Afectividad y Espiritualidad

» La Misión es siempre Misión de Dios ”A nuestros colaboradores del Ceop Ilo – Fe y Alegría  Ilo  y del Centro Cristo Rey d Ilo  les comunicamos que pronto tendremos la segunda charla de nuestro curso Desarrollo Humano Integral, el tema a tratar será: «Afectividad y Espiritualidad».
Rebeca Yarnold   nos ha hecho llegar los materiales para ir leyendo, reflexionando y así ir ayudándonos para nuestro crecimiento. En estos días les indicaremos la fecha en que nos reuniremos en Ilo para el desarrollo de este taller.
El link de la 2da Charla de nuestro curso Desarrollo Humano Integral, el tema que se desarrollo es: «Afectividad y Espiritualidad».  https://youtu.be/kv6muabY-AI
También la lectura sugerida por el P. Kevin Flaherty SJ (Crecer con los otros).

Las preguntas para reflexionar en sus grupos son:

1- Cuáles son los obstáculos en mi afectividad?
2- Qué es lo que me ayuda en mi afectividad?
Les recordamos que la fecha máxima para enviarnos el Acta de la 2da reunión es el lunes 14 de mayo.
La Misión es siempre Misión de Dios”

 

CURSO-TALLER «APRENDIENDO A VIVIR.   MADUREZ HUMANA Y ÉTICA»

 CRECER CON LOS OTROS

KEVIN FLAHERTY, S.J.

Esta noche vamos a considerar cómo somos personas en relación desde el nacimiento hasta la muerte. Antes de explorar los cinco aspectos de lo que se llama “la inteligencia emocional” podremos ver cómo nacemos para amar, la experiencia de ser separados, y hasta alienados unos de otros, y finalmente la madurez afectiva necesaria para relacionarnos sanamente como adultos y la importancia de construir proyectos de vida con otros.

Un bebé nace como ser humano.  Es el modo simbólico de cómo cada persona inconscientemente revive la experiencia de Adán y Eva que fueron exilados del paraíso. Antes de nacer podemos imaginarnos flotando en una piscina muy cómoda con la comida dada en cada momento; no hay necesidades, sólo hay calor y hasta el sentimiento de bienestar. Al poco tiempo, empezarán algunos dolores y, poco a poco, estamos empujado a un punto luminoso.  Nos diremos: «¡Ay, no puedo abrir los ojos! Tengo frío y me bañan. Hasta me dan golpes para respirar”. Y por fin nos encontramos abrazados con cariño e intentando tomar alimentos.

Hoy en día, aquellos, que investigan cómo es la estructura humana, señalan que hay un segundo nacimiento psicológico: nacemos como personas en los meses siguientes al parto, durante los cuales un bebé recién nacido se desarrolla en relación con las personas que lo cuidan.   Lentamente pasamos de un estado casi autista al entrar en relación con los demás.  Primero, con la mamá y después, con el papá y el entorno familiar. Se desarrolla poco a poco hasta llegar al salir del hogar e ir al colegio, después al mundo para lograr ser personas amando y dando vida a los demás.

Este segundo nacer nunca se acaba.  Todavía estamos naciendo, abriéndonos, descubriendo cómo es la vida. No obstante, si pensamos en un niño y regresamos a su infancia, veremos que, en los primeros meses, no tendrá vocabulario, ni cómo decir me aman o me quieren. Este bienestar está internalizado y es recibido a través de las caricias, el afecto y la protección de los brazos de la mamá .Crecemos físicamente gracias a la alimentación brindada y desarrollamos una estructura psíquica gracias a las relaciones humanas que otros nos ofrecen. Recibimos cariño, protección y afirmación que se convierten en la confianza básica para comenzar el largo proceso de descubrir quiénes somos y de salir de nosotros mismos para entrar en relación con los demás

Como la Biblia nos señala en la Primera Carta de San Juan: «Primero Dios nos amó» (1Jn 4, 19).  En el lenguaje psicológico, en primer lugar, recibimos el amor de las personas que nos cuidaron y desde esta experiencia aprendemos poco a poco a dar, a responder a otros.

Sin embargo, a la vez que somos seres en relación, somos seres separados. Al mismo tiempo que buscamos la posibilidad de estar en vinculación, encontramos, desde muy pequeños, momentos en los que estamos separados. Desde los primeros meses hay experiencias de malestar, de llorar solo, y no conseguir lo deseado. Por eso, surge el enfado o se llega hasta la furia o la rabieta del niño. Como adultos logramos un mayor manejo de nuestras emociones y sentimientos, pero todos podemos reconocer momentos que nuestras reacciones reflejan las raíces afectivas escondidas en los primeros años de la vida.

Esta paradoja de estar separado y a la vez anhelando la comunión, es decir el amor, es lo que marca nuestra vida y la experiencia vital de cada persona.  Del mismo modo que buscamos la comunión con otros, estamos separados por carencias afectivas, por frustraciones, por los golpes de la vida.  Esto es muy similar al amor más profundo de cada persona. Hasta en las mejores relaciones de amistad y matrimonios hay momentos de tensión, distancia y ruptura. Deseamos tener amor, dar amor y recibir amor, pero hay la triste aceptación que somos seres frágiles y nuestras relaciones exigen una atención constante. En la experiencia humana lo más importante de nuestra vida es el amor; pero reconocemos que estamos limitados, separados y, a veces, somos incapaces de superar nuestros propios bloqueos y los de las personas con quienes compartimos la vida.

