Partimos al otro día y, llegados a Chipre, los peregrinos nos separamos en diversas naves. Había en el puerto tres o cuatro naves que iban a Venecia: una era de los turcos y otra un navío muy pequeño. La tercera una nave muy rica y poderosa de un hombre rico veneciano. Al patrón de ésta le pidieron algunos peregrinos que quisiese llevarme a mí, «el peregrino»; mas él, como supo que yo no tenía dineros, no quiso, aunque muchos se lo rogaron, recomendándome, etc. Y el patrón respondió que, si yo era santo, que viajase como viajó Santiago y cosas parecidas. Esos mismos intercesores lo lograron muy fácilmente del patrón del pequeño navío. Partimos un día con próspero viento por la mañana y, a la tarde, se descargó una tempestad, con lo que se separaron unas de otras, y la grande naufragó junto a las mismas islas de Chipre. Sólo la gente se salvó; y la nave de los turcos se perdió, y toda la gente con ella en la misma tormenta. El navío pequeño pasó mucho peligro, y al fin llegaron a tocar una tierra de la Apulia, esto en la fuerza del invierno. Hacía grandes fríos y nevaba, y este peregrino no llevaba más ropa que una tela gruesa hasta la rodilla, y las piernas desnudas, con zapatos, y un «jubón» de tela negra abierto con muchas cuchilladas por la espalda, y una ropilla corta de poco pelo.
  3. Llegué a Venecia a mediados de enero del año 1524, habiendo estado en el mar desde Chipre todo el mes de Noviembre y Diciembre y lo que era pasado de Enero. En Venecia me hallé uno de aquellos dos que me habían acogido en su casa antes de que partiera para Jerusalén, dándome una limosna de 15 ó 16 «julios» – (moneda antigua italiana de plata) – y un pedazo de paño, del cual hice muchos dobleces y lo puse sobre el estómago, por el gran frío que hacía.

Después que yo entendí que era voluntad de Dios que no me quedara en Jerusalén, siempre iba pensando en mí mismo qué debía hacer, y al fin me inclinaba más por estudiar algún tiempo para poder ayudar a las almas, y decidía irme a Barcelona. Así partí de Venecia para Génova. Estando un día en Ferrara en la iglesia principal, cumpliendo con mis devociones, un pobre me pidió limosna, y yo le di un «marquete», que es moneda de 566 cuatrines. Después de aquél vino otro, y le di otra monedilla que tenía algo mayor. Y al tercero, no teniendo sino «julios», le di un julio. Y como los pobres veían que daba limosna, no hacían sino venir, y así se me acabó todo el dinero que traía. Y al fin vinieron muchos pobres juntos a pedir limosna, a los que respondí que me perdonasen, pero no tenía nada más.

  1. Y así partí de Ferrara para Génova. Hallé en el camino a unos soldados españoles, que aquella noche me trataron bien y se espantaron mucho cómo hacía aquel camino, porque era menester pasar casi por medio de entre ambos ejércitos: franceses y españoles. Estaban en guerra el emperador Carlos V y el rey de Francia, Francisco I, que se disputaban el ducado de Milán; y me rogaban que abandonase la vía real y que tomase otro camino más seguro que me mostraban.

Pero yo no seguí su consejo, sino continuando mi camino derecho, topé con un pueblo quemado y destruido y así, hasta la noche, no hallé quien me diese nada para comer. Pero cuando se puso el sol, llegué a un pueblo cercano, y los guardias me detuvieron luego, pensando que sería espía, por lo que me metieron en una casucha junto a la puerta y empezaron a examinarme, como se suele hacer cuando hay sospechas, Yo respondí a todas las preguntas que no sabia nada. Me desnudaron y hasta los zapatos me escudriñaron, y todas las partes del cuerpo, para ver si llevaba alguna carta. No pudiendo saber nada por ninguna forma, me agarraron para que fuese al capitán; que él me haría hablar. Pidiendo yo que me llevasen cubierto con mi ropilla, no quisieron dármela, y me llevaron así, con la tela y «jubón» arriba mencionados.

  1. En esta ida tuve como la representación de cuando llevaban a Cristo[18], aunque no fue visión como las otras. Y fui llevado por tres calles grandes; iba sin ninguna tristeza, antes con alegría y contentamiento. Yo tenía la costumbre de hablarle a cualquier persona que fuese, por «vos», tenia esta devoción pensando que así hablaban Cristo y los apóstoles, etc. Yendo así por esas calles, me pasé por la mente que seria mejor dejar aquella costumbre en aquel trance y tratar de «señoría» al capitán, y esto con algunos temores de tormentos que podían darme, etc. Mas conocí que era tentación. Puesto que es así, me dije, no lo trataré de «señoría» ni le haré reverenda.
  2. Llegamos al palacio del capitán y me dejan en una sala baja y, después de un rato, me habla el capitán. Y yo, sin hacer ninguna cortesía, respondo pocas palabras y con notable espacio entre una y otra. El capitán me tuvo por loco y así lo dijo a los que me trajeron: «este hombre no tiene seso, dadle lo suyo y echadlo fuera».

Salido de palacio, hallé a un español que allí vivía, el que me llevó a su casa y me dio con que desayunase y todo lo necesario para aquella noche. Partido a la mañana, caminé hasta la tarde, cuando me vieron dos soldados que estaban en una torre y bajaron a tomarme preso. Llevándome al capitán, que era francés, me preguntó entre otras cosas de qué tierra era; entendiendo que era de Guipúzcoa, me dijo: «yo soy de allí cerca», parece ser junto a Bayona; y luego dijo: «llevadlo y dadle de cenar y dadle un buen trato». En este camino de Ferrara a Génova me pasaron muchas otras cosas. Al fin llegué a Génova, donde me conoció un vizcaíno que se llamaba Portundo, que en otras ocasiones me había hablado cuando yo servía en la corte del rey católico. Este me hizo embarcar en una nave que iba a Barcelona, en la que corrí mucho peligro de ser apresado por Andrea Doria, que nos dio caza, y en ese tiempo peleaba en favor de Francia.

CAPITULO VI

54-55. En Barcelona comienza sus estudios y tiene que vencer algunas dificultades que se le presentan. – 56-57. Se dirige a Alcalá para estudiar filosofía y teología. – 58-59. Se ocupa en dar los ejercicios y en declarar la doctrina cristiana. Es sometido a proceso. –  60-62. Es encarcelado y después dejado en libertad. – 63. Sale de Alcalá en dirección de Valladolid y Salamanca.

  1. Llegado a Barcelona comuniqué a Isabel Roser mi inclinación de estudiar con un maestro Ardévol que enseñaba gramática. A ambos pareció muy bien, ofreciéndose para enseñarme gratuitamente, y ella, para dar lo que fuese menester para mi sustento. Yo tenía en Manresa un fraile (creo que de San Bernardo), hombre muy espiritual, con el cual deseaba tratar para que me ayudare, para poder darme más cómodamente al espíritu y aprovechar a las almas. Y así respondí que aceptaba el ofrecimiento, si no hallase en Manresa la facilidad que esperaba. Pero habiendo ido allá, me encontré con que el fraile había muerto, lo que me hizo volver a Barcelona, donde comencé a estudiar con harta diligencia. Mas una cosa me impedía aprovechar, y era que, cuando comenzaba a estudiar los principios de la gramática, me venían muchas luces de cosas espirituales y nuevos gustos; y esto en tal grado, que no podía estudiar. Aunque trataba de resistir, no podía desprenderme de ello.
  2. Y así, pensando muchas veces sobre esto, me decía a mi mismo: ni cuando me pongo en oración ni estoy en Misa me vienen estas ilustraciones tan vivas; por lo cual poco a poco vine a conocer que aquello era tentación[19]. Después de hecha oración me fui a Santa María de la Mar, junto a la casa del maestro, rogándole que me quisiese escuchar un poco en aquella iglesia. Y así, sentados, le declaro fielmente todo lo que pasaba por mi alma, y cuán poco había aprovechado hasta entonces por aquella causa. Más aún, le prometía que nunca dejaría de escucharlo estos dos años, mientras en Barcelona hallare pan y agua con que poder mantenerme. Como hice esta promesa con mucha firmeza, nunca más tuve aquellas tentaciones. El dolor de estómago, que me vino en Manresa – por causa del cual usé zapatos – se me pasó, hallándome bien del estómago desde que partí a Jerusalén. Por esta causa, estando en Barcelona estudiando, me vino el deseo de volver a las pasadas penitencias, y así empecé a hacer un agujero en las suelas de los zapatos. Los iba ensanchando poco a poco, de modo que, cuando llegó el frío del invierno, ya no traía sino la parte de arriba de ellos.
  3. Acabados dos años de estudiar, en los cuales – según me decían – había aprovechado harto, mi maestro me dijo que ya estaba capacitado para estudiar Arte y que me fuera a Alcalá. Pero todavía quise que me examinare un doctor en teología, el que me aconsejó lo mismo. Y así partí solo a Alcalá, aunque ya tenía algunos compañeros, según creo. Llegado a Alcalá, empecé a mendigar y a vivir de limosnas. Y después, de allí a diez o doce días viviendo de esta manera, un día un clérigo, y otros que estaban con él, viéndome pedir limosna, empezaron a reírse de mí y a decirme algunas injurias, (como suele hacerse con los que, estando sanos, mendigan). Y pasando en ese momento el encargado del hospital nuevo de la Antezana, mostrando pesar por aquello, me llevó al hospital, en el que me dio un cuarto y todo lo necesario.
  4. Estudié en Alcalá casi un año y medio. Porque el año 1524, en Cuaresma, llegué a Barcelona, donde estudié dos años. El año 1526 llegué a Alcalá donde estudié cursos de Domingo Soto, y Física de Alberto Magno, y la Teología de Pedro Lombardo el Maestro de las Sentencias. Estando en Alcalá, también daba ejercicios espirituales y explicaba la doctrina cristiana, con lo cual hacía fruto a gloria de Dios. Muchas personas hubo que llegaron a tener hartos conocimientos y gusto de cosas espirituales; y otras tenían varias tentaciones. Como una que, queriéndose azotar, no lo podía hacer, corno si le sujetasen la mano y otras cosas semejantes que daban que hablar en el pueblo, máxime por los muchos que concurrían en dondequiera explicaba yo la doctrina.

Luego de arribar a Alcalá, tomé contacto con D. Diego de Eguía, el cual estaba en casa de su hermano que hacía trabajos de imprenta en Alcalá y tenía medios suficientes. Así me ayudaban con limosnas para ayudar pobres y mantenía a los tres compañeros de este «peregrino» en su casa. Una vez, cuando fui a pedirle limosna para algunas necesidades, D. Diego dijo que no tenía dineros, pero abrió un arca en que tenía diversas cosas, y sí me dio cubrecamas de diversos colores, y algunos candelabros y otras cosas semejantes, las cuales todas, envueltas en una sábana, me las eché a la espalda y fui a aliviar a los pobres[20].

  1. Como arriba se dijo, había muchos comentarios por toda aquella tierra de las cosas que se hacían en Alcalá, hablando unos a favor y otros en contra. Y llegó la cosa hasta Toledo, a los inquisidores. Cuando éstos llegaron a Alcalá, el huésped de ellos me avisó, diciéndome que nos llamaban los del «sayal», y creo que también los «alumbra­dos», y que habían de hacer carnicería en nosotros.

Y así empezaron pronto a hacer indagación y proceso de nuestra vida, y al fin se volvieron a Toledo sin llamarnos, ya que vinieron por aquel solo motivo; y dejaron el proceso al vicario Figueroa (que ahora está con el emperador). Este, de ahí a algunos días, nos llamó y nos dijo cómo habían hecho indagación y proceso de nuestra vida los inquisidores, y que no se hallaba ningún error en nuestra doctrina ni en nuestra vida y que, por lo tanto, podíamos hacer lo mismo que hacíamos sin ningún impedimento. Pero que, no siendo nosotros religiosos, no parecía bien que anduviéramos todos con un hábito; que estaría bien – y que él lo ordenaba – que nosotros dos, «el peregrino» y Arteaga, tiñésemos de negro nuestras ropas; de café, los otros dos, Calixto y Cáceres; y Juanico, que era un adolescente francés, podría quedar así.

  1. Yo le dije que haríamos lo ordenado, pero también dije que no sé qué provecho tienen estas inquisiciones; que a uno no le quiso dar la comunión un sacerdote el otro día porque comulgaba cada ocho días, y a mí me ponían dificultades. Nosotros queríamos saber si nos encontraron alguna herejía. Figueroa dice: «No, porque si la hallaran, os quemarían». Yo le repuse: «También os quemarían a vos, si os hallaren herejía». Teñimos nuestras vestimentas como nos lo ordenaron y, de ahí a quince o veinte días, Figueroa ordenó a este «peregrino» que no anduviere descalzo, sino calzado, lo cual yo hice dócilmente, como solía hacerlo a todas las cosas de esa categoría queme mandaran[21].

De ahí a cuatro meses, el mismo Figueroa volvió a hacer pesquisas sobre nosotros. Y además de las razones acostumbradas, creo fue también el que una mujer casada y «de cualidad» me tenía especial devoción y, para que no la vieran, venia cubierta, como acostumbraban en Alcalá de Henares, entre dos luces, a la mañana, al hospital; y, entrando, se descubría e iba al cuarto de este «peregrino». Pero tampoco esta vez nos hicieron nada, ni aun después del proceso que hicieron nos llamaron ni nos dijeron cosa alguna.

  1. De ahí a otros cuatro meses, en que yo estaba ya en una casa chica, fuera del hospital, un día llega un alguacil a mí puerta y me llama y dice: «Veníos un poco conmigo»… Y dejándome en la cárcel me dice: «No salgáis de aquí hasta que sea ordenada otra cosa». Esto era en tiempo de verano, y había espacio suficiente, así que venían muchos a visitarme, especialmente uno que era sacerdote confesor. Y yo hacía lo mismo que estando libre: enseñaba la doctrina y daba ejercicios. Nunca quise tomar abogado ni procurador aunque muchos se ofrecían. Recuerdo especialmente a doña Teresa de Cárdenas, que me mandó visitar y me ofreció muchas veces sacarme de allí; pero no acepté nada, diciendo siempre: «Aquel, por cuyo amor aquí entré, me sacará, si fuere servido de ello».
  2. Estuve diecisiete días en la prisión, sin que me examinaran ni supiera yo la causa de ello; al fin de los cuales llegó Figueroa a la cárcel, y me examinó sobre muchas cosas, hasta preguntarme si hacia «guardar el sábado». Y si conocía a dos mujeres, que eran madre e hija; a lo que dije que «sí». Y si había sabido, antes de que partieran, que iban a partir en peregrinación, a lo que dije que «no», por el juramento que había hecho. Entonces el vicario, poniéndome la mano en el hombro con muestras de alegría, me dijo: «Esta era la causa porque sois aquí venido».

Entre las muchas personas que seguían a este «peregrino» había una madre y una hija, viudas ambas, y la hija era muy joven y vistosa; las dos habían avanzado mucho espiritualmente, especialmente la hija; tanto que, siendo nobles, habían ido a la Verónica de Jaén a pie, no sé si mendigando, y solas. Esto produjo gran revuelo en Alcalá; y el doctor Ciruelo – que tenía alguna protección sobre ellas – pensó que yo las había inducido, y por eso me mandó apresar. En cuanto comprendí lo que había dicho el vicario, le dije: «¿Queréis que hable un poco más largo sobre esta materia?. Respondió: «si». Estando preso le dije: Habéis de saber que estas dos mujeres muchas veces me han confiado con vehemencia que querían ir por todo el mundo, pare servir a los pobres en unos y otros hospitales, y yo siempre les he desviado de este propósito, por ser la hija tan joven y tan vistosa, etc. y les he dicho que, cuando quisieren visitar a los pobres, podían hacerlo en Alcalá, y que podían ir a acompañar al Santísimo Sacramento. Acabadas estas pláticas, el tal Figueroa se fue con su notado, llevando todo por escrito.