Ya hemos visto la complejidad del desarrollo humano. Es como un tapiz tejido poco a poco por elementos fisiológicos, biológicos, de tensiones psicológicas y sociales. Cada uno lleva no solamente el código genético recibido antes de nacer, sino también el cómo se relaciona este código de la naturaleza con lo que la crianza y el entorno social nos han brindado. Nuestro propio crecimiento está marcado, limitado o incluso, a veces abierto por el medio o la cultura en la cual hemos crecido.  En este proceso de crecer, reconocemos y recordamos que el desarrollo es progresivo, como etapas que llevamos dentro. El pasado, lo que hemos vivido, siempre está reconfigurándose en el presente para crear la posibilidad de un futuro nuevo y diferente.

No olvidemos que cada persona, incluyendo el caso de los gemelos, tiene una trayectoria distinta. Cada ser humano es único. Es como si empezáramos a comparar las huellas dactilares de todos los seres humanos, descubrimos que cada persona es única. Del mismo modo, si damos una mirada más detenida a todo el mundo, veremos que cada individuo es distinto psicológicamente. Se puede compartir la misma familia incluso y, sin embargo, tener una experiencia subjetiva personal muy diferente.

Una familia de cuatro hermanos puede vivir la misma experiencia de crisis familiar de cuatro diferentes formas. Fue una revelación para mi y mis tres hermanos cuando como adultos hemos compartido cómo habíamos estado afectados por un tiempo de crisis económica de la familia. Las mismas circunstancias fueron vistas por uno como el peor momento de su niñez, por otro como uno de los factores claves de la familia, por otra como un tiempo de alejarse de la familia, y por el más pequeño como un tiempo ni recordado.

Desde la perspectiva espiritual buscamos lo que la Biblia llama shalom, shalom, la paz que ofrecemos en la misa. Esta es la armonía o la paz con uno mismo, con los demás y con Dios.  La paz que deseamos tan profundamente es la sanación de las heridas y egoísmos que nos separan unos de otros como individuos, familias y pueblos. Antes de comulgar hacemos memoria que Jesús rezó en la Ultima Cena que todos sean uno y nos ofreció su paz. La realización de la paradoja de nuestra vida que vivimos siempre con la tensión de estar separados, y a la vez, deseando la paz de la comunión que nos invita a entrar en el misterio del pecado original. Somos creados para crecer, relacionarnos y vivir en paz; pero chocamos con la realidad que con demasiada frecuencia vivimos con un corazón dividido, limitados y a veces frustrados en nuestras relaciones con los más cercanos y participantes de un mundo de injusticia y desigualdades. Pero, a pesar de tantas ideologías o prejuicios que nos desunen, hay una fuerza vital en nosotros que busca la comunión, el encuentro con el otro y con toda la humanidad en una creación nueva.

LA MADUREZ HUMANA

La madurez humana es una peregrinación inconclusa que pasa por todas las etapas de vida. Es el largo proceso de tratar de aprender a vivir en relación con los demás. El objetivo de la vida adulta según la teoría de Erikson es seguir revelando la identidad de uno por medio de la intimidad, la generatividad y la integración. La madurez es la capacidad de darse a otros en una forma mutua, consiente y responsable. Es el proyecto cristiano de poder decir quiero amar como Él nos ama.  Nunca podremos alcanzarlo plenamente, pero será posible caminar juntos, crear familias y comunidades, y no dejar de participar en el proyecto de construir un mundo mejor.

¿Qué significa la madurez afectiva? En nuestra primera exposición[1], hemos visto que la madurez es algo progresiva.  Es posible decir: “¡qué inmaduro es este niño!”, o lo contrario, señalar que un adolescente es muy maduro a pesar de momentos de comportamientos típicos de su edad. Esto se debe a las distintas etapas de desarrollo. Hay una madurez apropiada durante la niñez, la adolescencia y a los 25 años. En cada etapa se presenta las crisis: un joven escoge cómo y con quién va a vivir, como también puede haber una crisis a mitad de nuestra vida y en los últimos años cuando los mayores hacen una síntesis del sentido de su vida. Cada etapa del ciclo vital presenta sus propios desafíos e invita una respuesta de la persona que sea coherente con lo que ha vivido.

Cada etapa de este desarrollo tiene sus momentos y características.  Corresponde al momento que vivimos y cómo estamos relacionándonos con nosotros mismos y los demás.  Ningún ser humano es una isla.  La madurez siempre nos remite a cómo estamos en relación con los demás. Podemos tener una persona brillante intelectualmente, pero si no logra relacionarse sanamente con otros decimos: “¿cuál es la falla?” “¿Qué pasa?”. A veces en nuestra vida, podemos repetir los mismos errores y no aprender a salir adelante. El camino a la madurez incluye la capacidad de aprender de nuestros errores y lograr una mayor habilidad de relacionarnos con los demás.

Hay personas que repiten los mismos patrones de relacionarse sin descubrir cómo superar sus bloqueos y errores. Pensemos en Elizabeth Taylor. La gente mayor se acuerda de ella. Tuvo ocho o nueve matrimonios.  A pesar del sufrimiento de perder sus esposos siguió buscando el amor ocho o nueve veces.  Hay momentos en que tenemos que detenernos y decir “¿Qué me pasa?”, “¿Por qué pierdo lo que más busco?”.

Madurez humana afectiva quiere decir desarrollo e integración de todas las fuerzas y emociones de la persona humana en su totalidad.  Nos referimos a desarrollo e integración. Cada persona es como si fuera un gran rompecabezas y tiene que juntarse. Las piezas del rompecabezas representan las diferentes experiencias y relaciones de la vida. Cada persona es como un caleidoscopio, donde cambian las figuras, que vamos reconfigurando y que vivimos con la continuidad y el cambio propio de nuestras vidas. Este es el proceso de integrar, nombrar lo que hay, reconocerlo y encontrar, y de este modo encontrar la manera para asimilar, aceptar e incluso canalizar para que este desarrollo sea una fuerza para vivir con los demás.