  1. En aquel tiempo estaba Calixto en Segovia, y al enterarse de mi prisión se vino luego, aunque recién convaleciente de una grave enfermedad, y se metió conmigo en la cárcel. Pero yo le dije que sería mejor que fuera a presentarse al vicario; el cual lo trató bien y le dijo que le mandada ir a la cárcel, porque era necesario que estuviera en ella hasta que vinieran aquellas mujeres, para ver si confirmaban lo que yo había dicho. Estuvo Calixto en la cárcel algunos días, mas viendo yo que le hacía mal a la salud, por no estar aún del todo sano, lo hice sacar por medio de un doctor muy amigo mío.

Desde el día en que entré en la cárcel, hasta que me sacaron, pasaron cuarenta y dos días; al fin de los cuales, habiendo ya llegado las dos «devotas», fue el notario a la cárcel a leerme la sentencia: que quedaba libre, que nos vistiéramos como los otros estudiantes y que no habláramos de cosas de la fe hasta que, pasados cuatro años, hubiéramos estudiado más, ya que no teníamos estudios. A la verdad, yo era el que sabía más pero mis conocimientos tenían poca base sólida; y ésta era la primera cosa que solía decir cuando me examinaban.

  1. Con esa sentencia quedé un poco dudoso sobre lo que haría, porque parecía que me cerraban la puerta para aprovechar a las almas, sin darme razón alguna; sólo porque no habíamos estudiado. Decidí al fin ir donde el Arzobispo de Toledo, Fonseca, y poner el asunto en sus manos.

Partí de Alcalá, y hallé al Arzobispo en Valladolid. Contándole fielmente lo que ocurría, le dije que, aunque ya no estaba en su jurisdicción ni estaba obligado a observar la sentencia, sin embargo haría en ello lo que él ordenare (tratándole de «vos», como lo hacía con todos). El Arzobispo me recibió muy bien y, entendiendo que mis deseos eran ir a Salamanca, me dijo que también en Salamanca tenía él amigos y un colegio, todo lo cual me ofreció; y – al salir – me mandó enseguida cuatro escudos.

CAPITULO VII

64-68. Llega a Salamanca y poco después es interrogado por los PP. Domini­cos. – 67-70. Le encarcelan hasta que, reconocida su inocencia, le dejan en libertad, pero poniendo algunas condiciones a su trabajo en bien de las almas.— 71-72. Decide ir a París.

  1. Habiendo llegado a Salamanca, mientras hacía oración en una iglesia, una señora que era conocida del grupo me reconoció – porque los cuatro compañeros ya hacía días que estaban allí – y me preguntó cómo me llamaba, y luego me llevó a la posada de los compañeros.

Cuando en Alcalá dieron sentencia de que nos vistiésemos como estudiantes, dije: «Cuando nos mandaron teñir las vestes, lo habemos hecho; mas ahora esto no lo podemos hacer, porque no tenemos con que comprarlas». Así el mismo vicario nos proveyó de vestiduras y bonetes, y todo lo demás de estudiantes; y vestidos de esta manera partimos de Alcalá.

En Salamanca me confesaba con un fraile de Santo Domingo en el convento de San Esteban; y después de diez o doce días de mi llegada, me dijo un día el confesor «Los Padres de la casa os querían hablar»; y yo repuse: «En nombre de Dios»; y dijo el confesor: Entonces «será bueno que os vengáis acá a comer el domingo; mas de una cosa os aviso, que ellos querrán saber de vos muchas cosas». Y así el domingo llegué con Calixto. Después de comer, el Subprior, en ausencia del Prior, con el confesor y me parece que con otro fraile, se fueron con nosotros a una capilla, y el Subprior, muy afablemente, empezó a decir cuán buenas informaciones tenían de nuestra vida y costumbres, que andábamos predicando como los apóstoles, y que les gustaría informarse más en detalle de esas cosas. Así comenzó a preguntar qué es lo que habíamos estudiado. Yo respondí: «Entre todos nosotros, el que más ha estudiado soy yo»; y le di cuenta claramente de lo poco que había estudiado y con qué poca base.

  1. El dijo: «Entonces, ¿qué es lo que predicáis?». «Nosotros, dije, no predica­mos, sino con algunos, familiarmente, hablamos cosas de Dios; como después de comer, con algunas personas que nos llaman». Dice el fraile: «Mas ¿de qué cosas de Dios habláis? Eso es lo que quisiéramos saber». «Hablamos, dice este peregrino, una vez de una virtud y otra vez de otra, alabando eso, y una vez de un vicio y otra vez de otro, reprendiéndolo». «Vosotros no sois letrados, dice el fraile, y habláis de virtudes y vicios, y de eso nadie puede hablar sino de uno de estos dos modos: por letras, o por el Espíritu Santo. No por letras, luego por el Espíritu Santo. En este punto anduve enojándome, no pareciéndome bien esa manera de argumentar[22]. Después de haber callado un poco, dije que no era menester hablar más de esas materias, instando el fraile: «Pues ahora que hay errores de Erasmo y de tantos otros que han engañado al mundo, ¿no queréis declarar lo que decís?»,
  2. Yo, «el peregrino», dije: «Padre, yo no diré más de lo que he dicho, si no fuese delante de mis superiores, que me puedan obligar a ello». Antes de esto, había preguntado por qué venía Calixto así vestido, con una túnica corta, un gran sombrero en la cabeza, y un bastón en la mano, y unos botines casi hasta media pierna; y por ser muy grande, parecía más deforme. Yo le conté cómo habíamos estado presos en Alcalá y que nos habían mandado vestimos como los estudiantes, y que mi compañero había dado su «leba» (sotana usada por los estudiantes) a un clérigo pobre. Aquí dijo el fraile como entre dientes: «la caridad empieza por uno mismo».

Volviendo pues a nuestra historia, no pudiendo el Subprior sacarme otra palabra fuera de la ya dicha, dice: «Pues quedaos aquí, que bien haremos que lo digáis todo». Así se van todos los frailes con alguna prisa. Pregunté primero si querían que nos quedásemos en esa capilla, o dónde querían que nos quedásemos; el Subprior respondió que nos quedásemos en la capilla. Luego los frailes hicieron cerrar todas las puertas y, según parece, consultaron a los jueces. Con todo, estuvimos los dos en el monasterio tres días, sin que se nos dijese nada de parte de la justicia y comiendo en el refectorio con los frailes. Y nuestro cuarto estaba casi siempre lleno de frailes que venían a vernos, y yo hablaba siempre de lo que solía, de modo que entre ellos había ya como una división, habiendo muchos que se mostraban impresionados; otros no.

  1. Al cabo deles tres días vino un notario y nos llevó a la cárcel y no nos pusieron abajo con los malhechores, sino en un aposento arriba donde, por ser viejo y deshabitado, había mucha suciedad. Y nos pusieron a los dos en una misma cadena, cada uno por su pie. La cadena que tendría 10 ó 13 «palmos» de largo, estaba sujeta a un poste que había al medio de la casa. Y cada vez que uno quería hacer alguna cosa, era menester que el otro lo acompañare. Y toda esa noche la pasamos en vela. Al otro día – como se supo en la ciudad que estábamos presos, – nos mandaron a la cárcel camas pare dormir y todo lo necesario. Muchos venían a visitamos; yo continuaba mis ejercicios de hablar de Dios, etc.

El bachiller Frías (vicario del obispo de Salamanca) llegó a examinamos personalmente, uno por uno, y yo le entregué todos mis papeles, que eran los «Ejercicios», para que los examinaran. Como nos preguntare si teníamos compañeros, dijimos que sí y dónde estaban; y fuego fueron allí por mandato del bachiller y trajeron a la cárcel a Cáceres y Arteaga y dejaron a Juanico, el cual después se hizo fraile. Pero no les pusieron arriba con nosotros, sino abajo, donde estaban los presos comunes. En esta ocasión tampoco quise tomar abogado o procurador.