Madurez afectiva es una forma de describir la salud mental de una persona adulta.  Pocas veces la psicología habla de madurez afectiva.  Si buscamos en el índice de los libros de psicología clínica no la encontraremos. Simplemente habrá características de lo qué es la salud mental. Una persona muy inmadura o crónicamente inmadura está mostrando las dificultades, trastornos y los sufrimientos de la vida.

Madurez afectiva se entiende como la integración progresiva de la historia personal. Conocer mi historia personal me da la libertad de vivir sin repetir los mismos errores. Este saber me libera para escoger un futuro diferente. Por lo tanto, madurez afectiva se entiende como la integración progresiva de la historia personal conducente a un mayor autoconocimiento.  Conocerme es tener la libertad de saber cómo quiero responder, qué quiero hacer.  Cuando no hay este autoconocimiento, corremos el riesgo de estar apuntando a metas imposibles, diseñando lo que no es sano.  El autoconocimiento nos permite relacionarnos sanamente con los demás.  Esta es una de las señales para ver si uno es coherente con la propia imagen y la autopercepción de uno mismo con relación a cómo los demás nos ven.  Este autoconocimiento está vinculado con la habilidad de relacionarse con los demás y una capacidad de enfrentar los desafíos que se presentan en las diferentes etapas de la vida.

Todos encontramos pruebas y dificultades en la vida.  Es en esos momentos que la persona muestra su madurez y capacidad de crecer en relación. Para muchas personas, la madurez viene cuando ellos tienen que compartir los sufrimientos del otro o resolver con creatividad los conflictos relacionales, como lo que pasa en los matrimonios.  Después de la luna de miel viene el trabajo ladrillo por ladrillo, hecho por hecho, día a día. En los momentos de tensión y estress, uno pone en práctica la vida cristiana.  ¿Cómo escucho al otro? ¿Puedo perdonar? ¿Tengo paciencia? ¿Podemos superar este problema? ¿Puedo morir a mi propio egoísmo para el bien de la familia?  ¿Estoy dispuesto a sacrificarme para que haya vida?  Creo que ésta es la llamada de cada ser humano.  Este proceso es nuestro camino de crecer.

EL SENTIDO DE LA VIDA EN RELACION

En el mundo de la psicología hay corrientes que, creo yo, están equivocadas, porque todo el enfoque está en el yo; en mi crecimiento, en mis necesidades, porque “yo quiero”, porque “yo voy a ser”. El énfasis en el individuo reduce a los demás a un segundo plano. Influenciado en los que algunos llaman “la cultura de narcisismo”. Se olvidan que no hay logros sin tener relación y no hay decisión para escoger un camino sin renunciar a otros caminos. Para caminar con otros necesitamos ser capaces de negociar, ceder, y buscar con creatividad lo que ayuda a las dos personas en una relación.  Para crecer, siempre tenemos que morir. Algunos enfoques de la psicología, y algunas de los movimientos de autoayuda promuevan tanto la felicidad del individuo que ignoran que siempre somos personas en relación y que vivimos en sistemas sociales desde la familia hasta la cultura. Como cristianos nos ayuda recordar que la psicología a veces refleja los valores y premisas de la cultura consumista. La búsqueda de la felicidad individual y la auto realización ofrecida por algunos grupos es poco más que el sistema neo-liberal traducido a una psicología individual.

Posiblemente nos ayuda lo que Víctor Frankl elaboró en su modelo de logoterapia. Frankl fue un sobreviviente de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial y se puso a explorar por qué algunos lograban seguir luchando mientras otros perdieron todo el deseo de vivir. Se trataba del sentido, es decir, el sentido que uno tiene en la vida.  Si vives solamente para ti mismo, ya cuando se acaba tu sueño, se acaba tu vida.  Si vives con otros por un sueño mayor, ya tienes sentido y razón de vivir.

Además, Frankl encontró que la felicidad verdadera siempre es una ganancia secundaria. Es lo que recibimos indirectamente.  Si uno dedica su vida a un proyecto, a otro, a otros o a algo más grande, descubre la felicidad.  Si uno busca solamente la felicidad, termina infeliz. Hoy la sociedad de consumo nos bombardea con ofertas de felicidad. Llegamos a pensar que la felicidad es mi derecho y puedo comprarla como un producto más. Tal pensamiento nos influye también en cómo consideramos las relaciones con los demás.  Lograr la madurez y la felicidad es salir de sí mismo para comprometerse con los demás, con un proyecto más grande.  ¿Cómo podemos hacerlo? ¿Cómo podemos vivir en relación?  Me gustaría repasar los cinco aspectos de lo que se llama “inteligencia emocional” que nos ayudarían a relacionarnos con otros.

LA INTELIGENCIA EMOCIONAL

El término proviene del título del libro escrito por Daniel Goleman.  Goleman es   un psicólogo que era el corresponsal psicológico del periódico “New York Times”. Como corresponsal de psicología estuvo siguiendo los avances de todas las diferentes ramas de la psicología. Revisaba la fisiología, los estudios cognoscitivos, los estudios de afectos, la psicología clínica, los trabajos sobre la familia. Reconoció lo que antes otros en los laboratorios de las universidades ya habían encontrado. La madurez afectiva, o la inteligencia emocional, es un elemento indispensable en nuestra vida, pero pocas veces recibe la importancia que merece. En la familia, educación y negocios descuidamos el desarrollo de las habilidades de manejar las emociones y comunicarnos con los demás. En el pasado hemos considerado solamente la inteligencia académica, pero existen varias formas de inteligencia. Del mismo modo que la inteligencia académica es muy importante y un factor del éxito de la vida – reconocemos que tener un cociente intelectual elevado que nos permite aprender rápidamente – no garantiza la felicidad o el éxito en las relaciones humanas.  Su revisión de las investigaciones psicológicas mostró que la inteligencia académica, sin contar con la inteligencia emocional (madurez emocional) puede dejarnos   frustrados y chocando con los demás.