  1. Y algunos días después fui llamado ante cuatro jueces: los tres doctores, Sanctisidoro, Paravinhas y Frías, y el cuarto, el bachiller Frías; los cuatro ya habían revisado los «Ejercicios». Y me preguntaron muchas cosas, no sólo de los «Ejercicios», sino también de teología; por ejemplo, de la Trinidad y del Sacramento de la Eucaristía: que cómo entendía esos «artículos de fe». Yo hice primero mi introducción. Después, ordenado por los jueces, hablé de tal manera que no tuvieron que reprenderme. El bachiller Frías – que en estos asuntos se había destacado siempre sobre los otros – me preguntó también un caso de derecho canónico y a todo me obligaron a responder, diciendo siempre, antes que nada, que yo no sabia lo que decían los doctores sobre esas materias. Después me mandaron que explicare el primer mandamiento de la manera que solía explicarlo. Me puse a hacerlo, y tanto me detuve y dije tantas cosas sobre el primer mandamiento, que no tuvieron ganas de interrogarme más. Antes de eso, cuando hablaban de los «Ejercicios», insistieron mucho en un solo punto, el que se encontraba al principio de ellos: que cuándo un pensamiento es pecado venial y cuándo es mortal; la cosa era que, porque sin ser letrado, yo determinaba aquello. Yo respondía: «si esto es verdad o no, allá lo determinará; y si no es verdad, condenadlo». Al fin, sin condenar nada, ellos se fueron.
  2. Entre muchos que venían a la cárcel a hablar, vino una vez D. Francisco de Mendoza, que es ahora cardenal de Burgos, según dicen, y, con él, el bachiller Frías. Preguntáronme familiarmente que cómo me hallaba en la prisión y si me pesaba estar preso. Respondí: «Yo responderé lo que respondí hoy a una señora, que decía palabras de compasión, por verme preso: En esto mostráis que no deseáis estar presa por amor de Dios; ¿pues tanto mal os parece que es la prisión? Pues yo os digo que no hay tantos grillos ni cadenas en Salamanca, que yo no desee más por amor de Dios»[23]. Sucedió por entonces que todos los presos de la cárcel huyeron, mas los otros dos que estaban con ellos no huyeron. Y cuando en la mañana los encontraron solos, estando abiertas las puertas, eso causó mucha edificación en todos y dio mucho que hablar en la ciudad, de modo que luego les dieron todo un palacio, que estaba allí al lado, por prisión.
  3. Y a los veintidós días de estar presos, nos llamaron para leernos la sentencia, la cual era que no se hallaba ningún error, ni en nuestra vida ni en nuestra doctrina, de modo que podríamos actuar como hasta ahora, enseñando la doctrina y hablando de cosas de Dios, con tal de no definir nunca que algo es pecado mortal o venial, hasta pasados cuatro años en que hubiésemos estudiado más. Leída esta sentencia, los jueces mostraron mucho amor, como que quisieran que fuese aceptada.

Yo dije que haría todo lo que la sentencia ordenaba, pero que no la aceptaría; pues, sin condenarme en nada, me cerraban la boca para que no ayudase a los prójimos en lo que pudiese. Y por mucho que insté el doctor Frías, que se mostraba muy afectado, no dije más, sino que, en cuanto estuviere en la jurisdicción de Salamanca, haría lo que se me ordenaba. En seguida nos sacaron de la cárcel. Yo empecé a encomendarme a Dios y a meditar qué debería hacer. Hallaba dificultad grande en quedarme en Salamanca porque, para aprovechar a las almas, me parecía tener cerrada la puerta con esta prohibición de no definir pecados mortales y veniales.

  1. Fue así como me determiné ir a estudiar a París. Cuando consultaba en Barcelona si estudiaría y cuánto, todo el asunto era si, después de haber estudiado, entraría a una orden religiosa, o bien andaría así por el mundo. Y cuando me venían pensamientos de entrar en «religión», luego me venía el deseo de entrar en una poco reformada., para poder ahí padecer más; también pensando que quizá Dios les ayudaría. Me daba Dios una gran confianza en que soportaría bien todas las afrentas e injurias que me hicieren.. Como durante la prisión en Salamanca, no me faltaban iguales deseos de aprovechar a las almas y, con esta finalidad, de estudiar primero y juntar a algunos que tuvieran los mismos propósitos, conservando los que ya tenía, decidido a ir a París, me puse de acuerdo con ellos en que esperaran por ahí, mientras iba a ver si podía hallar modo de que ellos estudiaran.
  2. Muchas personas principales intentaron persuadirme con gran fuerza para que no me fuera, pero nunca lo pudieron lograr antes bien, quince o veinte días después de haber salido de la prisión, partí solo, llevando algunos libros en un asnillo; y, llegado a Barcelona, todos los que me conocían me disuadieron de pasar a Francia, por las grandes guerras que había. Y me contaban casos muy especiales, hasta decirme que metían a los españoles en asadores. Pero nunca tuve ningún tipo de temor.

CAPITULO VIII

73-75. En París repite el estudio de las Humanidades. – 76. Se dirige a Flandes y a Inglaterra para buscar limosnas. – 77-78. De la suerte de algunos discípulos espirituales de Ignacio. – 79. Se dirige a Ruán para ayudar a un español. –  80. Fin que tuvieron algunos primeros compañeros de Ignacio. – 81. Es denunciado a la Inquisición. – 82-84. Se dedica a los estudios superiores. Adquiere compañeros. Padece en su salud. Le recomiendan que vaya a su tierra para reponerse. – 85. El voto de Montmartre. – 86. Poco antes de partir se presenta espontáneamente al inquisidor, y a petición de éste, le entrega una copia del libro de los Ejercicios.

  1. Y así partí a París, solo y a pie. Llegué a París por el mes de febrero, poco más o menos: es fue el año de 1528 o de 1527, según cálculo. Cuando estaba preso en Alcalá, nació el príncipe de España (Felipe V nacido en Valladolid el 21 de mayo de 1527) y por este dato se puede calcular todo, aun lo pasado. Me instalé en una casa con algunos españoles, e iba a estudiar «humanidades» en Monteagudo; esto, porque, como me habían hecho avanzar tan rápidamente en los estudios, hallaba que me faltaban muchos fundamentos. Estudiaba con los niños, según el orden y manera que tenían en Paris.

Por una esquela enviada de Barcelona, un mercader me dio veinticinco escudos tan pronto como llegué a París, los que entregué a uno de los españoles de aquella posada para que me los guardara; en poco tiempo los gastó y no tenía con qué pagarme. Así que, pasada la cuaresma, «el peregrino» no tenía nada de ellos, tanto por gastos que yo había hecho como por la causa recién señalada; y me vi obligado a mendigar y aun dejar la casa en que estaba.

  1. Me recogieron en el hospital de Santiago, más allá de los Inocentes. Tenía grande incomodidad para el estudio, porque el hospital estaba bastante alejado del colegio de Monteagudo y era menester, para hallar la puerta abierta, llegar al toque del Avemaría, y salir muy temprano. Consiguientemente, no podía asistir tan bien a los cursos. Otro impedimento era también pedir limosna para mantenerme.

Hacia ya casi cinco años que no tenía dolores de estómago, así que empece a entregarme a mayores penitencias y abstinencias. Pasando algún tiempo en esta vida del hospital y de mendigar, y viendo que aprovechaba poco en los estudios, comencé a pensar qué haría. Y viendo que había algunos que servían en los colegios a algunos «regentes», quedándoles tiempo para estudiar, decidí buscarme un patrón.

  1. Y ésta era la reflexión que me hacia, y mi propósito, en el que hallaba consolación, imaginando que el maestro sería Cristo y a uno de los escolares lo llamaría San Pedro, San Juan a otro, y así a cada uno le daría un nombre de apóstol. Y cuando el maestro me diera órdenes, pensaría que me las daba Cristo y si otro me las diera, pensaría que las daba San Pedro. Me esforcé mucho buscando un patrón, hablándole al bachiller Castro, a un fraile de los Cartujos que conocía muchos, y a otros; pero nunca pudieron encontrármelo.
  2. Finalmente, no hallando solución, un fraile español me dijo que sería mejor que fuera cada año a Flandes, perdiendo dos meses o menos aún, para conseguir con qué poder estudiar todo el año. Y este consejo, habiéndolo encomendado a Dios, me pareció bueno. Y siguiéndolo, cada año traía de Flandes lo suficiente para un buen pasar. Una vez fui también a Inglaterra, y traje más limosna de la que solía los demás años.
  3. La primera vez que volví de Flandes, comencé a darme, con más intensidad de lo que solía, a conversaciones espirituales y casi al mismo tiempo daba «ejercicios» a tres, a saber: a Peralta, y al bachiller Castro que estaba en Sorbona, y a un vizcaíno que estaba en Santa Bárbara y que se llamaba Amador. Hicieron ellos grandes cambios en sus vidas, y luego dieron todo lo que tenían a los pobres, aun los libros, y empezaron a pedir limosna por París, y fueron a recogerse al hospital de Santiago, donde antes estuve, y de donde ya me había retirado por las causas arriba dichas. Aquello causó gran alboroto en la universidad, por ser los dos primeros personas distinguidas y muy conocidas. Y pronto comenzaron los españoles a hacerle la guerra a los dos maestros, y no pudiéndolos vencer con muchas razones y persuasiones de que vinieran a la universidad, se fueron muchos un día con mano armada y los sacaron del hospital.
  4. Y trayéndolos a la universidad, llegaron al siguiente acuerdo: que después que hubiesen terminado sus estudios, sólo entonces llevarían adelante sus propósitos. El bachiller Castro fue después a España, y predicó un tiempo en Burgos, y se hizo freile cartujo en Valencia. Peralta partió a Jerusalén, a pie y peregrinando; pero en Italia lo detuvo un capitán, pariente suyo, y tuvo medios suficientes para llevarlo al Papa, y logró que le ordenare regresar a España. Estas cosas no pasaron luego, sino algunos años después.