Empezó a observar, por ejemplo, los diferentes estudios sobre terapia marital o el matrimonio y notó la importancia de la empatía para la comunicación. Las parejas que se quedaron juntos fueron aquellas que mostraron la habilidad de comunicarse y resolver sus desafíos.  También revisó los programas de instituciones similares a CEDRO que trabajan con menores en la prevención de adicción. Descubrió la importancia de brindar a los niños las capacidades emocionales para vivir con los demás, para resolver problemas en vez de huir de ellos. La capacidad de manejar las emociones y las frustraciones aumenta la probabilidad de relacionarse sanamente con otros y reduce la posibilidad de buscar el refugio en la droga. Examinó empresas grandes y descubrió que un aspecto clave del éxito es la prioridad de la comunicación en y entre sus redes de trabajo.  Tanto él como otros han encontrado que hasta las compañías más grandes han ido a la quiebra por falta de comunicación y colaboración.  (Creo que en la Iglesia podemos encontrar lo mismo.)

El secreto está en comunicarnos, relacionarnos, respetar al otro y, a la vez, lograr proyectos comunes.  La Inteligencia emocional es indispensable en el mundo, pero es algo a veces desvalorizado. Ponemos poco énfasis en la educación emocional y la enseñanza de las habilidades de comunicación. Por los hombres a veces está visto como una cuestión de emociones, y entonces es como cosa de mujeres. Tradicionalmente pensaba que los hombres son racionales y de cabeza fría mientras las mujeres son emocionales, sentimentales y dotadas de intuición. ¿Nos suena familiar? Todavía es un prejuicio muy común.  Sin embargo, sea hombre o mujer, el cómo manejamos la dimensión afectiva es un factor clave en como relacionarnos en la familia y el entorno social. Más aún, la dimensión afectiva canaliza la voluntad y anima las opciones fundamentales de la vida. Uno no da su vida por una idea puramente teórica sino por un ideal, su pareja, la familia o por el proyecto que da sentido a la vida.

Como hemos visto, en las otras charlas, la afectividad, percibida conscientemente o no, siempre está presente en el ser humano.  Es una dimensión integral que nos marca como seres humanos. Todos reconocemos que la familia es la primera escuela de la afectividad.  Pero no hemos logrado  ofrecer un ambiente suficientemente sano en las familias para ofrecer una “educación afectiva”. Al contrario, la situación familiar de muchas personas no  ofrece una base sólida para manejar ni sus propias emociones ni saber relacionarse con los demás. Lamentamos el deterioro de la familia en la sociedad moderna, pero hacemos poco para fortalecer la salud mental y la comunicación en la familia.

Con pocas excepciones, los modelos educativos de los colegios estatales y particulares impiden la comunicación abierta en vez de ofrecer programas para los alumnos y sus padres que facilitan las relaciones humanas. Muchas veces la dimensión de la inteligencia emocional está puesta en segundo lugar cuando pensamos en la educación de los hijos. En muchos colegios estudian matemáticas, física, literatura, hasta cursos de inglés. Pero lo que no ofrecen son cursos sobre cómo comunicarse, porque vivimos todavía con el mito de que ésta es la tarea de los papás y mamás. Este es un asunto de la casa.  Sin embargo, visiten cualquier colegio y empiecen a pasar lista acerca de cómo son los hogares y familias hoy en día. Los padres no pueden enseñar qué significa la inteligencia emocional, porque muchas veces ellos están luchando para manejar sus propios afectos.

Por este motivo, en una sociedad así, una dimensión indispensable desde pequeños (es decir, en las familias, en nuestras comunidades, en los colegios, hasta en las universidades) es qué ofrecemos para ayudar a las personas a lograr una madurez afectiva. La falsa premisa de que ya está enseñada y aprendida en el ámbito familiar, se contradice en la realidad. Muchas veces la familia, en vez de enseñar cómo relacionarse, enseña y ofrece un modelo de lo que es no relacionarse.

¿Qué significa crecer en nuestra capacidad de relacionarnos? ¿Cómo podemos lograr mayor madurez afectiva creciendo en el entendimiento, manejo y compartir de la afectividad?  A continuación, vamos a ver cinco aspectos para tener o lograr inteligencia emocional y poder relacionarse mejor en la familia, en la comunidad, en la parroquia, en el barrio:

  1. AUTOCONOCIMIENTO en el acto. Podemos desarrollar la capacidad de reconocer los múltiples sentimientos que experimentamos en la vida diaria. A veces, es solamente con la perspectiva del tiempo que reconocemos que estuve enojado y, por esta razón exploté. Una joven puede decir “No me di cuenta que estuve enamorándome.”  Pero todos sus amigos se dieron cuenta.  Cuántas veces no estamos conscientes de lo que estamos experimentando en el momento.

La base para saber cómo quiero responder es la capacidad, la habilidad para decir lo que estoy experimentado en este momento. Muchas veces no sabemos identificar nuestros sentimientos. Podemos pasar encima de lo que experimentamos o negar lo que nos hace sentir incómodos o lo que no cabe con la imagen que tenemos de nosotros mismos. También es más complejo de lo que parece, porque, por un lado, puedo estar feliz y asustado a la vez, o puedo estar triste y asustado a la vez, por citar dos ejemplos. Los sentimientos pueden ocurrir no solamente uno a la vez, sino como racimos de uvas, con muchos de ellos al mismo tiempo y hasta pueden estar encontrados entre sí.