En Paris hubo muchas murmuraciones, en especial entre los españoles, contra «el peregrino»; y el maestro Govea, acusándome de haber vuelto loco a Amador que estaba en su colegio, decidió y lo dijo: que la primera vez que yo llegase a Santa Bárbara me haría dar «una sala» (crueles azotes dados por todos los profesores, delante de todo el alumnado, en una sala) por «seductor de escolares».

  1. El español con quien yo había estado al principio, y que me había gastado los dineros, partió vía Ruán a España sin pagármelos; y estando en Ruán esperando pasaje, cayó enfermo. Lo supe por una carta suya, y me vinieron deseos de ir a visitarlo y cuidarlo pensando también que, en aquella circunstancia, podría conquistarlo para que, dejado «el mundo», se entregare del todo al servicio de Dios.

Y para poder lograr eso, me venían deseos de caminar esas 28 leguas que hay de París a Ruán, a pie, descalzo, sin comer ni beber. Y haciendo oración sobre eso, sentía gran temor. Al fin fui a Santo Domingo, y allí resolví viajar del modo dicho, habiendo ya pasado aquel gran temor que tenía de tentar a Dios.

Al día siguiente, la mañana en que había de partir, me levanté al alba y, comenzando a vestirme, me vino un temor tan grande, que casi me parecía que no podía vestirme. Pero a pesar de dicha repugnancia, salí de casa y de la ciudad, antes que fuese bien de día. Pero el temor me duraba todavía, y me duró hasta Argenteuil, que es un pueblo a tres leguas de París hacia Ruán, donde se dice que está la vestidura de Nuestro Señor.

Pasando aquel pueblo con aquel trabajo espiritual, subiendo a un alto, empezó a pasárseme ese temor y me vino una gran consolación y fortaleza espiritual, con tanta alegría, que empecé a gritar por aquellos campos y a hablar con Dios, etc. Y esa noche, habiendo caminado ese día 14 leguas, me albergué en un hospital con un pobre mendigo. Al día siguiente fui a albergarme en un pajar, y al tercer día llegué a Ruán. Todo ese tiempo, sin comer ni beber, y descalzo, como había determinado. En Ruán consolé al enfermo, y lo ayudé a subir a una nave rumbo a España; y le di cartas, dirigiéndolo a los compañeros que estaban en Salamanca, es decir, Calixto, Cáceres y Arteaga.

  1. Y para no hablar más de ellos, su fin fue éste: Estando yo en París, a menudo le escribía a Calixto, según lo habíamos acordado, sobre las pocas facilidades que había de hacerlos venir a estudiar a París. Con todo, me las arreglé para escribir a doña Leonor de Mascareñas que ayudase a Calixto con cartas para la corte del rey de Portugal, a fin de que pudiese conseguir una beca de las que el rey de Portugal daba a París. Doña Leonor dio a Calixto una mula, en que cabalgase, y dinero para los gastos.

Calixto fue a la corte del rey de Portugal pero finalmente no fue a París, sino que regresó a España y, con cierta mujer espiritual, se fue a la «India del Emperador», Indias Occidentales de América. Volvió después a España, y nuevamente partió a esas mismas Indias. Entonces regresó a España rico, e hizo que en Salamanca se maravillaran todos los que antes lo habían conocido.

En cuanto a Cáceres, volvió a Segovia, su patria, y allí comenzó a vivir de tal modo que parecía haberse olvidado del primer propósito.

Arteaga fue hecho comendador. Después, ya estando la Compañía en Roma, le dieron un obispado en las Indias. El me había escrito para que diese dicho obispado a uno de la Compañía y, como le respondí negativamente, se fue a la «India del Emperador», ya hecho obispo, y allí murió de manera extraña. Estando enfermo, y habiendo dos vasos de agua pare refrescarse, uno de agua que era la que prescribía el médico y la otra de agua de solimán venenosa, por error le dieron la segunda, que lo mató.

  1. Volví de Ruán a Paris, y hallé que, por las cosas de Castro y de Peralta que habían ocurrido, se rumoreaba mucho de mí, y que el inquisidor me había hecho llamar. No queriendo aguardar, fui donde el inquisidor, diciéndole que había oído que me buscaba, que estaba listo para todo lo que él quisiese (ese inquisidor nuestro se llamaba maestro Ori, fraile de Santo Domingo), pero que le rogaba me despachare pronto, porque mi intención era entrar al curso de filosofía ese 1º de Octubre, día de San Remigio, día en que se inauguraban las clases en la Universidad de París; que deseaba que esos problemas hubieren ya terminado, para poder atender mejor a mis estudios. Pero el inquisidor no me llamó más; sólo me dijo que en verdad le habían hablado de mis cosas, etc.
  2. De ahí a poco llegó el día de San Remigio, con que comienza Octubre, y asistí al curso de filosofía que daba el maestro Juan Peña, y entré resuelto a conservar a aquéllos que tenían propósito de servir al Señor, pero sin buscar a otros, a fin de poder más cómodamente estudiar.

Al empezar a atender las lecciones del curso, comenzaron a venirme las mismas tentaciones que había tenido en Barcelona cuando estudiaba gramática. Todo el tiempo estaba desatento en clase, por las muchas cosas espirituales que se me ocurrían. Viendo que de ese modo aprovechaba poco en las «letras», fui donde mi maestro y le prometí jamás faltar a ninguna de sus clases, siempre que pudiese encontrar pan y agua para poder sustentarme. Hecha esta promesa se alejaron de mi todas esas devociones que me venían a destiempo[24], y fui tranquilamente avanzando en mis estudios. Por ese tiempo conversaba con Maestro Pedro Fabro y con Maestro Francisco Javier, a los que ganó más tarde para el servicio de Dios, mediante los «Ejercicios».

Durante el curso no me perseguían como antes; y a este propósito, una vez me dijo el doctor Frago (uno de los teólogos de Sorbona, maestro de Ignacio y Javier) que estaba admirado viéndome andar tranquilo, sin que nadie me molestara. Yo le respondí: «La causa es porque yo no hablo a nadie de las cosas de Dios. Pero, acabado el curso, tornaremos a lo acostumbrado».

  1. Y mientras hablábamos los dos, un fraile vino a hablar con el doctor Frago: que por favor le buscare una casa, porque en aquélla en que habitaba habían muerto muchos. Algunos pensaban que de peste, porque entonces comenzaba la peste en París. El doctor Frago quiso ir conmigo a ver la casa, y llevamos a una mujer muy entendida en esas cosas la cual, habiendo entrado, afirmó que era poste. Yo quise también entrar, y encontrando a un enfermo lo consolé tocando su llaga con mi mano; y después de haberlo consolado y animado un poco, me fui solo. Comenzó a dolerme la mano, pareciéndome tener la peste; y esta imaginación era tan fuerte que no la podía vencer, hasta que, con gran esfuerzo me metí la mano en la boca, revolviéndomela mucho dentro y diciendo: «Si tú tienes la peste en la mano, la tendrás también en la boca». Habiendo dicho esto, tanto la imaginación como el dolor de la mano desaparecieron.
  2. Pero cuando volví al colegio de Santa Bárbara – donde entonces vivía y asistía a cursos – los del colegio que sabían que había entrado a la casa apestada huían de mí, y no quisieron dejarme entrar; así que me ví obligado a estar algunos días fuera. En París es costumbre que los estudiantes de tercer año de filosofía, para hacerse bachilleres, «toman una piedra», según dicen[25]. Ahora bien, como en eso se gasta un escudo, algunos muy pobres no pueden hacerlo. Yo comencé a dudar si sería bueno que la tomase, y, hallándome muy dudoso e irresoluto, decidí someter el asunto al maestro, y, como él me aconsejó que la tomare, la tomé. No faltaron, sin embargo, los murmuradores, por lo menos un español que se enteré de la cosa.