Por lo tanto, reconocer los sentimientos que parece tan fácil, no lo es. Por ejemplo, hace algunos años en Chicago trabajé en terapia con una señora que, por un intento de abuso sexual de su esposo, se había quedado sola con cinco hijas en casa. Era una inmigrante hispana casi analfabeta en castellano, sin inglés en un país extraño, con lo mínimo de dinero, y con amenazas del gobierno que, si no era capaz de proteger a las chicas, ella las perdería frente al Estado estadounidense. Vivía en un estado de depresión, con un temor y estrés tremendo, y una rabia por lo que su esposo había intentado hacer. Cuando le pregunté: “María, ¿cómo estás?”.  “Mal” fue todo lo que me respondió. No tenía otra palabra que mal. Empezamos por poner en una pizarra blanca cuáles eran los diferentes sentidos y matices de “mal” que experimentaba: ¿Asustada?   ¿Triste? ¿Enojada? etc.  Después de algunos meses ella había aprendido un vocabulario que nombró lo que ella experimentaba. Al tener como un mapa interior de su afectividad ya era posible nombrar y decidir cómo manejar los diferentes sentimientos que surgieron en su vida. Desarrollar un vocabulario interno nos ofrece un mapa emocional de nosotros mismos que es necesario para el autoconocimiento y la comunicación. De lo contrario, soy víctima de mis emociones y sentimientos, y no dueño de lo que estoy experimentando.

Vinculada con al autoconocimiento es la autoaceptación. Lo que no quiero aceptar como una parte de mi persona es a veces desconocido o negado. Utilizamos con frecuencia los mecanismos de defensa para protegernos o distorsionar lo que puede ser percibido como una amenaza a nuestra seguridad o autoimagen. Qué difícil es aceptarnos; aceptar nuestra historia; los logros y fracasos; carencias y dones; ¡personas que nos han querido y personas que de repente nos han abandonado! Para algunos es difícil asimilar el dolor que han vivido en su familia e historia personal. Con la fe podemos encontrar la gracia de ver que Jesús fue crucificado y vive crucificado en nuestra historia y está resucitando en ella misma. Es reconocer que nuestra persona, incluyendo nuestra historia, está gimiendo para llegar a la plenitud, como dice San Pablo.

También, en un nivel social, no puedo conocer mis afectos frente a lo que no soy capaz de aceptar. Por ejemplo, muchas personas y sectores sociales han rechazado y se han hecho la vista gorda frente a la Comisión de la Verdad. No quieren conocer la realidad por que no quieren aceptar lo que pasó y que todos somos participantes en nuestra historia colectiva. Pero también muchas personas no quieren conocer, ni aceptar, que los mismos prejuicios, desigualdades, e injusticias existen hoy. Hay una tendencia en cada persona para huir del mal; esconderse; culpar al otro. El reto es solamente poder quedarnos frente a la verdad y aceptarla.

Y hay personas que rechazan ver su propio bien y valorar todo el bien que hacen. Entre los buenos católicos hay muchos que temen sentirse bien consigo mismo y confiar no solamente en el amor de Dios, sino que están en camino a vivir eternamente con Dios. Han crecido con una formación rígida y moralista. Son expertos en nombrar sus pecados y fallas, pero qué difícil es sentirse contentos y amados. Para estas personas puede ser más fácil aceptar el dolor y el sufrimiento que aceptar que son amados por los demás y por Dios con sus fallas y dones. Todos tenemos una historia de sol y sombra. A la vez que aceptamos los momentos difíciles, damos gracias por las personas que han pasado por nuestra vida, que nos han brindado cariño, protección, orientación y ayuda. Conocer nuestra historia es aceptarnos, no para quedarnos en el pasado, sino para vivir lo presente.

Uno conoce su historia para vivir con libertad en el presente. Por ejemplo, alguien que creció con un padre autoritario puede escuchar ecos de la voz paterna en sus interacciones con otros en la vida adulta. Cuando su jefe le indica una falla, puede molestarse como si fuera su padre. Si uno ha experimentado abandono como niño, puede ser sensible a conflictos o posibles rupturas en sus relaciones. Si por ahí ha sido ignorado en la niñez, se puede preguntar por qué el mundo no le da lo que merece. Conocer y aceptar la historia personal permite un mayor entendimiento de cómo uno experimenta las emociones y le da mayor libertad para responder de la forma más apropiada.

  1. MANEJAR Y PROCESAR LAS EMOCIONES es la segunda dimensión de la inteligencia emocional. El manejo de las emociones permite que uno mantenga el equilibrio y busque la expresión apropiada. Tenemos la capacidad de contener sanamente las emociones, y así ser libres para buscar la expresión emocional que sea más conveniente para nosotros y los demás. Una buena mamá sabe hacerlo. Por ejemplo, son las tres de la madrugada y su niño le despierta diciendo: «Mamá, tengo sed.» La respuesta es: dar un vaso da agua con cariño y decir “Sí, hijo, ya, duérmete”, en vez de reaccionar con molestia por ser despertada. Imaginen la cantidad de veces que una madre tiene que pensar sobre este niño pequeño que aún no entiende las cosas adecuadamente. Intenta a responder con amor y paciencia y se pone por encima de las molestias y cansancio de uno mismo. Un buen padre también sabe hacerlo. Puede pensar: “No es el momento de llamarle la atención a mi hijo frente a sus amigos. Luego lo llamaré aparte”.  Lo mismo ocurre con un profesor o en las relaciones en el trabajo. Podemos reconocer nuestras emociones y decidir cuál es la forma y momento de expresarlas.