Por eso tiempo, en París, yo sufría mucho del estómago, de modo que cada quince días tenía un dolor de estómago, que me duraba una hora larga y me causaba fiebre; y una vez me duró dieciséis o diecisiete horas. Habiendo en ese tiempo terminado el curso de filosofía y estudiado algunos años de teología, ya se me habían juntado algunos compañeros[26], y la enfermedad siempre progresaba, sin poder hallar remedio alguno, aunque muchos se probaron.

  1. Los médicos decían que, fuera de los aires natales, no había otra cosa que pudiese aliviarme y lo mismo me aconsejaban los compañeros, con grandes instancias. Y ya por ese tiempo todos habíamos deliberado sobre lo que debíamos hacer, es decir, ir a Venecia y a Jerusalén y gastar nuestras vidas en servicio de las almas; y, si no nos permitían quedarnos en Jerusalén, regresaríamos a Roma y nos presentaríamos al Vicario de Cristo, para que nos emplease donde juzgare ser más a gloria de Dios y provecho de las almas. Además, habíamos decidido esperar durante un año la embarcación en Venecia; y si no la hubiere aquel año para el Oriente, quedaríamos libres del voto de ir a Jerusalén, e iríamos donde el Papa, etc.

Finalmente me dejé persuadir por los compañeros, y también porque los que eran españoles tenían que resolver algunos negocios que yo podía bien tramitar. Y lo acordado fue que, cuando ya me encontrare bien, iría a despachar los asuntos de los compañeros y pasaría luego a Venecia, donde esperaría a los compañeros.

  1. Esto ocurría el año 35, y los compañeros, según el pacto, habían de partir el año 37, el día de la conversión de San Pablo. Aunque después, por las guerras que hubo, partieron el año 36, en noviembre.

Y estando listo para partir, oí que me habían acusado al inquisidor y que había un proceso en contra de mí. Enterándome de eso, y como no me llamaban, fui donde el inquisidor y le dije lo que había escuchado, y que ya iba a partir para España, y que tenía compañeros, y que le rogaba quisiese dar sentencia. El inquisidor me respondió que era verdad lo de la acusación, pero que no le parecía que se tratase de algo importante. Sólo quería ver los escritos de los «Ejercicios». Viéndolos, los alabó mucho y le rogó a este «peregrino» que dejara copia de ellos, y así lo hice. A pesar de eso, volví a insistirle que tuviera a bien seguir con el proceso hasta que se lograre una sentencia. Como el inquisidor se excusare, fui a su casa con un notario público y con testigos para tomar fe de todo.

CAPITULO IX

  1. Parte para su tierra. – 88-89. Se aloja en el hospital. – Ejercita obras de celo en Azpeitia. – 90. Visita Pamplona, Almazán, Sigüenza, Toledo, Valencia. Visita al doctor Castro. – 91. Se embarca para Génova, adonde llega después de una gran tempestad. Después de grandes penalidades llega a Bolonia. De allí va a Venecia.
  2. Hecho eso, monté en un pequeño caballo que me habían comprado los compa­ñeros, y me fui solo hacia mi tierra, encontrándome por el camino mucho mejor. Llegando a la provincia de Guipúzcoa, dejé el camino corriente y tomé el del monte, que era más solitario. Caminando por ahí, hallé pronto a dos hombres armados, que venían a mí encuentro – y dicho camino tenía mala fama por los asesinatos – y, habiéndome pasado un trecho, retrocedieron y con gran prisa me seguían. Aunque medio un poco de miedo, les hablé, y me enteré de que eran sirvientes de mi hermano, que me mandaba buscar. Porque, según parece, había recibido noticia de mi venida desde Bayona de Francia, donde «el peregrino» fue reconocido. Así pues, esos dos hombres fueron delante y yo les seguí por el mismo camino, y un poco antes de llegar al terruño encontré a los susodichos que salían a mi encuentro. Aunque se esforzaron mucho por llevarme a casa de mi hermano, no pudieron obligarme, y así me fui al hospital y después, a hora conveniente, a pedir limosna por el pueblo.
  3. En ese hospital comencé a hablar con muchos que fueron a visitarme de las cosas de Dios, y por su gracia sacaron mucho fruto. Luego, recién llegado, decidí enseñar todos los días la doctrina cristiana a los niños. Pero mi hermano se opuso grandemente, alegando que no acudiría nadie, y yo le repuse que bastaría uno solo. Sin embargo, cuando comencé a hacerlo, eran muchos les que venían continuamente a oírme, y también mi hermano.

Además de la doctrina cristiana, predicaba también los domingos y festivos, con provecho y ayuda de las almas que venían desde muchas millas a escuchar. Me esforcé asimismo en desterrar algunos abusos; y, con la ayuda de Dios, se puso orden en algunos. Por ejemplo: logré que se prohibiera el «juego», con pena judicial, persuadiendo al que administraba la justicia. Había ahí otro abuso: las muchachas del país iban siempre con la cabeza descubierta, sólo cubriéndola cuando se casaban. Ahora bien, muchas se hacían concubinas de sacerdotes y de otros hombres y les guardaban fidelidad como si fueran sus esposas. Y eso era tan común, que las concubinas no tenían ninguna vergüenza de decir que se habían cubierto la cabeza por algún hombre que tenían; siendo que por tales eran conocidas.

  1. De esa costumbre se originaban muchos males. Así persuadí al gobernador que hiciese una ley: que todas las que se cubrieran la cabeza por alguno del que no eran las mujeres, fueran castigadas por la justicia. De ese modo empezó a desaparecer este abuso. Hice que se dieran órdenes para proveer pública y ordinariamente a los pobres. Y logré que tres veces tocaran para el «Avemaría», o sea: a la mañana, al medio día y a la tarde, para que el pueblo hiciera oración, como en Roma.

Aunque al principio me sentía bien, después me enfermé gravemente. Una vez que sané, decidí partir a hacer los negocios que los compañeros me habían encomendado, e ir sin llevar dinero conmigo. Por eso se molestó mucho mi hermano, avergonzándose de que yo quisiera ir a pie. Mas luego «el peregrino» quiso condescender en este punto, y hasta el límite de la provincia fui andando a caballo, juntamente con mi hermano y parientes.

  1. Pero cuando salí de la provincia, bajé a pie y, sin tomar nada, fui hacia Pamplona. De allí a Almazán, tierra del P. Laínez y después a Sigüenza y Toledo, y de Toledo a Valencia. Y en todas esas tierras de los compañeros no quise tomar nada, aun cuando me hacían grandes ofrecimientos con mucha insistencia.

En Valencia hablé con Castro, que era monje cartujo. Queriendo embarcarme para ir a Génova, los devotos de Valencia me rogaban que no lo hiciera porque decían que Barbarroja (célebre pirata, jefe de la escuadra de Solimán II) estaba en el mar con muchas galeras, etc. Y aunque me dijeron muchas cosas, como para atemorizarme, sin embargo nada me hizo dudar.

  1. Y habiéndome embarcado en una nave grande, ocurrió la tempestad de que se habló antes, cuando dije que tres veces estuve a punto de morir.