Se aprende esta habilidad de procesar emociones, de distinguir en qué momento y cómo lo digo, incluso, a veces, “dorando la píldora”. Es más fácil recibir un mensaje difícil, si nos lo dan con cariño. Por eso, con frecuencia tenemos que saber cómo decir las cosas.  Esto exige también lo que se llama una fuerza yoica.  El yo es la parte ejecutiva o central de la persona. Permite que haya una sana integración de la razón y las emociones. La respuesta adecuada muchas veces exige una evaluación instantánea del contexto y lo que necesito hacer para lograr un objetivo.

Muchas personas encuentran la expresión adecuada del enojo a ser un gran desafío. Hace algunos años estuvo de moda en la psicología el animar a las personas a expresar su rabia. Algunos libros casi decían, “Estás en una barra de fútbol: ¡Dilo, grita, pega, expresa tu rabia!”. Para alguien que es muy tímido puede ser un buen ejercicio para aprender la expresión adecuada. Pero hay otras personas que tienen que aprender a calmarse en medio de los conflictos o frente a las frustraciones. Algunas personas pueden quedarse rumiando y dando vueltas a sus molestias y diferencias a otros. Hay momentos de decir lo que nos molesta y ocasiones cuando tenemos que superar las emociones negativas.  La expresión de la agresividad está vinculada con la asertividad: la habilidad de expresar los propios derechos, necesidades y pensamientos, sin intentos a manipular a otros o estar manipulado.

Jesús se enojó fuertemente en varios momentos de su vida. Enfrentó a los fariseos y actuó con fuerza para echar a los vendedores del templo. La cólera y la rabia no son el problema, sino cómo canalizarlas. Veamos a los profetas. Eran hombres muy fuertes que tuvieron que hablar. Poseían una santa rabia que necesitamos tener en nuestro mundo, pero cómo expresarla y canalizar la misma es lo que nos lleva a cambios sanos. A veces, hemos intentado reprimir las emociones negativas como si fueran malas. Tenemos grabadas en la cabeza líneas represivas de la niñez como “Una buena chica no se porta así”, “No hables con tu papá así”, “No le faltes el respeto”, etc. Tenemos en la cabeza el rollo instalado que nos dice que expresar lo que sentimos está prohibido. Muchas veces la cuestión no es la expresión de los sentimientos sino la forma y el momento adecuado para expresarlos.

También hay que distinguir entre sentir y consentir. Sentir es diferente que consentir. Se deben separar las dos.  Es importante saber desarrollar el manejo de los sentimientos, de las emociones con uno mismo y en relación con los demás. La inteligencia emocional es el desafío continuo de la madurez afectiva.

Aristóteles, el gran filósofo, en su “Ética a Nicómaco”, presenta el reto de lograr lo que hoy se llama inteligencia emocional.  Esto ocurrió mucho tiempo antes de Cristo. En ese texto, dijo: «Cualquier persona puede llegar a enojarse. Esto es lo más fácil, pero enojarse con la persona adecuada, en el nivel apropiado, en el momento oportuno, por un motivo razonable y en la forma adecuada, no es fácil».  Se trata de un proceso de maduración, cuya meta es lograr un equilibrio, mantener un balance sano y encontrar una expresión adecuada.

  1. LA AUTOMOTIVACIÓN es el tercer punto de la inteligencia emocional. Por medio de la automotivación podemos muy bien ser dueños de nosotros mismos y programar con flexibilidad nuestras emociones. Sabemos poner nuestras metas y trabajar por lo que deseamos. Aceptamos la responsabilidad por nuestra afectividad y asumimos nuestra historia sin estar echando la culpa a otros por cómo vivo hoy.

Tomemos el caso de la gratificación postergada. El hecho que la mamá nos haya enseñado: “No, no puedes comer ahora, porque vamos a cenar en media hora”.  Esta es la gratificación postergada.  Es hacer el trabajo ahora y recibir el premio después. Aprendemos la habilidad desde pequeño, pero lo hacemos en la vida adulta. Es la capacidad de decir “no” a mí mismo para conseguir lo que considero más importante. Un amigo mío vio a todos sus amigos gozando de la vida, después de la universidad, mientras él entraba en su internado como médico. Vio a casi todos casándose y él estuvo haciendo su residencia, pero ¡qué hombre tan feliz al vivir su vocación de médico hoy! Sabía postergar la gratificación. Esto es indispensable, y a la vez, la responsabilidad por mis propias actitudes, estados de ánimo, son elementos fundamentales para la madurez.

De este modo, podemos ver que yo soy dueño de mi propia persona y estoy en relación con los otros. No obstante, no son los demás quienes me hacen sentir enojado, sino que yo soy la persona enojada, y esto es bien importante. Vivimos como víctimas pasivas de lo que otros hacen. Un día me encontré a un taxista y le pregunté, porqué fue una persona como muchos que habían sido despedidos de un momento a otro de un buen trabajo y empezaron a manejar doce horas al día. Frente a algunas de las barbaridades de otros choferes el taxista hizo algunos comentarios, pero no se enojó.  «¿Cómo puede mantener la calma en medio del trafico de Lima, señor?».  Él respondió: «Mira, los primeros dos o tres meses francamente estuve furioso. Hasta que noté que al llegar a mi casa le gritaba a mi esposa, a los hijos; estaba empezando a tener una úlcera. En ese momento, empecé a decirme, “Mira, no vale la pena estar peleando por doce horas al día en el carro. Yo manejo defensivamente, acepto que hay distintas realidades y cuando ocurre algo, me digo que no vale la pena enojarme, ni lo conozco».  Él aprendió a vivir sanamente con un trabajo espantoso. No obstante, mucha gente no lo hace. Es increíble no solamente lo que aguantamos a veces, sino lo que podemos aprender aceptar.