Llegado a Génova, tomé el camino hacia Bolonia, donde tuve muchas dificultades. Especialmente la vez que me perdí de ruta y comencé a caminar, bordeando un río hondo, por una senda encumbrada que, a medida que yo avanzaba, se iba estrechando más y más. Llegó a angostarse tanto, que no podía ya seguir adelante ni retroceder. Comencé pues a caminar a gatas y así anduve un gran trecho, con mucho miedo, porque cada vez que me movía me parecía que iba a caerme al río. Este fue el trabajo corporal y la fatiga más grande que jamás tuve pero al final salí del apuro. Y al entrar en Bolonia, al tener, que pasar por un pequeño puente de madera, me vine abajo, y me levanté lleno de agua y barro, haciendo reír a muchos que estaban presentes.

Y entrando a Bolonia, empecé a pedir limosna y, aunque la recorrí entera, ni un solo «cuatrín» encontré. En Bolonia estuve un tiempo enfermo. Después, partí a Venecia, siempre igual.

CAPITULO X

  1. En Venecia da los ejercicios. – 93. Es perseguido, pero al fin es reconocida su inocencia. Se juntan con él los compañeros venidos de París. Después de esperar algunos meses, parten para Roma con intención de pedir permiso para emprender la pergrinación a Palestina. A la vuelta de Roma se ordenan los que no eran sacerdotes. – 94-95. Mientras esperan una ocasión para embarcarse se distribuyen entre varias ciudades del dominio veneciano. San Ignacio visita a Simón Rodrigues, enfermo en Bassano. – 96-97. Nueva distribución de los compañeros por diversas ciudades de Italia. Van a Roma. En el camino tiene San Ignacio la célebre visión.
  2. Ya en Venecia, me ocupaba en dar los «Ejercicios» y en tener otras conversaciones espirituales. Las personas mas distinguidas a las que di «Ejercicios» fueron el maestro Pedro Contarini (sobrino del cardenal Contarini) y el maestro Gaspar de Doctis; también un español, llamado Rozas, y otro que se decía «el bachiller Hoces». Este platicaba mucho con «el peregrino» y asimismo con el obispo de Cette. Y aunque tenía bastantes ganas de hacer los «Ejercicios», de hecho no llegaba a hacerlos; hasta que al fin se decidió y, después de estar tres o cuatro días metido en ellos, se abrió diciéndome, por algo que alguno le había contado, que temía que yo pudiera enseñarle en los «Ejercicios» alguna doctrina errada. Por este motivo, había llevado consigo unos cuantos libros, a fin de recurrir a ellos en caso de que yo quisiere engañarlo[27]. El tal Hoces hizo los «Ejercicios» con notable provecho y, al terminarlos, decidió seguir la vida que yo llevaba. El fue también el primer compañero que murió.
  3. En Venecia, «el peregrino» tuvo también otra persecución. Muchos, en efecto, decían que en España y en París habían quemado mi estatua. El asunto llegó a tanto, que se hizo proceso, siéndome favorable la sentencia.

A principios del 1537 llegaron a Venecia los nueve compañeros, y ahí se dividieron para servir en distintos hospitales. Después de dos o tres meses partieron todos juntos a Roma, a recibir la bendición del Papa, para así seguir a Jerusalén. Yo no fui, por causa del doctor Ortiz y también del nuevo cardenal Teatino (que no tenían buenas relaciones con «el peregrino»). Los compañeros volvieron de Roma con vales dc 200 ó300 escudos, que les fueron dados de limosna para el viaje a Jerusalén. Después, no pudiendo ir a Jerusalén, se los devolvieron a los donantes.

Regresaron a Venecia los compañeros, del modo como habían ido, es decir, a pie, mendigando y repartidos en tres grupos, constituidos siempre por hombres de distintas nacionalidades. En Venecia se ordenaron de sacerdotes los que no lo eran aún, y el Nuncio que estaba entonces en Venecia y que después fue el cardenal Verallo les dio las licencias. Se ordenaron a titulo de pobreza, haciendo votos de castidad y pobreza.

  1. Como los venecianos habían roto relaciones con los turcos, ese año no iban naves al Oriente. Viendo, pues, ellos que la esperanza de ir a Jerusalén se alejaba, se repartieron por el territorio veneciano con la intención de esperar doce meses como habían decidido, después de los cuales irían a Roma si no lograban pasaje. Así me tocó ir con Fabro y Laínez a Vicencia. Ahí encontramos cierta casa en despoblado, sin puertas ni ventanas, y en ella dormíamos sobre un poco de paja que habíamos llevado. Dos de nosotros íbamos siempre a buscar limosna a la ciudad, dos veces al día, y traíamos tan poco que casi no podíamos sustentarnos. Comúnmente comíamos un poco de pan cocido, cuando lo teníamos. El que quedaba en casa se encargaba de cocerlo. De este modo pasamos cuarenta días, ocupados sólo en la oración[28].
  2. Pasados los cuarenta días llegó el maestro Juan Coduri y, entre los cuatro, decidimos comenzar a predicar. Fuimos a distintas plazas el mismo día y a la misma hora y empezamos a predicar. Primero gritando fuerte y llamando a la gente con nuestras gorras. Esas prédicas ocasionaron en la ciudad muchos comentarios, y muchas personas se sintieron tocadas a devoción. En cuanto a nosotros, logramos con más abundancia las cosas necesarias para la vida.

Durante ese tiempo de estadía en Vicencia, recibí muchas «visiones» espirituales y muchas, casi continuas, consolaciones (lo contrario de lo ocurrido en Paris}; y especialmente cuando empecé a prepararme para el sacerdocio, en Venecia, y cuando me preparaba para celebrar la misa; durante todos esos viajes tuve «visitaciones» sobrena­turales como las que solía tener en Manresa. Estando todavía en Vicencia me enteré de que uno de los compañeros, que se hallaba en Bassano, estaba enfermo y a punto de morir. Aunque yo también estaba enfermo de fiebre por entonces, sin embargo me puse en camino y caminaba con tal energía que mi compañero Fabro no podía seguirme. En ese viaje Dios me dio la certeza, y se lo comuniqué a Fabro, de que aquel compañero no moriría de esa enfermedad. Y llegando a Bassano, el enfermo se consoló y sanó pronto. Después regresamos todos a Vicencia, y allí estuvimos un tiempo los diez que éramos y salían algunos a buscar limosna por las granjas cercanas a Vicencia.

  1. Terminado el año y como no encontrábamos pasajes, decidimos ir a Roma, incluso «el peregrino», porque la otra vez que habían ido los compañeros, aquellos dos de que yo dudaba – el Dr. Ortiz y el nuevo cardenal Teatino – se hablan mostrado muy benévolos. Fuimos pues a Roma en grupos de tres o cuatro. Yo, fui con Fabro y Laínez, en ese viaje me «visitó» Dios de manera muy especial.

Había decidido estar un año sin decir misa, después de mi ordenación sacerdotal, preparándome y rogando a Nuestra Señora que quisiera «ponerme con su Hijo». Y estando un día en una iglesia, algunas millas antes de llegar a Roma, haciendo oración, sentí en mi alma un cambio tan grande y vi tan claro que Dios Padre «me ponía con Cristo, su Hijo», que no tendría valor de dudar de que, en realidad, Dios Padre «me ponía con su Hijo».

González de Cámara, el secretario que iba escribiendo lo que yo narraba, me dijo que Laínez contaba todo aquello con otros detalles, según había entendido. Respondí que todo lo que Laínez decía era verdad, que yo no me acordaba de tantos detalles, y que ciertamente no había dicho sino la verdad, cuando le narraba aquello. Y lo mismo repitió en otras oportunidades[29].

  1. Llegando después a Roma les dije a los compañeros que veía ahí las ventanas cerradas, queriendo significarles que allí íbamos a tener muchas contradicciones. Dije asimismo: «Es menester que estemos muy sobre nosotros mismos, y no admitamos conversaciones con mujeres, si no fueren muy conocidas». Respecto de este punto, más tarde. en Roma, Maestro Francisco Javier confesaba a una mujer y de vez en cuando la visitaba para hablar de cosas espirituales; y después la encontraron embarazada, pero el Señor quiso que se descubriera quién había hecho el maleficio. Y un caso semejante le ocurrió a Juan Coduri con una de sus hijas espirituales: la sorprendieron con un hombre.