Recordemos a las personas viviendo bajo el stress y tensión durante los años de violencia. Había personas en zonas de emergencia que, por el bien de otros, teniendo familia, aprendieron a mantener su propio equilibrio. En este proceso las actitudes básicas de optimismo y pesimismo o de ser un agente activo o quedarse como víctima frente a las circunstancias y emociones, juegan un papel clave en los éxitos y la felicidad de la persona.

Hay situaciones, en las que el estado anímico en la persona está afectado por una enfermedad como la depresión clínica o, posiblemente, otras condiciones que requieren atención profesional. La ayuda profesional y la medicación son necesarias a veces. No obstante, hasta en estas situaciones, la actitud y el esfuerzo personal son dimensiones notablemente importantes. La primera cosa que pides a una persona deprimida es que mantenga un horario sano. Se trata de que mantenga dentro de lo posible un ritmo.

Han hecho estudios descubriendo que los optimistas tienen una tendencia a usar más la negación, tienden a ser un poco más irrealistas, pero son más felices.  Los pesimistas normalmente sufren más, mueren antes y le hacen la vida imposible a los demás. El optimismo, acompañado con un realismo, es mucho más sano. Hay un momento en que tenemos que decir: «Esta es mi vida, qué hago y con qué actitud lo haré». Esta actitud ante la vida puede prepararme para los golpes inevitables que la vida nos da. Algunas no son tan agradables y podemos hundirnos con reclamos de “¿Por qué a mí?”. De otro lado, necesitamos saber celebrar y gozar los momentos gratuitos de la vida. Se trata de comprender cómo nos sentimos con nuestra actitud básica ante la vida y ésta es una lucha constante para mucha gente. Muchas personas sufren de la tendencia a la depresión, de criticarse feamente, de ver lo negativo y los errores. En la vida personal y en la vida social hoy en el Perú es muy importante hacer un esfuerzo a vivir con una actitud positiva.

Todos tenemos que ir un poquito más lento en la vida, con mayor aceptación  aprendiendo a aceptarnos como ya nos acepta Dios y nos aceptan casi todos nuestros amigos y amigas. En este proceso dos cosas contribuyen: el realismo con nuestro mundo y un sentido de humor. En medio de este mundo complejo e injusto, a veces vivimos como si fuéramos niños todavía. Nos repetimos: “Pero, no es justo, no debe ser.”  Pero también nos podemos decir: “Mira, el mundo ha sido un valle de lágrimas desde la creación.  Piensa, la mayoría de los seres humanos han sido muy pobres, muy sufridos y todavía estamos avanzando.” Cuando algo me pasa a mí, digo que no es justo, no puede ser.  Luchamos para que haya un mundo donde haya justicia y paz, pero todos estamos limitados y constantemente chocando con esos límites dentro de nosotros y del mundo.  Aceptar este sufrimiento y aprender a vivir con esperanza es lo que nos permite vivir con felicidad.

En este proceso algo muy indispensable es el sentido del humor.  La persona capaz de reírse de sí misma y no burlarse de otros, sino reírse con otros encuentra mayor capacidad de relaciones humanas.  Tendrá una presión sanguínea más normal, menos úlceras, porque tiene un instrumento para trabajar la vida, para vivir con la risa, para ver que así somos.  Al tomarnos nosotros demasiado en serio, terminaremos como personas muy serias.

  1. LA EMPATÍA: Posiblemente lo más importante de todo es reconocer las emociones en los demás. La empatía exige que uno tenga sentimientos reconocidos en sí mismo, pero no quedarse en ellos, sino salir de sí mismo. La empatía es la habilidad para comprender adecuadamente la experiencia interior de la otra persona y de saber comunicarle esta comprensión. Es ponerte en los zapatos del otro, pero recordando que cada uno camina y gasta los zapatos de una forma diferente. De este modo, la empatía es salir siempre de nosotros mismos y tratar de ponernos en los zapatos del otro. Imaginar cómo es la vida desde la experiencia ajena y caminarla percibiendo su experiencia de vida, su historia. Nunca logramos una empatía perfecta, pero salir de nosotros mismos tratando de entender cómo es el otro nos permite entrar en relación con la otra persona.

Crecemos psicológicamente y aprendemos las bases psicológicas para la empatía en el ambiente familiar. La empatía empieza en la niñez, en los primeros días y, tiempo después, cuando la mamá dice: “Pobrecito, te duele” o “Estás feliz, estás feliz”. Poco a poco el niño refleja el aspecto del amor de otros y empieza a descubrir su propio mundo interno. Es como si las personas que cuidan al niño fueran espejos que reflejan lo que está experimentando.  Si un niño recibe empatía en casa, cuando llegue al nido, notaremos lo que dice: “Mira, María se cayó y le duele”.  “Sí, le duele cuando se cae, pero ya está mejor”.  Estas son expresiones del “yo sé cómo es y que debe ser así para ti”.  Poco a poco, trabajado en familia, cuando hay comprensión, protección, acompañamiento, etc., esta experiencia, la empatía de un niño, se convierte en la sensibilidad necesaria para entender a otros.

Los estudios de psicología social muestran que es desde la base de la empatía que se desarrolla un sentido de justicia social. La diferencia entre altruismo y egoísmo está vinculada a la empatía.  Desde los estudios psicológicos es posible notar que las personas capaces de imaginarse en el lugar del otro son no solamente empáticas, sino que aspiran a que haya un mundo de justicia para todos. La falta de empatía personal aprendida en la familia lo deja a uno en la posición de “No es mi problema” o “Ellos son diferentes, y no pueden sentir como yo». Surgen así miles de formas de justificar que ellos están sufridos, pero merecen algo diferente que mi suerte. 

Desde la perspectiva espiritual, la empatía es ponernos de rodillas frente a Dios y encontrar cualquier otra persona a mi lado y tener la habilidad de decir «hay muchas diferencias entre nosotros, pero, al fondo, somos los dos hijos de Dios». Posiblemente hasta las experiencias más profundas dan las pistas para comprender que, con la gracia de un Dios de amor, somos seres humanos distintos y, en el fondo, somos hermanos y hermanas. La empatía es lo que nos permite comprender al otro, formar un matrimonio, construir una familia, tener la verdadera intimidad – intimidad entendida como la capacidad de cercanía del otro -. Esto significa que no se trata de perdernos en el otro, entrar en una relación simbiótica, tener pena o lástima.

La práctica de la empatía como habilidad y actitud es el seguimiento de Jesús. La empatía corresponde a la virtud espiritual de la compasión. La característica humana que define la vida pública de Jesús es la compasión. El teólogo José Gonzáles Faus señala que ver a Jesús es contemplar la misericordia de Dios en acción. En los Evangelios encontramos la compasión de Jesús en sus enseñanzas, en las parábolas, en sus encuentros con el pueblo y en las curaciones. El encuentro con la misericordia de Dios nos motiva a acercarnos a otros con compasión. En los encuentros de Jesús con los enfermos y necesitados las escrituras nos indican que estuvo conmovido desde el centro de su ser. Donde leemos “conmovido”, “compasión”, pena o lastima, estamos en referencia al verbo griego “esplagjnizomai”. Las reacciones de Jesús nacen desde sus entrañas, desde la profundidad de su ser interior.

Todos hemos tenido algún tipo de reacción frente al dolor o la alegría del otro en algún momento determinado. No es solamente que se alegra o se entristece el corazón, sino que desde lo profundo de tu ser das un salto. Puede ser gimiendo o puede ser un acto de gratitud.  Este profundo sentir con el otro es lo que vemos en Jesús. Es lo que el buen samaritano experimentó; es lo que ese padre experimentó por el hijo que regresó de lejos o aquello que no se dio en el administrador que después de recibir perdón por una falta inmensa era incapaz de perdonar a un compañero. Es lo que Jesús nos pide. Empatía es la base psicológica de este buen momento. Es algo que aprendemos, pero también tenemos que cultivar no solamente en las relaciones inmediatas, sino en la oración, en la sociedad, etc.

En este proceso de empatía, encontramos la mutualidad. Ella es igualdad respetando que el otro es diferente. Empatía no es decir: lo que yo he experimentado es exactamente lo que tú experimentas. Esto es imponer.  Incluso, a veces, hacer algo no solicitado y pensando que es lo mejor para el otro puede ser un agravio contra la persona. Cada uno es diferente, y hay que tener respeto por la diferencia del otro. Sin embargo, desde el fondo de mí, nos damos cuenta que estamos en relación.  A la vez que mantenemos fronteras o límites sanos, tratamos de imaginar el mundo desde el otro lado y juntos tratamos de recrear un mundo sea pequeño, con la familia, o grande, con los proyectos de nuestra vida.

  1. RELACIONES INTERPERSONALES Y GRUPALES: Empatía es la base de lo que es el quinto aspecto: el conjunto de relaciones interpersonales. Empatía nos abre a la variedad de las relaciones interpersonales. Para tener éxito en la vida, uno necesita desarrollar la capacidad de relacionarse con los demás, en pares y en grupos. Lograr éxito en un proyecto exige la capacidad de comunicarse; colaborar con otros; negociar; salir las dos personas ganadoras, en vez de la lógica ganar-perder por el bien del grupo o de la familia y resolver conflictos y utilizar las dimensiones de empatía e inteligencia emocional. Las relaciones humanas son complejas, pero la empatía es la base. Conociéndose, después de asumir la responsabilidad de sí mismo, uno entra en relaciones con los demás.

Para terminar, quiero señalar que muchas veces hacemos una escisión, una separación entre la fe y las relaciones humanas.  Es una escisión o separación falsa.  Jesús no dijo: “Ámame y olvídate de los demás, ámame y que tus amigos también lo hagan, o, por favor, gente muy similar a ti”.  No, él señaló algo mucho más difícil: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.”  ¿Y quién es mi prójimo?  El que cayó a tu costado; la persona a tu lado, un conjunto de personas.  Nos dice: “¡Ama!”  Nosotros diremos: “Pero, Señor, qué difícil es.”  Nos recuerda: “¡Sígueme!”. Es, entonces, que debemos tener presente que no hay manera de amar sin sufrir.  Nacer como una persona en relación es morir al egoísmo; es dejar el Paraíso o los mitos atrás o una parte de nosotros atrás para llegar a ser más.  Sin el dolor no hay crecimiento. El amor nunca llega sin el sacrificio, sin la entrega. Este es el proceso de amar, y como nosotros, a mi parecer, podremos pensar como Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis, que respondió, cuando alguien le preguntó: “Después de una terapia ¿qué puede esperar una persona?” Contestó: «Amar y trabajar».  Esto es muy similar a lo que nosotros afirmamos como cristianos o los que vivimos la espiritualidad ignaciana: «Amar y servir».  Amar y dar nuestra vida.  Esto es lo que pedimos y esperamos continuamente, y creo que hasta lo que hacemos en nuestra relación con los demás.

[1] Alusión al texto previo.

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