CAPITULO XI

  1. San Ignacio va a Monte Casino para dar los Ejercicios al Doctor Ortiz. Ve en el cielo el alma del bachiller Hoces. Se junta a Ignacio, Francisco Estrada. En Roma se ejercita Ignacio en dar los Ejercicios. Persecución suscitada contra él y sus compañeros. Va Ignacio a Frascati para hablar con Paulo III. Sentencia favorable. Pías obras fundadas o promovidas en Roma. Devoción de Ignacio y gracias extraordinarias de oración.— 99-101. Del modo como escribió los Ejercicios y las Constituciones.
  2. De Roma se fue este «peregrino» a Monte Casino y ahí, durante cuarenta días, le di «Ejercicios» al Doctor Ortiz. Durante ese tiempo tuve una «visión» de que el bachiller Hoces entraba en el cielo, lo que me ocasionó muchas lágrimas y gran consolación espiritual. Fue tan clara la «visión» que, si dijese lo contrario, me parecería estar mintiendo. De Monte Casino llevé conmigo a Francisco de Estrada.

Y volviendo a Roma, me ocupaba ayudando a las almas. Estábamos todavía en el campo y daba «Ejercicios Espirituales» a varias personas al mismo tiempo: dos de ellas estaban en Santa María la Mayor una, y la otra en Puente Sixto.

Después comenzaron las persecuciones y Miguel[30] empezó a causar molestias y a hablar mal de mi; lo hice llamar ante el Gobernador, mostrándole antes una carta en que Miguel mucho me alababa. El Gobernador examinó a Miguel y todo concluyó desterrándolo de Roma.

Después vinieron las persecuciones de Mudarra y Barrera: decían que éramos fugitivos de España, de París y de Venecia. Finalmente en presencia del Gobernador y del que era entonces Legado de Roma – Vicente Carafa – confesaron que nade malo tenían que decir de nosotros, ni de nuestras costumbres, ni de nuestra doctrina. El Legado mandó silenciar dicha causa; pero no lo acepté, diciendo que pedía una sentencia definitiva. Eso no fue del agrado del Legado, ni del Gobernador, ni siquiera de los que primeramente favorecían a este «peregrino»; pero al fin, después de algunos meses, el Papa llegó a Roma y fui a Frascati a hablar con él, y le presenté algunos argumentos, de los que el Papa se hizo cargo, mandando que se diera sentencia y ésta fue favorable, etc.

En Roma, con ayuda de este «peregrino» y de los compañeros, se hicieron ciertas obras piadosas, como «Los Catecúmenos», «Santa Marta», «Los Huérfanos», etc.

  1. Después de narradas todas estas cosas, González de Cámara le preguntó sobre los «Ejercicios» y las «Constituciones»: que cómo los había hecho. Respondió que los «Ejercicios» no los había hecho todos de una vez, sino que, algunas cosas que observaba en su alma y encontraba útiles -pareciéndole que también podrían ser útiles a otros – las ponía por escrito. Por ejemplo ese modo de «examinar la conciencia» usando papel con líneas, etc.[31] Las «elecciones»[32], especialmente, las había sacado de aquella diversidad de espíritus y pensamientos que tenía cuando estaba en Loyola, estando todavía mal de la pierna. Y le dijo que en la tarde le hablaría de las «Constituciones».

El mismo día, antes de cenar, me llamó, estando más concentrado que de ordinario. Me habló seriamente mostrándome, en resumen, la intención y la simplicidad con la que me había narrado todas esas cosas y diciéndome que, con toda verdad, no había exagerado en nada. Añadió que había ofendido mucho a Nuestro Señor, después que empezó a servirlo, pero que nunca había tenido consentimiento de pecado mortal; más aún, siempre había ido creciendo en devoción o facilidad para encontrar a Dios. Y entonces, más que en toda su vida. Y siempre y a cualquier hora que quería encontrar a Dios, lo encontraba. Y que aun ahora tenía muchas «visiones», principalmente de las arriba mencionadas, como la de ver a Jesucristo como un sol. Y eso le sucedía a menudo cuando estaba hablando de cosas importantes, y parecía confirmarle.

  1. Cuando decía Misa tenía también muchas «visiones». Y las tenía con gran frecuencia al escribir las «Constituciones». Eso podía afirmarlo ahora más fácilmente, porque cada día escribía lo que pasaba por su alma y lo hallaba ahora escrito.

Y me mostró un gran fajo de escritos, leyéndome buena parte de ellos. Lo que más abundaba eran las «visiones» que tenía y consideraba que le confirmaban en las Constituciones, y a veces veía a Dios Padre, a veces a las tres personas de la Trinidad, a veces a Nuestra Señora que intercedía o que lo confirmaba.

En particular me habló de las decisiones que tenía que tomar al escribir las «Constituciones»; para eso estuvo diciendo Misa diaria durante cuarenta días, y cada día con muchas lágrimas: se trataba de si la iglesia nuestra tendría alguna renta, y si la Compañía podría servirse de ella.

  1. El modo que tenía al escribir las «Constituciones» consistía en decir cada día Misa, y presentarle el punto en cuestión a Dios haciendo oración sobre dicho asunto; y siempre le venían lágrimas, cuando hacía oración y celebraba Misa.

Yo quise ver esos escritos sobre las «Constituciones» y le rogué me los facilitara por un tiempo. Pero él no quiso[33].

 

[1] Ejercicios Espirituales 100

[2] Ejercicios Espirituales 176

[3] Ejercicios Espirituales 313-336

[4] Ejercicios Espirituales 333

[5] Misterios de la Vida de Cristo. Ejercicios Espirituales 261-312

[6] Ejercicios Espirituales 314

[7] Ejercicios Espirituales 315

[8] Reglas de discernimiento. Ejercicios Espirituales 313-336

[9] Reglas para advertir y entender los escrúpulos. Ejercicios Espirituales 345-351

[10] Ejercicios Espirituales 175

[11] Ejercicios Espirituales 109

[12] Ejercicios Espirituales 23

[13] Ejercicios Espirituales 332

[14] Ejercicios Espirituales 142

[15] Ignacio, hombre del tercer binario. Ejercicios Espirituales 155 (149-157)

[16] Cfr. Nota 15

[17] Ignacio, todavía hombre dela 1ª manera de humildad. Ejercicios Espirituales 165 (164-168)

[18] Ejercicios Espirituales 98. 147. 167

[19] Cfr. Nota 13

[20] Reglas para distribuir limosnas. Ejercicios Espirituales 337-344

[21] Cfr. Nota 17. Ignacio es ya hombre de la 2ª manera de humildad. EJERCICIOS ESPIRITUALES 166 (164-168)

[22] Ejercicios Espirituales 22

[23] Cfr. Nota 18

[24] Cfr. Nota 13

[25] Se ignora en qué consistía la ceremonia de “tomar la piedra”: tal vez era una diversión pagada por el candidato a sus condiscípulos. En todo caso, había que gastar un escudo, y San Ignacio tuvo escrúpulo de hacerlo.

[26] Los primeros compañeros de San Ignacio fueron: Pedro Fabro, Francisco Javier, Jacobo Laínez, Alfonso Salmerón, Nicolás Bobadilla y Simón Rodríguez; posteriormente se añadieron Claudio Jayo, Juan Coduri y Pascasio Broët. Antes de ellos, San Ignacio había reunido en Alcalá a otros compañeros, que luego lo dejaron.

[27] Cfr. Nota 22

[28] Modos de orar. Ejercicios Espirituales 238 – 260.

[29] según el P. Laínez después de esta “aparición” que tuvo San Ignacio – donde le pareció que Dios Padre le decía: “Yo os seré propicio en Roma”, y también en presencia de Cristo con la cruz sobre los hombros y el Padre eterno a su lado diciéndole: “Quiero que tomes a éste por servidor tuyo”, que Jesús habría dicho: “Quiero que tú nos sirvas” – después de eso, sintió tanta devoción por el Nombre de Jesús que quiso que la Orden que iba a fundarse se llamara “Compañía de Jesús”. Así lo cuenta el P. Laínez, en una plática en Roma, en 1559.

[30] Un estudiante navarro, gran difamador de San Ignacio y que en París tuvo intenciones de  matar al “peregrino”

[31] Ejercicios Espirituales 24-43

[32] Ejercicios Espirituales 169-189

[33] Todavía se conserva el autógrafo del diario en que San Ignacio anotaba los sentimientos de su alma y los favores divinos que recibía mientras escribía las Constituciones de la Compañía.

 

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